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jueves, 22 de octubre de 2020

EL HOMBRE DE LA BOINA GRIS

 


 

Murilo Rubiao (Brasil)

 


 

El culpable fue el hombre de la boina gris. Antes de que viniera, nuestra calle era el rincón más sosegado de la ciudad. Tenía una ancha acera, donde jugaban los críos. Traviesos críos. Llenaban de dulces gritos las neblinosas noches de invierno, cantando cogidos de la mano o corriendo de un árbol a otro.

Nuestra intranquilidad empezó la madrugada en que nos despertó un desusado movimiento de camiones que descargaban pesadas cajas en el edificio del antiguo hotel. Más tarde nos dijeron que se trataba del mobiliario de un rico solterón que pronto viviría allí. A mí me pareció una información poco digna de crédito. Aparte de ser demasiado grande para una sola persona, la casa se estaba derrumbando. La cantidad de paquetes apilados en la espaciosa terraza del edificio permitía hacer suposiciones menos inverosímiles. Posiblemente la casa había sido alquilada como almacén por algún establecimiento comercial.

Mi hermano Artur, siempre bajo el influjo de una exagerada sensibilidad, refutaba con energía mis conclusiones. Nervioso, afirmaba que las casas empezaban a temblar y señalaba al cielo, donde se turnaban el blanco y el gris. (Puntos blancos, puntos grises, cuadraditos perfectos de los dos colores, que se sucedían rápidos, juguetones, saltarines.)

Aquella vez mi manía de llevar la contraria me había conducido a un colosal error: antes de que hubiese transcurrido una semana llegaba el nuevo vecino. Se cubría la cabeza con una boina a cuadros (gris y blanca) y entre los dientes oscuros llevaba una pipa curva. Los ojos hundidos, ropa holgada sobre un cuerpo esquelético y pequeño. Arrastraba un ridículo perro perdiguero. En lugar de la actitud de mofa que asumí ante aquella figura grotesca, Artur se quedó completamente trastornado:

-Este hombre ha traído los cuadraditos, pero no tardará en desaparecer.

 

A no poca gente le impresionó el proceder del solterón. Sus extrañas costumbres dejaban perplejos a los moradores de la calle. Nunca se le veía salir de casa y, diariamente, a las cinco de la tarde, con absoluta puntualidad, aparecía en la azotea, acompañado del perro. Sin separarse de la boina que, seguramente, ocultaba una calvicie adelantada, echaba unas cuantas bocanadas de humo de la pipa y volvía a recogerse. El resto del tiempo se mantenía invisible.

Artur se pasaba el día espiándole, animado por una pueril esperanza de verle aparecer antes de la hora acostumbrada, y no flaqueaba al ver como fracasaban sus propósitos. Su excitación crecía a medida que se aproximaba el momento de enfrentarse con el solitario inquilino del edificio vecino. Cuando sus ojos le divisaban por fin, se dejaba llevar por una alegría exagerada:

-¡Mira, Roderico!, ¡está más delgado que ayer!

Yo me enojaba y le decía que no me molestara y que no se ocupara tanto de la vida de los demás. Pero él no se daba por aludido y, al día siguiente, me lo volvía a encontrar en su puesto, repitiéndome que el hombrecito continuaba amojamándose.

-¡Imposible! -replicaba yo-. ¡El dichoso delgaducho ya no tiene nada que adelgazar!

-Pues está adelgazando.

 

Aún me encontraba en la cama cuando entró Artur en mi habitación agitando los brazos y gritando:

-¡Se llama Anatolio!

Contesté irritado (me costó trabajo refrenar una palabrota): ¡aunque se llamara Nabucodonosor!

Repentinamente enmudeció. Desde la ventana, sorprendido y silencioso, me hizo señas para que me aproximara. Frente al antiguo hotel acababa de estacionarse un automóvil y de él se bajó una hermosa joven. Retiró ella misma el equipaje del coche y, con una llave que llevaba en el bolso, abrió la puerta de la casa, sin que apareciera nadie para recibirla.

Impelido por la curiosidad, mi hermano no me daba respiro:

-¿Por qué no ha aparecido antes? ¿No está soltero?

-¡Anda!, ¿y qué importancia tiene el que una joven resida con un solterón?

 

Por mucho que me empeñase, procurando quitarle su obsesión, Artur encontraba otros motivos para inquietarse. Ahora era la mujer la que se ocultaba, sin dar señales de su permanencia en la casa. El, sin embargo, rechazaba la hipótesis de que se hubiese podido marchar y se negaba a discutir el asunto conmigo:

-¡Qué curioso! ¡El hombre se muestra cada vez más demacrado y es la mujer la que desaparece!

Tres meses más tarde volvió a abrirse la puerta del caserón para dar paso a la chica. Sola, igual que cuando llegó, cargó con las maletas ella misma.

-¿Por qué se va a pie? ¿Le habrá negado el miserable el dinero del taxi?

Con la partida de la joven, Artur volvió a su primitivo interés por el flaco Anatolio. Y, entre dientes que le rechinaban, repetía:

-Sigue adelgazando.

Por otra parte, la confianza que yo antes depositaba en mis nervios disminuía, dando lugar a una permanente ansiedad. No tanto por el flacucho, que a mí poco me importaba, sino por mi hermanito, cuyas preocupaciones le marcaban el rostro, le hundían los ojos. Para demostrarle que nada había de anormal en el solterón, también yo empecé a vigilar a nuestro enigmático vecino.

Apareció a la hora acostumbrada con la mirada perdida y la boina enterrada en la cabeza; a veces mostraba una sonrisa de escarnio.

Yo no le quitaba los ojos de encima. Su delgadez me fascinaba. No obstante, fue Artur el que me llamó la atención sobre un detalle:

-Se está volviendo transparente.

Me quedé asustado. A través del cuerpo del hombrecillo se veían los objetos que estaban en el interior de la casa: jarrones de flores y libros se mezclaban con intestinos y riñones. El corazón parecía estar colgado del picaporte, con la puerta cerrada sólo a un lado.

También Artur adelgazaba, pero eso para mí ya no constituía motivo de preocupación. Anatolio se había convertido en mi única inquietud. Sus carnes se deshacían rápidamente, mientras mi hermano se alborozaba, lleno de regocijo:

-¡Mira! Está tan delgado que sólo tiene perfil. Mañana desaparecerá.

 

A las cinco de la tarde del día siguiente el solterón apareció en la azotea, arrastrándose con dificultad. Al no tener ya nada que adelgazar, su cráneo había disminuido y la boina, holgada en la cabeza, se le había deslizado hasta los ojos. El viento hacía que su cuerpo se doblara sobre sí mismo. Tuvo un espasmo y lanzó una llamarada, que barrió la calle. Artur, excitado, no se perdía detalle, mientras yo retrocedía atemorizado.

Por unos instantes, Anatolio se encogió para luego volver a vomitar. Menos que la primera vez. A continuación, escupió, Al final, ya en las ansias de la muerte, se le escurrió una baba incandescente tórax abajo y se prendió fuego. Quedó la cabeza, cubierta por la baba, mientras la pipa se apagaba en el suelo.

-¡A que te lo dije! -gritaba Artur, exultante.

Su voz se fue tornando fina, lejana. Al mirar hacia donde se encontraba, vi que su cuerpo había disminuido tremendamente. Se había quedado reducido a unos cuantos centímetros y, con una vocecita casi imperceptible, susurraba:

-¡A que te lo dije! ¡A que te lo dije!

Le cogí con las yemas de los dedos antes de que desapareciese por completo. Le sostuve unos instantes. Luego se convirtió en una bolita negra, rodando en mi mano.

 

 

 

 

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