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lunes, 4 de mayo de 2026

La Mula {Relato de Paya Frank}


 


 

Faustino, el rengo Faustino, como le llamaban los peones, era, a la verdad, un tullido de ambas rodillas para abajo, que decía haberse quedado así porque el viento Sur, una vez, a boca de noche, lo sorprendió, pasmándolo, mientras se bañaba en el jagüel de la vertiente. Dicha represa embalsaba el caudal de agua manantía, que brotando por la grieta de un afloramiento granítico, semioculto como un yacaré bajo vicioso fachinal, (1) donde la brisa parecía atizar al vuelo el carmín de las achiras (2) una especie de tazón arenoso denominado en la estancia como he dicho; pues formaba, efectivamente, el abrevadero, y salvo fuese para beber las personas, ya que con este fin, acudíase al mismo fontanar, llenaba los menesteres restantes: por ejemplo, el baño, de particular frescura en las tardes bochornosas, cuando es entre todos agotador el trajín con la mulada de arria y de tiro a cuya cría dedicábanse especialmente allá, y que como nadie supo manejar el baldado de mi cuento.

Porque habré de advertir que al ocurrirle aquella desgracia, atentos su buen servicio y consecuencia de peón envejecido en él, como asimismo para darle algo a ganar, dejáronlo de carrero, aunque otros tenían que atarle las cinco mulas y , ponerlo en la sillera.

Pero hacíalo de buen grado, no sólo por compañerismo, sino por el afecto que les inspiraban su ánimo, su buen humor siempre dispuesto a la broma, y el comedimiento con que sabía agradecerles, ya remontando un aparejo, ya echándole un botón a esa manea o aquel bozal, pues era bastante ducho en la lesna y regular trenzador hasta de a seis (sobreentendiendo ramales, señor pueblero). (3) Así, nunca se lo veía en la rueda de los peones, sin que a la luz del fogón y aun de la luna cuando aquella reunión era en el patio, estuviese allá sobando una guasca o remendando un borrén entre dos refranes chanceros; y añadiré que, como del insulto le quedara también la lengua medio trabada, esto dábale mayor gracia con la malicia de embarullar, aparentando enredo, ciertas pullas entre que pimienta y ajo….

Como resultábale muy penoso trasladarse por sí mismo pues debía hacerlo arrastrándose con las asentaderas y apoyado sobre las manos que calzaban a modo de zuecos de baño dos tarugos de algarrobo -industria suya, claro está- solían remolcarlo en un cuero o cargarlo en la carretilla si la distancia era mayor, condolidos de su impotencia; pero eso sí, era de verlo una vez que lo ponían, sobre el recado, no menos por la baquía y el discurso que por el esmero de sus prendas de ensillar.

No había animal que se le emperrara, aunque fuese mañoso con los demás, y a pesar de la desventaja que llevaba en no poder usar espuelas, cuando el mular, nadie lo ignora, es tan poco dócil al rigor del rebenque. Con más que casi tampoco empleaba el arreador, como no fuese para restallarlo solamente, y en consecuencia, por fantasía de aquellas tres brazas de latigazo cuyo chasquido parecía un fulminante sobre las orejas de las cadeneras, sin tocarlas, pero tan cerquita que los animales amusgaban sacudiéndolas.

Y nada les digo de ese trenzado de cilindro que formaba el tronco de la azotera, ni de ese cabo de corazón de molle, como pavonado de fuerza, lo mismo que un metal, con el uso y el empeño; ni de esa manija que más bien aparentaba una dragona en la rudeza del puño trabajador. (4)

Pues, para tarea bruta, perdonando la expresión, aquella del carro en los pedregales o en la polvareda del llano, tan espesa, que hasta las mulas caían sofocadas tal cual vez, sin que, a pesar de ello, el muy curtido dejara nunca de salir, no bien aclaraba, tonada en boca, al redoble del sonoro rodado, con su tiro parejo, que daba gusto ver, y tan satisfecho de manejarlo que como el camino orillase el fachinal, despuntaba al paso una achira para completar el adorno de tachuelas amarillas y flecos de cuero de los arneses, poniéndosela entre cabezada y oreja a la retinta que montaba.

: No que fuese la única, aun cuando contara entre las de su crédito para el trabajo y le gustase arreglarla así por lo vistoso de la flor colorada en el cuero negro: testera federal, decía bromeando con la verdad de haber sido de esa opinión en sus mocedades y hasta aseguraban que montonero del Chacho. ..(5)

El caso es que iba eligiéndose desde potrancas las mu- las que luego había de atar, con preferencia por las negras y alazanas que reputaba mejores, como solían; y de este modo se volvió también competente en los asuntos de procreo y plantel, según la condición de caída tropilla para el negocio de la estancia, principalmente con los salteños, buenos compradores, sin demérito de nadie; así viese cómo pagaban los animales de pelo poco vulgar, sobre todo el negro overo, (6) con lo cual vengo a acordarme de un burrito de ese color que el capataz pilló en la sierra y fue luego tan buen hechor, que dio crías por cerca de tres mil pesos.

Volviendo ahora al tal Faustino, ya ven que, lisiado y todo, era alguien entre la peonada.

Y un día de esos, la mula negra se perdió. Sucedía así de tanto en tanto con alguna que saltaba el cerco o ganaba al descuido el inmediato carril donde los troperos teníanlas por buena presa, conforme hizo, sin duda, la sillera de mi relato; pues, aunque esté amadrinada, la mula conserva siempre algo cimarrón, y de golpe va y se encapricha en alzarse. Su jinete habitual la sintió, aun cuando no mucho, porque, si era buena, no valía más que algunas; en seguida halló otra, mejor, tal vez, y luego todos se olvidaron del asunto.

Así pasó un año. Cierta noche que los peones cenaban en el patio a la luna llena, como de costumbre cuando hacía calor, el rengo dijo de pronto, entre dos silencios:

-¡Escuchen, les digo!

Callaron entonces, aceptándole por condescendencia aquella ilusión. Al cabo de un momento, en la calma espléndida de la noche, alcanzó a oírse, sin embargo, entre las lomas, el eco de un rebuzno. Venía de la anunciada dirección, pero tan apagado, que era increíble cómo pudo sentirlo nadie.

-Qué ocurrencia, ño Fausto. Y tan luego que ésa ha de ser.

-¡Es ella! Vuelve a la querencia, buscando seguramente la aguada. ¡Mire que no conocer yo las mulas de mi manejo donde las oiga!

-Considere que las carretas, no más, son como sesenta.

-Sesenta y dos; pero eso ¿qué tiene? ¿No conocen ustedes muchas más personas, y a todas ellas las diferencian por la voz?

Entretanto el rebuzno acababa de escucharse otra vez, ya más distinto.

-Corta campo, se conoce, deseosa de llegar. Ahora ha saltado el cerco lindero. ¡Óiganle a la negra vieja, cuándo y qué me ibas a engañar!

…Otro silencio, hondo en la noche clara, pero rumoroso con la armonía de un encordado que se estremece sin sonar, entre murmullo y suspiro…

Poco a poco fueron callando con interés, por más que tardase mucho cada repetición de aquella especie de entrañable lamento en que parecía desahogarse el animal, pacientes como la tierra de su apego común, mientras la novedad atraía también dos o tres taimados que, una vez llena la escudilla, se apartaban a comer solos tras de las casas o el corral. Mas, como una de las pausas se prolongara todavía, no faltando, a propósito, quien renovase su duda, el tullido replicó:

-Viene a la aguada derechito. Allá podrá verse. Y si tanto les cuesta creer, jueguen algo en la ocasión, que para mí es robo.

Así apostó contra cinco pesos su cincha nueva y un pellón de carnero que acababa de adobar con una mezcla, de sal y alumbre. (7) No quedaba sino remitirse a prueba, encaminándose al jagüel, pues precisamente entonces, un rebuzno, más vibrante ya, repercutió en las lomas próximas.

-¡Otra es!… ¡Otra es! -recalcó el pertinaz con sorna triunfante.

Cargáronlo en la carretilla y partieron todos, él en la punta, a favor del cuesta abajo, prometiendo por chacota pagar el viaje a patacón sellado sobre los cinco de la apuesta.

Y acababan de llegar, cuando la mula saltó por el lado opuesto el cerco de la vertiente. Era la misma, sí señor, pero ¡en qué estado! A la miseria de mataduras, flaca, sumida de verijas que parecía un aguará. (8) Como ajena la trataron, bien se veía, traída y llevada quién sabe por dónde, hasta que pasando cerca de la querencia, se les cortó del rodeo, patente estaba, ya que -sentenció el ganador- no hay. mal como el de la ausencia.

Nada más dijo; pero, de regreso, mientras se echaba al tirador el dinerito de la parada, añadió entre bromas y veras:

-Cuando la vuelva a ensillar, he de ponerle, como si fuese de capataz, un espejito en la testera.

 

FIN

 @ Autor anónimo