A los dieciocho años,
mientras se secaba el cuerpo después de la ducha, Ana notó dos pequeñas
lesiones en su rodilla izquierda. Miradas de cerca parecían heridas apenas
formadas, como si se hubiera quemado con la cera al depilarse. Le llamó la
atención su forma perfectamente redonda, y las manchas blancas que crecían en
sus bordes si las presionaba con la punta de los dedos. Terminó de vestirse sin
darles importancia. A los pocos meses, su cuerpo estaba cubierto por gruesas
escamas de piel seca.
*
Duras placas
sanguinolentas, como la piel de un cocodrilo, se expandieron desde sus
rodillas. En un principio desaparecían si las rascaba, luego se cubrían de
costras que sangraban ante el menor roce. Ana adoptó la costumbre de usar
medias gruesas, incluso durante los días más calurosos del verano.
*
Su dermatólogo le recetó
una crema que reducía el tamaño de las heridas. Por las noches tenía que forrar
sus piernas con una tela plástica para aumentar el efecto del ungüento.
Aplicada durante tres noches seguidas reducía las lesiones hasta volverlas casi
invisibles. Durante dos días su piel se mantenía limpia. Al tercero volvían a
crecer. El estrés era un factor agravante, su dieta debía ser controlada. Al
cumplir los diecinueve años, cuando aparecieron las primeras manchas en sus
manos, sus padres la ingresaron en el Centro.
*
Tres años y medio de
tratamiento limitaron las manchas a sus ingles, su tobillo derecho, una de sus
rodillas. Cada nueva lesión en su piel, fuera por la simple picadura de un
mosquito o producto del roce contra otro de los pacientes, tenía el potencial de
convertirse en un foco de crecimiento.
*
Su enfermedad era
hereditaria, le explicaron los médicos. Se transmitía exclusivamente de madre a
hija, aunque su manifestación dependía de diversos factores. Ni su madre ni sus
hermanas exhibían síntomas. En ellas se mantenía en estado latente. La explicación
de los casos como el suyo era sicosomática: el cuerpo reflejaba un estado
mental. Las escamas se originaban en su cabeza, pensaba Ana, en la piel de su
cerebro, en su mente de reptil.
*
La población del Centro
se dividía parejamente entre hombres y mujeres, separados en dos aulas por un
pasillo que conectaba con las salas de tratamiento y recreación. La rutina era
inflexible, pero estaban desocupados durante la mayor parte del día. Los jueves
de cada semana recibían visitas; el contacto con el mundo exterior era
limitado. Sin embargo, tenían absoluta libertad para recorrer los jardines,
bañarse en el río durante el verano y comer de los árboles que rodeaban las
paredes del recinto.
*
Dos veces al año les
permitían bañarse en la piscina del Centro. El agua apestaba a azufre, y su
color amarillo les duraba sobre las heridas dos días, al final de los cuales su
piel quedaba completamente lisa, sin una sola mancha. Ana se quedaba largo rato
mirando su cuerpo desnudo en el espejo, sus pechos firmes, las pecas sobre su
piel blanca. El efecto era transitorio, y los pacientes aprovechaban para hacer
el amor en parejas o en grupos, sin distinciones de edad ni de sexo, contra el
reloj.
*
La cura —le dijeron al
ingresar al Centro— estaba más allá de su alcance. Solo existía el tratamiento.
Era imposible quejarse; en dos de las camas más cercanas a la suya, había
pacientes cuya forma ya no se asemejaba a la de un ser humano.
*
Ana soñaba con el mar.
Por las noches el viento hinchaba las cortinas de su habitación, la tela blanca
rozaba el borde de su cama. Recostada de espaldas, cerraba los ojos y sentía
los barcos que entraban al puerto por la mañana, el sabor de la sal en su boca,
el roce de una mano que le acariciaba los genitales por debajo del agua.
*
La cura es la enfermedad,
repetían en el Centro. El tratamiento generaba una serie de efectos
secundarios. Alucinaciones, ciclos de euforia y depresión, pérdida y aumento de
peso, insomnio. Ana pasaba noches enteras despierta, días completos sin poder
dormir. En la oscuridad de su pieza oía los ruidos que hacían los demás
pacientes, las rondas nocturnas de los guardias, el ruido de las zapatillas de
los doctores de turno. Una comunidad de sonámbulos.
*
Había distintos tipos de
insomnio. Algunas noches dormía con los ojos abiertos. En otras soñaba los
sueños de un paciente cercano, los recuerdos ajenos se proyectaban dentro de su
cabeza como una película muda.
*
Ana disfrutaba jugando
con los niños del Centro. No había más que un puñado de ellos; la enfermedad
tendía a manifestarse en la adolescencia. Ana los envidiaba; en el ambiente
enrarecido del Centro, los niños vivían en dulce ignorancia, muchos ni siquiera
sospechaban estar enfermos. Para ellos no existía un mundo sano.
*
Además de trabajar en el
huerto, se estimulaba en los pacientes el contacto con ciertos animales.
Vagaban libremente por el Centro, e incluso se los dejaba participar de las
sesiones de tratamiento. Los únicos lugares a los que se les prohibía la
entrada eran la piscina y el comedor. Los favoritos de Ana eran una especie de
perros de nariz bulbosa, como la de los coatíes. Dejaba que se recostaran sobre
su estómago cuando tomaba el sol, se tendían a los pies de su cama y roncaban
como si fueran seres humanos. Los animales parecían capaces de advertir la
cercanía de la muerte, y se congregaban cerca de los pacientes que ya no podían
soportar la cura.
*
Ana aprendió a no
acercarse demasiado a los otros enfermos. Desde su ingreso había tenido algunas
amigas cercanas. Su primera experiencia negativa le enseñó a mantener la
guardia; en menos de seis meses perdió a dos de ellas. La primera fue retirada
por sus padres, al no ver avances en su estado de salud. La segunda murió pocas
semanas después, mientras se sometía a un tratamiento experimental.
*
Al quinto año sus heridas
ya cubrían la totalidad de su cuerpo. La posibilidad de que crecieran en su
cara se convirtió en una pesadilla cotidiana.
*
Ana descubrió la
verdadera naturaleza del Centro durante una sesión de fototerapia. Mientras se
desnudaba para exponerse a la luz ultravioleta, uno de los enfermeros la ayudó
a quitarse el vestido. Al levantar sus brazos, Ana vio las manchas en su piel, por
debajo de las mangas de su camisa: nadie estaba sano, todos eran pacientes.
*
Cada 28 días recibían
dolorosas descargas eléctricas en las áreas afectadas de su piel. Con el
transcurso de los años, Ana desarrolló una fobia al sabor del tubo que ponían
en su boca para evitar que se mordiera la lengua. Fuera por la reclusión casi
forzada en que vivía o debido a algún efecto sicológico de su enfermedad, su
memoria se había convertido en una sustancia viscosa; un recuerdo se confundía
con otro, formando panoramas extraños. El olor de su madre, el cuerpo de su
primer amante, una novela de vampiros, una fractura expuesta. Durante una de
estas sesiones, mientras la energía sacudía su cuerpo por completo, Ana intuyó
por primera vez una salida.
*
El alma estaba unida al
cuerpo por el más tenue de los hilos. Las múltiples formas de la muerte
probaban esta verdad. Pero la muerte no era la única salida. Se trataba de
redefinir su organización de la forma más radical posible: utilizar los ojos
como la punta de los dedos, su mente para luchar contra las paredes de su
cuerpo.
*
Ana comenzó a vivir en un
estado de enfermiza vigilancia. Experimentó nuevos cambios en su anatomía, y
las partes sanas de su piel adquirieron una textura blanda, casi anfibia.
Sentada en el baño durante el insomnio, Ana se miró al espejo y no pudo distinguir
sus pupilas; sus ojos parecían dos agujeros en su cabeza. Con creciente fervor
empezó a llevar a cabo pequeños experimentos, rutinas que la desconectaban de
la realidad del Centro.
*
Caminaba por los pasillos
con los ojos cerrados, clavaba astillas en sus heridas, tragaba comida tratando
de bloquear el gusto, aguantaba la respiración hasta perder la conciencia. La
sorprendió la rapidez de sus avances. En solo unos cuantos meses se sentía
capaz de prescindir de la mayor parte de sus comidas. No era fácil; no bastaba
simplemente con vomitar después de haber comido, sino de entrenar su cuerpo a
rechazar la energía externa. Cuando su falta de peso se volvió evidente, la
transfirieron al sector de los pacientes terminales.
*
Ana no era como los demás
de su sala que languidecían en un estado cercano a la muerte. Su caso llamó la
atención del joven doctor a cargo de su dieta: parecía capaz de vivir en un
estado perpetuo de homeostasis, como si los órganos de su cuerpo se hubieran
ido perfeccionando a medida que su piel se corrompía. El médico empezó a
dedicarle más tiempo, la sometió a infinitos exámenes. Intentaba comunicarse
con ella, pero Ana no hablaba. Sabía que las palabras la ataban a la realidad,
más que la comida, más que el aire o el agua.
*
El doctor la empezó a
visitar por las noches. En un comienzo se sentaba al borde de su cama, sin
decir una palabra. Le llevaba pequeños regalos que conseguía con las personas
que bajaban a la ciudad. Cuando estaba seguro de que los demás pacientes estaban
dormidos o inconscientes, le contaba historias sobre su vida. Había nacido en
el Centro, sus padres se habían conocido allí. Al cumplir los dieciséis se mudó
a la ciudad para estudiar Medicina, disciplina para la cual el Centro lo había
preparado. Luego de terminar sus estudios recorrió el país ofreciendo sus
servicios, pero en menos de un año había vuelto a casa. Se sentía incómodo en
el mundo exterior, extrañaba la rutina de los pacientes, sus ojos quietos, su
respiración en las noches de insomnio.
*
Caminaban juntos. El
doctor gozaba de privilegios especiales, y Ana se favoreció de su compañía para
evitar los momentos más desagradables del tratamiento. Continuaba con sus
propios ejercicios, pero no podía evitar sentir afecto por el joven. Se había convertido
en su mayor obstáculo. Se acostaron por primera vez luego de uno de los baños
anuales. Al sentir las manos de él sobre su piel nueva, Ana se dio cuenta de
cuán lejos estaba la meta, y lloró por primera vez desde que sus padres la
dejaron en las escaleras del Centro.
*
Comenzaron a hacer el
amor sin que al doctor le importara el estado de su piel. Las sábanas quedaban
manchadas con pequeñas gotas de sangre, como los dibujos de un test de
Rorschach, por el apellido del inventor. Mientras el doctor se desvestía, Ana
miraba las cicatrices en su espalda. Parecían un tatuaje, una mariposa gigante
posada sobre sus hombros.
*
Una cama de gusanos.
Comían la piel muerta de su cuerpo y limpiaban sus heridas. Luego los
utilizaban como abono para los árboles. Ana ya no los sentía moverse encima
suyo, cerraba los ojos y el mundo desaparecía. Su cuerpo era apenas un saco de
huesos, ya no sufría hambre ni sed. El único obstáculo era su relación con el
doctor, cada vez más cercana a pesar de su silencio. Cómo era capaz de
experimentar placer en la ruina en que había convertido su cuerpo era algo que
escapaba a su comprensión, pero el deseo la perseguía, sujetándola como una
cadena.
*
Cuando Ana ya no era
capaz de moverse, el doctor le dijo que la quería. Ana no reaccionó. Cerró los
ojos e imaginó un desierto sin arena, una bolsa cerrada. El doctor le aseguró
que no era la primera paciente que intentaba algo parecido: formaba parte del
ciclo natural de la enfermedad. Le preguntó por qué no se quitaba la vida; el
suicido no estaba prohibido en el Centro, había métodos y facilidades
disponibles, aunque pocos lo elegían. Como ella, buscaban algo distinto. El
doctor le tomó las manos cubiertas de cicatrices, le besó la frente y se
despidió desde la puerta. Cuando Ana despertó a la mañana siguiente, el doctor
ocupaba la cama vecina, sus brazos estaban cubiertos de heridas frescas.
*
Con la misma rapidez con
que crecían las lesiones en la piel del doctor, empezaron a desaparecer de la
suya. En menos de tres semanas solo quedaban los dos puntos originales sobre su
rodilla. La trasladaron a la sala de los recién llegados, y notó que los demás
pacientes la trataban distinto. Cuando cambiaron sus ropas blancas por el
uniforme gris del personal, Ana seguía sin hablar, así que no pudo corregir a
los pacientes cuando la empezaron a llamar doctora.
*
Librada de la rutina de
los pacientes, Ana podía participar de las sesiones de tratamiento y dejar el
Centro para bajar a la ciudad si así lo deseaba. Lo más cerca que llegó fue a
traspasar las rejas apenas unos metros. Afuera se extendía un camino de tierra,
al fondo del valle se podían distinguir las primeras luces de la ciudad. Ana
dio dos pasos; sintió la tierra bajo sus zapatos, la brisa que se levantaba a
esa hora desde el mar, y volvió caminando lentamente hacia el Centro.
*
Habían pasado solo un par
de semanas desde que los habían separado, pero los cambios en la salud del
doctor ya eran evidentes: como ella, se rehusaba a hablar y a comer, y apenas
tomaba agua. En sus ojos comenzaba a brillar la misma luz oscura que ella veía
al mirarse al espejo. Ella empezó a participar de sus sesiones de tratamiento.
Él la miraba sin reconocerla.
*
En seis meses, Ana tenía
tres pacientes estables a su cargo, participaba de la comisión de bienvenida y
atendía dos casos terminales, entre ellos a su antiguo amante. Desde que su
piel se había sanado le costaba desconectarse de la misma forma, pero seguía
aferrada a sus rutinas y al silencio. Sin haber variado su dieta, notó que
subía de peso, el color volvió a sus mejillas. Libre de la enfermedad, una
parte de ella se aferraba a la vida con más fuerza. Decidió dejar de tratar a
su amante.
*
El día del baño eligió a
una pareja de jóvenes recién llegados, tan similares entre sí que parecían
hermanos. Al otro lado del recinto podía ver al doctor. Su cuerpo era apenas
distinguible, solo su cara se mantenía igual. Ana se abrió de piernas, cerró los
ojos, se apoyó en sus manos y rodillas. Intentó olvidarse de sí misma, pero su
memoria evocaba escenas extrañas: dos perros en el pasto, muros de piel con
ventanas como las de un submarino; afuera, en el agua turbia, flotaba el cuerpo
desnudo del doctor, picoteado por los pájaros, con la verga tiesa como la de un
ahorcado. Los mellizos le llenaron la boca, la arrastraron por el suelo, le
abrieron heridas en las palmas, pero ella no podía dejar de mirar a su antiguo
amante, derrumbado en la esquina de la sala. Cuando estaba a punto de acabar
sintió las palabras creciendo en su garganta, y se mordió la lengua hasta
llenarse la boca de sangre.
*
Llegaron diez nuevos
pacientes, dos de los viejos murieron y fueron enterrados bajo los árboles.
Durante el verano, una epidemia casi acabó con la población de gatos. En otoño,
tres pacientes dejaron el Centro, completamente recuperados, dos nuevos doctores
se unieron al personal. A finales del invierno, uno de los niños se ahogó en el
río. Sus padres no reclamaron el cuerpo.
*
A comienzos de la
primavera la despertó una sensación olvidada. Recorrió su memoria en busca de
algo a lo que asociarla, pero solo encontró pedazos de recuerdos. Hambre, tenía
hambre, se moría de hambre. Se levantó de la cama y apenas pudo llegar al comedor.
Cayó de rodillas y recogió las migas de pan del suelo. Dos enfermeras la
encontraron en el piso y la trasladaron de urgencia a una sala de observación.
Al despertar vio a su amante en la cama contigua. La miraba sin verla, su piel
estirada como un chicle sobre sus huesos; a sus pies, los animales ocupaban
hasta el último espacio de la habitación.
*
Con el hambre volvieron
sus demás sentidos. El roce de las sábanas la hacía temblar, la luz le
lastimaba los ojos. Deliró durante días con la lengua pegada al paladar. En el
patio de su antigua casa jugaba a la pinta con sus hermanas, corría sobre el
pasto, se reventaba la cabeza contra el parabrisas de un auto. Bajo el árbol
recibía sus regalos de Navidad, luego su piel se llenaba de heridas, brillaba
bajo el sol, se caía de sus huesos como cera derretida. Ya no lograba
distinguir los límites de su cuerpo, se sentía parte de la cama, el tiempo se
dispersaba en todas las direcciones. Su estómago se había hinchado como el de
un niño desnutrido, y su dolor era tan intenso, el caos tan confuso, que ni
siquiera las primeras contracciones lograron hacerla comprender que estaba a
punto de parir un hijo.
*
El día del nacimiento,
una fila de pacientes esperaba para ver al niño. Los animales del Centro
corrían descontrolados, peleaban como en épocas de celo. El tratamiento fue
suspendido; tocaron música por los parlantes del recinto.
*
Cuando ella y el niño se
recuperaron, Ana retomó el cuidado de su amante. Sus pechos estaban hinchados
de leche, su piel brillaba con luz propia. Amamantaba al niño a un costado de
su cama, lo dejaba jugar en el suelo de la pieza. El doctor llevaba semanas
entrando y saliendo de la conciencia. Ana continuó con su tratamiento,
aplicando cremas sobre sus heridas, lavando y masajeando sus músculos para
evitar que se atrofiaran, pero él no abrió los ojos hasta que ella empezó a
hablar. Le costaba modular, sentía la lengua dormida, su voz más ronca de lo
que recordaba.
Mi nombre es Ana
Baranchykava, el próximo mes cumpliré veintiséis años. Tu hijo se llama
Ernesto. Es el nombre de mi padre y de mi abuelo. No tengo recuerdos de mi
abuelo, murió el año en que yo nací. Su pieza quedaba al lado de la que yo
compartía con mis hermanas. Hay fotos en que salgo en sus brazos. La barba le
llega hasta el pecho, tiene un cigarrillo en la boca y no sé si está sonriendo.
Este es el séptimo año de mi tratamiento, estoy sana, pero sé que no volveré a
ver la ciudad. Mira hacia afuera, amor: hay cuatro soles en el cielo. Nada está
inmóvil, todo vibra en perfecto orden. Abre los ojos, la salida no existe. No
hay cura para la vida.
FIN
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