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lunes, 4 de mayo de 2026

Asnos estúpidos

 



[Cuento - Texto completo.]

Isaac Asimov

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, y la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

FIN


“Silly Asses”, 1957

La tercera orilla del río

 


La tercera orilla del río

[Cuento - Texto completo.]

João Guimarães Rosa

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.

Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.

Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.

Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.

Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.

Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.

Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.

Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.

Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.

Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.

Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río – perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.

Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa…”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.

Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.

Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.

FIN


“A terceira margem do rio”,
Primeiras estórias, 1962
Traducción de Paz Díez Taboada

El hombre de mi propiedad

 


El hombre de mi propiedad

[Cuento - Texto completo.]

Giovanni Papini

Como hace muchos años he dejado de escribir un Diario, no puedo decir con exactitud cuánto tiempo hace que me encontré el cuerpo y el alma del Amigo Dité. Probablemente, dada mi distracción, no me di cuenta en qué día preciso mi segunda sombra -aquella sólida y relativamente viva- se decidió a entrar en la escena poco iluminada de mi vida.

Una mañana, al salir de casa, me di cuenta de que iba acompañado, a esa respetuosa distancia que no permite hacer preguntas ni dar explicaciones, por un hombre de unos cuarenta años, enfundado en un largo abrigo azul, alegre y sonriente (pero sin demasiada exageración). No teniendo nada que hacer, y habiendo salido únicamente de casa para no oír los crujidos de la leña en la chimenea, me divertí mirando de reojo a mi acompañante, a pesar de que -ténganlo bien en cuenta- éste no tenía nada de extraordinario. No supuse, ni por un solo momento, que pudiese tratarse de un policía; mi completa falta de valor físico y mi repugnancia por los malos olores me han impedido siempre entregarme a la política militante; y la pereza, unida a mi escasa habilidad manual, me ha salvado de buscar en el delito los medios de subsistencia.

No podía, tampoco, imaginar que el hombre vestido de azul fuese una especie de ladronzuelo de ciudad, decidido a robarme, pues mi decente pobreza era conocida en todo el barrio, y mi modo de vestir, más descuidado que desenvuelto, disociaba de mi persona cualquier idea de bienestar.

A pesar de que yo no tuviese ningún derecho a ser seguido, comencé a pasar y repasar por las calles más tortuosas del centro de la ciudad para asegurarme de que no me equivocaba. El hombre me siguió por todas partes con un aspecto cada vez más satisfecho. Di, de pronto, la vuelta por una ancha calle llena de gente y apresuré el paso, pero la distancia entre el hombre vestido de azul y yo continuó siempre siendo la misma. Entré en un estanco para comprar un sello de tres céntimos, y el desconocido entró en el mismo estanco y compró un sello de tres céntimos; subí a un tranvía y mi sonriente compañero subió al mismo tranvía; cuando descendí, el hombre vestido de azul bajó tras de mí; compré un periódico, y él compró el mismo periódico; me senté en el banco de un jardín, y el otro se sentó en otro banco cercano; saqué del bolsillo un cigarrillo, y él sacó otro y esperó que hubiese encendido el mío para encender el suyo.

Todo esto era al mismo tiempo gracioso y fastidioso. “Tal vez -pensé- se trata de un humorista desocupado que quiere divertirse a mi costa.” Me decidí a resolver la duda por el medio más expeditivo: me planté delante de mi acompañante con intención de preguntarle:

-¿Quién es usted? ¿Qué desea usted de mí?

No tuve necesidad de abrir la boca. El hombre vestido de azul se puso en pie, se quitó el sombrero, sonrió un momento y dijo con precipitación:

-Perdóneme. Se lo explicaré todo, me presentaré inmediatamente: soy el Amigo Dité. No tengo profesión conocida, pero eso no tiene importancia. Tenía muchas cosas que decirle, pero hasta ahora… También deseaba escribirle; le escribí dos o tres veces, pero no tengo la costumbre de enviar las cartas. Por lo demás, soy un hombre vulgarísimo e incluso sano, a lo que parece, alguna vez…

En este punto el Amigo Dité se detuvo titubeando, pero añadió de pronto, como si se hubiese acordado repentinamente de una cosa que le interesaba mucho:

-Tal vez tomaría usted algo. ¿Un poco de vino marsala? ¿Un café?

Ambos nos movimos rápidamente, a la vez, como impelidos por el deseo de terminar pronto. Apenas llegados ante un café, penetramos en el interior con gran prisa, como quien entra para beber y escaparse. Nos sentamos en un rincón, junto a la estufa, sin pedir nada. El café era pequeño, estaba lleno de humo y de cocheros, el camarero tenía cara de ratero, pero no teníamos tiempo para elegir otro lugar.

-Desearía saber… -comencé.

-Se lo diré todo -respondió el otro-, no tengo intención de esconderle nada. Mi caso, a pesar de todo, es triste y difícil, y declaro, ante todo, que tengo una gran confianza en usted. Ya estoy aquí, soy de usted. Estoy en sus manos. Puede usted hacer de mí todo lo que quiera…

-No lo comprendo…

-Le aseguro que lo comprenderá todo. Déjeme hablar. ¿No le he dicho ya quién soy? El nombre no dice nada, ya lo sé. Añadiré mi definición; yo soy un hombre vulgar, un hombre terriblemente vulgar, que quiere hacer a toda costa una vida no vulgar, una vida absolutamente extraordinaria.

-Perdone…

-Lo perdono todo, señor, lo perdonaré todo. Únicamente le declaro, una vez más, que tengo necesidad de hablar. Tengo en usted toda la confianza. Será mi salvador, mi dueño, el director de mi conciencia, de mis brazos, de mí, todo entero. Yo soy demasiado sabio, demasiado bueno, demasiado noble, “demasiado mí mismo”. Usted ha escrito tantos cuentos absurdos, tantas novelas estrambóticas y yo he vivido tanto tiempo con sus héroes, que los sueño por la noche y los deseo durante el día. He creído reconocerlos por la calle, y luego, aburrido y desesperado, he querido matarlos en mí, ahogarlos para siempre…

-Se lo agradezco mucho, pero…

-Haga el favor de callar un momento, se lo ruego. Le explicaré por qué he pensado en usted y por qué lo he seguido. Me dije hace algunos días: tú eres un imbécil, un tipo de todos los días y de todas las ciudades, y sufres la enfermedad de querer vivir una vida noble, peligrosa, aventurera, como la de los héroes de los poemas a veinticinco céntimos y de las novelas de tres liras cincuenta. Por ti mismo no eres capaz de procurarte una vida semejante, porque estás falto de imaginación. No te queda más remedio que buscar un creador de héroes extraordinarios y regalarle tu vida, para que haga de ella lo que quiera y la pueda transformar en algo más bello, más imprevisto, más insospechado…

-¿Usted desearía, pues…?

-Un poco de paciencia, se lo ruego. Dentro de algunos minutos lo obedeceré en todo y podrá hacerme callar todo lo que quiera, pero antes déjeme acabar. ¡Soy todavía mi propietario! No he de decirle nada más que esto: usted es el creador elegido por mí, y aquí me tiene para ofrecerle mi vida y los medios para ayudarlo a hacerla interesante. Usted es un imaginativo y puede romper sin esfuerzo la insufrible vulgaridad de mis días. Hasta ahora ha tenido a su disposición únicamente hombres imaginarios, y hoy le entrego un hombre de verdad, un hombre que sufre y anda, del cual puede usted hacer lo que guste. Estaré en sus manos no como un cadáver -¿qué cosa haría de él?-, sino como un fantoche mecánico, un maravilloso fantoche parlante y risueño que comprenderá sus órdenes. Desde este momento le hago regular donación de mí vida y de una renta anual de mil libras esterlinas para atender a todos los gastos que sean necesarios para hacer pintoresca y peligrosa mi vida. Llevo en el bolsillo una escritura de donación ya preparada… ¡Camarero, una pluma! No falta más que la fecha y la firma de usted. ¡Dígame sí o no, sin cumplidos, en seguida!

Fingí reflexionar por algunos momentos, pero mi decisión ya había sido tomada. El Amigo Dité se adelantaba a uno de mis más antiguos deseos. Desde hacía mucho tiempo me avergonzaba de inventar únicamente vidas imaginarias. Soñaba, en las horas de vagar, en lo que habría podido hacer si hubiese tenido un hombre de sangre y nervios en mi poder. ¡Y he aquí que el hombre se presentaba espontáneamente, acompañado de un paquete de valores!

-No he tenido nunca la costumbre -dije después de fingida meditación- de regatear inútilmente, y por eso acepto su donación, aunque usted ya comprende la responsabilidad de aceptar un alma acompañada de un cuerpo. Déjeme ver las condiciones de la donación.

El Amigo Dité me puso delante un protocolo encuadernado con un grueso y amarillo cartón, y yo lo leí en pocos minutos. La donación estaba en regla. Por ella me convertía en dueño absoluto de la sustancia y de la vida del Amigo Dité, con la sola condición de que yo le ordenase inmediatamente lo que debía hacer, a fin de que su existencia se convirtiera en heroica y novelesca. El contrato era válido por un año, pero podía ser renovado en caso de que el Amigo Dité estuviese satisfecho de mi dirección.

Escribí sin titubear la fecha y la firma y dejé inmediatamente al Amigo Dité, prometiéndole para el día siguiente una carta, y ordenándole entretanto que no me siguiese y que se quedase bebiendo algún líquido alcohólico. En efecto, cuando yo salía, él pidió con su acostumbrada sonrisa uno de los más famosos bitters del mundo.

II

Aquella noche no me fui a acostar con el negro aburrimiento de las otras noches. Tenía algo nuevo y grave en que pensar, y podía muy bien aceptar una noche de insomnio. Un hombre se había convertido en una cosa mía, de mi entera propiedad, y podía dirigirlo, empujarlo, lanzarlo a donde quisiese; experimentar en él los efectos de las emociones raras y las combinaciones de aventuras de nuevo estilo.

¿Qué debía ordenarle para el día siguiente? ¿Debía mandarle que realizase alguna cosa determinada o convenía dejarlo en la ignorancia y prepararle una sorpresa? Terminé eligiendo una solución que unía los dos sistemas. A la mañana siguiente le escribí que, hasta nueva orden, durmiese durante el día y pasase la noche fuera de casa, paseando por lugares solitarios. El mismo día fui a una agencia, alquilé por seis meses una pequeña casa solitaria en las cercanías de la ciudad y tomé a sueldo dos jovenzuelos sin trabajo que estaban buscando el modo de ser alojados a costa de sus conciudadanos, al menos durante el invierno. Después de cuatro días todo estaba dispuesto. En la noche fijada hice seguir al Amigo Dité, el cual, cuando llegó a un lugar desierto, fue agredido delicadamente por mis ayudantes y conducido, con los ojos vendados, según la tradición, a la casa que había preparado. Desgraciadamente, ningún guardia los sorprendió durante la operación y no se presentó ninguna denuncia de la desaparición del Amigo Dité, por lo que me hallé en la necesidad de mantener por muchos meses a los dos robustos mancebos, que no se contentaban únicamente con comer.

Lo peor era que no sabía qué hacer del hombre de mi propiedad. Había pensado, la misma noche de la donación, que un secuestro de persona sería un excelente principio de vida rica en aventuras, pero no había reflexionado sobre el resto de la aventura. Sin embargo, la vida del Amigo Dité, como en las novelas de folletín, tenía necesidad de una continuación inmediata.

A falta de cosa mejor, recurrí al viejo expediente de enviar junto a él, a la casa en donde lo había encerrado, a una mujer que se le presentase siempre cubierta con un antifaz y no le dirigiese nunca la palabra. No fue cosa fácil encontrarla y, sobre todo, amaestrarla, y no quiso comprometerse más que por un mes. El Amigo Dité, afortunadamente, era un poco misántropo y tenía más de cuarenta años, y por eso no sucedió nada de lo que hubiera podido suceder en otros casos. Después de quince días vi que era necesario cambiar el juego, y por medio de los mismos ganapanes hice liberar a mi hombre y enviarlo a su casa.

Comencé a darme cuenta de que el Amigo Dité no se había mostrado en modo alguno un hombre vulgar poniéndome a prueba de este modo. ¿Quién sino un espíritu original hubiera podido imaginar una esclavitud tan insidiosa?

Un espadachín que yo conocía consintió en ayudarme en este difícil momento. Un día, mientras el Amigo Dité bebía tranquilamente una taza de leche en un café de lujo, el espadachín se sentó a su lado, le lanzó una mala mirada, le dio un empujón, y apenas el otro dijo algo en voz baja, lo abofeteó dos o tres veces, sin calor, como si no quisiese hacerle daño. El Amigo Dité me pidió permiso para mandar los padrinos a su ofensor, y yo me apresuré a presentarle dos amigos que lo obligaron, de mala gana, a cruzar su espada con mi cómplice. El Amigo Dité no sabía esgrima, y tal vez por eso, tirando alocadamente desde el principio, consiguió herir a su adversario bastante gravemente. Aproveché esto para hacerle comprender que era necesario que se alejase de la ciudad, pero él no quiso apartarse de mí y prefirió ser juzgado. Fue condenado a tres meses de cárcel.

Creí que con este tiempo me vería liberado de mi propiedad, pero al cabo de muy pocos días comprendí, sin ninguna duda, que mí primer deber era proporcionarle la huida al Amigo Dité. La empresa parecía imposible, pero, sin reparar en gastos, conseguí convencer a dos personas del desinterés de mi acción y, gracias a un rápido disfraz, el Amigo Dité pudo salir de la prisión poco antes de despuntar el día. Esta vez no tenía más remedio que alejarse, y yo tuve que dejar mi casa, mis trabajos, mi patria, para proteger su fuga.

Cuando nos hallamos en Londres, me encontré completamente embrollado. No hablando ni una palabra de inglés, en medio de aquella ciudad enorme y desconocida, me sentía, mucho más que antes, incapaz de procurar aventuras extraordinarias a mi hombre. Me vi obligado a dirigirme a un detective privado, que me dio algunos vagos consejos en muy mal francés. Después de haber estudiado durante algunos días un buen plano de Londres, conduje al Amigo Dité al barrio de peor fama, pero no le pasó, con gran contrariedad mía, nada de particular. Encontramos los acostumbrados marineros borrachos, las acostumbradas mujeres desvergonzadas y pintadas, patrullas de viveurs baratos y rumorosos, pero ninguno nos molestó, tomándonos tal vez por policías; tal era nuestra aparente seguridad al vagar por aquellos laberintos de calles casi iguales.

Pensé entonces expedir al Amigo Dité al norte de la isla, solo, y dándole únicamente veinte o treinta chelines, además del billete para el viaje. Como él tampoco sabía nada de inglés, esperaba que le sucediera algo muy desagradable, y que tal vez ya no consiguiese volver. Ya comenzaba a estar cansado de aquella propiedad por la que debía trabajar y sacrificarme, y esperaba con rabiosa nostalgia el momento de volver a mi buena ciudad llena de cafés y vagabundos. Pero, después de quince días, el Amigo Dité volvió a Londres en perfecto estado de salud; en Edimburgo había encontrado por casualidad a un amigo italiano -un violonchelista emigrado desde hacía muchos años- que lo había hospedado en su casa y había hecho que se divirtiese durante todos aquellos días.

Pero no quise darme por vencido. Había encontrado en un periódico la dirección de un pequeño club de estudios psíquicos que buscaba nuevos socios, prometiendo apariciones auténticas y fantasmas parlantes. Ordené inmediatamente al Amigo Dité que se inscribiera y fuese allí todas las noches. Fue durante toda una semana y no vio nada. Sin embargo, una mañana vino a encontrarme, diciendo que había conocido un fantasma, pero que éste no le había parecido mucho mejor que los hombres vivos y que incluso se había mostrado estúpido hasta el punto de sacarle el pañuelo del bolsillo, echarlo del taburete en que estaba sentado, tirarle de los pelos y pellizcarlo en la espalda.

-En conclusión -me dijo- no he encontrado, hasta ahora, nada verdaderamente extraordinario en todo lo que ha hecho usted por mí. Perdóneme si le hablo con franqueza, pero debe reconocer que en sus novelas da muestras de una imaginación mejor y mayor. Reflexione un momento: un rapto, una mujer enmascarada, un duelo, una fuga, un fantasma. No ha sabido encontrar nada mejor que esos trucos antiguos de novela francesa. En Hoffmann y en Poe hay cosas más terribles, y en Caboriau y Ponson du Terrail, más complicadas. No comprendo, ciertamente, la repentina decadencia de la imaginación de usted. Los primeros días comencé a hacer todo lo que usted ordenaba, esperando vivir una vida bella, pero pronto me di cuenta de que la vida de usted era igual a la de los demás millones de hombres, y pensé que todo su genio estaba reservado a los personajes de sus novelas; pero ahora comienzo a dudar también de esto, y, con desagrado, me veo obligado a decirle que, si antes de terminar el plazo del contrato no encuentra algo más fuerte, me veré obligado a buscarme otro dueño.

Mí dignidad me dispensó de contestar a tanta ingratitud. Pensé que, durante los meses en que había recibido el donativo de aquel hombre, no había vuelto a ser dueño de mi vida, y había tenido que dejar a medio terminar mis trabajos y abandonar mi país para afanarme en encontrar combinaciones novelescas y cómplices seguros. Desde el momento en que había entrado en posesión de la vida del Amigo Dité había tenido que sacrificarle mi vida entera. Yo, su dueño, me había convertido, en el fondo, en su esclavo, en el empresario siempre alerta de su existencia personal. Era necesario encontrar algo “más serio” -como él había dicho- de lo que había imaginado hasta entonces; algo que no requiriese la ayuda de cómplices. Después de haber meditado con calma algunos días, le escribí:

Queridísimo amigo:

     Puesto que es usted de mi propiedad, según contrato en regla, tengo sobre usted derecho de vida y muerte. Por consiguiente, le ordeno que se encierre en su cuarto el sábado por la noche, a las ocho, que se tienda sobre la cama y se trague en seguida una de las píldoras que le envío con esta carta. A las ocho y media tomará otra, y a las nueve en punto una tercera. En caso de desobediencia a estas órdenes, me declaro absolutamente irresponsable respecto a su vida.

Sabía que el Amigó Dité no retrocedería ante la sospecha de la muerte. A pesar de su descontento, se vanagloriaba de ser un leal caballero y tenía un respeto exagerado a su firma y a su palabra. Me proveí de un enérgico emético1 y estuve dispuesto para acudir a su lado antes de las nueve, es decir, antes de que hubiese tomado la última píldora, que le habría producido sin remedio la muerte.

En la tarde del sábado ordené que estuviese dispuesto un coche para las ocho en punto, porque habitaba en una pensión muy alejada de la del Amigo Dité. El coche se retrasó hasta las ocho y cuarto y yo intenté hacer comprender al cochero que tenía mucha prisa. El caballo comenzó, al principio, a correr con una especie de fingido galope, pero después de diez minutos cayó de mala manera al suelo. Como no era posible levantarlo en seguida, pagué al cochero y corrí a pie, en busca de otro coche. Afortunadamente, lo encontré allí cerca, y calculé que llegaría a las nueve en punto a casa del Amigo Dité. Comenzaba a estar un poco preocupado porque la niebla era muy espesa y bastarían cinco minutos de retraso para ocasionar la muerte del desgraciado.

En un determinado lugar el coche se paró. Era a la entrada de una ancha calle llena de automóviles y omnibuses, y un policía había hecho seña a mi cochero para que parase. Salté como un loco del coche y me aproximé al enorme policía para hacerle comprender que tenía prisa y que se trataba de la vida de un hombre. Pero el desgarbado guardia no comprendió o no quiso comprenderme. Tuve que seguir el camino a pie, pero por culpa de la niebla y de mi escaso conocimiento de la ciudad, me equivoqué de calle, y sólo después de diez minutos de una carrera agobiante, me di cuenta de que corría en dirección contraria. Tuve que volver hacia atrás siempre corriendo. No faltaban más que pocos minutos para las nueve y realicé un esfuerzo inaudito para llegar a la hora precisa. Hasta las nueve y siete minutos no llamé a la puerta de la pensión. Apenas me abrieron me precipité hacia el cuarto del Amigo Dité. El hombre yacía en el lecho, con la chaqueta quitada, pálido e inmóvil como un cadáver. Lo sacudí, lo llamé, escuché el corazón, la respiración. Estaba verdaderamente muerto: la cajita que le había mandado estaba vacía. El Amigo Dité había cumplido su palabra hasta el final. Había querido darle el escalofrío de la muerte inminente y la sorpresa de la resurrección, y le había dado la muerte, ¡la muerte verdadera, para siempre!

Permanecí toda la noche en el cuarto, embrutecido por el dolor. Por la mañana me encontraron con el muerto, pálido y silencioso como él. Requisaron toda la correspondencia y fue encontrada mi última carta. El proceso fue rápido, porque renuncié a defenderme, y no di a conocer el documento de donación que llevaba conmigo. He estado algunos años en la cárcel, pero no me arrepiento de lo que he hecho. El Amigo Dité ha hecho mi vida más digna de ser contada, y no puedo decir que haya realizado un mal negocio, porque durante el año en que fue mío gasté algo más de las mil libras esterlinas que me había dado.

FIN


Palabras y sangre, 1912
1. Emético: Que provoca el vómito.

miércoles, 22 de abril de 2026

Muchacho obsesionado

 


Muchacho obsesionado

[Cuento - Texto completo.]

Carson McCullers

Hugh fue hasta la esquina de la casa en busca de su madre, pero no estaba en el jardín. A veces salía para hacer como que se ocupaba del arriate con las flores de primavera —carraspiques, minutisas, lobelias (los nombres se los había enseñado ella)—, pero hoy el césped con los arriates de flores de muchos colores estaba vacío bajo el delicado sol vespertino de mediados de abril. Hugh corrió de nuevo hacia la casa, seguido por John. Superaron los escalones de la entrada en dos saltos y la puerta de la calle se cerró con fuerza tras ellos.

—¡Mamá! —llamó Hugh.

Fue entonces, ante el silencio pertinaz mientras esperaban en el vestíbulo vacío, de suelo encerado, cuando Hugh sintió que pasaba algo raro. No había fuego en la chimenea del cuarto de estar, y como estaba acostumbrado al parpadeo de la lumbre del hogar durante los meses fríos, la habitación, en aquel primer día de primavera, parecía extrañamente desnuda y triste. Hugh se estremeció primero y luego se alegró de que John estuviera con él. El sol brillaba en un trozo rojo de la alfombra floreada. Rojo brillante, rojo oscuro, rojo muerto: a Hugh le enfermó el repentino recuerdo estremecido de «aquella otra vez». El rojo se oscureció hasta convertirse en negro vertiginoso.

—¿Te pasa algo, Brown? —preguntó John—. Estás muy pálido. Hugh se repuso y se llevó la mano a la frente.

—Nada. Volvamos a la cocina.

—No me puedo quedar más que un minuto —dijo John—. Estoy obligado a vender esas entradas. Tengo que merendar y salir corriendo.

La cocina, con los impecables paños a cuadros y los cacharros limpios, era en aquel momento la mejor habitación de la casa. Y sobre la mesa esmaltada había una tarta de limón hecha por ella. Tranquilizado ante la cocina de todos los días y la tarta, Hugh regresó al vestíbulo y alzó la cabeza para llamar escaleras arriba.

—¡Madre! ¡Mamá, por favor!

Tampoco ahora obtuvo respuesta.

—Mi madre ha hecho la tarta —dijo Hugh. Rápidamente encontró un cuchillo y la cortó, para disipar el sentimiento de terror, cada vez más intenso.

—¿Crees que la debes cortar, Brown?

—Por supuesto, Laney.

Aquella primavera se llamaban por el apellido, a no ser que se les olvidara. A Hugh le parecía deportivo y adulto y en cierto modo espléndido. John le gustaba más que ningún otro de sus condiscípulos. Era dos años mayor y, comparados con él, los otros chicos le parecían un estúpido montón de inútiles. John era el mejor alumno de segundo curso, inteligente pero sin ser el favorito de ningún profesor, y el mejor atleta por añadidura. Hugh estaba en primero y no tenía demasiados amigos; en cierto modo se había apartado de los demás porque tenía muchísimo miedo.

—Mamá siempre me prepara algo apetitoso para cuando vuelvo de clase —colocó una generosa porción de la tarta en un plato para John… para Laney.

—Está buena de verdad.

—La tapa es de galletas integrales machacadas, en lugar de la masa normal de las tartas —dijo Hugh—, porque la masa da mucho trabajo. A nosotros nos parece que la masa hecha con galletas integrales es igual de buena. Claro que mi madre podría hacer masa corriente si quisiera.

Hugh no se podía estar quieto y paseaba arriba y abajo por la cocina, mientras se comía el trozo de tarta que llevaba en la mano. Se había despeinado pasándose la mano por el pelo y sus amables ojos de color castaño dorado estaban llenos de dolorosa perplejidad. John, que seguía sentado a la mesa, sintió la inquietud de Hugh y cruzó las desgarbadas piernas.

—De verdad no tengo más remedio que vender esos boletos del Glee Club.

—No te vayas. Tienes toda la tarde —a Hugh le daba miedo la casa vacía. Necesitaba a John, necesitaba a alguien; sobre todo necesitaba oír la voz de su madre y saber que estaba en la casa con él—. Quizá mamá se esté bañando. Voy a llamarla otra vez.

La respuesta a la tercera tentativa siguió siendo el silencio.

—Imagino que tu madre se ha ido al cine, o de compras o algo parecido.

—No —replicó Hugh—. Habría dejado una nota. Siempre lo hace si sale antes de que yo vuelva a casa.

—No la hemos buscado —dijo John—. Quizá la haya dejado debajo del felpudo o en algún sitio del cuarto de estar.

Hugh no se consolaba.

—No. La habría dejado debajo de la tarta. Sabe que vengo derecho a la cocina.

—Quizá la hayan llamado por teléfono o se le haya ocurrido de pronto algo que quería hacer.

—Es posible —dijo Hugh—. Ahora recuerdo que le dijo a mi padre que uno de estos días se iba a comprar ropa nueva —aquel rayo de esperanza murió nada más expresarlo. Se echó el pelo para atrás y salió de la cocina—. Será mejor que suba. Tengo que subir mientras todavía estás aquí.

Rodeó con el brazo el poste donde empezaba la barandilla de la escalera; el olor de la madera barnizada, la vista de la puerta blanca cerrada del cuarto de baño en lo alto hizo revivir «aquella otra vez». Se agarró al pasamanos y sus pies no se quisieron mover para iniciar la ascensión. El rojo volvió de nuevo a convertirse en una oscuridad mareante, arremolinada. Procedió a sentarse. Pon la cabeza entre las piernas, ordenó, acordándose de los primeros auxilios aprendidos con los exploradores.

—Hugh —llamó John—. ¡Hugh!

Mientras se le pasaba el mareo, Hugh aceptó una nueva desilusión: Laney lo estaba llamando por su nombre de pila; pensaba sin duda que era un mariquita preocupándose tanto por su madre, indigno de utilizar con él el apellido a la manera deportiva y espléndida que habían usado antes. Se le pasó el mareo cuando regresó a la cocina.

—Brown —dijo John, y el pesar desapareció—. ¿Hay en esta residencia algo relacionado con una vaca? Me refiero a un líquido blanco, más consistente que el agua. En francés lo llaman lait. Aquí, sencillamente, la leche de toda la vida.

La sensación de estupidez se redujo.

—¡Qué imbécil soy! Perdóname, Laney. Lo he olvidado por completo —Hugh sacó la leche del frigorífico y localizó dos vasos—. No estaba pensando. Tenía la cabeza en otro sitio.

—Lo sé —dijo John. Al cabo de un momento preguntó con voz tranquila, mirando con fijeza a Hugh—: ¿Por qué te preocupa tanto tu madre, Hugh? ¿Está enferma?

Hugh se dio cuenta de que el nombre de pila no era un desaire: tan solo que John hablaba demasiado en serio para adoptar un tono deportivo. Ninguno de los amigos que había tenido nunca le gustaba tanto como Laney. Se sintió más descansado al otro lado de la mesa, más seguro en cierto modo. Al mirar los tranquilos ojos grises de su amigo, el bálsamo del afecto disipó el terror.

John preguntó de nuevo, siempre sereno:

—¿Está enferma tu madre?

Hugh no hubiera podido responder a ningún otro de sus condiscípulos. Excepto con su padre, no había hablado con nadie sobre su madre, e incluso los momentos de intimidad entre padre e hijo habían sido infrecuentes e indirectos. Solo podían abordar el tema cuando estaban ocupados con otra cosa, como durante sus trabajos de carpintería o en las dos veces que habían ido juntos de caza, o mientras preparaban la cena o fregaban los platos.

—No es enfermedad exactamente —dijo—, pero mi padre y yo hemos estado preocupados. Al menos lo hemos estado durante una temporada.

—¿Tiene que ver con el corazón? —preguntó John.

La voz de Hugh se tensó.

—¿Te enteraste de que me peleé con ese cretino de Clem Roberts? Le froté la cara contra el camino de grava y casi lo mato, te lo juro. Todavía tiene cicatrices o por lo menos llevó una venda dos días. En la escuela me castigaron a quedarme por las tardes una semana. Pero casi lo mato. Lo hubiera hecho, pero se presentó el señor Paxton y me sacó a rastras.

—Me lo han contado.

—¿Sabes por qué quería matarlo?

John apartó los ojos por un momento.

Hugh se puso tenso; sus manos, todavía un poco informes, se agarraron al borde de la mesa; respiró hondo y habló con voz ronca.

—Ese cerdo le contaba a todo el mundo que habíamos llevado a mi madre a Milledgeville. Iba diciendo por ahí que está loca.

—Hijo de puta.

—Mi madre estuvo en Milledgeville —dijo Hugh con voz nítida aunque derrotada—. Pero eso no significa que estuviera loca —añadió muy de prisa—. En ese hospital estatal tan grande hay edificios para personas que están locas, pero también hay otros pabellones para gente que solo está enferma. Mi madre lo estuvo una temporada. Mi padre y yo lo hablamos y decidimos que el hospital de Milledgeville era el lugar donde trabajaban los mejores médicos y donde la atenderían mejor. Pero de loca, nada. Tú la conoces, John. Tengo que subir —dijo de nuevo.

—Siempre he pensado que tu madre es una de las señoras más agradables de esta ciudad —respondió John.

—La verdad es que a mi madre le pasó una cosa extraña y después se deprimió.

La confesión, las primeras palabras con raíces profundas, abrieron el secreto infestado del corazón del muchacho, y siguió ya más de prisa, deseoso de hablar y encontrando en ello un alivio inesperado.

—El año pasado mi madre creyó que iba a tener un bebé. Habló de ello con mi padre y conmigo —dijo, orgulloso—. Queríamos una niña. Me iban a dejar que eligiera yo el nombre. Nos hacía una ilusión tremenda. Recuperé todos mis viejos juguetes… el tren eléctrico y las vías… Iba a ponerle Crystal, ¿qué te parece ese nombre para una chica? A mí me hace pensar en algo brillante y delicado.

—¿El bebé nació muerto?

Incluso tratándose de John a Hugh se le encendieron las orejas y se las tocó con las manos, que estaban frías.

—No; lo llaman tumor. Fue eso lo que le sucedió a mi madre. Tuvieron que operarla en el hospital de aquí —estaba avergonzado y había bajado mucho la voz—. Luego sufrió algo llamado cambio de vida —a Hugh se le hacían terribles las palabras—. Y después se deprimió. Papá dijo que había sido un choque para su sistema nervioso. Es algo que les pasa a las señoras; solo estaba deprimida y cansada.

Aunque no había nada rojo, ninguna cosa roja en toda la cocina, Hugh se acercaba a «la otra vez».

—Un día lo que le pasó fue algo así como que perdió la esperanza, un día el otoño pasado —los ojos de Hugh estaban muy abiertos y brillantes: de nuevo subía la escalera y abría la puerta del cuarto de baño… Se llevó la mano a los ojos para alejar el recuerdo—. Trató de… hacerse daño. La encontré al volver de clase.

John extendió una mano y acarició con cuidado el brazo de Hugh, cubierto por un suéter.

—No te preocupes. Mucha gente acaba en los hospitales porque están cansados y deprimidos. Le puede pasar a cualquiera.

—Tuvimos que llevarla al hospital, al mejor.

El recuerdo de aquellos largos, larguísimos meses estaba teñido de una soledad gris, tan cruel en su prolongada angustia como «la otra vez». ¿Cuánto había durado? En el hospital su madre podía pasear y siempre se ponía los zapatos.

—Esta tarta, desde luego, es estupenda —dijo John, solícito.

—Mi madre es una cocinera excelente. Prepara cosas como empanada de carne y budín de salmón, y también filetes y perritos calientes.

—Siento tener que salir corriendo nada más merendar —dijo John. A Hugh le daba tanto miedo quedarse solo que sintió la alarma en el ritmo acelerado de su propio corazón.

—No te vayas —suplicó—. Hablemos un rato.

—¿Hablar sobre qué?

Hugh no se lo pudo decir. Ni siquiera a John Laney. No era capaz de hablarle a nadie de la casa vacía ni del horror de entonces.

—¿Lloras alguna vez? —le preguntó a John—. Yo no.

—A veces, sí —reconoció John.

—Ojalá te hubiera conocido mejor cuando mamá estuvo fuera. Mi padre y yo salíamos a cazar casi todos los sábados. Vivíamos de codornices y pichones. Seguro que te habría gustado —luego añadió en voz más baja—: Los domingos íbamos al hospital.

—Es un asunto delicado vender esos boletos —dijo John—. Mucha gente no disfruta con las operetas de la escuela. A no ser que conozcan a alguien personalmente, prefieren quedarse en casa con un buen programa de televisión. Mucha gente compra boletos sin otra razón que el espíritu cívico.

—Nosotros vamos a tener muy pronto un televisor.

—Yo no podría vivir sin televisión —dijo John.

El tono de voz de Hugh fue de disculpa.

—Mi padre quiere pagar primero las facturas del hospital, porque las enfermedades, como todo el mundo sabe, son una cosa muy cara. Después vendrá el televisor.

John alzó su vaso de leche.

Skol —dijo—. La palabra sueca para brindar. Trae buena suerte.

—Sabes muchas palabras de idiomas extranjeros.

—No tantas —dijo John sinceramente—. Solo kaput, adiós¹, skol y las cosas que aprendemos en la clase de francés. No es mucho.

—Es beaucoup² —dijo Hugh, que se sintió ingenioso y complacido consigo mismo.

De repente la tensión acumulada se tradujo en actividad física. Hugh se apoderó de la pelota de baloncesto que estaba en el balcón y corrió hacia el patio de atrás. Hizo varios regates y apuntó a la canasta que su padre le había instalado con motivo de su último cumpleaños. Al fallar, lanzó la pelota a John, que había salido tras él. Era agradable estar al aire libre y el alivio de un juego normal le trajo a la cabeza el primer verso de un poema. «Mi corazón es como un balón.» De ordinario los poemas se le ocurrían cuando estaba tumbado en el suelo del cuarto de estar y se esforzaba por encontrar rimas, la lengua a un lado de la boca. Su madre lo llamaba Shelley-Poe cuando pasaba por encima, y a veces, sin apretar mucho, le ponía el pie en el trasero. A su madre siempre le gustaban sus poemas; hoy el segundo verso se le ocurrió en seguida, como por arte de magia. Se lo dijo a John en voz alta:

—«Mi corazón es como un balón, rebotando feliz por el corredor.» ¿Qué te parece como principio de un poema?

—Me suena un poco chiflado —dijo John, aunque rectificó en seguida—. Quiero decir que me suena… extraño. Eso es lo que he querido decir, extraño.

Hugh se dio cuenta de por qué John había cambiado de palabra y la euforia del juego y de los poemas lo abandonó al instante. Recogió la pelota y se quedó acunándola entre los brazos. La tarde era dorada y la enredadera de glicinia del balcón estaba en plena floración, incólume. La glicinia era como una cascada de color lavanda. La brisa fresca olía a flores calentadas por el sol. El cielo estaba azul y sin nubes. Era el primer día cálido de la primavera.

—Tengo que largarme —dijo John.

—¡No! —la voz de Hugh reflejaba desesperación—. ¿No quieres un poco más de tarta? No sé de nadie que se coma solo un trozo.

De nuevo entró en la casa con John y esta vez llamó solo por costumbre, como lo hacía siempre cuando entraba.

—¡Madre!

Sintió frío al abandonar el exterior luminoso y soleado: frío no solo por el tiempo sino porque estaba muy asustado.

—Mi madre lleva un mes en casa y todas las tardes ha estado aquí cuando he vuelto de clase. Siempre, siempre.

Se quedaron en la cocina mirando la tarta de limón. Y a Hugh la tarta cortada le pareció de algún modo… extraña. Mientras estaban quietos en la cocina, el silencio era escalofriante, y también extraño.

—¿No te parece silenciosa esta casa?

—Es porque no tienes televisión. Nosotros la encendemos a las siete en punto y sigue así todo el día y la noche hasta que nos vamos a la cama. Tanto si hay alguien en el cuarto de estar como si no. Hay obras de teatro y parodias y chistes todo el tiempo.

—Nosotros tenemos radio, por supuesto, y un gramófono.

—Pero eso no hace tanta compañía como una buena televisión. Cuando la tengas no te darás cuenta de si tu madre está en casa.

Hugh no respondió. Los pasos de ambos sonaron apagados en el vestíbulo. Sintió que se mareaba al detenerse en el primer escalón con el brazo alrededor del poste de la escalera.

—Si pudieras subir un minuto…

La voz de John se volvió de pronto impaciente y subió de tono.

—¿Cuántas veces te he dicho que estoy obligado a vender esos boletos? Hay que tener espíritu cívico para cosas como los Glee Clubs.

—Solo un segundo… Te quiero enseñar algo importante ahí arriba.

John no preguntó qué era y Hugh, desesperado, trató de pensar en algo importante que hiciera subir a John. A la larga dijo:

—Estoy montando un aparato de alta fidelidad. Hay que saber mucho de electrónica… mi padre me está ayudando.

Pero mientras hablaba sabía ya que John no se creía ni por lo más remoto aquella mentira. ¿Quién iba a comprar alta fidelidad sin tener siquiera un televisor? Miró con odio a John, de la manera en que se detesta a las personas a las que más se necesita. Tenía que decir algo más y se irguió todo lo que pudo.

—Solo quiero que sepas lo mucho que aprecio tu amistad. Durante los últimos meses me he apartado un tanto de la gente.

—No tiene importancia, Brown. No tendría que preocuparte tanto que tu madre haya estado… donde estuvo.

John había puesto la mano en el pomo de la puerta y Hugh temblaba.

—Pensé que si podías subir por solo un minuto…

John lo miró con ojos preocupados, desconcertados. Luego preguntó despacio:

—¿Hay algo arriba que te asusta?

Hugh quería contárselo todo. Pero no podía decirle lo que su madre había hecho aquella tarde de septiembre. Era demasiado terrible y… extraño. Era como algo que haría una interna, algo que no tenía nada que ver con su madre. Aunque sus ojos estaban llenos de terror y le temblaba todo el cuerpo, dijo:

—No estoy asustado.

—Bueno, hasta la vista. Siento marcharme, pero si tienes un compromiso, tienes un compromiso.

John cerró la puerta principal y Hugh se quedó solo en la casa vacía. Nada podía salvarlo ya. Incluso aunque toda una multitud de chicos estuviera viendo la televisión en la sala de estar, riendo con los chistes, tampoco eso le serviría de nada. Tenía que subir y encontrarla. Trató de darse valor con la última cosa que había dicho John, y repitió las palabras en voz alta: «Si tienes un compromiso, tienes un compromiso.» Pero las palabras no le transmitieron nada de la despreocupación y el valor de John; solo resultaron escalofriantes y extrañas en el silencio.

Se dio la vuelta despacio para subir la escalera. Su corazón no era como un balón, sino como un rápido tambor de jazz, que resonaba cada vez más de prisa mientras subía. Iba arrastrando los pies como si vadeara un río con el agua hasta las rodillas, y tenía que sujetarse al pasamanos. La casa parecía extraña, demencial. Al mirar desde arriba a la mesa del piso bajo con el jarrón de flores primaverales recién cortadas, también le parecieron en cierto modo extrañas. En el espejo del descansillo su propia cara le sobresaltó, hasta tal punto le pareció desencajada. La inicial del suéter de su escuela estaba al revés en el reflejo, y él tenía la boca abierta como un idiota de manicomio. La cerró y su aspecto mejoró. Pero los objetos que veía —la mesa abajo, el sofá arriba— parecían hasta cierto punto resquebrajados y discordantes debido al terror que sentía, aunque eran las cosas familiares de todos los días. Clavó los ojos en la puerta cerrada a la derecha de la escalera y el ritmo rápido del tambor de jazz aumentó.

Abrió la puerta del baño y por un instante el horror que lo había perseguido toda la tarde le hizo ver de nuevo el cuarto como «la otra vez». Su madre tumbada y muerta y sangre por todas partes: la muñeca con las venas cortadas y un charco rojo que se había deslizado por la pared de la bañera y se había acumulado en el fondo. Hugh tocó el marco de la puerta y recobró el equilibrio. Luego el cuarto se estabilizó y se dio cuenta de que no era «la otra vez». El sol de abril llenaba de luz los limpios azulejos blancos. Solo había resplandor de cuarto de baño y la luz del sol en la ventana. Entró en el dormitorio y vio la cama vacía con la colcha de color rosa. Los accesorios habituales descansaban sobre el tocador. La habitación tenía el mismo aspecto de siempre y no había sucedido nada… nada en absoluto, y Hugh se arrojó sobre la colcha rosa de la cama y lloró de alivio, y debido al tenso cansancio desolado que había durado demasiado tiempo. Los sollozos le sacudieron todo el cuerpo y tranquilizaron el tambor de jazz de su corazón acelerado.

No había llorado en todos aquellos meses. No había llorado «la otra vez», cuando, en la casa vacía, encontró a su madre ensangrentada de pies a cabeza. No lloró pero cometió un error de explorador. Alzó el pesado cuerpo antes de intentar vendarle la herida. No lloró cuando telefoneó a su padre. Tampoco lo hizo mientras decidían qué hacer. Ni cuando el médico propuso Milledgeville, ni siquiera cuando su padre y él la llevaron en el coche al hospital, aunque su padre sí lloró mientras regresaban a casa. Tampoco lloró por las cenas que preparaban: bistecs todas las noches durante un mes, hasta que sintieron que la carne se les salía por las orejas; luego se pasaron a los perritos calientes, hasta que también los aborrecieron. Les dio por repetir comidas hasta la saciedad y lo ensuciaban todo en la cocina, de manera que nunca estaba limpia excepto los sábados, cuando venía la sirvienta. Hugh tampoco lloró durante aquellas tardes solitarias después de haberse peleado con Clem Roberts y de sentir que los otros chicos pensaban cosas raras de su madre. Se quedaba en casa en la cocina desordenada y comía galletas de higos o tabletas de chocolate. O iba a ver la televisión en casa de una vecina, la señorita Richards, una solterona adicta a los programas para solteronas. No lloró cuando su padre bebía tanto que perdió el apetito y él tenía que comer solo. Tampoco había llorado en aquellas largas esperas dominicales en sus visitas a Milledgeville, donde vio en dos ocasiones en un balcón a una señora que estaba descalza y hablaba sola. Una señora que era una interna y que le produjo un horror indescriptible. No lloró cuando al principio su madre decía: No me castiguen obligándome a quedarme aquí. Déjenme volver a casa. No había llorado con las terribles palabras que lo perseguían: «cambio de vida», «loca», «Milledgeville». Hugh no pudo llorar durante aquellos largos meses llenos de monotonía, de carencias y de miedo.

Siguió sollozando sobre la colcha rosa, de tacto suave y fresco contra sus mejillas húmedas. Sollozaba tan alto que no oyó abrirse la puerta principal, ni tampoco oyó a su madre cuando llamó desde el pie de la escalera. Todavía sollozaba cuando su madre lo tocó y Hugh hundió el rostro con fuerza en la colcha. Tensó incluso las piernas y pataleó.

—Vamos, vamos, Huguito —dijo su madre, llamándolo por un nombre infantil, largo tiempo olvidado—. ¿Qué ha pasado?

Hugh redobló los sollozos, aunque su madre trataba de volverle la cara para verle los ojos. Quería preocuparla. No se volvió hasta que ella, finalmente, abandonó la cama y entonces la miró. Llevaba un vestido distinto: parecía seda azul en la pálida luz primaveral.

—¿Qué ha pasado, corazón?

El terror de la tarde había terminado, pero no se lo podía contar. No podía explicarle lo que había temido, ni explicarle el horror ante cosas que ya no estaban allí, pero que habían estado una vez.

—¿Por qué lo hiciste?

—He salido porque era el primer día cálido y de pronto me quería comprar algo de ropa nueva.

Pero Hugh no hablaba de ropa, pensaba en «la otra vez» y en el rencor que había empezado a nacerle cuando vio la sangre y el horror y sintió por qué me ha hecho esto a mí. Pensó en el rencor que sentía contra la persona que más quería en el mundo. Durante aquellos meses últimos, tan tristes, la indignación había rebotado sobre el amor, con mezclados sentimientos de culpa.

—Me he comprado dos vestidos y dos combinaciones. ¿Te gustan?

—¡Me parecen horribles! —dijo Hugh muy enfadado—. Se te ve la enagua.

Su madre giró sobre sí misma dos veces y se miró la enagua.

—Muchacho, se supone que se vea. Es la moda.

—No me gusta de todos modos.

—He comido un sándwich en el salón de té con dos tazas de chocolate y luego he ido a Mendel’s. Había tantas cosas bonitas que no conseguía marcharme. Compré los dos vestidos y ¡mira, Hugh! ¡Los zapatos!

Su madre se acercó a la cama y encendió la luz para que pudiese ver. Los zapatos no tenían tacón y eran azules, con destellos de diamantes sobre los dedos. Hugh no sabía cómo criticarlos.

—Parecen más zapatos de fiesta que calzado para salir a la calle. No había tenido nunca zapatos de color. No he podido resistirme.

Su madre hizo un conato de baile en dirección a la ventana, y consiguió que la enagua revoloteara por debajo del vestido nuevo. Hugh había dejado ya de llorar, pero seguía enfadado.

—No me gusta porque da la sensación de que tratas de parecer joven, y apuesto cualquier cosa a que has cumplido los cuarenta.

Su madre dejó de bailar y se quedó quieta junto a la ventana. El rostro se le llenó de tristeza.

—Cumpliré cuarenta y tres en junio.

Había conseguido herirla y de repente el enfado desapareció y solo quedó el amor.

—No debería haber dicho eso, mamá.

—Cuando estaba de compras me di cuenta de que llevaba más de un año sin pisar una tienda de modas. ¡Imagínate!

A Hugh le desarmó la tristeza tranquila de la persona a quien más quería. Le desarmó su amor y la belleza de su madre. Se limpió las lágrimas con la manga del suéter y se levantó de la cama.

—Nunca te he visto tan bonita, ni con un vestido y una enagua tan bonitos —se acuclilló delante de su madre y tocó los zapatos resplandecientes—. Los zapatos son de verdad fantásticos.

—En el mismo momento en que los vi pensé que te gustarían —levantó a Hugh y lo besó en la mejilla—. Ahora te he manchado de lápiz de labios.

Mientras se limpiaba el carmín, Hugh procedió a citar una réplica ingeniosa oída anteriormente:

—Eso solo demuestra que soy muy popular.

—Hugh, ¿por qué estabas llorando cuando entré? ¿Te ha pasado algo en la escuela?

—Ha sido solo que cuando he entrado en casa y he descubierto que te habías ido y no habías dejado una nota ni nada…

—Me he olvidado por completo de la nota.

—Y toda la tarde he sentido… Vino John Laney conmigo, pero se tenía que ir a vender entradas del Glee Club. Toda la tarde he sentido…

—¿Qué? ¿Qué era lo que te pasaba?

Pero no podía hablarle del terror ni de su causa. Finalmente, dijo:

—Toda la tarde me he sentido… extraño.

Después, cuando su padre regresó a casa, llamó a Hugh para que saliera con él al patio de atrás. Parecía preocupado, como si hubiera descubierto que Hugh había dejado a la intemperie una herramienta valiosa. Pero no había ninguna, y la pelota de baloncesto estaba de nuevo en su sitio en el balcón trasero.

—Hijo —empezó su padre—, hay algo de lo que quiero hablar contigo.

—Sí, papá.

—Tu madre me ha dicho que has estado llorando esta tarde —no esperó a recibir una explicación—. Solo deseo que no tengamos secretos el uno para el otro. ¿Hay algo relacionado con las clases, o con chicas, o alguna otra cosa que te preocupa? ¿Por qué llorabas?

Hugh recordó la tarde y ya estaba muy lejos, tan distante como un paisaje visto por el lado equivocado de un telescopio.

—No lo sé —dijo—. Imagino que quizá estaba un poco nervioso.

Su padre le pasó el brazo por encima del hombro.

—Nadie tiene razones para estar nervioso antes de cumplir los dieciséis. Todavía te queda mucho camino que recorrer.

—Lo sé.

—Nunca he visto a tu madre con tan buen aspecto. La encuentro alegre y preciosa, mejor que desde hace años. ¿No te das cuenta?

—La enagua… la combinación está pensada para que se vea. Es la nueva moda.

—Muy pronto llegará el verano —dijo su padre—. Y saldremos de excursión, para comer al aire libre, los tres —aquellas palabras le trajeron al instante la visión de un brillo cegador sobre el arroyo dorado y de bosques con follaje de verano y llenos de aventuras. Su padre añadió—: He venido aquí para decirte algo más.

—¿Sí, papá?

—Quiero que sepas que me doy cuenta de lo bien que te has portado durante toda esta época tan mala. Lo jodidamente bien que te has portado.

Su padre había utilizado una de esas palabras que solo se usan para hablar con un hombre adulto. Tampoco era una persona que hiciera elogios con facilidad: siempre se mostraba muy estricto con las notas del colegio y con las herramientas fuera de su sitio. A él nunca lo elogiaba ni utilizaba palabras de personas mayores ni nada parecido. Hugh sintió que se le encendía la cara y se la tocó con las manos, que estaban frías.

—Solo quería decirte eso, hijo —zarandeó a Hugh por el hombro—. Serás más alto que tu padre en un año o poco más —volvió muy de prisa a entrar en la casa, y dejó que su hijo paladeara el dulce y desacostumbrado sabor del elogio.

Hugh se quedó en el jardín cada vez más en sombra hasta que se desvanecieron los colores del crepúsculo por el Oeste y la glicinia pasó al morado oscuro. La luz de la cocina estaba encendida y vio a su madre preparando la cena. Comprendió que algo había terminado; el terror estaba ya lejos de él, y también la indignación que había chocado con el amor, el miedo y la culpa. Aunque sentía que nunca lloraría de nuevo —o al menos hasta que cumpliera dieciséis años—, en el brillo de sus lágrimas resplandecía la cocina segura, iluminada, ahora que ya no era un chico obsesionado, ahora que, por así decirlo, estaba contento, ahora que ya no tenía miedo.

FIN


“The Haunted Boy “,
Botteghe Oscure, 
1955

1. Adiós: en español en el original.
2. Beaucoup: “mucho” en francés.

La sunamita

 

La sunamita

[Cuento - Texto completo.]


Inés Arredondo

Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita y trajéronla al rey. Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey y le servía: mas el rey nunca la conoció.
Reyes I, 3-4

Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.

Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.

Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta.

Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.

El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.

–¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…

Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…

–Luisa, ¿eres tú?

Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.

–Aquí estoy, tío.

–Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.

–No diga eso, pronto se va aliviar.

Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.

–Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.

Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire.

Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.

–Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ese. La llave está debajo de la carpeta, junto a San Antonio, tráela también.

Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros.

–Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran…

La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.

–…ese anillo de montura tan antigua era de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…

Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia.

–¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…

–Tío, se fatiga demasiado, descanse.

–Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.

–Pero tío…

–Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana.

Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.

Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento.

El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos.

Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.

–Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!

–Vete a buscar al médico…. ¡No! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.

–Y el padre… Tráete al padre.

Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –bendito sea Dios, ya no me moriré solo- pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar.

–Te llama. Entra.

No sé como llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte.

–Acércate –dijo el sacerdote.

Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas.

–Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis, con la intención de que heredes sus bienes. ¿Aceptas?

Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”… Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.

–Luisa…

Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo.

–…por favor.

Y calló. Extenuado.

No podía más. Salí de la habitación. Aquel no era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero no los bienes solamente, las historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente.

–¿Ya?… –se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta.

Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote.

–Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento para heredarla.

–¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la vieja criada-. No seas tonta, solo tú te lo mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta!

–Es una delicadeza de su parte.

–Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora –rió nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.

–La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que…

–Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad.

“Eso es verdad, eso sí que es verdad.” No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”.

Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertiginosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando

yo soy la viudita que manda la ley

y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.

Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.

Todos empezaron a irse.

–Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas.

–Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.

–Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita.

Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado.” Por lo menos mi miedo no había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y solo recobré el control de mis nervios cuando ví que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente.

Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aún. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados. Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.

La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en la médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.

Debo haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía.

Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi la respiración fatigosa y quebrada de don Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que entraba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, para matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional, aquello se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío.

Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente, desde un lugar donde el tiempo no importaba ya.

La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos: todo estaba igual.

No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y la acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma.

Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman.

Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.

Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía explicarlo.

Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.

–Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor.

Su cuerpo casi muerto se calentaba.

–Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.

–Sí, tío –me senté encogida a los pies de la cama, sin mirarlo.

–No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.

–Sí tío.

–Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.

–Sí.

–A ver, di “Sí, Polo”.

–Sí, Polo.

Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una repugnancia invencible.

Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.

–Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…

Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara.

–Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado.

Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventuraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo.

Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mí y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada:

–¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar.

Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar.” Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.

Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia.

–Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la muerte, ¡déjelo morir!

–Moriría en la desesperación. No puede ser.

–¿Y yo?

–Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la Virgen, y piensa que tus deberes…

Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba.

Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.

Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca.

FIN


La señal, 1965