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martes, 9 de junio de 2026

PELUSA

 





PELUSA

(cuento infantil.)

 

P. Luis Coloma

 

Dedicatoria A Pilarita Azlor Aragón y Guillamas y a Isabelita Silvia y Azlor Aragón

 

En las largas y solitarias horas de esta mi última enfermedad me imaginaba algunos días que veníais las dos, como tantas otras veces, y apoyadas en mis rodillas me pedíais que os contara un cuento; y para realizar en parte esta dulce ilusión os escribí entonces esta historia de Pelusa.

Creo que esto será lo último que escriba; y no porque piense colgar mi pluma como el bueno de Cervantes, sino porque la enfermedad me la arrebató ya de las manos, y la muerte se encargará pronto de tirarla a la basura, que es el lugar más adecuado.

Madrid, 2 Noviembre 1912.

 

Nota del editor

 

La mano gloriosa que tantas joyas riquísimas ha aportado al tesoro literario español no puede hoy escribir con ese carácter reposado y elegante de la firma que honra esta página. Una enfermedad cruel entorpece la marcha de esa pluma, mágica traductora de los sutiles y admirados pensamientos del maestro venerable. Nos ha parecido interesante estampar aquí, al principio de este lindísimo juguete, que no querrá Dios que sea la última producción del buenísimo e insigne P. Coloma, el autógrafo de su firma actual; tan reciente, que es la que le ha servido para autorizarnos a publicar esta obra de su ingenio peregrino. Hela aquí:

 

Pues, señor, que era vez y vez de una vieja, más vieja que el modo de llover, más fea que pegarle a su padre y más mala que el pecado mortal, que se llamaba la vieja Paví. Pues vamos a que esta vieja Paví tenía consigo una niña de cinco a seis años, blanca y rubia como el angelito que juega a los pies de la Virgen con un manojito de flores.

Llamábase la niña Pelusa, y las vecinas la creían todas nieta de la tía Paví; porque la pícara vieja, a fuerza de pellizcos y alfilerazos, la obligaba a llamarla abuela. Pero no era verdad: cuando era chiquita la había robado en el jardín de un palacio magnífico, donde se había dormido sobre unas matitas de albahaca y alhucemas mientras la niñera hablaba con el novio por una ventana de la tapia. Estaba la verja abierta, y la vieja Paví entró de puntillas, cogió a la niña dormida, la metió en un saco de trapos y echó a correr, pensando sacarle las mantequitas para hacer el unto con que las brujas vuelan; porque ella lo era, y de las malas, malas, que montan en escobas. Pero cuando fue a matarla lloraba tanto la niña, que temió la oyesen los guardias; y como la vio tan bonita, decidió entonces criarla con mendruguitos de pan hasta que fuese grande, para venderla entonces a cualquier señorón rico que la pagase bien.

Cuando creció Pelusita extrañábase y dolíase de que todos los niños tuviesen un papá y una mamá, y ella no tuviese ninguno. Un día preguntó llorando a la vieja.

-Pero, abuela, ¿por qué no tengo yo papá? ¿Por qué no tengo mamá?

-Porque tú naciste de las pelusas en un nido de ratones -le contestó la vieja furiosa-. Allí te encontré yo barriendo un día el rincón de la despensa: por eso te llamas Pelusa. ¡Pelusa! ¡Pelusa!

Y para que no llorase la pegaba con la caña de la escoba, y le tiraba pellizcos, y le pinchaba las manitas con un alfiler negro muy gordo con cabecilla verde. Pelusita se escondió debajo de la mesa, y llorando muy quedito para que no la oyese la vieja, decía desconsolada:

-¡Ay, si yo tuviera un papá!... ¡Ay, si yo tuviera una mamá!...

Pues vamos a que un día fue la vieja Paví a echar una carta al correo y dejó a Pelusita sentada a la puerta de la calle al cuidado de la comida. Estaba ésta en un pucherito puesto sobre un anafe de yeso, y mientras hervía la olla entreteníase Pelusita con una muñequilla rota y vieja que había encontrado en la basura. Estaba la muñequilla sucia y despintada, y le faltaba una pata; pero como la pobrecita Pelusa nunca había tenido otra, parecíale preciosa, y le puso por nombre doña Amparo, porque así se llamaba la señora gorda que vivía al fin de la calle y que gastaba sombrero con plumas.

-Como yo no tengo papá ni tengo mamá -pensaba Pelusita- tendré a doña Amparo, y seré yo su mamá.

Y le hizo un vestidito con unos papelillos de colores que se encontró en la calle, y una monterita de papel blanco, y la adornó con plumas que arrancó de una gallina muerta. Pues vamos a que mientras Pelusita jugaba con doña Amparo cuidando de la comida vio venir por la calle abajo un hombre y una mujer que traía un niño chico en brazos. Parecían muy pobres y venían, como de camino, muy tristes y cansados. Al llegar frente a la casa de Pelusita la mujer se sentó en el suelo con el niño, como rendida, y el hombre se apoyó en la pared, como si le faltaran las fuerzas. Diole muchísima lástima a Pelusita, porque tenía muy buen corazón, y se le saltaron las lágrimas. Entró corriendo en su vivienda y sacó dos sillas, que ofreció a los caminantes, diciéndoles con mucha caridad, que es la verdadera cortesía:

-¿Gustan ustedes de sentarse?

-Dios te lo pague, hija mía -respondió la mujer tomando la silla-, que venimos muy cansaditos, porque hemos andado ya dos leguas, nos falta todavía otra, y en todo el santo día de Dios hemos probado bocado.

-¿Ni el niño tampoco? -preguntó Pelusa muy afligida.

-¡Tampoco! -respondió la mujer.

-¡Ay, Jesús!... ¡Vaya por Dios! -exclamó Pelusa llorando de pena-. Pues ahora mismo se van ustedes a comer estas sopitas, que ya han hervido, y le sabrán al niño a gloria.

Y más pronto que la vista saca una mesa chiquita y la pone ante la mujer, cubierta con un mantelito blanco. Puso luego encima un plato muy limpio, y con mucho cuidado y primor volcó en él la sopa que hervía en el pucherito. Con esto despertó el niño, y se puso a saltar muy contento sobre las rodillas de su madre, extendiendo las manos hacia las sopitas. Mientras comían preguntó la mujer a Pelusa si vivía en aquella casa con su papá y su mamá.

-Yo nunca he tenido papá ni mamá -respondió Pelusa bajando la cabeza avergonzada.

-Pues, entonces, ¿dónde viniste a este mundo? -preguntó el hombre muy extrañado.

-Dice la vieja Paví que me encontró en un nido de ratones barriendo un día el rincón de la despensa.

El hombre y la mujer se miraron, y Pelusita continuó tristemente.

-Por eso no tengo a nadie que me quiera más que a doña Amparo, que es mi niña, y yo soy su mamá.

La muñequita se levantó como si fuera una persona viva.

Y al decir esto sacó la muñequita del bolsillo de su delantal, donde la había metido mientras ponía la mesa. No bien vio el niño la muñequita redobló sus saltos y sus gritos de contento, y empezó a extender las manitas como si quisiera cogerla. Diósela al punto Pelusa con mucho gusto, y el niño la tomó con la manita izquierda y le echó la bendición con la derecha, soltándola después sobre la mesa. Y entonces fue lo maravilloso, que le puso a Pelusita los pelos de punta; no de miedo, ni de pavor, porque el niño no podía ser más bonito ni la mujer más hermosa, y el hombre, que no era viejo, tenía una cara de buen señor que alejaba todo temor e infundía confianza. Pero, hija de mi alma, fue el caso que no bien cayó la muñequita sobre la mesa, se levantó ella sola como una persona viva, con la pata rota ya compuesta, las narices desconchadas ya puestas en su sitio, y la cara, antes sucia y despintada, limpia ya, fresca, colorada y reluciente como si acabara de salir de la

tienda. El niño tocaba las palmitas muy contento, saltando siempre sobre las rodillas de su madre, y la muñequita comenzó a bailar al compás encima de la mesa, con tanta gracia y maestría como una bailarina del circo. Al mismo tiempo cantaba con una vocecita chillona que penetraba hasta los sesos esta coplita de Nochebuena; porque eran ya por entonces los días de Navidad, y los chiquillos alborotaban las calles cantando al Niño Jesús con zambombas y panderetas:

 

En el portal de Belén

hay un nido de ratones,

y al Patriarca José

le han roído los calzones.

 

Al oír la coplita la mujer miró al hombre sonriéndose, y éste se sonrió también, mirándose con disimulo los calzones como si temiese que fueran ellos los aludidos en la copla. La muñequita seguía cantando.

 

Yo quiero ir a Belén,

aunque me riña mi amo,

que yo quiero ver también

ese Niño soberano.

Yo le llevé unas sopitas,

y no las quiso comer:

y como estaban calentitas

se las comió San José.

San José bendito,

¿por qué te quemaste?

Viendo que eran gachas,

¿por qué no soplaste

 

?La mujer y el hombre volvieron a mirarse y a sonreírse, y aun dicen algunos que éste se puso colorado; porque era verdad que, con el hambre que traía el buen señor, se abalanzó con tanta prisa a la sopa del pucherito, que se quemó y se hizo pupa en la lengua.

La mujer extendió la mano sobre la muñequita, y ésta, saltando como una pulga, se metió en el bolsillo del delantal de Pelusa y allí se mantuvo muy quieta, asomando la cabecita por un descosido que el bolsillo tenía. La mujer dijo entonces a Pelusa con mucho cariño:

-Mira, Pelusita: lo que te ha dicho la vieja Paví, que te encontró en un nido de ratones, es una mentira muy gorda. Tú tienes, como todos los niños, un papá muy bonito y una mamá muy preciosa, que te quieren mucho y que andan buscándote.

Los piececillos de Pelusa comenzaron a moverse y a alborotarse como si quisieran ya echar a correr en busca de aquel papá tan bonito y de aquella mamá tan preciosa. Encendida como una rosa y brillantes los ojos de alegría preguntó:

-¿Y dónde están?

-En el castillo de Irás y no volverás, donde la vieja Paví los tiene encantados -contestó la mujer sin apurarse demasiado.

Pelusita se echó a llorar, diciendo muy afligida:

-Pero ¿dónde está eso? ¿Quién me llevará allí? ¡Yo soy chiquita y no puedo ir sola!

-¡No te apures, Pelusita; no llores, hija mía! -replicó la mujer acariciándola-. Doña Amparo te llevará de la manita adonde están ellos.

-¡Sí, señora; yo la llevaré con muchísimo gusto! -chilló la muñequita asomando la cabeza por el descosido del delantal.

-Pero ¿cuándo veré a mi papá y a mi mamá? -preguntó Pelusa loca de alegría por la impaciencia y la esperanza.

-Ya te he dicho que cuando llegue la hora doña Amparo te llevará de la manita -respondió la mujer acariciándola-. Tú no tienes sino hacer lo que ella te diga; y si te vieras en algún apuro, dirás muy de corazón:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

La mujer cogió entonces el pucherito donde habían estado las sopitas, y echándole la bendición dijo a Pelusa:

-Toma este pucherito, y siempre que necesites comer llénalo de agua clara, echa dentro dos o tres piedrecitas, según el hambre que tengas, y lo pones al fuego, diciendo antes de taparlo:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

Y con esto se despidió la mujer, besando a Pelusa en la frente; el hombre hizo lo mismo, y el niño le echó los bracitos al cuello, y sosteniéndole la madre, le dio doce besitos; tantos cuantos son los frutos del Espíritu Santo.

Pues vamos a que mientras desaparecía por un extremo de la calle aquella honrada familia vio venir Pelusa por el otro a la vieja Paví, renqueando con su palo, con un gesto de vinagre y una cara de mal genio, que sólo con el aliento levantaba chichones. Pelusita se quedó helada de susto, porque se le ocurrió al punto lo que no le había ocurrido antes: que los pobrecitos se habían comido toda la sopa, y no había quedado nada para la vieja Paví. Aterrada con esta idea, y temerosa de las terribles consecuencias que tendría para ella, entrose la pobrecita corriendo en la casa, y se escondió debajo de la mesa para conjurar el primer ímpetu de la rabia de la vieja. Llegó por fin ésta a su casa, y entró dando voces agrias y destempladas llamando a Pelusa.

-¡Pelusa!... ¡Pelusilla!... ¿Dónde estás? ¡Trae volando la comida, que vengo desfallecida de hambre!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba cada vez más debajo de la mesa, sin atreverse ni a resollar siquiera. Vio en esto la vieja el pucherito vacío encima de la mesa, y exclamó en el colmo de la sorpresa y de la ira.

-Pero ¿quién demonios se ha comido mi sopa?

Aterrada Pelusa, se le ocurrió decir para salir del compromiso que se las había comido el gato; pero como esto no era cierto y ella era una niña muy buena que por nada del mundo decía mentiras, porque es pecado y contra la ley de Dios, se decidió a decir la verdad.

-Se las di a unos pobrecitos caminantes que iban hambrientos y llevaban un niño muy bonito.

La vieja se puso verde de ira y empezó a pegar con su palo en el suelo, echando maldiciones por aquella boca que parecía la desembocadura del caño del Infierno.

-¿Conque era el niño muy bonito? ¿Eh? -decía-. ¡Ya te daré yo niño bonito! ¡Permita Dios que reviente y se le vuelvan las sopas veneno en el estómago!

-¡Ay, Jesús, señora, no diga usted eso, que Dios la va a castigar! -exclamó Pelusita espantada-. ¡Ahora mismo le haré yo a usted otras sopitas!

-¿Conque me vas a hacer otras sopitas? ¿Eh? -contestó la vieja con una risita rabiosa que helaba la sangre-. ¡Pues lo primero que vas a echar en ella serán tus orejas, que te las voy a cortar ahora mismo! ¡Con eso tendrá más sustancia el caldo, y me las comeré yo después como si fueran chuletas!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba debajo de la mesa.

Y con crueldad infernal sacó a Pelusa de debajo de la mesa arrastrándola por el pelo; la ató a una pata de la misma mesa, y fue a la cocina en busca de un cuchillo. La pobre niña gritaba y gemía medio desfallecida; pero cuando vio aparecer a la vieja Paví armada con un enorme cuchillo de cocina y dispuesta a cortarle las orejas, acordose de pronto de lo que la buena mujer le había dicho, y gritó desde el fondo de su corazón:

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Oyose entonces de repente una voz que retumbaba como un trueno, y que parecía salir del bolsillo del delantal de Pelusa, diciendo:

-¡¡Tunanta!! ¡¡Deja a la niña!!...

Y al mismo tiempo saltó como una pulga la muñequita doña Amparo desde el bolsillo de Pelusa a las narices de la vieja, que eran muy largas, y en ellas se montó como a caballo, y con las piernecitas y las uñitas de palo de tal modo le arañó la frente y los ojos, que le chorreaba sangre por la cara abajo. Chillaba la vieja como desesperada, y dejó caer el cuchillo para llevarse ambas manos a la cara y quitarse de las narices aquellos molestos espejuelos. Mas no arrancaban de allí a doña Amparo ni las tenazas de Nicodemus, y con su vocecita chillona repetía amenazadoramente:

-¡Pícara vieja, suelta a la niña! ¡Desátala, o te saco los ojos!

No tuvo más remedio la vieja Paví que desatar a Pelusa; y no bien lo hubo hecho, doña Amparo saltó encima de la mesa, dejándole la nariz lo mismo que una berenjena, y dijo a la niña:

-Ahora, Pelusita, haz unas sopitas a la vieja.

Como era más buena que el pan, porque aquella niña no tenía hiel ninguna, Pelusa tomó entonces el pucherito, como le había dicho la mujer, lo llenó de agua hasta la mitad, echó dentro dos piedrecitas, y lo puso al fuego en la cocina, diciendo antes de taparlo:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

La vieja Paví miraba asombrada toda aquella maniobra; pero como la muñequita doña Amparo seguía paseándose encima de la mesa, dispuesta siempre a saltarle a las narices, no dijo ni esta boca es mía. En esto comenzó a hervir el pucherito. Pelusita levantó la tapadera, y se quedó estupefacta viendo que en vez de las dos piedrecitas y el agua clara había dentro dos hermosas perdices guisadas en sabrosísima salsa que esparcía por toda la cocina un olor delicioso. El olorcillo de las perdices llegó bien pronto a las narices arañadas de la vieja; y como era tan tragona, tan mala y tan sinvergüenza, arrebató el puchero de manos de Pelusa, y se zampó las dos perdices con huesos y todo, y se bebió la salsa como si fuese agua, relamiéndose los labios y chupándose los dedos. Sentose luego en un sillón de brazos, puso los pies en una sillita chica, y dijo bostezando:

-Ahora voy a dormir la siesta. Tú, Pelusa, quédate de pie a mi lado para espantarme las moscas.

Pelusita cogió un plumero con mucha humildad, y se puso a oxearle las moscas. Pero no era necesario, porque, de puro mala que era, la vieja Paví sudaba veneno, y mosca que se le posaba en la cara o en las manos, mosca que caía muerta de repente. Pronto empezó a roncar la vieja como los fuelles de un órgano. Pero de allí a poco observó Pelusa que empezaba a hincharse, a hincharse cada vez más, primero el vientre, luego la cabeza, después los pies y las manos, hasta que, no pudiendo dar más de sí el pellejo, de pronto dio un estallido y reventó como un triquitraque, saltando por todas partes los pedazos de la vieja: las tripas quedaron colgando del techo, los ojos cayeron a la calle, y las narices fueron a parar a lo alto del campanario de la iglesia. Y por cierto que allí están todavía, y yo las he visto muchas veces, porque el sacristán de la parroquia, que se llamaba Juanito Tembleque, hizo con ellas una veleta y la puso en lo más alto de la torre para escarmiento de

pícaros.

Y todo esto fue castigo de Dios por aquella maldición que le había echado al Niño que se comió las sopitas -¡Permita Dios que reviente y que se le vuelvan veneno en el estómago!-. Porque, hija mía, Dios ni come ni bebe, pero juzga lo que ve; y lo que la zorra hace en mil años lo paga en una hora.

 

***

 

Pues vamos a que no bien reventó la vieja Paví y se repuso algún tanto Pelusa del susto atroz que tan horrible tragedia le causara, dijo doña Amparo a la niña con su vocecita de grillo constipado.

-Pelusa, ponte la capuchita encarnada, coge el pucherito milagroso y vámonos corriendo.

-¿Adónde? -preguntó Pelusa.

-Pues a buscar a tu papá y a tu mamá, que ya ha llegado la hora.

Loca de alegría, Pelusa se puso la capuchita colorada, colgose del brazo el pucherito con una cinta que le pasó por las asas, y dijo al salir, con mucha devoción, como la mujer le había encargado:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Salió por la puerta del corral de la mano de doña Amparo, y tomaron por la carretera de Aragón, andando muy deprisa, porque a Pelusita se le hacía tarde un minuto que perdieran. A cada casa que encontraban preguntaba Pelusa si era aquello el castillo de Irás y no volverás, y doña Amparo le decía con mucha calma:

-Todavía no. ¡Más lejos, más lejos!

-Pero ¿dónde está ese dichoso castillo, que parece que corre ante nosotras?

-Está un poquito más allá de Cortes y un poquito más acá de Pedrola, de modo que viene a quedar entre los dos pueblos.

-¿Y por qué se llama de Irás y no volverás?

-Porque vive allí un gigante muy malo, que se llama don Bruno, y se come a todo el que entra dentro.

-Pues a mí no me comerá, porque le diré aquello que me enseñó la mujer.

 

¡Jesús, José y María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Exclamó Pelusa, que, con la loca alegría de encontrar a su papá y a su mamá, en nada veía peligro y todo lo encontraba fácil.

Sentáronse a descansar a la sombra de un árbol ya muy cerca de las doce; y como la alegría no quita las ganas de comer ni descompone el estómago, sintió Pelusa un hambre muy grande.

-¡Me comería un par de huevos fritos! -pensaba Pelusa relamiéndose los labios.

Y pensando en esto llenó su pucherito de agua fresca de la fuente, echó dentro tres piedrecitas, hizo luego una hoguera con ramas secas, y dijo a la boca del puchero antes de ponerlo a hervir:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

Hirvió el puchero, levantó Pelusa la tapa, y se encontró con que allí donde lo guisaban habían adivinado sin duda su pensamiento, porque había dentro un par de huevos fritos con manteca, con sus patatitas muy ricas, y además, como de postre, dos bizcochitos borrachos, que a Pelusa le gustaban mucho. Comióselo todo la niña, y no había acabado aún de chuparse los deditos, cuando oyó que la llamaban en el aire.

-¡Pelusa! ¡Pelusa!

Alzó la cabeza la niña muy sorprendida, y vio en una ramita del árbol un pajarito negro, poco mayor que un gorrión, con las patitas coloradas y el piquito verde, que le preguntaba:

-Pelusa, ¿qué haces ahí? ¿Vas de camino?

-Voy en busca de mi papá y mi mamá -respondió Pelusa.

-Ya los buscarás más tarde -dijo el pajarito-. Vente conmigo ahora, y te llevaré a casa de un amigo mío que tiene una casa toda, todita de dulce. Las paredes son de biscotelas; las puertas, de chocolate de Matías López; las rejas y balcones, de caramelo; los muebles, de piñonate, y las camas, de mazapán, con colchones de merengue. Conque, ya ves, Pelusilla, qué bien lo pasarás allí si te vienes conmigo, tú que eres tan golosa.

-No, pajarito, no -replicó Pelusa con mucha firmeza-. Yo voy a buscar a mi papá y a mi mamá, y voy ahora mismo.

Mientras hablaba el pajarito la muñequita doña Amparo había ido subiendo muy de puntillas por el tronco del árbol; y cuando llegó muy callandito a la ramita en que estaba el pajarito, lo cogió de repente por la cabeza, le retorció el pescuezo y lo tiró al suelo muerto.

Salió de él un olor muy apestoso, como de azufre y cuerno quemado, y entonces dijo doña Amparo que aquél era un pajarito malo de los que manda el Diablo a este mundo para tentar a los niños buenos y hacerles faltar a su deber.

Siguieron caminando tres días por montes y valles, comiendo de lo que daba el pucherito y durmiendo debajo de los árboles, y al tercero se sentaron a comer en un pradito verde, ya muy cerca de Cortes. El pucherito estuvo aquel día muy generoso: salieron primero sesos revueltos con huevo; luego, jamón con tomate; después, pollo en gelatina, y por último, los dos bizcochitos borrachos que, como a Pelusa le gustaban tanto, venían en el pucherito todos los días. Ya iba a comérselos la niña, cuando vino volando por el aire una bandada de jilgueritos que la rodearon pidiéndole por amor de Dios una limosnita. El primer impulso de Pelusa fue darles el bizcocho que ya se llevaba a la boca; pero se acordó del otro pajarito negro del Diablo que quiso engañarla, y se detuvo, escarmentada de pajaritos. Mas doña Amparo le dijo entonces muy gravemente:

-Mira, Pelusa: en este mundo hay mucha gente mala, pero hay también mucha más buena; y la verdadera ciencia del mundo consiste en saber distinguir las unas de las otras. Aquel pajarito era malo, porque era pajarito del Diablo; pero estos otros son pajaritos de Dios, y son tan buenos, que lloraron la muerte de Cristo en el Calvario. Por eso dice la copla:

 

Allá arriba, en el monte Calvario,

matita de oliva, matita de olor,

lloraban la muerte de Cristo

cuatro jilgueritos y un ruiseñor.

 

Convencida Pelusa, dioles al punto, no uno, sino los dos bizcochos que iba a comerse, y los jilgueritos muy contentos se los comieron picoteando, y alegres, sin duda con el vinillo que los bizcochos tenían, cantaron entonces a Pelusa una de esas maravillosas sinfonías que enseña Dios a los pajaritos.

Siguieron su camino Pelusa y doña Amparo, y al anochecer de aquel mismo día dieron vista al castillo de Irás y no volverás, a una legua escasa de Pedrola. Era muy grande, todo de piedra negra, con una puerta muy chica y sin ninguna ventana. Ponía pavor en el corazón la vista de aquel edificio tan sombrío y misterioso, y con una buena dosis de miedo se acercaron a la puerta Pelusita y doña Amparo. Quiso ésta llamar al punto; pero Pelusa la detuvo, y arrodillándose antes en los escalones dijo con mucha devoción:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Levantáronse entonces con grandes bríos, y llamó doña Amparo con mucha arrogancia. Sonó dentro un esquilón muy bronco, abriose acto continuo media puerta y apareció en ella una lechuza muy elegante, con gafas de oro, vestido de sarga negra y cofia con lazos de color de fuego. Tenía en la mano una palmatoria con pantalla verde, y preguntó con muy buen modo:

-¿Qué se ofrece?

Al verla tan elegante, doña Amparo le preguntó con mucha finura si era la esposa de don Bruno.

-No, señora -contestó la lechuza-. Soy su ama de llaves, y me llamo doña Joaquina.

-Muy señora mía -dijo respetuosamente doña Amparo-. ¿Y podríamos ver al señor don Bruno?

-Dificilillo me parece -respondió la lechuza-, porque el pobrecito ha pasado una noche de perros rabiando con dolor de muelas, y ahora estará descansando.

Doña Amparo tuvo entonces una idea súbita, y dijo a la lechuza dándose una palmada en la frente.

-¡Parece esto providencial, mi señora doña Joaquina! Pues dígale al momento que está aquí miss Amparo, una dentista americana que cura todos los dolores de muelas.

-¿De veras? -exclamó la lechuza muy contenta-. Pues pasen ustedes al salón, que voy a avisarle en seguida. ¡Qué contento se va a poner el pobrecito!

Las llevó entonces a una sala cuadrada muy grande, toda colgada de negro, y allí las dejó solas, echando la llave por fuera. Angustiose Pelusita porque creyó que la lechuza las había engañado y las encerraba en aquella sala tan triste para algo malo.

Después de un largo rato de soledad y silencio oyose de improviso un ruido de cadenas que daba horror, y una voz tristísima que preguntaba desde el techo: ¿Caigo, o no caigo? Y repetía por tres veces la misma pregunta: ¿Caigo, o no caigo?

Pelusita no se atrevía a contestar; pero doña Amparo, que iba poniéndose nerviosilla y de mal humor, gritó muy enfadada:

-¡Acaba de caer!

Abriose entonces el techo, y cayó una pierna; pero no una pierna cualquiera, sino una pierna enorme, descomunal, con zapato de cordobán amarillo y liga de seda encarnada. Hubo un largo silencio, y oyose otra vez aquel ruido de cadenas y aquella voz lamentable que erizaba el pelo: ¿Caigo, o no caigo? Doña Amparo, fuera ya de sí, gritó furiosa:

-¡Acaba de caer, con dos mil de a caballo!

Y entonces se abrió de nuevo el techo y cayó otra pierna igual a la primera, solamente que ésta tenía el zapato encarnado y la liga amarilla. Por cuatro veces resonó el ruido de cadenas y aquella voz temerosa que preguntaba: ¿Caigo, o no caigo? Y fueron cayendo sucesivamente del techo, primero un brazo, luego otro brazo, después el tronco de un cuerpo, y por último una cabezota muy fea con barba rubia y una venda negra ceñida como si le dolieran las muelas.

Juntáronse entonces de un golpe todos aquellos miembros dispersos, pies, manos, tronco, cabeza, y resultó el señor don Bruno, que hubiera sido un buen mozo si el carrillo hinchado por el dolor de muelas no le afeara bastante. Tenía los bigotes muy grandes y retorcidos en punta que le llegaban hasta los ojos. Sentose muy enfadado en una butaca, y empezó a gritar, tirándose de los pelos.

-¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas!

Pelusita y doña Amparo habíanse refugiado en un rincón de la sala; pero al operarse el prodigio y quedar sentado el señor don Bruno, doña Amparo cruzó la estancia con grande majestad, y saltando encima de la mesa para estar más cerca del oído del gigante, dijo con toda la elocuencia de un sacamuelas.

-¡No hay que apurarse, señor don Bruno, que no hay mal que no tenga remedio; y aquí tiene usted a miss Amparo dentista norteamericana, que le quitará el dolor de muelas!

Sorprendido el gigante, cogió a doña Amparo por la cabeza y se la puso en la palma de la mano, preguntando asombrado.

-Pero ¿eres tú la miss Amparo que me anunció el ama de llaves, Joaquina?

-¡La misma que viste y calza! -replicó doña Amparo paseándosele con mucha gravedad por la palma de la mano lo mismo que hubiera podido pasearse por la plaza de Oriente-. Yo soy miss Amparo, dentista americana, establecida en Madrid. Estuve trabajando primero en la calle de Alcalá, núm. 43, en casa de Newland; pero me tomó una envidia atroz porque le quitaba los parroquianos, y entonces abrí mi gabinete propio en la calle de Zorrilla, núm. 12, donde el Duque de Luna, que es el amo de la casa me dio un cuarto de balde, porque es muy buen señor y me quiere mucho. Mi clientela es de lo más principal que hay en la corte. A Su Majestad el Rey le saqué el otro día tres muelas seguidas estando dormido, y ni siquiera lo sintió. A Su Majestad la Reina le limpio la dentadura dos veces por semana; y al Ministro de la Guerra le saqué un colmillo con un raigón... ¡Pero qué raigón!... ¡Le llegaba hasta los tobillos! Pues ¿y al señor Obispo? No le quedaba a Su Ilustrísima ni un diente ni

una muela. Le di yo una tinturita mía por la mañana, y por la noche le habían salido ya todos los dientes y todas las muelas lo mismo que a una criatura.

El gigante abría los ojos asombrado, y dijo a miss Amparo, interrumpiéndola con ansia.

-¿Y a mí podrás arreglarme las muelas?

-¡Pues no he de poder! ¡Vaya si puedo! Abra usted un poquito la boca para que las reconozca primero y no me equivoque.

El bobalicón de don Bruno abrió entonces una boca tamaña como una espuerta, y trepando doña Amparo por los pelos de la barba, asomó un poquito la cabeza con mucha precaución para mirar las muelas de arriba, montose después en una guía del bigote para examinar las de abajo, y dando de repente un brinco, se le coló la muy tunanta por el gaznate hasta más allá de la campanilla, y allí empezó a hacer cabriolas y monerías. Atragantose don Bruno y empezó a toser y hacer visajes; pero como la pícara miss Amparo se agarraba con todas sus fuerzas y se entraba cada vez más adentro, no pudo el gigante echarla fuera con sus toses, y se ahogaba cada vez más, dando resoplidos que hacían estremecer las puertas, y aun las paredes mismas. Mientras tanto trabajaba doña Amparo por buscar una salida opuesta a la boca, y al mismo tiempo iba arañando con las patitas y manitas las entrañas del gigante. Salió al fin doña Amparo por donde pudo, trayéndose detrás las tripas y el corazón de don Bruno;

y entonces dio éste el último resoplido, estiró una pata, después otra, hizo un visaje horrible, y se quedó muerto. Oyose al mismo tiempo un trueno horroroso, y se hundió todo, todo el castillo. Pero lo más raro era que las piedras no caían para abajo, sino que se las llevaban para arriba un enjambre de diablitos chicos que cargaban con ellas y se perdían a lo lejos. Los había de todos colores, amarillos, verdes, azules, encarnados; lo único que no había eran blancos, y los que abundaban más eran los verdes.

Al hundirse, o más bien al desaparecer el castillo, encontráronse Pelusa y doña Amparo al pie de una tapia muy alta de cristal purísimo y muy claro que rodeaba a un jardín delicioso. Veíanse perfectamente a través del cristal los macizos de flores del jardín, las fuentes cristalinas y las largas calles de árboles. Por una de éstas venían paseando del brazo una señora muy hermosa y un caballero muy guapo: ella, toda vestida de blanco, con gargantilla de oro y un pelo rubio rizado que le arrastraba hasta el suelo; él, con bigote rubio, levita toda bordada de oro, pantalones de tisú de plata y sombrero de copa con plumas blancas. Parecían, sin embargo, muy tristes y acongojados, y la señora decía llorando:

-¡Ay, mi niña! ¿Dónde estará mi niña a estas horas?

-¡No llores, mujer! -le contestaba el caballero-. Quizás llegará hoy.

Pero la verdad era que él también estaba llorando.

Comprendió Pelusita en seguida que aquéllos eran su papá y su mamá, y fuera de sí de alegría empezó a dar golpes en el cristal, gritando:

-¡Papá! ¡Mamá!

Pero ellos no oían, porque estaban todavía encantados. Entonces Pelusa y doña Amparo dieron la vuelta a toda la tapia para ver si encontraban alguna puerta donde llamar o alguna ventana por donde meterse dentro. Pero no había nada de eso: el cristal duro como una roca se extendía por todas partes igual, terso y bruñido, sin ofrecer agujero ni resquicio alguno.

Entonces vio Pelusa que su papá y su mamá entraban en una glorieta de naranjos, lilas y azucenas y se sentaban a una mesa muy bien puesta, con mantel adamascado y vajilla de plata. No había más que dos cubiertos; pero la señora dijo llorando a un criado:

-Que pongan la sillita de la niña, por si acaso viene hoy.

Puso en seguida el criado un silloncito de niño y un cubierto pequeñito de plata con un vasito de oro en que Pelusa recordó haber bebido muchas veces cuando era muy chiquita. La niña, partida el alma, de pena, decía desolada:

 

¡Ay, quién fuera pajarito!

¡Ay, quién fuera pajarito,

para saltar esa tapia

y dar a mi madre un besito!

 

No bien dijo estas palabras apareció volando la bandada de jilgueritos, que la rodearon consolándola con sus alegres pitidos. Traían una hoja de col muy grande, y, haciendo en ella una camita de rosas, colocaron a Pelusita dentro, y sosteniéndola entre todos, con sus piquitos la elevaron suavemente por encima de la tapia, y la dejaron sobre la mesa en que comían sus padres, a tiempo que la mamá repetía llorando:

-Pero ¿dónde estará mi niña?...

-¡Aquí estoy, mamá! ¡Aquí estoy, papá! -exclamó Pelusa poniéndose en pie, con doña Amparo en la mano, sobre la hojita de col y la camita de rosas.

Entonces se abrazaron los tres, y estuvieron mes y medio seguido dándose besos, mientras los jilgueritos cantaban preciosas variaciones sobre el tema. ¡Alegría!... ¡Alegría!... ¡Alegría!...

Y aquí se acabó mi cuento, con pan y pimiento; y si alguien quiere saber más, que compre un viejo.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir que doña Amparo sigue viviendo en la calle de Zorrilla, núm. 12; pero ha tomado también otro cuarto bajo en la calle de San Bernardino, núm. 14, donde pasa muchas horas del día y recibe a sus amigos.

 

FIN

 

La niña

 


[Minicuento - Texto completo.]

Donald Barthelme

Lo primero que hizo mal la niña fue arrancar hojas de sus libros, de modo que pusimos por norma que, cada vez que arrancara una hoja de algún libro, tenía que pasar cuatro horas sola en su habitación con la puerta cerrada. Solía arrancar alrededor de una hoja por día, al principio, de modo que la norma funcionó bastante bien, aunque el llanto y los alaridos procedentes del otro lado de la puerta cerrada nos ponían nerviosos. Razonamos que era el precio que debíamos pagar o al menos una parte de ese precio. Entonces, al aumentar su fuerza, empezó a arrancar dos hojas de una vez; eso suponía pasar ocho horas sola en su habitación, con la puerta cerrada, con lo cual se duplicaron las molestias para todos, pero no dejó de hacerlo y, a medida que fue pasando el tiempo, comenzó a haber días en los que arrancaba tres o cuatro hojas, con que tenía que estar sola en su habitación hasta dieciséis horas seguidas, pero eso impedía una alimentación normal y preocupaba a mi esposa. Sin embargo, a mí me parecía que, si establecías una norma, tenías que cumplirla, ser coherente, porque, si no, se hacían una idea equivocada. Ella tenía unos catorce o quince meses en ese momento. A menudo, claro está, se quedaba dormida al cabo de una hora de chillar, más o menos: una bendición. Su habitación era muy bonita, con un precioso caballito de balancín de madera y casi un centenar de muñecos y animalitos de peluche. Había muchísimas cosas para hacer en esa habitación, si uno administraba el tiempo sabiamente, rompecabezas y cosas así. Por desgracia, a veces, cuando abríamos la puerta, veíamos que, mientras estaba dentro, había arrancado más hojas de más libros y había que sumar esas páginas al total, para ser justos.

La niña se llamaba Zara Banda. Le dimos un poco de nuestro vino, rojo, blanco y azul y hablamos seriamente con ella, pero no sirvió de nada.

He de reconocer que llegó a ser muy hábil. Si te acercabas a ella, adonde estaba jugando en el suelo, en las raras ocasiones en las que salía de su habitación, y tenía un libro abierto a su lado y te ponías a observarlo, parecía que estaba perfecto, pero, si lo mirabas con más detenimiento, te dabas cuenta de que a alguna hoja le habían arrancado una esquinita, que fácilmente podía pasar por desgaste natural, aunque yo sabía lo que había hecho: había arrancado esa esquinita y se la había tragado. Había que tenerlo en cuenta y así se hacía. Son capaces de cualquier cosa con tal de llevarte la contraria. Mi esposa decía que tal vez fuéramos demasiado estrictos y que la niña estaba perdiendo peso, pero le hice notar que la niña tenía una larga vida por delante y debía vivir en el mundo con otras personas, debía vivir en un mundo en donde había muchas, muchísimas normas y que, si no aprendía a respetar esas normas, quedaría excluida, sin carácter, y todos la rechazarían y la condenarían al ostracismo. Lo máximo que la tuvimos en la habitación fueron ochenta y ocho horas seguidas, que concluyeron cuando mi esposa sacó la puerta de sus goznes con una palanca, aunque la niña seguía debiéndonos doce horas, porque tenía que compensar veinticinco hojas. Volví a colocar la puerta en sus goznes, añadí una cerradura grande, que solo se abría con una tarjeta magnética que se introducía en una ranura, y me guardé la tarjeta.

Sin embargo, la situación no mejoró. La niña solía salir de su habitación como un murciélago del infierno, abalanzarse hacia el libro más cercano, Luna de buenas noches o el que fuera, y ponerse a arrancarle hojas a espuertas. Quiero decir que era capaz de esparcir treinta y cuatro hojas de Luna de buenas noches por el suelo en diez segundos, además de las tapas. Empecé a preocuparme un poco. Cuando me puse a sumar su deuda en términos de horas, me di cuenta de que no iba a salir de su habitación hasta 1992, por lo menos. Además, estaba bastante pálida. Llevaba varias semanas sin ir al parque. Teníamos en nuestras manos algo así como una crisis ética.

La resolví declarando que estaba bien arrancar hojas de los libros y, además, que estaba bien haber arrancado hojas de los libros en el pasado. Es una de las ventajas de ser padre: que tienen muchos recursos, todos buenísimos. La niña y yo nos sentamos en el suelo de lo más contentos, uno al lado del otro, a arrancar las hojas de los libros y, de vez en cuando, simplemente para divertirnos, salimos a la calle y destrozamos juntos algunos parabrisas.

FIN


“The Baby”,
Forty Stories, 1987

lunes, 4 de mayo de 2026

Asnos estúpidos

 



[Cuento - Texto completo.]

Isaac Asimov

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, y la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

FIN


“Silly Asses”, 1957

La tercera orilla del río

 


La tercera orilla del río

[Cuento - Texto completo.]

João Guimarães Rosa

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.

Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.

Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.

Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.

Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.

Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.

Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.

Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.

Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.

Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.

Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río – perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.

Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa…”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.

Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.

Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.

FIN


“A terceira margem do rio”,
Primeiras estórias, 1962
Traducción de Paz Díez Taboada

El hombre de mi propiedad

 


El hombre de mi propiedad

[Cuento - Texto completo.]

Giovanni Papini

Como hace muchos años he dejado de escribir un Diario, no puedo decir con exactitud cuánto tiempo hace que me encontré el cuerpo y el alma del Amigo Dité. Probablemente, dada mi distracción, no me di cuenta en qué día preciso mi segunda sombra -aquella sólida y relativamente viva- se decidió a entrar en la escena poco iluminada de mi vida.

Una mañana, al salir de casa, me di cuenta de que iba acompañado, a esa respetuosa distancia que no permite hacer preguntas ni dar explicaciones, por un hombre de unos cuarenta años, enfundado en un largo abrigo azul, alegre y sonriente (pero sin demasiada exageración). No teniendo nada que hacer, y habiendo salido únicamente de casa para no oír los crujidos de la leña en la chimenea, me divertí mirando de reojo a mi acompañante, a pesar de que -ténganlo bien en cuenta- éste no tenía nada de extraordinario. No supuse, ni por un solo momento, que pudiese tratarse de un policía; mi completa falta de valor físico y mi repugnancia por los malos olores me han impedido siempre entregarme a la política militante; y la pereza, unida a mi escasa habilidad manual, me ha salvado de buscar en el delito los medios de subsistencia.

No podía, tampoco, imaginar que el hombre vestido de azul fuese una especie de ladronzuelo de ciudad, decidido a robarme, pues mi decente pobreza era conocida en todo el barrio, y mi modo de vestir, más descuidado que desenvuelto, disociaba de mi persona cualquier idea de bienestar.

A pesar de que yo no tuviese ningún derecho a ser seguido, comencé a pasar y repasar por las calles más tortuosas del centro de la ciudad para asegurarme de que no me equivocaba. El hombre me siguió por todas partes con un aspecto cada vez más satisfecho. Di, de pronto, la vuelta por una ancha calle llena de gente y apresuré el paso, pero la distancia entre el hombre vestido de azul y yo continuó siempre siendo la misma. Entré en un estanco para comprar un sello de tres céntimos, y el desconocido entró en el mismo estanco y compró un sello de tres céntimos; subí a un tranvía y mi sonriente compañero subió al mismo tranvía; cuando descendí, el hombre vestido de azul bajó tras de mí; compré un periódico, y él compró el mismo periódico; me senté en el banco de un jardín, y el otro se sentó en otro banco cercano; saqué del bolsillo un cigarrillo, y él sacó otro y esperó que hubiese encendido el mío para encender el suyo.

Todo esto era al mismo tiempo gracioso y fastidioso. “Tal vez -pensé- se trata de un humorista desocupado que quiere divertirse a mi costa.” Me decidí a resolver la duda por el medio más expeditivo: me planté delante de mi acompañante con intención de preguntarle:

-¿Quién es usted? ¿Qué desea usted de mí?

No tuve necesidad de abrir la boca. El hombre vestido de azul se puso en pie, se quitó el sombrero, sonrió un momento y dijo con precipitación:

-Perdóneme. Se lo explicaré todo, me presentaré inmediatamente: soy el Amigo Dité. No tengo profesión conocida, pero eso no tiene importancia. Tenía muchas cosas que decirle, pero hasta ahora… También deseaba escribirle; le escribí dos o tres veces, pero no tengo la costumbre de enviar las cartas. Por lo demás, soy un hombre vulgarísimo e incluso sano, a lo que parece, alguna vez…

En este punto el Amigo Dité se detuvo titubeando, pero añadió de pronto, como si se hubiese acordado repentinamente de una cosa que le interesaba mucho:

-Tal vez tomaría usted algo. ¿Un poco de vino marsala? ¿Un café?

Ambos nos movimos rápidamente, a la vez, como impelidos por el deseo de terminar pronto. Apenas llegados ante un café, penetramos en el interior con gran prisa, como quien entra para beber y escaparse. Nos sentamos en un rincón, junto a la estufa, sin pedir nada. El café era pequeño, estaba lleno de humo y de cocheros, el camarero tenía cara de ratero, pero no teníamos tiempo para elegir otro lugar.

-Desearía saber… -comencé.

-Se lo diré todo -respondió el otro-, no tengo intención de esconderle nada. Mi caso, a pesar de todo, es triste y difícil, y declaro, ante todo, que tengo una gran confianza en usted. Ya estoy aquí, soy de usted. Estoy en sus manos. Puede usted hacer de mí todo lo que quiera…

-No lo comprendo…

-Le aseguro que lo comprenderá todo. Déjeme hablar. ¿No le he dicho ya quién soy? El nombre no dice nada, ya lo sé. Añadiré mi definición; yo soy un hombre vulgar, un hombre terriblemente vulgar, que quiere hacer a toda costa una vida no vulgar, una vida absolutamente extraordinaria.

-Perdone…

-Lo perdono todo, señor, lo perdonaré todo. Únicamente le declaro, una vez más, que tengo necesidad de hablar. Tengo en usted toda la confianza. Será mi salvador, mi dueño, el director de mi conciencia, de mis brazos, de mí, todo entero. Yo soy demasiado sabio, demasiado bueno, demasiado noble, “demasiado mí mismo”. Usted ha escrito tantos cuentos absurdos, tantas novelas estrambóticas y yo he vivido tanto tiempo con sus héroes, que los sueño por la noche y los deseo durante el día. He creído reconocerlos por la calle, y luego, aburrido y desesperado, he querido matarlos en mí, ahogarlos para siempre…

-Se lo agradezco mucho, pero…

-Haga el favor de callar un momento, se lo ruego. Le explicaré por qué he pensado en usted y por qué lo he seguido. Me dije hace algunos días: tú eres un imbécil, un tipo de todos los días y de todas las ciudades, y sufres la enfermedad de querer vivir una vida noble, peligrosa, aventurera, como la de los héroes de los poemas a veinticinco céntimos y de las novelas de tres liras cincuenta. Por ti mismo no eres capaz de procurarte una vida semejante, porque estás falto de imaginación. No te queda más remedio que buscar un creador de héroes extraordinarios y regalarle tu vida, para que haga de ella lo que quiera y la pueda transformar en algo más bello, más imprevisto, más insospechado…

-¿Usted desearía, pues…?

-Un poco de paciencia, se lo ruego. Dentro de algunos minutos lo obedeceré en todo y podrá hacerme callar todo lo que quiera, pero antes déjeme acabar. ¡Soy todavía mi propietario! No he de decirle nada más que esto: usted es el creador elegido por mí, y aquí me tiene para ofrecerle mi vida y los medios para ayudarlo a hacerla interesante. Usted es un imaginativo y puede romper sin esfuerzo la insufrible vulgaridad de mis días. Hasta ahora ha tenido a su disposición únicamente hombres imaginarios, y hoy le entrego un hombre de verdad, un hombre que sufre y anda, del cual puede usted hacer lo que guste. Estaré en sus manos no como un cadáver -¿qué cosa haría de él?-, sino como un fantoche mecánico, un maravilloso fantoche parlante y risueño que comprenderá sus órdenes. Desde este momento le hago regular donación de mí vida y de una renta anual de mil libras esterlinas para atender a todos los gastos que sean necesarios para hacer pintoresca y peligrosa mi vida. Llevo en el bolsillo una escritura de donación ya preparada… ¡Camarero, una pluma! No falta más que la fecha y la firma de usted. ¡Dígame sí o no, sin cumplidos, en seguida!

Fingí reflexionar por algunos momentos, pero mi decisión ya había sido tomada. El Amigo Dité se adelantaba a uno de mis más antiguos deseos. Desde hacía mucho tiempo me avergonzaba de inventar únicamente vidas imaginarias. Soñaba, en las horas de vagar, en lo que habría podido hacer si hubiese tenido un hombre de sangre y nervios en mi poder. ¡Y he aquí que el hombre se presentaba espontáneamente, acompañado de un paquete de valores!

-No he tenido nunca la costumbre -dije después de fingida meditación- de regatear inútilmente, y por eso acepto su donación, aunque usted ya comprende la responsabilidad de aceptar un alma acompañada de un cuerpo. Déjeme ver las condiciones de la donación.

El Amigo Dité me puso delante un protocolo encuadernado con un grueso y amarillo cartón, y yo lo leí en pocos minutos. La donación estaba en regla. Por ella me convertía en dueño absoluto de la sustancia y de la vida del Amigo Dité, con la sola condición de que yo le ordenase inmediatamente lo que debía hacer, a fin de que su existencia se convirtiera en heroica y novelesca. El contrato era válido por un año, pero podía ser renovado en caso de que el Amigo Dité estuviese satisfecho de mi dirección.

Escribí sin titubear la fecha y la firma y dejé inmediatamente al Amigo Dité, prometiéndole para el día siguiente una carta, y ordenándole entretanto que no me siguiese y que se quedase bebiendo algún líquido alcohólico. En efecto, cuando yo salía, él pidió con su acostumbrada sonrisa uno de los más famosos bitters del mundo.

II

Aquella noche no me fui a acostar con el negro aburrimiento de las otras noches. Tenía algo nuevo y grave en que pensar, y podía muy bien aceptar una noche de insomnio. Un hombre se había convertido en una cosa mía, de mi entera propiedad, y podía dirigirlo, empujarlo, lanzarlo a donde quisiese; experimentar en él los efectos de las emociones raras y las combinaciones de aventuras de nuevo estilo.

¿Qué debía ordenarle para el día siguiente? ¿Debía mandarle que realizase alguna cosa determinada o convenía dejarlo en la ignorancia y prepararle una sorpresa? Terminé eligiendo una solución que unía los dos sistemas. A la mañana siguiente le escribí que, hasta nueva orden, durmiese durante el día y pasase la noche fuera de casa, paseando por lugares solitarios. El mismo día fui a una agencia, alquilé por seis meses una pequeña casa solitaria en las cercanías de la ciudad y tomé a sueldo dos jovenzuelos sin trabajo que estaban buscando el modo de ser alojados a costa de sus conciudadanos, al menos durante el invierno. Después de cuatro días todo estaba dispuesto. En la noche fijada hice seguir al Amigo Dité, el cual, cuando llegó a un lugar desierto, fue agredido delicadamente por mis ayudantes y conducido, con los ojos vendados, según la tradición, a la casa que había preparado. Desgraciadamente, ningún guardia los sorprendió durante la operación y no se presentó ninguna denuncia de la desaparición del Amigo Dité, por lo que me hallé en la necesidad de mantener por muchos meses a los dos robustos mancebos, que no se contentaban únicamente con comer.

Lo peor era que no sabía qué hacer del hombre de mi propiedad. Había pensado, la misma noche de la donación, que un secuestro de persona sería un excelente principio de vida rica en aventuras, pero no había reflexionado sobre el resto de la aventura. Sin embargo, la vida del Amigo Dité, como en las novelas de folletín, tenía necesidad de una continuación inmediata.

A falta de cosa mejor, recurrí al viejo expediente de enviar junto a él, a la casa en donde lo había encerrado, a una mujer que se le presentase siempre cubierta con un antifaz y no le dirigiese nunca la palabra. No fue cosa fácil encontrarla y, sobre todo, amaestrarla, y no quiso comprometerse más que por un mes. El Amigo Dité, afortunadamente, era un poco misántropo y tenía más de cuarenta años, y por eso no sucedió nada de lo que hubiera podido suceder en otros casos. Después de quince días vi que era necesario cambiar el juego, y por medio de los mismos ganapanes hice liberar a mi hombre y enviarlo a su casa.

Comencé a darme cuenta de que el Amigo Dité no se había mostrado en modo alguno un hombre vulgar poniéndome a prueba de este modo. ¿Quién sino un espíritu original hubiera podido imaginar una esclavitud tan insidiosa?

Un espadachín que yo conocía consintió en ayudarme en este difícil momento. Un día, mientras el Amigo Dité bebía tranquilamente una taza de leche en un café de lujo, el espadachín se sentó a su lado, le lanzó una mala mirada, le dio un empujón, y apenas el otro dijo algo en voz baja, lo abofeteó dos o tres veces, sin calor, como si no quisiese hacerle daño. El Amigo Dité me pidió permiso para mandar los padrinos a su ofensor, y yo me apresuré a presentarle dos amigos que lo obligaron, de mala gana, a cruzar su espada con mi cómplice. El Amigo Dité no sabía esgrima, y tal vez por eso, tirando alocadamente desde el principio, consiguió herir a su adversario bastante gravemente. Aproveché esto para hacerle comprender que era necesario que se alejase de la ciudad, pero él no quiso apartarse de mí y prefirió ser juzgado. Fue condenado a tres meses de cárcel.

Creí que con este tiempo me vería liberado de mi propiedad, pero al cabo de muy pocos días comprendí, sin ninguna duda, que mí primer deber era proporcionarle la huida al Amigo Dité. La empresa parecía imposible, pero, sin reparar en gastos, conseguí convencer a dos personas del desinterés de mi acción y, gracias a un rápido disfraz, el Amigo Dité pudo salir de la prisión poco antes de despuntar el día. Esta vez no tenía más remedio que alejarse, y yo tuve que dejar mi casa, mis trabajos, mi patria, para proteger su fuga.

Cuando nos hallamos en Londres, me encontré completamente embrollado. No hablando ni una palabra de inglés, en medio de aquella ciudad enorme y desconocida, me sentía, mucho más que antes, incapaz de procurar aventuras extraordinarias a mi hombre. Me vi obligado a dirigirme a un detective privado, que me dio algunos vagos consejos en muy mal francés. Después de haber estudiado durante algunos días un buen plano de Londres, conduje al Amigo Dité al barrio de peor fama, pero no le pasó, con gran contrariedad mía, nada de particular. Encontramos los acostumbrados marineros borrachos, las acostumbradas mujeres desvergonzadas y pintadas, patrullas de viveurs baratos y rumorosos, pero ninguno nos molestó, tomándonos tal vez por policías; tal era nuestra aparente seguridad al vagar por aquellos laberintos de calles casi iguales.

Pensé entonces expedir al Amigo Dité al norte de la isla, solo, y dándole únicamente veinte o treinta chelines, además del billete para el viaje. Como él tampoco sabía nada de inglés, esperaba que le sucediera algo muy desagradable, y que tal vez ya no consiguiese volver. Ya comenzaba a estar cansado de aquella propiedad por la que debía trabajar y sacrificarme, y esperaba con rabiosa nostalgia el momento de volver a mi buena ciudad llena de cafés y vagabundos. Pero, después de quince días, el Amigo Dité volvió a Londres en perfecto estado de salud; en Edimburgo había encontrado por casualidad a un amigo italiano -un violonchelista emigrado desde hacía muchos años- que lo había hospedado en su casa y había hecho que se divirtiese durante todos aquellos días.

Pero no quise darme por vencido. Había encontrado en un periódico la dirección de un pequeño club de estudios psíquicos que buscaba nuevos socios, prometiendo apariciones auténticas y fantasmas parlantes. Ordené inmediatamente al Amigo Dité que se inscribiera y fuese allí todas las noches. Fue durante toda una semana y no vio nada. Sin embargo, una mañana vino a encontrarme, diciendo que había conocido un fantasma, pero que éste no le había parecido mucho mejor que los hombres vivos y que incluso se había mostrado estúpido hasta el punto de sacarle el pañuelo del bolsillo, echarlo del taburete en que estaba sentado, tirarle de los pelos y pellizcarlo en la espalda.

-En conclusión -me dijo- no he encontrado, hasta ahora, nada verdaderamente extraordinario en todo lo que ha hecho usted por mí. Perdóneme si le hablo con franqueza, pero debe reconocer que en sus novelas da muestras de una imaginación mejor y mayor. Reflexione un momento: un rapto, una mujer enmascarada, un duelo, una fuga, un fantasma. No ha sabido encontrar nada mejor que esos trucos antiguos de novela francesa. En Hoffmann y en Poe hay cosas más terribles, y en Caboriau y Ponson du Terrail, más complicadas. No comprendo, ciertamente, la repentina decadencia de la imaginación de usted. Los primeros días comencé a hacer todo lo que usted ordenaba, esperando vivir una vida bella, pero pronto me di cuenta de que la vida de usted era igual a la de los demás millones de hombres, y pensé que todo su genio estaba reservado a los personajes de sus novelas; pero ahora comienzo a dudar también de esto, y, con desagrado, me veo obligado a decirle que, si antes de terminar el plazo del contrato no encuentra algo más fuerte, me veré obligado a buscarme otro dueño.

Mí dignidad me dispensó de contestar a tanta ingratitud. Pensé que, durante los meses en que había recibido el donativo de aquel hombre, no había vuelto a ser dueño de mi vida, y había tenido que dejar a medio terminar mis trabajos y abandonar mi país para afanarme en encontrar combinaciones novelescas y cómplices seguros. Desde el momento en que había entrado en posesión de la vida del Amigo Dité había tenido que sacrificarle mi vida entera. Yo, su dueño, me había convertido, en el fondo, en su esclavo, en el empresario siempre alerta de su existencia personal. Era necesario encontrar algo “más serio” -como él había dicho- de lo que había imaginado hasta entonces; algo que no requiriese la ayuda de cómplices. Después de haber meditado con calma algunos días, le escribí:

Queridísimo amigo:

     Puesto que es usted de mi propiedad, según contrato en regla, tengo sobre usted derecho de vida y muerte. Por consiguiente, le ordeno que se encierre en su cuarto el sábado por la noche, a las ocho, que se tienda sobre la cama y se trague en seguida una de las píldoras que le envío con esta carta. A las ocho y media tomará otra, y a las nueve en punto una tercera. En caso de desobediencia a estas órdenes, me declaro absolutamente irresponsable respecto a su vida.

Sabía que el Amigó Dité no retrocedería ante la sospecha de la muerte. A pesar de su descontento, se vanagloriaba de ser un leal caballero y tenía un respeto exagerado a su firma y a su palabra. Me proveí de un enérgico emético1 y estuve dispuesto para acudir a su lado antes de las nueve, es decir, antes de que hubiese tomado la última píldora, que le habría producido sin remedio la muerte.

En la tarde del sábado ordené que estuviese dispuesto un coche para las ocho en punto, porque habitaba en una pensión muy alejada de la del Amigo Dité. El coche se retrasó hasta las ocho y cuarto y yo intenté hacer comprender al cochero que tenía mucha prisa. El caballo comenzó, al principio, a correr con una especie de fingido galope, pero después de diez minutos cayó de mala manera al suelo. Como no era posible levantarlo en seguida, pagué al cochero y corrí a pie, en busca de otro coche. Afortunadamente, lo encontré allí cerca, y calculé que llegaría a las nueve en punto a casa del Amigo Dité. Comenzaba a estar un poco preocupado porque la niebla era muy espesa y bastarían cinco minutos de retraso para ocasionar la muerte del desgraciado.

En un determinado lugar el coche se paró. Era a la entrada de una ancha calle llena de automóviles y omnibuses, y un policía había hecho seña a mi cochero para que parase. Salté como un loco del coche y me aproximé al enorme policía para hacerle comprender que tenía prisa y que se trataba de la vida de un hombre. Pero el desgarbado guardia no comprendió o no quiso comprenderme. Tuve que seguir el camino a pie, pero por culpa de la niebla y de mi escaso conocimiento de la ciudad, me equivoqué de calle, y sólo después de diez minutos de una carrera agobiante, me di cuenta de que corría en dirección contraria. Tuve que volver hacia atrás siempre corriendo. No faltaban más que pocos minutos para las nueve y realicé un esfuerzo inaudito para llegar a la hora precisa. Hasta las nueve y siete minutos no llamé a la puerta de la pensión. Apenas me abrieron me precipité hacia el cuarto del Amigo Dité. El hombre yacía en el lecho, con la chaqueta quitada, pálido e inmóvil como un cadáver. Lo sacudí, lo llamé, escuché el corazón, la respiración. Estaba verdaderamente muerto: la cajita que le había mandado estaba vacía. El Amigo Dité había cumplido su palabra hasta el final. Había querido darle el escalofrío de la muerte inminente y la sorpresa de la resurrección, y le había dado la muerte, ¡la muerte verdadera, para siempre!

Permanecí toda la noche en el cuarto, embrutecido por el dolor. Por la mañana me encontraron con el muerto, pálido y silencioso como él. Requisaron toda la correspondencia y fue encontrada mi última carta. El proceso fue rápido, porque renuncié a defenderme, y no di a conocer el documento de donación que llevaba conmigo. He estado algunos años en la cárcel, pero no me arrepiento de lo que he hecho. El Amigo Dité ha hecho mi vida más digna de ser contada, y no puedo decir que haya realizado un mal negocio, porque durante el año en que fue mío gasté algo más de las mil libras esterlinas que me había dado.

FIN


Palabras y sangre, 1912
1. Emético: Que provoca el vómito.