viernes, 25 de septiembre de 2026

LA CURA DE ANA .- Benjamín Labatut

 



 

A los dieciocho años, mientras se secaba el cuerpo después de la ducha, Ana notó dos pequeñas lesiones en su rodilla izquierda. Miradas de cerca parecían heridas apenas formadas, como si se hubiera quemado con la cera al depilarse. Le llamó la atención su forma perfectamente redonda, y las manchas blancas que crecían en sus bordes si las presionaba con la punta de los dedos. Terminó de vestirse sin darles importancia. A los pocos meses, su cuerpo estaba cubierto por gruesas escamas de piel seca.

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Duras placas sanguinolentas, como la piel de un cocodrilo, se expandieron desde sus rodillas. En un principio desaparecían si las rascaba, luego se cubrían de costras que sangraban ante el menor roce. Ana adoptó la costumbre de usar medias gruesas, incluso durante los días más calurosos del verano.

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Su dermatólogo le recetó una crema que reducía el tamaño de las heridas. Por las noches tenía que forrar sus piernas con una tela plástica para aumentar el efecto del ungüento. Aplicada durante tres noches seguidas reducía las lesiones hasta volverlas casi invisibles. Durante dos días su piel se mantenía limpia. Al tercero volvían a crecer. El estrés era un factor agravante, su dieta debía ser controlada. Al cumplir los diecinueve años, cuando aparecieron las primeras manchas en sus manos, sus padres la ingresaron en el Centro.

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Tres años y medio de tratamiento limitaron las manchas a sus ingles, su tobillo derecho, una de sus rodillas. Cada nueva lesión en su piel, fuera por la simple picadura de un mosquito o producto del roce contra otro de los pacientes, tenía el potencial de convertirse en un foco de crecimiento.

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Su enfermedad era hereditaria, le explicaron los médicos. Se transmitía exclusivamente de madre a hija, aunque su manifestación dependía de diversos factores. Ni su madre ni sus hermanas exhibían síntomas. En ellas se mantenía en estado latente. La explicación de los casos como el suyo era sicosomática: el cuerpo reflejaba un estado mental. Las escamas se originaban en su cabeza, pensaba Ana, en la piel de su cerebro, en su mente de reptil.

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La población del Centro se dividía parejamente entre hombres y mujeres, separados en dos aulas por un pasillo que conectaba con las salas de tratamiento y recreación. La rutina era inflexible, pero estaban desocupados durante la mayor parte del día. Los jueves de cada semana recibían visitas; el contacto con el mundo exterior era limitado. Sin embargo, tenían absoluta libertad para recorrer los jardines, bañarse en el río durante el verano y comer de los árboles que rodeaban las paredes del recinto.

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Dos veces al año les permitían bañarse en la piscina del Centro. El agua apestaba a azufre, y su color amarillo les duraba sobre las heridas dos días, al final de los cuales su piel quedaba completamente lisa, sin una sola mancha. Ana se quedaba largo rato mirando su cuerpo desnudo en el espejo, sus pechos firmes, las pecas sobre su piel blanca. El efecto era transitorio, y los pacientes aprovechaban para hacer el amor en parejas o en grupos, sin distinciones de edad ni de sexo, contra el reloj.

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La cura —le dijeron al ingresar al Centro— estaba más allá de su alcance. Solo existía el tratamiento. Era imposible quejarse; en dos de las camas más cercanas a la suya, había pacientes cuya forma ya no se asemejaba a la de un ser humano.

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Ana soñaba con el mar. Por las noches el viento hinchaba las cortinas de su habitación, la tela blanca rozaba el borde de su cama. Recostada de espaldas, cerraba los ojos y sentía los barcos que entraban al puerto por la mañana, el sabor de la sal en su boca, el roce de una mano que le acariciaba los genitales por debajo del agua.

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La cura es la enfermedad, repetían en el Centro. El tratamiento generaba una serie de efectos secundarios. Alucinaciones, ciclos de euforia y depresión, pérdida y aumento de peso, insomnio. Ana pasaba noches enteras despierta, días completos sin poder dormir. En la oscuridad de su pieza oía los ruidos que hacían los demás pacientes, las rondas nocturnas de los guardias, el ruido de las zapatillas de los doctores de turno. Una comunidad de sonámbulos.

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Había distintos tipos de insomnio. Algunas noches dormía con los ojos abiertos. En otras soñaba los sueños de un paciente cercano, los recuerdos ajenos se proyectaban dentro de su cabeza como una película muda.

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Ana disfrutaba jugando con los niños del Centro. No había más que un puñado de ellos; la enfermedad tendía a manifestarse en la adolescencia. Ana los envidiaba; en el ambiente enrarecido del Centro, los niños vivían en dulce ignorancia, muchos ni siquiera sospechaban estar enfermos. Para ellos no existía un mundo sano.

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Además de trabajar en el huerto, se estimulaba en los pacientes el contacto con ciertos animales. Vagaban libremente por el Centro, e incluso se los dejaba participar de las sesiones de tratamiento. Los únicos lugares a los que se les prohibía la entrada eran la piscina y el comedor. Los favoritos de Ana eran una especie de perros de nariz bulbosa, como la de los coatíes. Dejaba que se recostaran sobre su estómago cuando tomaba el sol, se tendían a los pies de su cama y roncaban como si fueran seres humanos. Los animales parecían capaces de advertir la cercanía de la muerte, y se congregaban cerca de los pacientes que ya no podían soportar la cura.

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Ana aprendió a no acercarse demasiado a los otros enfermos. Desde su ingreso había tenido algunas amigas cercanas. Su primera experiencia negativa le enseñó a mantener la guardia; en menos de seis meses perdió a dos de ellas. La primera fue retirada por sus padres, al no ver avances en su estado de salud. La segunda murió pocas semanas después, mientras se sometía a un tratamiento experimental.

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Al quinto año sus heridas ya cubrían la totalidad de su cuerpo. La posibilidad de que crecieran en su cara se convirtió en una pesadilla cotidiana.

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Ana descubrió la verdadera naturaleza del Centro durante una sesión de fototerapia. Mientras se desnudaba para exponerse a la luz ultravioleta, uno de los enfermeros la ayudó a quitarse el vestido. Al levantar sus brazos, Ana vio las manchas en su piel, por debajo de las mangas de su camisa: nadie estaba sano, todos eran pacientes.

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Cada 28 días recibían dolorosas descargas eléctricas en las áreas afectadas de su piel. Con el transcurso de los años, Ana desarrolló una fobia al sabor del tubo que ponían en su boca para evitar que se mordiera la lengua. Fuera por la reclusión casi forzada en que vivía o debido a algún efecto sicológico de su enfermedad, su memoria se había convertido en una sustancia viscosa; un recuerdo se confundía con otro, formando panoramas extraños. El olor de su madre, el cuerpo de su primer amante, una novela de vampiros, una fractura expuesta. Durante una de estas sesiones, mientras la energía sacudía su cuerpo por completo, Ana intuyó por primera vez una salida.

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El alma estaba unida al cuerpo por el más tenue de los hilos. Las múltiples formas de la muerte probaban esta verdad. Pero la muerte no era la única salida. Se trataba de redefinir su organización de la forma más radical posible: utilizar los ojos como la punta de los dedos, su mente para luchar contra las paredes de su cuerpo.

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Ana comenzó a vivir en un estado de enfermiza vigilancia. Experimentó nuevos cambios en su anatomía, y las partes sanas de su piel adquirieron una textura blanda, casi anfibia. Sentada en el baño durante el insomnio, Ana se miró al espejo y no pudo distinguir sus pupilas; sus ojos parecían dos agujeros en su cabeza. Con creciente fervor empezó a llevar a cabo pequeños experimentos, rutinas que la desconectaban de la realidad del Centro.

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Caminaba por los pasillos con los ojos cerrados, clavaba astillas en sus heridas, tragaba comida tratando de bloquear el gusto, aguantaba la respiración hasta perder la conciencia. La sorprendió la rapidez de sus avances. En solo unos cuantos meses se sentía capaz de prescindir de la mayor parte de sus comidas. No era fácil; no bastaba simplemente con vomitar después de haber comido, sino de entrenar su cuerpo a rechazar la energía externa. Cuando su falta de peso se volvió evidente, la transfirieron al sector de los pacientes terminales.

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Ana no era como los demás de su sala que languidecían en un estado cercano a la muerte. Su caso llamó la atención del joven doctor a cargo de su dieta: parecía capaz de vivir en un estado perpetuo de homeostasis, como si los órganos de su cuerpo se hubieran ido perfeccionando a medida que su piel se corrompía. El médico empezó a dedicarle más tiempo, la sometió a infinitos exámenes. Intentaba comunicarse con ella, pero Ana no hablaba. Sabía que las palabras la ataban a la realidad, más que la comida, más que el aire o el agua.

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El doctor la empezó a visitar por las noches. En un comienzo se sentaba al borde de su cama, sin decir una palabra. Le llevaba pequeños regalos que conseguía con las personas que bajaban a la ciudad. Cuando estaba seguro de que los demás pacientes estaban dormidos o inconscientes, le contaba historias sobre su vida. Había nacido en el Centro, sus padres se habían conocido allí. Al cumplir los dieciséis se mudó a la ciudad para estudiar Medicina, disciplina para la cual el Centro lo había preparado. Luego de terminar sus estudios recorrió el país ofreciendo sus servicios, pero en menos de un año había vuelto a casa. Se sentía incómodo en el mundo exterior, extrañaba la rutina de los pacientes, sus ojos quietos, su respiración en las noches de insomnio.

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Caminaban juntos. El doctor gozaba de privilegios especiales, y Ana se favoreció de su compañía para evitar los momentos más desagradables del tratamiento. Continuaba con sus propios ejercicios, pero no podía evitar sentir afecto por el joven. Se había convertido en su mayor obstáculo. Se acostaron por primera vez luego de uno de los baños anuales. Al sentir las manos de él sobre su piel nueva, Ana se dio cuenta de cuán lejos estaba la meta, y lloró por primera vez desde que sus padres la dejaron en las escaleras del Centro.

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Comenzaron a hacer el amor sin que al doctor le importara el estado de su piel. Las sábanas quedaban manchadas con pequeñas gotas de sangre, como los dibujos de un test de Rorschach, por el apellido del inventor. Mientras el doctor se desvestía, Ana miraba las cicatrices en su espalda. Parecían un tatuaje, una mariposa gigante posada sobre sus hombros.

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Una cama de gusanos. Comían la piel muerta de su cuerpo y limpiaban sus heridas. Luego los utilizaban como abono para los árboles. Ana ya no los sentía moverse encima suyo, cerraba los ojos y el mundo desaparecía. Su cuerpo era apenas un saco de huesos, ya no sufría hambre ni sed. El único obstáculo era su relación con el doctor, cada vez más cercana a pesar de su silencio. Cómo era capaz de experimentar placer en la ruina en que había convertido su cuerpo era algo que escapaba a su comprensión, pero el deseo la perseguía, sujetándola como una cadena.

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Cuando Ana ya no era capaz de moverse, el doctor le dijo que la quería. Ana no reaccionó. Cerró los ojos e imaginó un desierto sin arena, una bolsa cerrada. El doctor le aseguró que no era la primera paciente que intentaba algo parecido: formaba parte del ciclo natural de la enfermedad. Le preguntó por qué no se quitaba la vida; el suicido no estaba prohibido en el Centro, había métodos y facilidades disponibles, aunque pocos lo elegían. Como ella, buscaban algo distinto. El doctor le tomó las manos cubiertas de cicatrices, le besó la frente y se despidió desde la puerta. Cuando Ana despertó a la mañana siguiente, el doctor ocupaba la cama vecina, sus brazos estaban cubiertos de heridas frescas.

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Con la misma rapidez con que crecían las lesiones en la piel del doctor, empezaron a desaparecer de la suya. En menos de tres semanas solo quedaban los dos puntos originales sobre su rodilla. La trasladaron a la sala de los recién llegados, y notó que los demás pacientes la trataban distinto. Cuando cambiaron sus ropas blancas por el uniforme gris del personal, Ana seguía sin hablar, así que no pudo corregir a los pacientes cuando la empezaron a llamar doctora.

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Librada de la rutina de los pacientes, Ana podía participar de las sesiones de tratamiento y dejar el Centro para bajar a la ciudad si así lo deseaba. Lo más cerca que llegó fue a traspasar las rejas apenas unos metros. Afuera se extendía un camino de tierra, al fondo del valle se podían distinguir las primeras luces de la ciudad. Ana dio dos pasos; sintió la tierra bajo sus zapatos, la brisa que se levantaba a esa hora desde el mar, y volvió caminando lentamente hacia el Centro.

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Habían pasado solo un par de semanas desde que los habían separado, pero los cambios en la salud del doctor ya eran evidentes: como ella, se rehusaba a hablar y a comer, y apenas tomaba agua. En sus ojos comenzaba a brillar la misma luz oscura que ella veía al mirarse al espejo. Ella empezó a participar de sus sesiones de tratamiento. Él la miraba sin reconocerla.

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En seis meses, Ana tenía tres pacientes estables a su cargo, participaba de la comisión de bienvenida y atendía dos casos terminales, entre ellos a su antiguo amante. Desde que su piel se había sanado le costaba desconectarse de la misma forma, pero seguía aferrada a sus rutinas y al silencio. Sin haber variado su dieta, notó que subía de peso, el color volvió a sus mejillas. Libre de la enfermedad, una parte de ella se aferraba a la vida con más fuerza. Decidió dejar de tratar a su amante.

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El día del baño eligió a una pareja de jóvenes recién llegados, tan similares entre sí que parecían hermanos. Al otro lado del recinto podía ver al doctor. Su cuerpo era apenas distinguible, solo su cara se mantenía igual. Ana se abrió de piernas, cerró los ojos, se apoyó en sus manos y rodillas. Intentó olvidarse de sí misma, pero su memoria evocaba escenas extrañas: dos perros en el pasto, muros de piel con ventanas como las de un submarino; afuera, en el agua turbia, flotaba el cuerpo desnudo del doctor, picoteado por los pájaros, con la verga tiesa como la de un ahorcado. Los mellizos le llenaron la boca, la arrastraron por el suelo, le abrieron heridas en las palmas, pero ella no podía dejar de mirar a su antiguo amante, derrumbado en la esquina de la sala. Cuando estaba a punto de acabar sintió las palabras creciendo en su garganta, y se mordió la lengua hasta llenarse la boca de sangre.

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Llegaron diez nuevos pacientes, dos de los viejos murieron y fueron enterrados bajo los árboles. Durante el verano, una epidemia casi acabó con la población de gatos. En otoño, tres pacientes dejaron el Centro, completamente recuperados, dos nuevos doctores se unieron al personal. A finales del invierno, uno de los niños se ahogó en el río. Sus padres no reclamaron el cuerpo.

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A comienzos de la primavera la despertó una sensación olvidada. Recorrió su memoria en busca de algo a lo que asociarla, pero solo encontró pedazos de recuerdos. Hambre, tenía hambre, se moría de hambre. Se levantó de la cama y apenas pudo llegar al comedor. Cayó de rodillas y recogió las migas de pan del suelo. Dos enfermeras la encontraron en el piso y la trasladaron de urgencia a una sala de observación. Al despertar vio a su amante en la cama contigua. La miraba sin verla, su piel estirada como un chicle sobre sus huesos; a sus pies, los animales ocupaban hasta el último espacio de la habitación.

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Con el hambre volvieron sus demás sentidos. El roce de las sábanas la hacía temblar, la luz le lastimaba los ojos. Deliró durante días con la lengua pegada al paladar. En el patio de su antigua casa jugaba a la pinta con sus hermanas, corría sobre el pasto, se reventaba la cabeza contra el parabrisas de un auto. Bajo el árbol recibía sus regalos de Navidad, luego su piel se llenaba de heridas, brillaba bajo el sol, se caía de sus huesos como cera derretida. Ya no lograba distinguir los límites de su cuerpo, se sentía parte de la cama, el tiempo se dispersaba en todas las direcciones. Su estómago se había hinchado como el de un niño desnutrido, y su dolor era tan intenso, el caos tan confuso, que ni siquiera las primeras contracciones lograron hacerla comprender que estaba a punto de parir un hijo.

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El día del nacimiento, una fila de pacientes esperaba para ver al niño. Los animales del Centro corrían descontrolados, peleaban como en épocas de celo. El tratamiento fue suspendido; tocaron música por los parlantes del recinto.

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Cuando ella y el niño se recuperaron, Ana retomó el cuidado de su amante. Sus pechos estaban hinchados de leche, su piel brillaba con luz propia. Amamantaba al niño a un costado de su cama, lo dejaba jugar en el suelo de la pieza. El doctor llevaba semanas entrando y saliendo de la conciencia. Ana continuó con su tratamiento, aplicando cremas sobre sus heridas, lavando y masajeando sus músculos para evitar que se atrofiaran, pero él no abrió los ojos hasta que ella empezó a hablar. Le costaba modular, sentía la lengua dormida, su voz más ronca de lo que recordaba.

Mi nombre es Ana Baranchykava, el próximo mes cumpliré veintiséis años. Tu hijo se llama Ernesto. Es el nombre de mi padre y de mi abuelo. No tengo recuerdos de mi abuelo, murió el año en que yo nací. Su pieza quedaba al lado de la que yo compartía con mis hermanas. Hay fotos en que salgo en sus brazos. La barba le llega hasta el pecho, tiene un cigarrillo en la boca y no sé si está sonriendo. Este es el séptimo año de mi tratamiento, estoy sana, pero sé que no volveré a ver la ciudad. Mira hacia afuera, amor: hay cuatro soles en el cielo. Nada está inmóvil, todo vibra en perfecto orden. Abre los ojos, la salida no existe. No hay cura para la vida.

 

FIN

 

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