Amazon Prime

Kindle

Mostrando entradas con la etiqueta 0005 Historia General. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 0005 Historia General. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de agosto de 2023

Gonzalo Bravo: «El Imperio Romano nunca cayó»

 Roma no se fundó el 21 de abril del año 753 a. C., Rómulo y el resto de los reyes legendarios de Roma nunca existieron, el conflicto entre patricios y plebeyos no fue una lucha de clases y el cristianismo no provocó la caída del Imperio Romano… porque el Imperio Romano nunca cayó. Ninguna otra historia brinda tantos mitos y tópicos como la del pueblo que dominó el mundo conocido durante un milenio, el pueblo que inventó la política y las leyes que inspiran nuestro presente, el pueblo que, inevitablemente, aún somos. Y el mejor antídoto contra esa montaña de siglos de leyendas y lugares comunes es la lectura del último libro del historiador español del mundo antiguo más original e iconoclasta: Roma antigua: Una historia realista (Alianza, 2023), de Gonzalo Bravo, profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid. Se trata de un resumen tan breve como deslumbrante que despeja sesgos y conjeturas rescatando de las tinieblas del mito la verdad de la historia.

 

A Gonzalo Bravo le sorprende que hoy sigan publicándose novedades historiográficas que dan por buenas la fecha mítica de la fundación o la existencia reyes legendarios como Rómulo que ni existieron ni pudieron existir. Tres tendencias indagan en los orígenes de Roma. La primera sería la hipocrítica, es decir, aquella que da por buena una fuente literaria por el hecho de que procede de la época, aunque no sea coetánea de los hechos sino, como Livio o Casio, de los últimos signos de la República. La segunda o hipercrítica, que encarnarían los arqueólogos, sería la contraria: no aceptar nada que llegue por la vía literaria, por estar viciado por una intencionalidad de origen. Para combinar ambas surge una tercera tendencia, la más actual, de «convergencia de datos», a saber, que los datos procedentes tanto de fuentes literarias como de fuentes arqueológicas pueden ser coincidentes y, de hecho, en algunos casos lo son. En definitiva, si ambas fuentes convergen, tenemos una realidad histórica. Y es a esa historia «realista» de Roma a la que se adscribe el profesor Bravo.

***

 

—»¡Si las piedras hablasen… y hablaron!», titula su introducción al libro. ¿La historia de la Roma Antigua, que arrancaría con Rómulo, ha dependido durante demasiado tiempo de las fuentes escritas y hacía falta un cotejo profundo con la arqueología?

 

—¡Rómulo es una leyenda! ¡No existió nunca! ¿Cómo alguien puede seguir afirmando hoy algo semejante? ¡Búsquense otro responsable, pero ese no! Rómulo es el más mitológico de todos los reyes romanos y no puede servir como referente para explicar algo tan importante como el nacimiento, y no fundación, de Roma. Eso no significa que no sea interesante saber quién se inventa esto: seguramente a finales del periodo republicano, cuando Varrón, para coincidir con una fiesta religiosa, fija definitivamente el 21 de abril del 753 como el día en que se fundó Roma. Le faltó decir que ocurrió a la hora tercia… Roma acabaría por convertirse en una gran ciudad… pero empezó siendo una muy pequeñita que, por no tener, no tenía ni mujeres, y de ahí el famoso rapto de las sabinas.

 

—La influencia de la historia antigua de Roma en el imaginario político de la modernidad es enorme. Y uno de los motivos inspiradores principales es el conflicto republicano entre patricios y plebeyos. ¿Podemos hablar de una «lucha de clases»?

 

—El conflicto patricio-plebeyo será un paradigma durante siglos e incluso milenios, en los que servirá de modelo o patrón de análisis de cualquier otro conflicto sociopolítico. Incluso los marxistas, como usted señala, vieron en él nada menos que la forma por excelencia de la lucha de clases. Y, sin embargo, la clave para entender la sociedad romana antigua no eran las clases, sino el estatus. En las llamadas «revoluciones» romanas lo que está en juego es mucho más la lucha por el estatus de un nuevo grupo social ascendente que cuestiones de explotación o de antagonismo de clases.

 

—Explica en su libro que el giro imperialista tuvo lugar en la segunda mitad del siglo II a. C., entre la Primera y la Segunda Guerra Púnica. Desde entonces, Roma iba a convertirse muy rápido en uno de los mayores y más longevos imperios de la historia. ¿Qué hecho decisivo condujo a ese giro? ¿Y por qué Roma y no Cartago?

 

—Nada ocurre por generación espontánea en la historia, y el imperialismo romano se va gestando poco a poco. ¿Qué lleva a Roma a cambiar su visión del mundo y a iniciar sus conquistas? La respuesta es relativamente sencilla. Durante la Primera Guerra Púnica en Sicilia, los romanos se dan cuenta de que están combatiendo con la mayor potencia naval del Mediterráneo… ¡y no tienen flota! ¿Qué hicieron? Mandaron construir una flota de trescientas naves que pudiera batirse con la cartaginesa, utilizando como modelo los trirremes y quinquerremes griegos y lo lograron en solo diez años. Así, unos romanos que no sabían nada del mar se convirtieron de la noche a la mañana en una potencia marítima. Pero con una peculiaridad: como su fuerte era la lucha cuerpo a cuerpo, los legionarios romanos buscaban siempre acercar sus naves a las de los enemigos para propiciar una lucha que hoy podríamos llamar anfibia. Y vencieron. Aquello cambió su mentalidad. Y el segundo momento, y definitivo, que decidió el destino imperialista de Roma fue la conquista de las potencias helenísticas. Pero Roma no siempre fue vencedora, y eso es crucial: ninguna potencia aprendió de sus derrotas mejor que Roma.

 

 

—Idus de marzo del año 44 a. C. ¿Fue el asesinato de César para evitar que se convirtiera en rey lo que paradójicamente liquidó la República e impuso el Imperio, o se trataba de un proceso que ya estaba en marcha?

 

—El contexto en que ocurre el asesinato de César es el de las guerras civiles que ya habían empezado en el año 91 a. C., y esas guerras civiles debemos entenderlas como una especie de selección natural de los poderosos frente a los débiles. Se va formando así una nueva élite aristocrática que será el germen del Imperio y, en el contexto de esa lucha, casi todos mueren asesinados por el rival. Tal es el caso de César.

 

—¿Por qué la de emperador era una profesión de tan alto riesgo, por qué tenían tantas posibilidades de morir asesinados?

 

—Para empezar, el emperador romano no se consideraba un personaje divino, como ocurría en otros lugares. Era un hombre, esto es importantísimo, hasta el punto de que, cuando celebraba sus victorias por las calles de la capital, un esclavo le acompañaba para decirle cada tanto: «No olvides que eres mortal». ¿Por qué duraban tan poco? Démosle la vuelta. ¿Cómo duraron tanto los pocos que lo lograron? Augusto, Diocleciano, Marco Aurelio, Constantino, Teodosio… duraron más por una de estas dos razones: La primera es que supieron elegir muy bien su consilium, aquellas personas que les asesoraban, pero que también les protegían, indicándoles las precauciones que debían tomar, especialmente controlando sus impulsos. Los emperadores impetuosos nunca duraron mucho, y en el siglo III, en unos 40 años, se suceden 57 emperadores. La segunda razón de la pervivencia de un emperador pasaba por reformar el sistema inicial de tal manera que les protegiera, como hace Adriano, el primero que dice que la ley no se dicta en el Senado sino en palacio.

 

—El último gran conflicto que sacude el imperio es la pugna entre el paganismo derrotado y el cristianismo vencedor. ¿Por qué triunfa el cristianismo?

 

—La clave está en el siglo III, es la llave que cierra una puerta en la evolución del Imperio Romano y abre otra diferente. Ya hacia el 260 la persecución de los cristianos, que había empezado unos años antes, se frena con la llamada paz del emperador Galieno y no vuelve a ponerse en marcha en todo el Imperio hasta el 303, con Diocleciano. Esos cuarenta años son precisamente los años en los que se planta el germen de la iglesia cristiana, primero de forma tímida y más adelante a toda velocidad, no sin ayuda de Constantino. ¿Qué comprende Constantino a principios del siglo IV y le servirá como la mejor propaganda de su gobierno? Comprende que los romanos ya no eran paganos, que habían dejado de creer en sus dioses. Y se da cuenta observando a sus propios soldados, que van abandonando el paganismo para adherirse a esa nueva religión que flota en el ambiente y que, sin persecuciones, crece como la espuma. El conflicto, o mejor dicho, la crisis, viene después de Constantino, cuando los primeros emperadores cristianos comienzan a legislar contra los paganos. ¿Por qué triunfa el cristianismo? Sin duda por su universalismo, pero también por su monoteísmo, que no se disuelve en un panteón inacabable de dioses.

 

—Recientemente se ha publicado una nueva edición resumida del clásico de Gibbon Decadencia y caída del Imperio Romano, pero los historiadores actuales son cada vez más críticos con esa imagen que hemos asumido acríticamente de la decadencia y caída, ¿no es cierto?

 

—A ver, la caída del Imperio Romano es una exageración, una hipérbole, un mito. El título de la obra de Gibbon, Decline and fall, se suele traducir como Decadencia y caída. Pero, en realidad, en inglés, «decline» no es «decadencia» sino «declive», algo diferente, que alude más bien a una evolución descendente. «Decadencia», sin embargo, es un término que viene de la historia del arte, en concreto de la escuela de Viena. La decadencia de Roma es la antítesis del esplendor, la antesala de esa edad oscura que es para ellos la Edad Media. Volviendo a la caída, sí, es un mito, pero un mito con muchas aristas. ¿Cayó Roma? ¿Cuándo? No cayó ni siquiera con Alarico. No, el Imperio Romano nunca cayó, no cayó en ningún momento. Hay estudios recientes que demuestran que, aún en el siglo VII, las formas, los procedimientos, las leyes, todo en Europa seguía siendo romano. Porque los bárbaros romanizados que llevaban generaciones dentro del Imperio lo que hicieron fue utilizar a Roma como espejo para construir sus propios reinos.

 

 

Autor: Gonzalo Bravo. Título: Roma antigua: Una historia realista. Editorial: Alianza

https://www.zendalibros.com/gonzalo-bravo-el-imperio-romano-nunca-cayo/


jueves, 1 de junio de 2023

Henry Kissinger y el sentido de la Historia

 

El estudio de la historia no ofrece ningún manual de instrucciones que pueda aplicarse automáticamente; la historia enseña por analogía, arrojando luz sobre las probables consecuencias de situaciones comparables. Pero cada generación debe determinar por sí misma qué circunstancias son de hecho comparables Henry A. Kissinger. Esta semana marca el centenario del nacimiento de una figura definitoria de la política internacional y de la diplomacia, Henry A. Kissinger. El centenario de su nacimiento es una ocasión única para reflexionar sobre su concepción de la política internacional y de la diplomacia y, particularmente, sobre su vigencia. El hombre que emerge de la cátedra de Harvard para convertirse en el diplomático más célebre y discutido de nuestros tiempos, no solo es sinónimo de diplomacia -diálogo y negociación- sino que es un referente para pensar el mundo. Henry Kissinger es único en la conjunción de reflexión intelectual e historia con la plasticidad del hombre de acción. Siempre reflexiona sobre el significado de su acción y trata de ir más allá del flujo diario de información para adivinar las constantes detrás de la aparentemente caótica proliferación de eventos. Su faz académica e intelectual no se fundamenta en la teoría: es un europeo que aborda la realidad a partir de la historia. Posee un conocimiento de la historia en el tiempo largo y de las secuencias diplomáticas del pasado. Sus escritos originales demuestran una temprana inclinación por la historia. Es así que su tesis doctoral, escrita en 1950, se tituló El Sentido de la Historia: Reflexiones en torno a Spengler, Toynbee y Kant, y su ópera prima Un Mundo Restaurado: Metternich, Castlereagh y los Problemas de la Paz, 1812-1822. (1954). El eje central del pensamiento kissingeriano emerge tempranamente en su vida: en el abordaje de las relaciones internacionales: ninguna conclusión significativa es posible sin una conciencia del contexto histórico. No es un diplomático convencional. Es un profesor al que se le dio la oportunidad única de poner en práctica sus ideas y dar sentido a la historia. Porque la historia es para Henry Kissinger -como para Winston Churchill quien solía señalar: estudia historia, estudia historia; en la historia residen todos los secretos del arte de gobernar- la principal guía para la acción. Kissinger es, además, un realista en el sentido ontológico de la palabra, no en el aspecto de la teoría. Es una persona que mira constantemente el mundo tal como es, y no como él querría que fuera. Su método de acción se fundamenta en el análisis de las actuales circunstancias, no de los imaginarios, que conduce a la ceguera estratégica. Y esta esencia ontológicamente realista, que lo lleva a evolucionar e incorporar conocimientos económicos y tecnológicos. Su apetito intelectual lo ayuda a trascender su mirada esencialmente estatal de sus inicios para incorporar la dimensión disruptiva de la tecnológica, la ciencia y de la Inteligencia Artificial. Uno de sus últimos libros, escrito en el 2021, se llama La Era de la IA y Nuestro Futuro Humano; escrito conjuntamente con Eric Schmidt -ex CEO de Google- y Daniel Huttenloche – decano de la escuela de computación de MIT- es una moderna reflexión sobre la IA y las relaciones internacionales. Una de las mayores criticas que se le hacen a Henry Kissinger es su supuesta amoralidad en la toma de decisión. Más allá de la validez de esta crítica – que no comparto-, es importante resaltar que Kissinger siempre fue consciente del costo y de las consecuencias de las decisiones políticas, y de la necesidad de afrontarlas. A lo largo de los años que estuvo en la función pública, con dos presidentes de los EEUU -Richard M. Nixon y Gerald R. Ford Jr.-, como Consejero de Seguridad Nacional desde el 20 de enero de 1969 hasta el 3 de noviembre de 1975; y Secretario de Estado desde el 22 de septiembre de 1973 hasta el 20 de enero de 1977; y anteriormente como Representante no oficial de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, abordó una amplia y sustantiva agenda: La apertura a China en 1972. Fin de la guerra de Vietnam: acuerdos de Paz de París de 1973. Inauguró lo que se llama shuttle diplomacy, novedoso método diplomático que ayudó a terminar la guerra de Yom Kipur (1973), y preparar el terreno para los Acuerdos de Camp Davis (1978, Jimmy Carter y Anwar el-Sadat y Menajem Beguin) En el marco de la Guerra Fría y con 37.000 armas nucleares apuntándose entre sí: Negoció el primer Tratado de Limitación de Armas Estratégicas (SALT 1,) y el Tratado sobre Misiles Antibalísticos. Asimismo, durante su gestión, los EEUU ratificaron el TNP, la Convención Internacional prohibiendo las Armas Biológicas y el Acta Final de Helsinki. En 1976, comienza negociaciones con los países africanos. Convence a África del Sur de presionar a Rhodesia para que en un plazo de dos años acepte el principio de mayoría negra. Pero más allá de su paso por dos administraciones, su pensamiento sigue vigente y es siempre un hombre de consulta. Su legado vivo es, sin lugar a dudas, una hoja de ruta teórica y práctica para todo presidente, canciller y diplomático. -Generar pensamiento estratégico dirigido a la acción. La falta de una clara estrategia lo hace a uno prisionero de los eventos. Tener una clara y definida estrategia, pero estar atento a los cambios a fin de reevaluar la estrategia, y decidir cómo y cuándo adaptar el nuevo enfoque a fin de resguardar los intereses nacionales. -Vinculos (linkages): relacionar los eventos entre sí. No se puede reducir la política internacional a un conjunto de negociaciones, enfrentando estas negociaciones como si fueran un fin en sí mismo. Se corre el riesgo de deslizarse en concesiones y de ajustes, en donde se olvida lo que es el núcleo de la negociación. -Conjetura: se actúa siempre con un conocimiento insuficiente de los hechos, ya que, si espera a que se conozcan todos los hechos, será demasiado tarde para cambiarlos. El arte del decisor es encontrar el momento adecuado para actuar. Se paga el mismo precio por hacer algo a medias que por hacerlo completo -Trabajo previo: El secreto de toda negociación es una meticulosa preparación. No se puede improvisar, por lo tanto, es imprescindible la idoneidad. -Zoom In hacia nuestra propia estrategia y Zoom Out hacia la contraparte. -Liderazgo: tener carácter y coraje. (Como bien decía Charles de Gaulle, el carácter es la virtud de los tiempos difíciles). Se puede contratar gente inteligente; no se puede contratar carácter. -Temporalidad: Evitar que lo inmediato oscurezca lo importante. -Leer a la contraparte: tratar de entender lo que la otra parte está tratando de lograr porque al final de una negociación uno debe tener alguien que esté dispuesto a apoyar. De lo contrario, solo está negociando un armisticio. Ajustar el estilo negociador al interlocutor y a su historia cultural. Ver el interés nacional a la luz del interés nacional del otro. Si uno afirma sólo sus intereses, sin vincularlos a los intereses de los demás, nunca se podrá encontrar una solución sustentable. -Ambigüedad constructiva: Las negociaciones no son lineales. Los bloqueos se vuelven difíciles de romper. A veces los acuerdos pueden lograrse solo mediante fórmulas vagas, que dificulten la desautorización o el desacuerdo posteriores. -Persistencia, shuttle diplomacy: ir y venir entre las partes en conflictos, llevando propuestas, respuestas y mensajes; a veces esos mensajes son moldeados por el equipo para alentar el avance. En una era de proliferación de conflictos y de militarización de la diplomacia, parafraseando a John Lennon, démosle una oportunidad a Henry Kissinger.

 

miércoles, 11 de enero de 2023

CRISTÓBAL COLÓN.

 



El intrépido navegante

 

Pocas figuras de la Historia son al tiempo tan conocidas y desconocidas

como la de Cristóbal Colón. La importancia del legado que dejó a la

humanidad, el descubrimiento de América, nunca se ha discutido, pero no

pasa lo mismo con muchos aspectos de su biografía. Sus oscuros orígenes

familiares, su convicción en el proyecto de la navegación a Asia por

Occidente o sus chocantes teorías cosmográficas y geográficas son sólo

algunos de los aspectos que han provocado más discusiones. Todavía hoy

los historiadores siguen debatiendo sobre el perfil poliédrico y

escurridizo de uno de los más grandes marinos que han visto los tiempos.

Además, su trayectoria tiene cierta dimensión trágica: salido de la nada

logró encumbrarse a la mayor de las glorias para morir en la más

absoluta de las marginaciones. Quizá representa como nadie el prototipo

de genio incomprendido que no obtuvo el reconocimiento que merecía, pero

es posible que esto no sea tan injusto si se tiene en cuenta que Colón

nunca llegó a ser realmente consciente de la importancia de su hallazgo.

Murió con la convicción de que el territorio al que había arribado era

una estribación de Asia oriental. Paradojas del destino de una de las

personas que de forma más nítida han marcado el inicio de la modernidad

y han trazado una divisoria en la Historia universal.

 

A finales de la Edad Media Europa estaba preparada para abrirse al

mundo. Por un lado, su crecimiento económico había producido una mayor

demanda de mercancías suntuarias de origen lejano: las especias, los

ricos tejidos y las perlas que llegaban de Asia oriental por la Ruta de

la Seda tenían cada vez mayor aceptación entre las clases adineradas de

Occidente. Además, el perfeccionamiento técnico de los conocimientos

científicos europeos cada vez permitía emprender aventuras que sólo unas

décadas antes eran impensables. Los cambios en la concepción del mundo

(el estudio del legado grecolatino había llevado ya a comienzos del

siglo XV a la aceptación de la esfericidad de la Tierra) y el

perfeccionamiento de los barcos (aparición de la carabela) e

instrumentos de navegación (la brújula, el sextante) llevaron a que se

abandonase la navegación de cabotaje para dar los primeros pasos de la

navegación en alta mar. Por fin se podían efectuar los primeros intentos

de navegación oceánica.

 

Los países que más se implicaron en estos cambios fueron los de la

fachada atlántica, sobre todo Portugal desde la segunda década del siglo

XV. Las motivaciones para emprender la aventura fueron, por una parte,

el espíritu de Cruzada (continuar la lucha contra los musulmanes que se

venía desarrollando durante siete siglos en la península Ibérica), la

búsqueda de tierras cristianas más allá del islam (la leyenda del Preste

Juan y su fabulosa contribución a una posible recuperación de Tierra

Santa para la cristiandad) y el deseo de acceder directamente a las

fuentes de los fabulosos bienes que llegaban de Extremo Oriente (además

del oro y los esclavos, que se podían obtener de la prácticamente

desconocida África subsahariana). Asimismo, la irrupción de los turcos

en Próximo Oriente, que además de la caída del Imperio bizantino supuso

la desarticulación de las rutas terrestres que conectaban con Asia,

añadió un aliciente en la búsqueda de rutas marítimas hacia la India y

China. Todo ello hizo que el siglo XV fuese una de las edades de oro de

la navegación y en ella tendría un papel destacado un marino de oscuro

origen que enderezaría su carrera en la península Ibérica.

 

 

 

De Génova a Lisboa

 

Sobre los orígenes familiares de Cristóbal Colón se han vertido ríos de

tinta, que se han plasmado en especulaciones de todo tipo y de muy

escasa base científica. Tradicionalmente se ha identificado al

descubridor de América con Cristoforo Colombo, el primero de los cinco

hijos del tejedor Domenico Colombo y Susanna Fontanarossa, nacido en

Génova en 1451. De ser así, su origen sería el de una modesta familia de

tejedores y laneros asentada en una de las ciudades portuarias más

prósperas del Mediterráneo. Se ha apuntado que muy posiblemente Susanna

sería de origen judío, lo que explicaría la sistemática labor del

descubridor de borrar cualquier huella de su pasado, razón por la cual

se sabe tan poco de sus orígenes. También se han propuesto otros

orígenes, sobre todo en el Levante de la península Ibérica, en las zonas

de arraigada tradición marinera de Cataluña y Mallorca. Sin embargo, la

tesis genovesa es la que goza de mayor aceptación hoy en día por contar

con una base documental más sólida.

 

La República de Génova era una de las tres grandes potencias marítimas

del Mediterráneo, en liza con la República de Venecia y la Corona de

Aragón. Sus negocios abarcaban no sólo el Mediterráneo, sino que a

través de colonias de comerciantes se extendía también hacia el

Atlántico. Parece que dos de los hijos de Domenico Colombo, Cristoforo y

Bartolomeo, pronto se sintieron atraídos por la profesión marinera.

Desde muy joven el primero se enroló en las expediciones comerciales por

el Mediterráneo y aprendió de forma eminentemente práctica el arte de la

navegación. Asimismo participó en algún conflicto bélico en el arma

naval, como el que enfrentó por la soberanía del reino de Nápoles a

Renato de Anjou y Alfonso V de Aragón.

 

Un cambio sustancial en su vida le vendría dado por el azar. El 13 de

agosto de 1476, la nave en la que estaba embarcado naufragó cerca del

cabo de San Vicente. Colón se pudo salvar y llegó a la costa portuguesa.

Como recuerda su biógrafa Nancy Levinson, «cuando el barco se hundía

Colón se las arregló para escapar. Con la ayuda de un remo pudo nadar

casi diez kilómetros hasta la costa». La fortuna le había llevado hasta

el país que en aquel entonces era el paraíso de los navegantes. En

palabras del catedrático de Geografía Robert Fuson, «los portugueses

disponían de los mejores marineros, de los mejores navegantes, estaban

haciendo más navegaciones que nadie en aquel entonces, durante las

décadas de 1470 y 1480». De hecho, tras el naufragio llegó a Lagos, en

el Algarbe, que era uno de los centros marineros más activos desde donde

partían las expediciones portuguesas hacia la costa atlántica africana.

Fascinado muy posiblemente por el ambiente que encontró en el reino

lusitano, decidió marchar a Lisboa, donde rehízo su vida. En los años

posteriores navegaría hacia los países europeos del Atlántico norte y,

sobre todo, realizaría frecuentes viajes a Madeira, Azores y Canarias.

También contrajo matrimonio con la portuguesa Felipa Perestrello Moniz,

con quien tendría en 1480 a su hijo primogénito Diego.

 

Pero el aspecto más sobresaliente de estos años fue la maduración del

proyecto de navegar hacia Occidente para abrir una nueva ruta marítima

hacia las lejanas tierras de Catay y Cipango, nombres que entonces

recibían China y Japón. Fueron años en los que con una decisión

inusitada se lanzó al estudio de los conocimientos que podían hacer

realidad su proyecto. Como señala Nancy Levinson, «con las historias de

Marco Polo y los sueños que estaba tejiendo en su cabeza comenzó a

buscar más escritos de cosmógrafos y geógrafos antiguos». Efectivamente,

los relatos bajomedievales de viajes a Oriente captaban vivamente la

imaginación de todos los navegantes que en el siglo XV se enrolaban en

las muy arriesgadas aventuras descubridoras. Además se enfrascó en el

estudio de las obras que en ese momento centraban el debate sobre la

forma y dimensión de la Tierra. Hacía ya mucho tiempo que la

recuperación de los textos de la Antigüedad clásica sobre geografía

habían asentado definitivamente que la Tierra era esférica (uno de los

autores que había enunciado ese principio fue, entre otros,

Aristóteles). Como apunta Robert Fuson, «el mundo era redondo para

cualquiera que supiese un poco de geografía». Pero el debate en aquel

momento se centraba en el tamaño de la circunferencia terrestre, puesto

que hasta aquel entonces se consideraba que un viaje hacia Occidente no

era posible debido a las dimensiones del globo terráqueo. Colón tuvo

acceso a una obra fundamental del momento, la correspondencia y el mapa

que el cosmógrafo florentino Toscanelli había enviado al rey Juan II de

Portugal en 1474, así como a obras importantes de Eneas Silvio

Piccolomini y Pierre d’Ailly. Lo más destacado de esta actividad fue

que, como destaca Fuson, Colón «pensaba que la Tierra era un veinte por

ciento más pequeña de lo que era en realidad, por lo que tenía una idea

equivocada e incluso disparatada; si hubiese estado en lo cierto, nadie

habría ido con él ni podría haber conseguido lo que hizo». En varios

viajes que emprendió a Guinea pudo realizar comprobaciones que

confirmaban su teoría. La conclusión era, como indica Geoffrey Simcox,

profesor de Historia de la Universidad de California-Los Ángeles, que

«el cálculo era que sólo había un océano que separase Europa de China

sin que existiese un continente entre medias. Nadie sabía que hubiese

una masa de tierra de por medio».

 

Pero ¿cómo fue posible que un navegante de formación básicamente

práctica, por mucha experiencia que tuviese, decidiese investigar sobre

uno de los debates científicos más complejos de su tiempo? A los

historiadores siempre les ha llamado la atención la decisión colombina a

la hora de acometer su proyecto, que en sus inicios era una quimera. A

mediados del siglo XX, el historiador español Juan Manzano lanzó una

teoría, sin base documental que la confirmase, que podría explicar la

decisión y el acierto milagroso de Colón a la hora de trazar su

proyecto. Manzano defendía que muy posiblemente, en alguno de los

numerosos viajes que Colón realizó a Madeira o a las Azores, habría

conocido a algún marinero que habría alcanzado tierra hacia Occidente

antes que él y que, por motivos desconocidos, no pudo dar a conocer su

descubrimiento o desarrollarlo en posteriores viajes. Quizá se tratase

de algún marino portugués que al regresar de un viaje desde Guinea se

hubiese visto empujado hasta las Antillas por una tormenta. El caso es

que el conocimiento de esta información a priori encajaría bien con la

trayectoria de Colón en Portugal y con su determinación para hacer

demostrable un proyecto del que repentinamente se mostraba convencido.

Los historiadores llaman a esta conjetura «teoría del protonauta

anónimo» o «del predescubrimiento de América». Fuera como fuese, Colón

creía tener un proyecto que podía defender con solidez y estaba

dispuesto a luchar por él para lograr financiación y apoyo oficial.

Ambas cosas sólo podía encontrarlas en un sitio, la corte.

 

 

 

Castilla: de Córdoba a Palos

 

Los cosmógrafos y geógrafos de la corte de Juan II de Portugal ya habían

rechazado la información aportada por Toscanelli, y cuando Colón les

presentó su proyecto entre 1483 y 1484, no tuvo mejor suerte. El rechazo

del proyecto no le desanimó, y optó por probar fortuna en otro sitio.

Decidió cruzar la frontera y llegó a Castilla en los primeros meses de

1485, poco después de que muriera su esposa. Le costaría un año entero

lograr una audiencia con los Reyes Católicos para exponerles su plan. El

encuentro se produjo el 20 de enero de 1486 en Córdoba y el resultado

fue la convocatoria regia de una junta de expertos para que dictaminasen

sobre el proyecto. Se convocó a astrónomos, geógrafos, cosmógrafos,

letrados y navegantes, que no dudaron en rechazar las propuestas del

genovés. En palabras de Robert Fuson, «a los cosmógrafos y geógrafos

reales les transmitió su teoría sobre el tamaño de la Tierra, y afirmó

que la idea que tenían basada en las mediciones que se habían hecho

durante años era incorrecta; se equivocaban en un veinte por ciento,

eran treinta mil kilómetros y no cuarenta mil. Evidentemente no les

convenció y desaprobaron su plan, estaba equivocado». Pese al revés

Colón decidió no darse por vencido e insistir. Pasó los años 1487 y 1488

entre Córdoba y Sevilla, sobreviviendo a base de comerciar con libros

impresos y dibujando mapas para navegantes. En estos años de soledad y

angustia inició su relación con Beatriz Enríquez de Arana, mujer humilde

con la que nunca se casaría y que daría a luz a su hijo Hernando el 15

de agosto de 1488.

 

En estos momentos de dudas y soledad sólo encontró apoyo en algunos

sectores del clero. Fueron el franciscano Antonio de Marchena, el

dominico Diego de Deza —maestro del príncipe don Juan, hijo de los

reyes)— y el franciscano de La Rábida Juan Pérez, quien jugó un papel

decisivo. Parece que Colón exploró la posibilidad de probar fortuna en

otros reinos y con tal objeto envió a su hermano Bartolomé, con quien

siempre estuvo muy unido, a ofrecerlo a las cortes de Francia e

Inglaterra, donde no cosechó ningún éxito. Pese a ello, fray Juan Pérez

acogió a Colón en La Rábida en 1491 y 1492, y movilizó los recursos

necesarios para que los reyes reconsiderasen la propuesta. Parece que

algunos cortesanos de peso apoyaron también la iniciativa, como Luis de

Santángel, Juan Cabrero o Gabriel Sánchez, todos de origen aragonés.

Quizá la intercesión de éstos fuese la que inclinaría el ánimo del rey

Fernando, que, contra lo que se suele afirmar, fue quien más apoyó a

Colón de los dos regentes. La imagen de la reina Isabel entregando sus

alhajas personales para financiar el primera viaje a América fue un

falso cliché que acuñó el romanticismo decimonónico, más interesado en

resaltar los tintes melodramáticos de la historia que en hacer justicia

a la verdad.

 

¿Cuál fue la razón última para que los reyes apostasen por Colón

ignorando el dictamen que había pronunciado la junta de expertos por

ellos mismos convocada? Como apunta el profesor Simcox, Colón «ofreció

una forma de alcanzar a la potencia vecina rival, los portugueses. Éstos

estaban realizando todos los descubrimientos y comenzaban a experimentar

los beneficios que podían reportar, adquiriendo un imperio y riqueza,

algo que no estaba haciendo España». Finalmente, Colón fue llamado al

cuartel de los reyes en Santa Fe, en el Reino de Granada, durante los

últimos días de la campaña de reconquista del último reino musulmán que

quedaba en la península Ibérica. Se le comunicó la resolución real de

apoyar su proyecto, y entonces comenzó una negociación entre el

navegante y la Corona sobre las condiciones de la empresa. Tras llegar a

un acuerdo, los representantes de ambas partes, el secretario aragonés

Juan de Coloma representando a los reyes y fray Juan Pérez a Colón,

ambos firmaron el acuerdo el 17 de abril de 1492. Eran las llamadas

Capitulaciones de Santa Fe. Se trataba de un contrato que regulaba las

relaciones entre ambas partes. Colón aceptaba tomar posesión de los

territorios que descubriese en nombre de los reyes y éstos le otorgaban

a cambio el título de «almirante del mar océano» (con prerrogativas

similares al ya existente de «almirante mayor de Castilla»), los oficios

de virrey y gobernador de los territorios descubiertos y la décima parte

de todas las ganancias que arrojase la empresa. El 12 de mayo abandonaba

Granada rumbo a la villa onubense de Palos para preparar la flota con la

que se haría a la mar.

 

No fue tarea fácil. La Corona aportó algo más de la mitad del

presupuesto total de la expedición, unos dos millones de maravedíes, y

el resto se repartió entre la villa de Palos y el propio Colón. Se

ignora de dónde sacó éste su parte. Además, los reyes ordenaron a las

poblaciones costeras de la zona poner a su disposición tres carabelas.

Finalmente la villa de Palos se encargaría de aportar dos, la Pinta y la

Niña, como contribución extraordinaria por una deuda pendiente con la

Corona. La tercera nave no fue una carabela, sino una nao, llamada Santa

María, que fue aportada por su propietario, el marino y cartógrafo Juan

de la Cosa, vecino de El Puerto de Santa María. Reclutar a la

tripulación fue casi una misión imposible. Tras un mes de peregrinación

por los pueblos de la zona para enrolar a los marineros, Colón sólo

había logrado que se apuntasen cuatro convictos condenados a muerte,

pues era potestad tradicional de los almirantes de Castilla sacar de

prisión a los reos que quisiesen participar en una flota. La suerte

cambió cuando uno de los marinos más respetados del paraje, Martín

Alonso Pinzón, entró en contacto con él a través de los monjes de La

Rábida. Entusiasmado con la empresa, logró que sus parientes y próximos

se alistasen, el propio Martín ejercería de capitán de la Pinta, su

hermano Vicente Yáñez Pinzón haría lo propio en la Niña y Colón

capitanearía la Santa María. Al amanecer del 3 de agosto de 1492 las

tres embarcaciones se hacían a la mar en la que acabaría siendo la

navegación más trascendental de la Historia.

 

 

 

El primer viaje

 

Inicialmente, pese a lo arriesgado de la aventura, los ánimos

permanecieron altos. El primer destino eran las islas Canarias, donde se

realizarían los últimos preparativos antes de poner rumbo a lo

desconocido. Las incomodidades a bordo eran importantes. Como recuerda

Nancy Levinson, las naves «eran extraordinariamente pequeñas, es

increíble que cuarenta hombres pudiesen arreglárselas a bordo de la

Santa María . No podían dormir todos al mismo tiempo y tenían que

turnarse para ello». Durante aquellas primeras jornadas experimentaron

también algún contratiempo técnico, como la rotura del timón de la

Pinta, que se pudo solventar en la primera escala. El 8 de septiembre

zarparon los tres navíos con rumbo oeste manteniendo todo lo posible la

latitud del paralelo de Canarias. Desde el comienzo Colón demostró que

era un marino excepcionalmente dotado. Tras años de navegación en el

Atlántico norte, demostró haber entendido que este océano estaba

dominado por unos vientos que le favorecerían en su empresa, los

Alisios. En palabras de Geoffrey Simcox, «se había dado cuenta de que

había un sistema de vientos circular en el Atlántico que le podía llevar

hacia Occidente y después de vuelta hacia Europa. Así que lo que hizo

fue fundamentalmente seguir ese sistema circular de navegación. Que

pudiese seguirlo y aprovecharse de él fue una obra maestra de la

navegación».

 

Como medida de precaución, antes de partir de Canarias había advertido a

los otros dos capitanes de que no esperaba llegar a su objetivo,

Cipango, hasta pasadas las setecientas cincuenta leguas de Canarias.

Como medida adicional, durante el viaje llevó dos contabilidades sobre

la distancia: una oficial, que disminuía para no inquietar de más a la

marinería, y una secreta, en la que dejaba constancia de los cálculos

que consideraba reales. Pero según pasaban las semanas la inquietud iba

haciendo mella, y el día 1 de octubre la preocupación del almirante era

evidente. El día 6 la alarma ya era general y se reunieron los tres

capitanes. Martín Alonso Pinzón propuso cambiar el rumbo a sudoeste

cuarta oeste, Colón se negó en redondo. La noche del 6 al 7 se produjo

el primer intento de motín entre los marineros de la Santa María. Su

capitán logró calmar los ánimos pero por contrapartida se vio obligado a

aceptar el cambio de rumbo propuesto por Pinzón. En la noche de 9 al 10

el malestar era generalizado y los hermanos Pinzón plantearon un

ultimátum al almirante: si en los días siguientes no hallaban tierra

darían la vuelta.

 

No hizo falta agotar el ultimátum. La noche del 11 al 12 de octubre de

1492, sobre las dos de la madrugada, uno de los avistadores de la Pinta,

Juan Rodríguez Bermejo, apodado Rodrigo de Triana, avistó tierra. Se

decidió dejar la flota quieta hasta el amanecer. Nancy señala que «la

noche anterior al desembarco hubo una espera de tres horas, entre las

dos y las cinco de la madrugada, cuando comenzaba a clarear. Fueron

horas trascendentales en las que los marineros cayeron de rodillas y

lloraron de alivio y alegría». A la mañana siguiente se aproximaron a la

isla que habían avistado la noche anterior, Colón desembarcó y tomó

posesión de ella en nombre de los Reyes Católicos. Se trataba de una de

las islas Bahamas (no ha podido identificarse con exactitud) y le puso

el nombre de San Salvador, aunque los indios la llamaban Guanahaní. El

impacto en el almirante fue doble. Por un lado, dejó constancia de lo

agradable y exuberante de la naturaleza que iba encontrando a su paso;

por otro, comenzaron los primeros encuentros con los indígenas de

aquellas islas. El primer encuentro entre europeos y americanos debió de

ser indescriptible. Nancy Levinson apunta la reacción del almirante:

«Estaba asombrado y atónito de encontrar a gente “desnuda como su madre

los parió”, que fue lo que anotó, ya que él esperaba gente vestida con

bellos y ricos ropajes en edificios de oro relucientes bajo el sol». Los

indígenas, según Robert Fuson, «lo primero que debieron de pensar fue

que [los europeos] llegaban directamente del cielo, inmortales que

bajaban del Olimpo o algo similar. Posiblemente vieron a los españoles

como algo sobrenatural, como si se tratase de un OVNI aterrizando, con

un asombro total».

 

Colón estaba convencido de que había dado con la evidencia que probaba

que su proyecto estaba en lo cierto. Como apunta Geoffrey Simcox,

«cuando Colón vio tierra y desembarcó por primera vez probablemente

pensó que estaba en un archipiélago en la costa oriental de China. Desde

el principio pensó que estaba en Asia y que las tierras del emperador de

China se encontraban tras el horizonte o justo detrás del próximo grupo

de islas». Ésta es la razón por la que navegó a toda prisa por las

Bahamas en busca de algún indicio de tierra continental. El 28 de

octubre llegó a Cuba, isla que bautizó con el nombre de Juana en honor

al príncipe don Juan, heredero de Isabel y Fernando. El 6 de diciembre

divisó la isla de Santo Domingo, que bautizó con el nombre de La

Española y procedió a reconocer sus costas. Durante este proceso, el 24

de diciembre, la Santa María encalló, aunque logró salvar su cargamento

gracias a los indígenas dirigidos por el cacique Guacanagarí. Tomando

dicho acontecimiento como una señal divina, Colón decidió fundar allí el

primer destacamento de españoles, al que puso por nombre Fuerte de la

Navidad, donde dejó a treinta y nueve hombres con víveres para más de un

año. Continuó la exploración de La Española por un tiempo pero ordenó el

regreso a España el 16 de enero de 1493.

 

Con la misma naturalidad que había mostrado para fijar el rumbo a la

ida, ahora no tuvo problema para decidir que se siguiese la dirección

nordeste cuarta este hasta alcanzar el paralelo de las Azores, virando

entonces hacia el este. El 15 de febrero, tras una espantosa tormenta,

llegaron al archipiélago portugués, y el 4 de marzo avistaban el

estuario del Tajo. Ante la imposibilidad de que los barcos continuasen

la travesía, la Niña atracaba en Lisboa (por problemas durante una

tormenta, la Pinta, mandada por Martín Alonso Pinzón, llegaría a Bayona,

Galicia). Apenas ocho meses después de su salida de Palos, Colón había

regresado para contarlo. Se podía llegar a Asia navegando hacia Occidente.

 

SIC TRANSIT GLORIA MUNDI

  («ASÍ PASA LA GLORIA DEL MUNDO»)

 

El regreso de Colón a la Península tras su aventura ultramarina produjo

un impacto mayúsculo. Primero de todo en la propia corte portuguesa, que

todavía no había logrado llegar a Asia oriental circunnavegando África,

lo cual no sucedería hasta la llegada de Vasco da Gama a Calicut en

1498. A solicitud del rey, Colón se entrevistó con Juan II, deseoso de

conocer adónde había llegado realmente el genovés. Diez días después de

su llegada a Lisboa zarpó rumbo al sur, con destino a Palos, donde el

recibimiento fue triunfal, y un mes más tarde acudió a Barcelona a

informar en persona a los Reyes Católicos. La preocupación inmediata de

los monarcas fue asegurar que los descubrimientos hechos y los que se

pudiesen llegar a hacer en las «Indias Occidentales» fuesen para

Castilla en exclusiva. La rivalidad con Portugal llegó en ese momento a

su mayor grado de tensión. Por este motivo, Isabel y Fernando lograron

primero que el papa Alejandro VI dictase cuatro bulas favorables a sus

pretensiones y, tras una larga negociación con Portugal, después los

monarcas llegaron a un acuerdo con el Tratado de Tordesillas (1494), por

el que se repartían los territorios por descubrir de forma amistosa,

trazando una divisoria imaginaria de las áreas de influencia de ambos

países a trescientas setenta leguas al oeste del archipiélago portugués

de Cabo Verde.

 

Sin embargo, el efecto más inmediato de los informes que presentó Colón

a los reyes fue el de decidir una nueva expedición que zarpase en el

menor plazo posible. Como señala Robert Fuson, los reyes «se quedaron lo

suficientemente impresionados como para ordenar un segundo viaje, que

debería ser realmente magnífico: diecisiete naves y entre mil doscientas

y mil quinientas personas. La idea de Colón era la de establecer una

colonia: llevar colonos, plantas y animales. Llevó caballos y cerdos

consigo». Pero se han señalado también otras posibles motivaciones de

este segundo viaje colombino, como el de dotar de un contingente armado

a esas tierras frente a posibles hostilidades portuguesas, construir

puntos fortificados y asentamientos, y el de comprobar cómo la flora y

fauna doméstica europea se podía adaptar a los nuevos territorios.

 

La partida esta vez fue desde Cádiz, el 25 de septiembre de 1493, apenas

seis meses después de su regreso. El itinerario fue similar al del viaje

anterior, primero Canarias y después cruzar el Atlántico aprovechando

los vientos alisios. El viaje sólo duró veintiún días. La llegada al

Caribe se produjo en un punto más al sur que el primer desembarco. Las

primeras islas en ser divisadas fueron las Antillas Menores, Dominica,

Guadalupe y otras más pequeñas, hasta que descubrió una gran isla que

los nativos llamaban Borinquén (actual Puerto Rico) y de allí puso rumbo

a La Española. El paisaje que encontró fue desolador. Los indios taínos

habían acabado con todo el contingente español en el Fuerte de la

Navidad, a causa de los abusos cometidos en ausencia de Colón. El

almirante optó por no castigar a nadie y, un poco más al este, fundó la

villa de La Isabela, primer asentamiento español en el Nuevo Mundo.

Decidió explorar el interior de la isla en un intento de encontrar oro y

las tierras asiáticas que seguía buscando y, ante el fracaso, se embarcó

de nuevo para continuar la labor de exploración. Descubrió Jamaica (a la

que llamó Santiago) y exploró Cuba. Tan convencido estaba de que era

Catay, que incluso lo hizo certificar por el escribano de La Isabela y

firmar por todos sus acompañantes con el compromiso de no desdecirse so

pena de una multa y de cortarles la lengua. Como en sus años de espera

tras la corte de los Reyes Católicos, Colón seguía demostrando su

tozudez y obstinación, que llegaban a extremos insospechados cuando

tenían que ver con su proyecto descubridor.

 

De regreso a La Isabela se reencontró con su hermano Bartolomé y tuvo

noticia de las primeras defecciones de españoles indignados con la

gestión del almirante al frente de los territorios de América. En

opinión del profesor Simcox, «Colón era un excelente navegante y un

marino brillante, pero no era un buen administrador y no supo cómo

manejar a esa gran cantidad de rudos colonos que habían llegado a las

Indias Occidentales». El problema es que las expectativas de éstos se

estaban viendo defraudadas por lo que encontraban en aquellas islas, y

la actitud autoritaria del almirante no parecía ser lo más apropiado

para apaciguar los ánimos y concertar voluntades en esos delicados

momentos. Haciendo caso omiso, Colón zarpó a la búsqueda del continente,

y aunque su descubrimiento oficial tuvo lugar en 1498, parece que entre

finales de 1494 y comienzos de 1495 Colón tenía ya la certeza de haber

encontrado tierra firme, información que no haría llegar a los reyes.

Antes de zarpar de regreso a España le llegaron también rumores de las

protestas de los nativos por el maltrato y la esclavización a los que se

veían sometidos por los españoles. Sobre este proceder puntualiza Simcox

que «Colón era un hombre de su tiempo, al igual que los colonos, que

estaban allí para enriquecerse. Durante la Edad Media hubo un

floreciente mercado de esclavos, la esclavitud era algo habitual de la

sociedad europea. Por tanto no era en absoluto extraordinario para Colón

y los colonos recurrir a ella», pese a que con ello cometiesen una

flagrante injusticia para con los pobladores de un continente que había

permanecido al margen de esa Europa durante siglos. El 20 de abril de

1496 ponía rumbo de regreso a Europa con dos carabelas, que llegarían a

Cádiz en junio. En el otoño se trasladó a Burgos para informar a los

reyes de los asuntos indianos. Pero el momento de gloria de Colón había

pasado y ya nunca gozaría de la reputación que adquirió al regreso de su

primer viaje.

 

 

 

Los últimos años del almirante del mar océano

 

Pese a las quejas que llegaban ya a la Península de la mala

administración y los desmanes por parte de Colón y su familia en los

territorios descubiertos, los reyes acogieron al almirante con

generosidad, confirmándole sus privilegios y honores. La primavera

siguiente tomaron las primeras disposiciones para un tercer viaje que,

sin embargo, se retrasó más de un año en su ejecución. La nueva

expedición estuvo compuesta por ocho navíos y salió de Sanlúcar de

Barrameda el 30 de mayo de 1498. Durante el viaje Colón sufrió un primer

ataque de gota, la enfermedad que tanto le haría padecer en años

sucesivos. El punto de llegada fue distinto respecto a los viajes

anteriores. Los barcos llegaron a la isla de Trinidad y exploraron la

desembocadura del Orinoco, en la actual Venezuela. El inmenso río y el

paisaje, fauna y flora que contempló en sus orillas le causaron una gran

impresión, por lo que no dudó en situar allí el Paraíso terrenal.

Decidió entonces dirigirse a La Española, donde el destacamento español

había cambiado de ubicación. Siguiendo las órdenes de Bartolomé Colón se

habían trasladado a una población de nueva creación, Santo Domingo; por

entonces los colonos se hallaban divididos entre partidarios y

detractores de los Colón. La llegada del almirante tendría que haber

servido para apaciguar los ánimos, pero no fue posible y las divisiones

se acentuaron. El 21 de mayo los Reyes Católicos firmaron el

nombramiento de Francisco de Bobadilla como sucesor de Colón al frente

de la administración española en los territorios recién descubiertos.

Era un golpe en toda regla a la acción de Colón justo en el momento en

que anunciaba a los reyes el hallazgo de Tierra Firme al sur. El 23 de

agosto hacía su entrada Bobadilla en Santo Domingo y, pese a su

indulgencia inicial, no pudo reprimir las críticas de los partidarios de

Colón, por lo que ordenó la prisión de los hermanos Colón y su posterior

regreso a España. El profesor Simcox describe así el retorno de Colón a

Europa: «Fue enviado de vuelta como un caído en desgracia. Una vez que

estuvo a bordo del barco camino de España, el capitán le ofreció

quitarle las cadenas ya que allí no hacían falta. Colón se negó, las

llevó como un símbolo casi de martirio, como algo que dramatizaba su caso».

 

De regreso en España fue presentado ante los reyes el 16 de diciembre de

1500, y rápidamente fue liberado. Además, los monarcas quisieron

restituirle algunos derechos económicos. Permaneció durante largos meses

junto a la corte en Granada, esperando recibir un trato favorable para

su caso. Por fin los reyes decidieron organizar un cuarto viaje

comandado por Colón, aunque él se sentía viejo y desbordado por el

encargo, cuyo objetivo era hallar el camino directo de las fuentes de

las especias y descubrir si existía algún estrecho que permitiese

facilitar la exploración. Colón aceptó a disgusto, aunque aquello

encajase con la composición de lugar que se había hecho sobre los

territorios descubiertos. En opinión de Robert Fuson, «en su mente veía

Sudamérica como un continente, sin duda, pero como una parte meridional

de Asia. Centroamérica sería la península Malaya, y si podía rodearla

llegaría hasta el océano Índico». Un estrecho en Centroamérica

facilitaría enormemente la labor y permitiría a Castilla una ventaja

indudable en la navegación hacia Extremo Oriente. Zarpó de Cádiz el 11

de mayo de 1502 con cuatro navíos y una tripulación de ciento cincuenta

hombres. Llegó al otro lado del Atlántico el 15 de junio, y enseguida se

centró en su tarea de explorar la costa continental, pero fue un

completo desastre. Como señala el profesor Fuson, «el intento de navegar

a tierra firme fue un fracaso, no logró instalar el primer asentamiento,

tuvo problemas con los indios, tuvo problemas con las tormentas, los

barcos se estaban pudriendo… tuvo toda clase de problemas». No obstante,

dos episodios demostraron que todavía tenía talento de navegante y alma

de aventurero. A su llegada a La Española, antes de partir hacia

Centroamérica, fue capaz de predecir que se avecinaba un huracán y

aconsejó que no saliese la flota que escoltaría al ya ex gobernador

Bobadilla a España. Su consejo fue ignorado, con el resultado de más de

quinientos tripulantes muertos y toda la flota perdida. Por otra parte,

y ya de regreso a La Española desde Tierra Firme, sus naves encallaron

en Jamaica debido a su mal estado. Allí tuvo que esperar más de un año a

que enviasen un barco de rescate, durante el cual tuvo todo tipo de

problemas con los indígenas. Parece que la predicción de un eclipse

lunar sirvió a Colón para amedrentar a los nativos y mantener el nivel

de tensión con ellos en niveles aceptables. Por fin puso tasa a tantos

sinsabores. El 12 de septiembre de 1504 abandonaba Santo Domingo rumbo a

España, y ya no volvería a ver nunca más el Nuevo Mundo que había

descubierto.

 

Llegó a Sanlúcar de Barrameda el 12 de septiembre e intentó desde

entonces servirse de las influencias para conseguir que la corte le

reconociese los derechos que seguía reclamando sobre sus

descubrimientos. Pero para entonces ya estaba muy enfermo y

decepcionado. Como recuerda Geoffrey Simcox, «en sus últimos años, Colón

estaba amargado, desilusionado, decepcionado. Sentía que la corona

española no le había tratado como se merecía». El 20 de mayo de 1506, a

los cincuenta y cinco años de edad, fallecía en Valladolid el que fue

muy probablemente el mejor marino de la Historia, el almirante del mar

océano. En sus escritos dejó constancia de que se sentía poseedor de una

misión divina que le había movido a realizar la navegación hacia

Occidente. En opinión de Robert Fuson, Colón «estaba obsesionado y se

creía que era la Divina Providencia la que actuaba y la que le había

escogido. Se veía como un instrumento de Dios, actuando bajo la corona

española para desempeñar su misión».

 

Nunca llegó a ser consciente de que había revelado al mundo un tesoro

fabuloso, todo un continente lleno de secretos por descubrir. Poco

después de su muerte, la generación de navegantes que tomó el relevo

demostraría la verdadera dimensión de lo que se había encontrado y

entonces, como había sucedido en el siglo anterior, la forma de entender

el mundo y las gentes que en él habitaban cambió definitivamente ante

una nueva realidad que demostraba a Europa, Asia y África que no estaban

solas en el planeta. Gracias a Cristóbal Colón el mundo fue desde

entonces un poco más pequeño y la humanidad, un poco más grande.

 


PABLO PICASSO.

 







La mirada del siglo XX



El siglo XX contempló un cambio en el ámbito de la producción artística

como no se había conocido con anterioridad. Desde la primera década de

la centuria comenzó a vivirse una mutación acelerada no sólo en el

conjunto de las expresiones artísticas, sino en el propio concepto de

arte, de actividad creadora, de relación entre el artista y su obra, y

entre ésta y el público. En aquellos años iniciales las galerías de arte

comenzaron a poblarse de pinturas y esculturas que dejaron atónitos a

sus espectadores, que vacilaban entre la incredulidad, el espanto y la

fascinación. Se trató de una auténtica revolución en la que los artistas

erigieron la libertad por encima de cualquier otro valor y en la que una

figura emergió como catalizador y símbolo de los nuevos tiempos. Se

trataba de un artista español instalado en París, de nombre Pablo

Picasso. El camino desde su Málaga natal hasta el centro del universo

artístico moderno, la capital del Sena, fue una historia mezcla de genio

y esfuerzo. Desde entonces desarrolló una vasta carrera artística en la

que demostró una potencia creadora, una independencia y una libertad que

le han convertido en el auténtico protagonista del arte contemporáneo.

Su larga vida de noventa y dos años es una de las historias que mejor

sintetizan lo que tuvo de heroico y dramático para la humanidad el

tiempo en que vivió.



París, 1900. La capital de Francia es la capital cultural del mundo. Por

supuesto no es la única urbe europea en la que se cocinaban las

principales novedades artísticas e intelectuales del momento. Ciudades

como Viena, Berlín o Londres también eran importantes focos de

influencia, pero en París convergían las corrientes más fecundas de todo

el viejo continente. Contaba con un pasado cultural glorioso al que se

venían a añadir el dinamismo que le proporcionaba el desarrollo

industrial y la llegada de conocimientos de otras civilizaciones gracias

a la expansión colonial francesa. Mientras que Londres hacía gala del

aislamiento pretendidamente autosuficiente que frente al resto de Europa

practicaban las élites anglosajonas, Viena y Berlín habían llegado tarde

—o directamente no habían llegado, como es el caso de la primera— a la

apertura cultural que supuso el reparto colonial de África y Asia en la

segunda mitad del siglo XIX. Además, París era el cruce de caminos entre

las grandes áreas europeas de civilización: a su herencia latina

mediterránea, que se enriquecía con los aportes fronterizos de Italia y

España, se sumaba el contacto secular que había practicado con la

cultura inglesa y germánica, aunque las relaciones políticas con las

potencias de ambas zonas habían ido cambiando a lo largo de los siglos.



Si algo quedaba claro en aquel fin de siècle (término con el que se

suele denominar a este particular momento cultural) era que los

principales intelectuales y artistas se sentían incómodos ante el

ambiente tradicional que presidía las instituciones políticas y

culturales. Frente al academicismo rígido y opresivo, las tendencias

artísticas surgidas en las últimas décadas habían comenzado a

experimentar con el arte. El impresionismo había renovado los conceptos

de luz y espacio, y el modernismo había supuesto una liberación formal

absoluta de la dictadura del clasicismo. Una pléyade de nuevos

protagonistas, Cézanne, Gaugin, Toulouse-Lautrec o Van Gogh, por citar

sólo algunos de ellos, estaban traspasando las fronteras de las

aportaciones que habían supuesto estos movimientos y proponían nuevas

formas de representar la realidad y expresar las emociones. Era sin

lugar a dudas el punto al que tenía que acudir cualquier artista que

quisiese conocer las aportaciones más recientes y los retos que se

planteaban en el despuntar de un siglo que parecía haber llegado cargado

de la promesa de un progreso infinito. A esa ciudad arribó en una mañana

del otoño de 1900 un grupo de tres jovencísimos artistas españoles, uno

de ellos era Pablo Ruiz Picasso.







Jugar con los pinceles



Málaga a finales del siglo XIX era un importante centro agrario y

portuario de la Andalucía oriental. Allí nació Pablo Ruiz Picasso el 25

de octubre de 1888, en los años finales del reinado de Alfonso XII. Era

hijo de José Ruiz Blasco, de cuarenta y tres años, y de María Picasso

López, de veintiséis. Su padre era pintor, profesor de dibujo en la

Escuela de Bellas Artes de San Telmo y conservador del Museo Municipal

de Málaga. Al parto asistió su hermano, Salvador Ruiz, médico y jefe del

distrito sanitario del puerto malagueño, que protagonizó una conocida

anécdota. Al nacer el niño estaba aletargado, lo que llevó a los

presentes a creer que estaba muerto. Para comprobar si el recién nacido

respiraba, Salvador espiró el humo del cigarrillo que fumaba en su cara,

lo que provocó una tos incontrolada que le sacó del aletargamiento, por

lo que es posible que sin esta intervención el bebé hubiese tenido

alguna secuela nociva. El núcleo familiar en que se crió estaba formado,

además de por sus padres, por dos hermanas menores que nacieron en 1884

(Lola) y 1887 (Concepción), una abuela, dos tías y una criada. Por tanto

se crió en un universo completamente femenino (excepción hecha de su

padre). Muchos han visto en esta circunstancia y en la supuesta actitud

consentidora de las mujeres de su familia los orígenes de las actitudes

machistas de las que haría demostración a lo largo de toda su vida.



El niño fue de una precocidad asombrosa. Sus primeros dibujos y su

primer cuadro están datados en el bienio 1889-1890. Con tan sólo ocho

años era capaz de tomar los lápices y los pinceles para pintar, en lo

que constituye posiblemente el comienzo más precoz de una carrera

artística de toda la historia. Su padre fue muy consciente del don

especial que tenía para las artes y desde muy pequeño mimó su formación

plástica. Por desgracia, la situación económica de la familia era

apurada. Ganarse la vida como pintor en la España del siglo XIX era

sumamente difícil para aquellos que no pertenecían a los círculos

oficiales, lo que obligaba en muchos casos a solicitar constantemente

puestos de trabajo y, en caso de que surgiesen oportunidades,

trasladarse con toda la familia en busca de una vida mejor. Eso fue lo

que sucedió a la familia Picasso, que en 1891 se trasladó a La Coruña,

donde el cabeza de familia había conseguido la plaza de profesor de

dibujo en la Escuela de Bellas Artes de dicha capital. Allí pasaría la

familia un total de cuatro años, cruciales en la educación del joven

Pablo. Además, su precocidad hizo que su padre, que tenía una salud muy

precaria, esperase de él que en un plazo corto pudiese contribuir con su

talento al sostenimiento de la familia, expectativas de las que fue

consciente desde muy joven y que le marcaron con un especial sentido de

la responsabilidad.



En la capital gallega Pablo siguió primero estudios de secundaria (en el

instituto Da Guarda) hasta que en el curso 1892-1893 pudo ingresar en la

Escuela de Bellas Artes en la que impartía clases su padre. Durante este

último año su hermana menor, Conchita, murió de difteria, en la que

constituyó la primera muerte que jalonaría su vida de un dolor que en

ocasiones posteriores quedaría plasmado de forma impresionante en sus

pinturas. A medida que iba creciendo y que con los estudios iba formando

sus habilidades y su sabiduría artística, su destreza comenzó a adquirir

caracteres de auténtico maestro según el criterio de su entorno; tanto,

que su padre decidió abandonar el ejercicio de la pintura en privado,

asombrado y quizá abrumado por lo que iba consiguiendo su hijo. Desde

entonces sólo pintaría en el ejercicio de la docencia artística.



En 1895 don José logró un destino más estimulante para su joven hijo. Se

trataba de un puesto de profesor de dibujo y pintura en la Escuela de

Arte de la Lonja, en Barcelona. Antes de tomar posesión de su plaza para

el comienzo del curso en otoño, la familia viajó a Málaga y

posteriormente a Madrid, donde Pablo visitó por primera vez el Museo del

Prado, al que regresaría en varias ocasiones en los años finales del

siglo y cuya colección le produjo una profundísima impresión, como

demuestran algunas copias que realizó entonces. Cuando la familia

Picasso se instaló en Barcelona ésta era la ciudad más moderna de

España, en la que la industrialización había cobrado mayor impulso y

donde la influencia europea se dejaba sentir con mayor vigor. Sin lugar

a dudas era un ambiente mucho más proclive al desarrollo de las

capacidades del joven Picasso que ningún otro lugar del país. Ingresó en

la Escuela de la Lonja en 1896, superando con mérito los exámenes de

ingreso, y en los dos años posteriores perfeccionó su arte, ejecutando

dos obras según el gusto oficial que alcanzaron un notable éxito. La

primera de ellas, La primera comunión, fue acogida en la Exposición de

Bellas Artes de Barcelona, y la segunda, Ciencia y caridad, ganó una

mención de honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en

Madrid en 1897. Su autor tenía sólo dieciséis años de edad.



En el curso 1897-1898 se trasladó a Madrid, ya que se había matriculado

en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el gran centro de

enseñanza artística de la España decimonónica. Durante su estancia

madrileña Picasso volvería en reiteradas ocasiones al Prado, donde

llamarían su atención sobre todo los pintores del Siglo de Oro español,

en especial, El Greco y Velázquez. De todos modos el aprendizaje en la

Academia no debió de ser lo suficientemente atractivo ya que decidió

volver a Barcelona junto a su familia. Pasó el verano en el pueblo

tarraconense de Horta de San Juan (también conocido como Horta de Ebro)

en casa de su amigo Manuel Pallarés, donde le produjeron una gran

impresión la naturaleza y la vida campesina, pues hasta entonces siempre

había vivido en ciudades.



A su regreso a Barcelona comenzó a entrar en contacto con algunas de las

principales figuras del intenso movimiento de renovación artística que

vivía la ciudad, el modernisme. Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Joaquín

Mir, Hermenegildo Anglada Camarasa fueron tan sólo algunos de los

artistas con los que coincidió en el templo de la bohemia barcelonesa

del fin de siglo, Els Quatre Gats («Los cuatro gatos»), un local a medio

camino entre la cervecería, el hostal y la sala de exposiciones. Fue en

esta época cuando estrechó su relación con Manuel Pallarés (con quien

alquilaría su primer estudio en el número 4 de la calle de la Plata

gracias a una ayuda económica de su padre) y con Carlos Casagemas. En

febrero de 1900 se inauguró su primera exposición individual,

precisamente en Els Quatre Gats, y realizó su primer grabado, una de las

técnicas en las que se revelaría como un auténtico maestro. Pero aquél

fue el año en que un acontecimiento internacional llamó la atención del

público más que ningún otro, la Exposición Universal de París. Si la

ciudad del Sena era ya de por sí un imán para cualquier joven artista,

el evento dio a Picasso la excusa perfecta para dar el salto a un

horizonte más amplio que el que podía proporcionar España a un hombre de

su talento.







París y la formación de un genio



En el otoño de 1900 llegaron desde Barcelona a París tres jóvenes

artistas: Carlos Casagemas, Manuel Pallarés y Pablo Ruiz Picasso. Los

tres se instalaron en un estudio que poco antes había dejado vacío el

pintor barcelonés Isidro Nonell y aprovecharon su estancia para

empaparse del ambiente de la ciudad. Entre esa fecha y 1904 la vida del

joven pintor transcurriría entre Barcelona (donde vivía su familia),

París (donde fue introduciéndose en su cosmopolita ambiente artístico) y

alguna estancia breve en Madrid y Málaga. En aquel primer viaje a la

ciudad del Sena conoció además al marchante de arte Pedro Mañach, que

firmó un contrato con él por el que se comprometía a entregarle todo lo

que pintase a cambio de ciento cincuenta francos mensuales.



Para Navidades Picasso había regresado a Barcelona y, como resultado de

la experiencia parisina, comenzaba a experimentar con su producción

artística. Inició una etapa de indagación formal y búsqueda de su propia

identidad artística que abarcaría cuatro años y en la que dio muestras

de una acusada y original personalidad. Tras un comienzo desconcertante

en el que parecía estar absorbiendo todas las novedades que estudió en

París (y al que pertenece el conmovedor e impactante cuadro La muerte de

Casagemas que pintó al conocer el suicidio por desamor de su íntimo

amigo en el verano de 1901), los tonos azules se fueron apoderando de su

paleta, las figuras se alargaron (en clara remembranza del arte de El

Greco), las atmósferas se cargaron de melancolía y los temas recorrían

el mundo de los marginales y desheredados, sobre los que posaba una

mirada tierna y llena de empatía. Fue su célebre «etapa azul», que

marcaría el inicio de una búsqueda de la autenticidad artística que ya

no acabaría nunca. A ella pertenecen obras como La vida, El guitarrista

ciego o La Celestina, y aparecerían temas que ya no le abandonarían,

como el papel recurrente y totémico de la mujer o los autorretratos, que

siempre fueron uno de sus géneros favoritos. También fue la época en la

que adquirió la costumbre de firmar sus lienzos sencillamente como

Picasso y en la que realizó su primera escultura, técnica que cultivaría

con gran éxito más adelante.



Muy pronto logró ir abriéndose paso en París. En 1901 realizó un segundo

viaje y expuso junto al también español Francisco Iturrino en la galería

de uno de los más importantes marchantes de arte del momento, Ambroise

Vollard. Aunque éste inicialmente no fue muy receptivo hacia su obra, en

el futuro tendría un papel decisivo en su carrera. Para el artista

malagueño estos años fueron de tanteo del terreno para intentar

encontrar un representante que realmente apreciase el valor de su

trabajo. Las diferencias con Mañach eran ya patentes y en enero de 1902

rompieron el contrato que los vinculaba. Pese a estos vaivenes

económicos y a no haber logrado una independencia económica firme,

decidió establecerse definitivamente en París durante su cuarto viaje a

la ciudad, en abril de 1904. Allí alquiló un estudio en el artístico

barrio de Montmartre (en el que viviría con alguna interrupción hasta

1912) y que su amigo el poeta Max Jacob, al que había conocido en 1901,

bautizaría con el nombre Bateau-Lavoir por afirmar que le recordaba a

los barcos que servían de lavadero en el Sena. En esos meses conoció a

tres personas que marcarían su vida en los próximos años: los poetas

Guillaume Apollinaire y André Salmon, y la que sería su primera pareja

estable, Fernande Olivier, la mujer que le descubrió el amor.



En esta etapa su producción pictórica continuó en constante evolución.

La carga trágica de sus temas se fue rebajando, y la paleta fría

centrada en el azul fue cambiando hacia colores otoñales entre los que

predominaba el rosa. Los personajes de sus lienzos pasaron a ser los del

circo —acróbatas, saltimbanquis, forzudos, arlequines— y actores, a los

que frecuentaba en el cabaret «Le Lapin Agil» y el «Cirque Médrano»,

ambos en Montmartre. Se trata de la etapa rosa a la que pertenecen obras

como La acróbata de la bola, El muchacho de la pipa, Los dos hermanos y

algunos retratos como el de La señora Canals. En 1906 logró que Vollard

le comprase algunas de estas obras, en lo que constituyó un importante

paso para hacerse con un circuito comercial que le diese estabilidad. Su

vida en París no era precisamente cómoda, ganaba poco dinero y las

privaciones eran muchas, pero el cariz que estaba tomando el ambiente

cultural parisino compensaba con creces los sacrificios.







Revolución en las artes: las vanguardias



Por aquel entonces se estaba produciendo un gran terremoto en el terreno

artístico y París era una vez más el epicentro. En 1903 se inauguró el

primer Salón de Otoño, un evento artístico destinado a dar a conocer al

gran público las creaciones más interesantes del arte contemporáneo. El

primero se dedicó a Paul Gaugin, que había muerto poco antes. Quizá era

la señal de que la generación del postimpresionismo llegaba a su fin

(Van Gogh había muerto en 1890, Toulouse-Lautrec en 1901 y Cézanne lo

haría en 1906) y de que una nueva época se avecinaba. El acta de

nacimiento de ésta llegó dos años más tarde. En el Salón de Otoño de

1905 expusieron su obra un grupo de jóvenes artistas, entre los que

destacaban Henri Matisse y André Derain, con un conjunto de pinturas en

las que los protagonistas eran los colores puros usados en superficies

planas como clara reacción al impresionismo. Un crítico, Louis

Vauxcelles, incómodo ante lo que consideraba una agresión estética,

calificó a estos artistas de fauves («fieras»). Era el nacimiento del

fauvismo, primero de los movimientos de renovación del arte que

conocemos como vanguardias. Con este nombre se denomina a la serie de

corrientes que entre esa fecha y hasta la Segunda Guerra Mundial se

sucedieron rápidamente y que tenían como denominador común la ruptura

con la tradición artística asentada desde el Renacimiento, el uso de

nuevos materiales y soportes, y la redefinición del papel del artista y

su obra en la sociedad. Los artistas jóvenes ya no desean reproducir la

realidad, de eso ya se ocupaba la fotografía desde hacía más de

cincuenta años, e incluso el cine; lo que querían era analizarla,

reconstruirla y representarla de una forma nueva, que fuera capaz de

transmitir al espectador sentimientos y experiencias estéticas nuevas. A

largo plazo la puesta en práctica de estos principios constituyó una

auténtica revolución en el mundo del arte.



Picasso no se acercó a los fauvistas ni compartió su estética. Pero

asistió con muchísima atención a su propuesta y a lo que estaba

sucediendo. En el otoño de 1906, tras haber pasado el verano con

Fernande en el pueblo leridano de Gósol, en el que ensayaría fórmulas

artísticas que desarrollaría durante los dos años siguientes, le

presentaron a Matisse, con quien mantuvo una de las relaciones de

amistad más importantes de su vida. Ambos reconocían en el otro a un

gran amigo y al mejor artista que conocían. Desde ese momento Picasso

comenzó un nuevo proceso de indagación creativa. El maestro fauvista

había vuelto a despertar en él el interés por el arte prehistórico y

primitivo (desde la escultura africana y oceánica hasta las obras del

arte ibérico o del arcaísmo griego) y en sus personajes se fueron

introduciendo alteraciones en la proporción y deformaciones en los

rostros, tratados como si fuesen máscaras, tal y como se puede apreciar

en el retrato de Gertrud Stein, una intelectual y mecenas norteamericana

que le fue presentada ese mismo año. Al tiempo se dejó llevar por la

fascinación que le producía la obra de Cézanne, con sus volúmenes puros

y desnudos, y sus formas y espacios se fueron volviendo cada vez más

sencillos y planos. Su paleta se diversificó y ahora parecían mezclarse

el rosado con el azul.



Como punto culminante de esta experimentación Picasso trasladó a un

lienzo una serie de estudios que había hecho en papel sobre el tema

Marinero y mujeres en un burdel. El resultado fue una obra maestra que

causó un impacto sensacional entre sus contemporáneos, Les Demoiselles

d’Avignon («Las señoritas de Aviñón», como la bautizó Apollinaire al

recordar una incursión del grupo de amigos en la ciudad provenzal,

aunque parece que Picasso aceptó el nombre porque le recordaba a un

burdel que había frecuentado en el carrer Avinyó —«calle Aviñón»— de

Barcelona). Se trata de una obra que desconcierta al espectador. En ella

se representa a las cinco prostitutas en un espacio completamente

deshecho en planos superpuestos. Las dos figuras centrales parecen estar

posando o tumbadas, mientras que las que están de pie en los extremos

dan la impresión de correr cortinajes inexistentes para entrar en la

escena. Por último, otra figura femenina está sentada en la esquina

inferior derecha (de espaldas y volviendo la cabeza para contemplarnos,

como si interrumpiésemos la escena) detrás de una mesa sobre la que

descansa un bodegón de fruta. La sensación de interpelación al

espectador se ve acentuada por las miradas de las dos mujeres centrales,

que se diría que también nos miran. La paleta combina de nuevo el azul

con el rosa, el gris y el blanco y los rostros aparecen deformados en

máscaras ibéricas o africanas. La fisonomía parece haber sido

descompuesta y reensamblada en un ejercicio de representación de la

realidad que no se limita a imitarla. El cuadro no se exhibió en público

hasta 1916, pero todo el círculo cercano a Picasso pudo contemplarlo

desde que fue terminado en 1907, y su efecto fue inmediato. Su

reputación entre artistas y marchantes de arte se incrementó rápidamente

y marcaría un punto de inflexión en su carrera.



La obra sirvió de punto de partida para un proceso de maduración que le

llevaría a crear la vanguardia con la que más se le ha identificado, el

cubismo, al que poco después se sumaría Georges Braque (se habían

conocido en 1906) y otros artistas como el madrileño Juan Gris o el

holandés Piet Mondrian, que desde este estilo dio el salto al arte

abstracto. En los meses siguientes la paleta se fue apagando hacia los

grises y ocres y los objetos comenzaron a caracterizarse por una

geometrización cada vez más acentuada. El artista descomponía el objeto

a representar en sus diferentes facetas y formas, y aspiraba a

representarlas todas sobre el lienzo, no sólo las que eran visibles por

el ojo. Esta etapa del cubismo —llamado «analítico»— desembocó en

cuadros de extrema complejidad, en el que los planos geométricos

parecían quedar reducidos a miles de pequeños cristales de colores cada

vez más oscuros que recomponían la figura (de ahí su nombre de cubismo

«cristal») para llegar a un último momento de síntesis en el que el

artista superó el afán totalizador seleccionando subjetivamente las

formas geométricas que componían la figura (cubismo «sintético»). Este

recorrido, que ocuparía la obra de Picasso por lo menos desde 1908 hasta

1916, tuvo como resultado decenas de paisajes, bodegones y retratos en

los que quedaba recogida su genial forma de entender la realidad y

dejarla plasmada en una pintura. Momentos brillantes de esta etapa de su

carrera fueron el verano que pasó en Horta de Ebro en 1909 (cuyo fruto

fueron unos paisajes cubistas de solemnidad contemplativa y serenidad

clásica), los retratos que realizó en 1910 a los marchantes Ambroise

Vollard y Daniel-Henri Kahnweiler (en los que los representados quedan

reducidos a efigies facetadas e intrincadas) y muchísimos bodegones en

los que hizo su aparición en 1911 la técnica del collage (se pegaban al

lienzo pedazos de periódico, letras impresas, cartulinas de colores o

linóleo como una forma de insertar en la obra fragmentos de realidad).



La situación del pintor malagueño mejoró sustancialmente durante esta

etapa. Los cubistas encontraron un apasionado defensor desde 1908 en el

marchante Kahnweiler, que fue buscando cauces para que el movimiento

encontrase espacios para exponer y coleccionistas interesados en sus

obras. En 1911 Picasso firmaría un contrato por el que Kahnweiler se

convirtió en su representante, al tiempo que comenzaba una serie de

importantes exposiciones internacionales que dieron a conocer el cubismo

en Berlín, Ámsterdam o Nueva York. En el plano personal fue además el

año de su primera gran ruptura sentimental. El pintor finalizó su

relación con Fernande, deteriorada desde hacía tiempo, a la que

sustituyó al poco tiempo por Eva Gouel. Sería la primera separación que

iniciaría la larga serie de mujeres que ocuparían su vida, tan

esenciales para él pero a las que hacía padecer todos los sinsabores y

desvelos de su genio artístico. Picasso no podía vivir sin su amor, pero

a veces les imponía auténticos tormentos. Según su propio nieto, Olivier

Widmaier Picasso, «mi abuelo era un rey sol, un astro dominante. Las

mujeres eran los planetas satélites, girando satisfechas sobre sí

mismas, acercándose a la estrella, a veces alejándose, si es que él no

decidía enviarlas al otro extremo de la galaxia, donde se extinguían».



Eran los años en los que comenzaba su fama internacional y en los que su

obra llamaba la atención de artistas de todo el mundo. Sin embargo,

todos tenían muy claro desde entonces que Picasso era un artista

solitario. Quitando a Braque, con el que realmente colaboró durante los

meses en los que maduró el cubismo, la creación era para él fruto de la

soledad. Como sostiene el historiador del arte Juan J. Luna, «no tenía

discípulos, pero sí legiones de imitadores, ingenuos en cierto modo;

cuando comenzaban a seguir una senda nueva por él abierta, encontraban

que el polifacético e imprevisible genio ya la había recorrido

íntegramente hasta sus últimas consecuencias y, agotadas sus

posibilidades, la abandonaba para iniciar otro camino estético».

Efectivamente, Picasso no se quedó estancado en el cubismo. Aunque en su

producción la estética cubista siguió presente de forma continuada hasta

1923, desde mediados de la segunda década del siglo XX comenzó a

explorar nuevas vías de expresión que le llevaron por derroteros muy

diferentes. Pero esa trayectoria se hizo en un contexto muy distinto, no

ya en el París luminoso del final de la Belle Époque, sino en la Europa

inmersa en el horror de la Primera Guerra Mundial.







De una guerra mundial a otra



La Primera Guerra Mundial fue un momento duro en la vida de Picasso, no

sólo por el terrible sufrimiento que la contienda supuso en la vida de

la población europea, sino también por su propia trayectoria en esos

años. El preludio lo había puesto la muerte de su padre, fallecido en

1913 en Barcelona, ciudad a la que volvería en ocasiones durante la

contienda, que pasó fundamentalmente en París. Allí protagonizó en 1915

un hecho sorprendente para el medio artístico. En ese año pintó y dio a

conocer al público dos retratos, uno de Ambroise Vollard y otro de Max

Jacob, absolutamente realistas, con un dibujo inspirado en el pintor

neoclásico Ingres y alejado del estilo conceptual del cubismo. Sus

amigos y seguidores se mostraron absolutamente sorprendidos. La crítica

habló de crisis, retorno a los orígenes, llamada al orden frente al caos

en que había degenerado la evolución de los estilos artísticos… Todavía

hoy los historiadores del arte se preguntan por qué Picasso decidió

desarrollar desde entonces y durante diez años una línea figurativa

convencional, aunque siempre influida por su genial concepción de la

realidad artística y sin que eso supusiese el abandono del lenguaje

contemporáneo. En esa etapa Picasso fue dos pintores en uno, ya que

siguió desarrollando el cubismo sintético.



Ese mismo año también murió tras una larga enfermedad Eva Gouel, lo que

le sumió en una soledad emocional absoluta en un momento en el que la

subsistencia en París era difícil. Pero un encuentro le fue planteando

nuevos horizontes que le permitirían superar la crisis. Le presentaron

al escritor y artista francés Jean Cocteau, que le puso en contacto con

el empresario ruso Sergei Diaghilev, director de la que había sido desde

principios de siglo la más prestigiosa e innovadora compañía de ballet

en Francia, Les ballets russes. Desde entonces comenzó a colaborar con

el empresario para el diseño de decorados, telones y figurines de nuevas

producciones. Durante cinco años colaboraría con la compañía en los

montajes de los ballets Parade (1917, con música de Erik Satie), El

sombrero de tres picos (1919, con música de Manuel de Falla) y

Pulcinella (1920, con música de Igor Stravinsky). Pero la aportación más

importante de los ballets rusos para Picasso fue el de una nueva

estabilidad emocional. En febrero de 1917 viajó con Cocteau a Roma para

continuar el trabajo en Parade, donde conoció a la bailarina Olga

Koklova, con la que se casaría al año siguiente y que sería la madre de

su primer hijo, Paulo, nacido en 1921. Todavía tendría que superar antes

del fin de la guerra la muerte de su gran amigo Apollinaire en 1918.



Los años siguientes son de optimismo, un estado de ánimo que queda

reflejado en su obra. A sus obras figurativas, como los retratos de Olga

sentada en un sillón (1917) o Paulo vestido de Arlequín (1923), y las

pertenecientes al cubismo sintético tardío, cuyo punto de llegada sería

la obra maestra Los tres músicos (1921), se vinieron a sumar un tercer

grupo de inspiración grecorromana. El viaje a Italia de la primavera de

1917, además de a Roma, le llevó a Nápoles, Pompeya y Herculano, donde

redescubrió la tradición clásica antigua que despertó en él un renovado

entusiasmo por pintar obras de ambiente mediterráneo, gran

monumentalidad en las formas e inspiración antigua; a este grupo

pertenecen obras como Tres mujeres en una fuente (1921), o La flauta de

Pan (1923). El conjunto de estos cuadros compone un momento de serenidad

y contemplación en la obra de Picasso, como si el torrente incesante de

su discurrir artístico hubiese encontrado un remanso momentáneo. Pero el

remanso duró poco. A mediados de la década comenzó a distanciarse de

Olga, de la que se separaría definitivamente en 1935. Al mismo tiempo,

el ambiente artístico de posguerra se había visto sacudido por una nueva

corriente creativa, el surrealismo, que postulaba la ruptura con la

conciencia (introduciendo en las expresiones artísticas el mundo del

subconsciente y los sueños) y la subversión de las convenciones

sociales. El movimiento surgió en torno al escritor André Breton y

estuvo compuesto por un grupo muy compacto en el que Picasso no entró,

pero por el que sintió una gran simpatía. Algunas de sus obras fueron

expuestas en la primera exposición de los surrealistas en 1925 y en su

producción de los años siguientes existen obras que denotan la

influencia del grupo, como la Bañista sentada (1930). Asimismo

aparecieron rasgos de un fuerte simbolismo, como la presencia reiterada

del minotauro, ser mitológico al que atribuye un significado telúrico y

sexual de gran potencia simbólica y que algunos autores han visto como

un reflejo del propio Picasso en su obra (el ejemplo más acabado del uso

del minotauro figura en la serie de grabados Suite Vollard, de 1931).



Los años treinta estuvieron marcados por la convivencia entre la

angustia y la serenidad. La angustia se expresó en algunas obras que,

arrancando de su inspiración surrealista de la década anterior, fueron

adquiriendo tintes más tensos y crispados. El contrapunto a estas

creaciones lo traería de nuevo una relación amorosa. En 1927 Picasso

había conocido a Marie-Thérèse Walter, una joven de dieciocho años con

la que empezó una relación adúltera de la que nacería su hija Maya, en

1935, y que le inspiró una serie de coloridos retratos en los que

predominan las líneas curvas y los colores vivos, y que transmiten

gracia, placidez y sensualidad (como El sueño o Mujer ante el espejo,

ambos de 1932). La escultura cobraría nuevo protagonismo (gracias a su

colaboración desde 1928 con el escultor barcelonés Julio González, que

le enseñó a soldar el hierro dando como fruto numerosas esculturas

metálicas) y temas que no cultivaba desde sus años de aprendizaje

reaparecerían gracias al viaje a España que realizó en 1934, como las

corridas de toros. Pero la tendencia general de estos años fue de una

creciente angustia vital, sin duda inducida por el contexto crítico de

la situación política del momento, que tendría un primer estallido con

el comienzo de la Guerra Civil española en julio de 1936.







Una obra culmunante: el Guernica



El 20 de noviembre de ese año, el gobierno de la República, en un gesto

que quería atraer la atención de la opinión pública internacional,

nombró director del Museo del Prado a Picasso, siguiendo así la

tradición decimonónica de nombrar artistas al frente de dicha

institución. El malagueño, que se comprometió desde el principio con la

causa del gobierno legítimo, no tomó posesión del cargo ni se trasladó a

la Península, pero sí aceptó el encargo que le realizaron las

autoridades culturales republicanas. En 1937 habría de celebrarse en

París una nueva Exposición Universal y la República en guerra quería

mostrar al mundo que era capaz de montar un pabellón en el que

participasen los mejores artistas españoles y extranjeros comprometidos

con la causa republicana. El edificio fue diseñado por el arquitecto

racionalista José Luis Sert; para su interior realizaron obras artistas

de la talla de Joan Miró, Julio González o Alexander Calder. A Picasso

se le encargó la confección de un gran lienzo que hiciese de mural para

una de las paredes del interior del pabellón. Picasso había conocido

para entonces a una nueva musa, la pintora y fotógrafa de veintinueve

años Dora Maar, con la que había iniciado una apasionada relación.

Estando con ella recibió la noticia de que el 28 de abril la aviación

alemana había arrasado la pequeña localidad vizcaína de Guernica

provocando una matanza entre la población de la comarca que había

acudido a ella por ser día de mercado. La impresión que produjo en el

artista fue inmensa. El 1 de mayo comenzó a realizar los primeros

bosquejos y en junio la obra estaba acabada (Dora Maar dejó un

testimonio gráfico de gran valor al fotografiar las diferentes fases en

la evolución de la obra). El resultado fue un gran lienzo, de tres

metros y medio de alto por casi ocho de largo, en el que se presenta una

escena articulada en torno a la figura central de un caballo herido del

que ha caído el guerrero que lo montaba. A la derecha del grupo central,

dos mujeres se asoman para contemplar la escena mientras dan la espalda

a una figura que en el extremo grita en un edificio en llamas. A la

izquierda del grupo central, la enigmática figura de un toro parece

proteger a una madre que sostiene en brazos a su hijo muerto. La escena

transcurre en un trasfondo oscuro, aunque la imagen de la bombilla

cenital parece evocar el disco solar (el bombardeo se produjo de día).

Juan J. Luna describe el Guernica como un «formidable grito de denuncia

de todas las guerras del pasado y del futuro. Por su siempre demostrada

habilidad para la síntesis y la tremenda fuerza simbólica del cuadro,

Picasso, al originar esta vibrante creación, la convirtió, sin

proponérselo, en bandera universal del pacifismo y en una crítica

descarnada de la prepotencia destructiva que los fuertes desalmados

ejercen sobre los débiles inermes; asimismo supuso la constatación del

triunfo de la injusticia y el terror en un mundo que se dirigía

irremisiblemente hacia el infierno…». Ese infierno de la Segunda Guerra

Mundial seguiría inspirándole obras llenas de angustia y dolor hasta el

fin de la contienda, que pasó encerrado en su estudio parisino bajo la

atenta vigilancia de las autoridades invasoras alemanas. Sin embargo, el

calvario de la guerra no iba a durar siempre.



Los años posteriores a 1945 estuvieron marcados por una nueva fase

creadora caracterizada por el abandono del tono tenebroso y la adopción

de temas y colores alegres, que dejan patente la ilusión del artista por

un contexto de libertad. Como en ocasiones anteriores, este nuevo

estallido creativo se vio acompañado de una nueva relación amorosa. En

1943 conoció a la pintora Françoise Gilot con la que iniciaría una

relación de la que nacerían sus hijos Claude (1947) y Paloma (1949)

antes de su separación en 1953. En este tiempo abordó una producción

febril en pintura, escultura, grabado y una nueva expresión, la

cerámica, que empezó a cultivar en 1947 y de la que dejaría más de tres

mil quinientas piezas antes de su muerte. Desde los años cincuenta sus

pinturas empezaron a ser una suerte de reflexión sobre la historia del

arte y el papel de los artistas en el proceso creador. Comenzó a

realizar series de lienzos en los que hacía variaciones de grandes obras

de maestros antiguos y modernos, como Las mujeres de Argel de Delacroix

(1955), Las meninas de Velázquez (1957) o El rapto de las Sabinas de

David (1963).



Todavía Picasso tuvo tiempo de conocer al último amor de su vida.

Después de que Françoise lo abandonase con sus dos hijos, en 1954

conoció a Jacqueline Roque, de veintisiete años, con la que contraería

segundas nupcias en 1961. Los años finales del maestro fueron de

producción frenética, como si fuese consciente de que su tiempo se

acababa y quisiese exprimir el que le quedaba para dejar expresado todo

su mundo interior. Fueron años en que pasó la mayor parte del tiempo en

varias localidades del sur de Francia, en el ambiente mediterráneo que

tan familiar le resultaba y que le recordaba a su España natal. La

muerte le sorprendió en Mougins el 8 de abril de 1973, y fue enterrado

en su propiedad de Vauvenargues dos días más tarde. Tenía noventa y dos

años y llevaba ochenta y cuatro pintando.



Picasso es el gran nombre del arte del siglo XX. A lo largo de su

dilatada carrera abrió con paso magistral las sendas por las que

caminarían varias generaciones posteriores de creadores hasta llegar a

nuestros días. Su inagotable capacidad creadora fue un ejemplo de

independencia y autenticidad en el ejercicio de su profesión a la que se

entregó con toda la pasión que nació de su genio. Fue ante todo y por

encima de todo un artista, con las luces y las sombras que tal condición

conllevó para quienes le rodearon. La amplitud de su legado es

inabarcable pues con él se marca un antes y un después en la historia de

las expresiones artísticas. En palabras del Premio Nobel de Literatura

Octavio Paz, «la vida y la obra de Picasso se confunden con la historia

del arte del siglo XX. Es imposible comprender la pintura moderna sin

Picasso, pero, asimismo, es imposible comprender a Picasso sin ella. No

sé si Picasso es el mejor pintor de nuestro tiempo; sé que su pintura,

en todos sus cambios brutales y sorprendentes, es la pintura de nuestro

tiempo».