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viernes, 25 de septiembre de 2026

La ganga de Truman Capote

 




Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.

Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.

-Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich.

Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba -con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas-, había en ella una distinción difícil de ignorar.

-¿Jerez?

Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado, como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.

-¿Una galletita? -le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú -sopa y ensalada- le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:

-No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime, querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?

-¿Greenwich? -repitió Alice parpadeando, como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto-. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.

-¿Ah, no? -respondió la señora Chase-. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?

Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:

-Por ahí -dijo de un modo extraño. Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma-. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.

Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:

-¿Fred? -porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.

-Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es solo un cuarto, en realidad.

Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:

-Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.

-No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.

Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:

-¿Y Arthur? ¿Cómo está? -dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:

-Gordísimo. Gordísimo -repitió después de un momento-. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.

La señora Chase se tocó las caderas:

-¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.

-No estamos separados -Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas-. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree -dijo Alice con calma- que podríamos estar separados, señora Chase?

La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.

Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:

-De hecho, nos divorciamos en agosto.

La señora Chase esperó. Entonces, entre que sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:

-Qué pena. Supongo que fue porque bebía.

-Arthur nunca bebió -respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada-. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No -dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro-. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo solo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?

-Desde luego -respondió la señora Chase-. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.

-No -dijo Alice Severn evaluando-. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea, puesto que vive con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?

-En agosto.

La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:

-Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.

-Arthur quiso quedarse con ellos -dijo Alice Severn, simplemente-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.

La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.

-Un perro. Qué estupidez. Solo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él -la señora Chase vaciló-… para que él aporte.

-Usted no comprende; Arthur no tiene dinero -respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos-. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.

-Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco -dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.

-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico -Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo-. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?

La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.

-Era de mi madre.

Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:

-¿Combien? -preguntó.

-¿No vale nada, verdad? -había confusión en la pregunta, no franqueza.

-No, nada -respondió ella con cansancio, casi con irritación-. Pero a lo mejor me sirve.

No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.

Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.

-Querida -dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria-. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.

Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

FIN


“The Bargain”, 1950

lunes, 31 de agosto de 2026

El hombre que aprendió a ladrar

 


El hombre que aprendió a ladrar

[Minicuento - Texto completo.]

Mario Benedetti

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

FIN


Despistes y franquezas, 1989

Una mesa es una mesa

 



[Cuento - Texto completo.]

Peter Bichsel

Quiero contarles de un hombre viejo que ya no pronuncia ninguna palabra. Tiene un rostro cansado: cansado de reír y cansado de enfadarse. Vive en una pequeña ciudad, al final de la calle, cerca de la esquina. No vale la pena describirlo, casi nada lo diferencia de otros. Usa un sombrero gris, pantalón gris, una chaqueta gris y en invierno un largo abrigo gris. Tiene un cuello delgado cuya piel está seca y arrugada. Los botones blancos de la camisa le aprietan demasiado.

En el piso inferior de su casa tiene un cuarto; quizás estuvo casado y tuvo hijos, quizás vivió antes en otra ciudad. Seguramente alguna vez fue niño, pero eso fue hace mucho tiempo, allá donde los niños eran vestidos como adultos. Donde se veían tal como en el álbum fotográfico de una abuela.

En su cuarto hay dos sillas, una mesa, una alfombra, una cama y un armario. Sobre la pequeña mesa está un despertador, al lado están los viejos periódicos y el álbum fotográfico; sobre la pared cuelgan un espejo y un retrato.

El hombre viejo tomaba un paseo por las mañanas y un paseo por las tardes; hablaba un par de palabras con su vecino, y por las noches se sentaba a la mesa.

Nunca cambiaba. Incluso los domingos eran así.

Y cuando el hombre se sentaba a la mesa, siempre escuchaba hacer tic tac al despertador.

Pero hubo un día especial: un día con sol, no tan frío ni tan caliente, lleno de gorjeos de pájaros, con gente alegre, con niños que jugaban. Y lo especial fue que, de pronto, todo le gustó al hombre.

Y sonrió.

—Ahora todo cambiará —pensó.

Desabrochó el primer botón de su camisa, tomó su sombrero en la mano; aceleró su paso, se balanceó en sus rodillas al caminar y se puso muy contento. Llegó a la calle donde vivía, inclinó la cabeza para saludar a los niños, caminó hasta su casa, subió la escalera, tomó las llaves de la bolsa y cerró su cuarto.

Pero en su cuarto todo seguía igual: una mesa, dos sillas, una cama. Y cuando se sentó a la mesa, escuchó nuevamente el tic tac y toda su alegría se fue, pues nada había cambiado.

Entonces al hombre le sobrevino una enorme furia.

En el espejo vio ruborizar su rostro: cómo cerraba y abría los ojos; entonces hizo puños sus manos, las levantó y golpeó la mesa; primero un golpe, después otro y empezó a golpear y golpear como si tocara un tambor, al tiempo que gritaba una y otra vez:

—¡Tiene que cambiar, esto tiene que cambiar!

Y dejó de escuchar el despertador.

Pero sus manos comenzaron a dolerle y su voz se cansó; entonces escuchó otra vez el despertador.

Nada había cambiado.

—Siempre la misma mesa —dijo el hombre—, las mismas sillas, la misma cama, el mismo cuadro. Y a la mesa le digo mesa, al cuadro le digo cuadro, a la cama la llamo cama y a la silla la nombro silla. ¿Por qué? Los franceses le dicen a la cama «li», a la mesa «tabl», al retrato lo nombran «tablo» y a la silla «schäs», y se entienden. Y los chinos también se entienden.

—¿Por qué la cama no se llamará retrato? —pensó el hombre y se rio, y se rio tanto que el vecino de al lado golpeó en la pared y gritó:

—¡Silencio!

—De ahora en adelante todo cambiará —dijo, y a la cama la llamó retrato.

—Estoy cansado, quiero ir al retrato —pensó.

Por la mañana, se quedó acostado, como acostumbraba, largo rato en el retrato y pensó cómo podría llamar a la silla: y la nombró despertador.

Por fin se puso de pie, se vistió, se sentó sobre el despertador y apoyó los brazos sobre la mesa.

Pero ahora la mesa ya no se llamaba mesa, ahora se llamaba alfombra.

Por la mañana el hombre dejó el retrato, se vistió, se sentó a la alfombra en el despertador y pensó a quién podría decirle que:

 

a la cama le dice retrato,

a la mesa le dice alfombra,

a la silla le dice despertador,

al periódico le dice cama,

al espejo le dice silla,

al despertador le dice álbum fotográfico,

al armario le dice periódico,

a la alfombra le dice armario,

al retrato le dice mesa

y al álbum fotográfico le dice espejo.

 

Entonces, su misma historia sería:

Por la mañana, el hombre viejo se quedó, como acostumbraba, largo rato recostado en el retrato. Alrededor de las nueve sonó el álbum fotográfico. El hombre se levantó y se paró sobre el armario para que no se le enfriaran los pies. Tomó su ropa del periódico, se vistió, miró la silla sobre la pared, se sentó después sobre el despertador a la alfombra y hojeó el espejo hasta que encontró la mesa de su madre.

El hombre halló tan divertido lo que había hecho que practicó todo el día. Se aprendió de memoria las nuevas palabras. Y renombró todo. Entonces ya no fue un hombre sino un pie, y el pie fue una mañana y la mañana un hombre.

Ahora, ustedes también pueden reescribir la misma historia. Solo tienen que cambiar los demás términos, tal como hizo el hombre:

 

sonar es pararse,

enfriarse es ver,

estar acostado es sonar,

estar de pie es enfriarse,

pararse es hojear.

 

Y entonces así quedaría:

Por el hombre, el viejo pie se quedó, como acostumbraba, largo rato sonando. Alrededor de las nueve se acostó el álbum fotográfico, el pie se enfrió y hojeó sobre el armario para no verse las mañanas.

El hombre viejo se compró un cuaderno y escribió en él hasta llenarlo con sus nuevas palabras.

Tuvo mucho que hacer.

Se veía tan raro en la calle.

Entonces aprendió nuevos términos para todas las cosas, y se olvidó más y más de los nombres correctos. Ahora tenía un nuevo idioma que le pertenecía únicamente a él.

Aquí y allá soñaba el nuevo lenguaje; traducía las canciones de su época escolar a su nuevo idioma y las cantaba en voz baja para sí.

Pero pronto sintió que ya le era más difícil traducir. Casi había olvidado su antiguo lenguaje y tuvo que buscar las palabras correctas en su cuaderno. Sintió miedo de hablar con la gente. Tuvo que pensar largamente cómo dice la gente las cosas:

 

a su foto la gente le dice cama,

a su alfombra la gente le dice mesa,

a su despertador la gente le dice silla,

a su cama la gente le dice periódico.

a su silla la gente le dice espejo,

a su álbum fotográfico la gente le dice despertador,

a su periódico la gente le dice armario,

a su armario la gente le dice alfombra,

a su mesa la gente le dice foto

y a su espejo la gente le dice álbum fotográfico.

 

Y llegó tan lejos que se reía cuando escuchaba hablar a la gente.

 

Por ejemplo, se reía si escuchaba que alguien decía:

—¿Irás mañana también al juego de futbol?

O si alguien decía:

—Llueve desde hace dos meses.

O si alguien decía:

—Tengo un tío en América.

Y se reía porque no entendía.

Pero su rostro no fue de felicidad. Su rostro comenzó a entristecerse y así terminó: muy triste.

El hombre viejo con el abrigo gris no entendía a la gente.

Lo que no fue tan grave.

Lo grave fue que la gente no pudo entenderlo.

Y por eso no dijo nada más.

Se quedó callado; hablaba solo con él mismo.

No volvió ni siquiera a saludar.

FIN


“Ein Tisch ist ein Tisch”,
Kindergeschichten, 1969

martes, 9 de junio de 2026

PELUSA

 





PELUSA

(cuento infantil.)

 

P. Luis Coloma

 

Dedicatoria A Pilarita Azlor Aragón y Guillamas y a Isabelita Silvia y Azlor Aragón

 

En las largas y solitarias horas de esta mi última enfermedad me imaginaba algunos días que veníais las dos, como tantas otras veces, y apoyadas en mis rodillas me pedíais que os contara un cuento; y para realizar en parte esta dulce ilusión os escribí entonces esta historia de Pelusa.

Creo que esto será lo último que escriba; y no porque piense colgar mi pluma como el bueno de Cervantes, sino porque la enfermedad me la arrebató ya de las manos, y la muerte se encargará pronto de tirarla a la basura, que es el lugar más adecuado.

Madrid, 2 Noviembre 1912.

 

Nota del editor

 

La mano gloriosa que tantas joyas riquísimas ha aportado al tesoro literario español no puede hoy escribir con ese carácter reposado y elegante de la firma que honra esta página. Una enfermedad cruel entorpece la marcha de esa pluma, mágica traductora de los sutiles y admirados pensamientos del maestro venerable. Nos ha parecido interesante estampar aquí, al principio de este lindísimo juguete, que no querrá Dios que sea la última producción del buenísimo e insigne P. Coloma, el autógrafo de su firma actual; tan reciente, que es la que le ha servido para autorizarnos a publicar esta obra de su ingenio peregrino. Hela aquí:

 

Pues, señor, que era vez y vez de una vieja, más vieja que el modo de llover, más fea que pegarle a su padre y más mala que el pecado mortal, que se llamaba la vieja Paví. Pues vamos a que esta vieja Paví tenía consigo una niña de cinco a seis años, blanca y rubia como el angelito que juega a los pies de la Virgen con un manojito de flores.

Llamábase la niña Pelusa, y las vecinas la creían todas nieta de la tía Paví; porque la pícara vieja, a fuerza de pellizcos y alfilerazos, la obligaba a llamarla abuela. Pero no era verdad: cuando era chiquita la había robado en el jardín de un palacio magnífico, donde se había dormido sobre unas matitas de albahaca y alhucemas mientras la niñera hablaba con el novio por una ventana de la tapia. Estaba la verja abierta, y la vieja Paví entró de puntillas, cogió a la niña dormida, la metió en un saco de trapos y echó a correr, pensando sacarle las mantequitas para hacer el unto con que las brujas vuelan; porque ella lo era, y de las malas, malas, que montan en escobas. Pero cuando fue a matarla lloraba tanto la niña, que temió la oyesen los guardias; y como la vio tan bonita, decidió entonces criarla con mendruguitos de pan hasta que fuese grande, para venderla entonces a cualquier señorón rico que la pagase bien.

Cuando creció Pelusita extrañábase y dolíase de que todos los niños tuviesen un papá y una mamá, y ella no tuviese ninguno. Un día preguntó llorando a la vieja.

-Pero, abuela, ¿por qué no tengo yo papá? ¿Por qué no tengo mamá?

-Porque tú naciste de las pelusas en un nido de ratones -le contestó la vieja furiosa-. Allí te encontré yo barriendo un día el rincón de la despensa: por eso te llamas Pelusa. ¡Pelusa! ¡Pelusa!

Y para que no llorase la pegaba con la caña de la escoba, y le tiraba pellizcos, y le pinchaba las manitas con un alfiler negro muy gordo con cabecilla verde. Pelusita se escondió debajo de la mesa, y llorando muy quedito para que no la oyese la vieja, decía desconsolada:

-¡Ay, si yo tuviera un papá!... ¡Ay, si yo tuviera una mamá!...

Pues vamos a que un día fue la vieja Paví a echar una carta al correo y dejó a Pelusita sentada a la puerta de la calle al cuidado de la comida. Estaba ésta en un pucherito puesto sobre un anafe de yeso, y mientras hervía la olla entreteníase Pelusita con una muñequilla rota y vieja que había encontrado en la basura. Estaba la muñequilla sucia y despintada, y le faltaba una pata; pero como la pobrecita Pelusa nunca había tenido otra, parecíale preciosa, y le puso por nombre doña Amparo, porque así se llamaba la señora gorda que vivía al fin de la calle y que gastaba sombrero con plumas.

-Como yo no tengo papá ni tengo mamá -pensaba Pelusita- tendré a doña Amparo, y seré yo su mamá.

Y le hizo un vestidito con unos papelillos de colores que se encontró en la calle, y una monterita de papel blanco, y la adornó con plumas que arrancó de una gallina muerta. Pues vamos a que mientras Pelusita jugaba con doña Amparo cuidando de la comida vio venir por la calle abajo un hombre y una mujer que traía un niño chico en brazos. Parecían muy pobres y venían, como de camino, muy tristes y cansados. Al llegar frente a la casa de Pelusita la mujer se sentó en el suelo con el niño, como rendida, y el hombre se apoyó en la pared, como si le faltaran las fuerzas. Diole muchísima lástima a Pelusita, porque tenía muy buen corazón, y se le saltaron las lágrimas. Entró corriendo en su vivienda y sacó dos sillas, que ofreció a los caminantes, diciéndoles con mucha caridad, que es la verdadera cortesía:

-¿Gustan ustedes de sentarse?

-Dios te lo pague, hija mía -respondió la mujer tomando la silla-, que venimos muy cansaditos, porque hemos andado ya dos leguas, nos falta todavía otra, y en todo el santo día de Dios hemos probado bocado.

-¿Ni el niño tampoco? -preguntó Pelusa muy afligida.

-¡Tampoco! -respondió la mujer.

-¡Ay, Jesús!... ¡Vaya por Dios! -exclamó Pelusa llorando de pena-. Pues ahora mismo se van ustedes a comer estas sopitas, que ya han hervido, y le sabrán al niño a gloria.

Y más pronto que la vista saca una mesa chiquita y la pone ante la mujer, cubierta con un mantelito blanco. Puso luego encima un plato muy limpio, y con mucho cuidado y primor volcó en él la sopa que hervía en el pucherito. Con esto despertó el niño, y se puso a saltar muy contento sobre las rodillas de su madre, extendiendo las manos hacia las sopitas. Mientras comían preguntó la mujer a Pelusa si vivía en aquella casa con su papá y su mamá.

-Yo nunca he tenido papá ni mamá -respondió Pelusa bajando la cabeza avergonzada.

-Pues, entonces, ¿dónde viniste a este mundo? -preguntó el hombre muy extrañado.

-Dice la vieja Paví que me encontró en un nido de ratones barriendo un día el rincón de la despensa.

El hombre y la mujer se miraron, y Pelusita continuó tristemente.

-Por eso no tengo a nadie que me quiera más que a doña Amparo, que es mi niña, y yo soy su mamá.

La muñequita se levantó como si fuera una persona viva.

Y al decir esto sacó la muñequita del bolsillo de su delantal, donde la había metido mientras ponía la mesa. No bien vio el niño la muñequita redobló sus saltos y sus gritos de contento, y empezó a extender las manitas como si quisiera cogerla. Diósela al punto Pelusa con mucho gusto, y el niño la tomó con la manita izquierda y le echó la bendición con la derecha, soltándola después sobre la mesa. Y entonces fue lo maravilloso, que le puso a Pelusita los pelos de punta; no de miedo, ni de pavor, porque el niño no podía ser más bonito ni la mujer más hermosa, y el hombre, que no era viejo, tenía una cara de buen señor que alejaba todo temor e infundía confianza. Pero, hija de mi alma, fue el caso que no bien cayó la muñequita sobre la mesa, se levantó ella sola como una persona viva, con la pata rota ya compuesta, las narices desconchadas ya puestas en su sitio, y la cara, antes sucia y despintada, limpia ya, fresca, colorada y reluciente como si acabara de salir de la

tienda. El niño tocaba las palmitas muy contento, saltando siempre sobre las rodillas de su madre, y la muñequita comenzó a bailar al compás encima de la mesa, con tanta gracia y maestría como una bailarina del circo. Al mismo tiempo cantaba con una vocecita chillona que penetraba hasta los sesos esta coplita de Nochebuena; porque eran ya por entonces los días de Navidad, y los chiquillos alborotaban las calles cantando al Niño Jesús con zambombas y panderetas:

 

En el portal de Belén

hay un nido de ratones,

y al Patriarca José

le han roído los calzones.

 

Al oír la coplita la mujer miró al hombre sonriéndose, y éste se sonrió también, mirándose con disimulo los calzones como si temiese que fueran ellos los aludidos en la copla. La muñequita seguía cantando.

 

Yo quiero ir a Belén,

aunque me riña mi amo,

que yo quiero ver también

ese Niño soberano.

Yo le llevé unas sopitas,

y no las quiso comer:

y como estaban calentitas

se las comió San José.

San José bendito,

¿por qué te quemaste?

Viendo que eran gachas,

¿por qué no soplaste

 

?La mujer y el hombre volvieron a mirarse y a sonreírse, y aun dicen algunos que éste se puso colorado; porque era verdad que, con el hambre que traía el buen señor, se abalanzó con tanta prisa a la sopa del pucherito, que se quemó y se hizo pupa en la lengua.

La mujer extendió la mano sobre la muñequita, y ésta, saltando como una pulga, se metió en el bolsillo del delantal de Pelusa y allí se mantuvo muy quieta, asomando la cabecita por un descosido que el bolsillo tenía. La mujer dijo entonces a Pelusa con mucho cariño:

-Mira, Pelusita: lo que te ha dicho la vieja Paví, que te encontró en un nido de ratones, es una mentira muy gorda. Tú tienes, como todos los niños, un papá muy bonito y una mamá muy preciosa, que te quieren mucho y que andan buscándote.

Los piececillos de Pelusa comenzaron a moverse y a alborotarse como si quisieran ya echar a correr en busca de aquel papá tan bonito y de aquella mamá tan preciosa. Encendida como una rosa y brillantes los ojos de alegría preguntó:

-¿Y dónde están?

-En el castillo de Irás y no volverás, donde la vieja Paví los tiene encantados -contestó la mujer sin apurarse demasiado.

Pelusita se echó a llorar, diciendo muy afligida:

-Pero ¿dónde está eso? ¿Quién me llevará allí? ¡Yo soy chiquita y no puedo ir sola!

-¡No te apures, Pelusita; no llores, hija mía! -replicó la mujer acariciándola-. Doña Amparo te llevará de la manita adonde están ellos.

-¡Sí, señora; yo la llevaré con muchísimo gusto! -chilló la muñequita asomando la cabeza por el descosido del delantal.

-Pero ¿cuándo veré a mi papá y a mi mamá? -preguntó Pelusa loca de alegría por la impaciencia y la esperanza.

-Ya te he dicho que cuando llegue la hora doña Amparo te llevará de la manita -respondió la mujer acariciándola-. Tú no tienes sino hacer lo que ella te diga; y si te vieras en algún apuro, dirás muy de corazón:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

La mujer cogió entonces el pucherito donde habían estado las sopitas, y echándole la bendición dijo a Pelusa:

-Toma este pucherito, y siempre que necesites comer llénalo de agua clara, echa dentro dos o tres piedrecitas, según el hambre que tengas, y lo pones al fuego, diciendo antes de taparlo:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

Y con esto se despidió la mujer, besando a Pelusa en la frente; el hombre hizo lo mismo, y el niño le echó los bracitos al cuello, y sosteniéndole la madre, le dio doce besitos; tantos cuantos son los frutos del Espíritu Santo.

Pues vamos a que mientras desaparecía por un extremo de la calle aquella honrada familia vio venir Pelusa por el otro a la vieja Paví, renqueando con su palo, con un gesto de vinagre y una cara de mal genio, que sólo con el aliento levantaba chichones. Pelusita se quedó helada de susto, porque se le ocurrió al punto lo que no le había ocurrido antes: que los pobrecitos se habían comido toda la sopa, y no había quedado nada para la vieja Paví. Aterrada con esta idea, y temerosa de las terribles consecuencias que tendría para ella, entrose la pobrecita corriendo en la casa, y se escondió debajo de la mesa para conjurar el primer ímpetu de la rabia de la vieja. Llegó por fin ésta a su casa, y entró dando voces agrias y destempladas llamando a Pelusa.

-¡Pelusa!... ¡Pelusilla!... ¿Dónde estás? ¡Trae volando la comida, que vengo desfallecida de hambre!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba cada vez más debajo de la mesa, sin atreverse ni a resollar siquiera. Vio en esto la vieja el pucherito vacío encima de la mesa, y exclamó en el colmo de la sorpresa y de la ira.

-Pero ¿quién demonios se ha comido mi sopa?

Aterrada Pelusa, se le ocurrió decir para salir del compromiso que se las había comido el gato; pero como esto no era cierto y ella era una niña muy buena que por nada del mundo decía mentiras, porque es pecado y contra la ley de Dios, se decidió a decir la verdad.

-Se las di a unos pobrecitos caminantes que iban hambrientos y llevaban un niño muy bonito.

La vieja se puso verde de ira y empezó a pegar con su palo en el suelo, echando maldiciones por aquella boca que parecía la desembocadura del caño del Infierno.

-¿Conque era el niño muy bonito? ¿Eh? -decía-. ¡Ya te daré yo niño bonito! ¡Permita Dios que reviente y se le vuelvan las sopas veneno en el estómago!

-¡Ay, Jesús, señora, no diga usted eso, que Dios la va a castigar! -exclamó Pelusita espantada-. ¡Ahora mismo le haré yo a usted otras sopitas!

-¿Conque me vas a hacer otras sopitas? ¿Eh? -contestó la vieja con una risita rabiosa que helaba la sangre-. ¡Pues lo primero que vas a echar en ella serán tus orejas, que te las voy a cortar ahora mismo! ¡Con eso tendrá más sustancia el caldo, y me las comeré yo después como si fueran chuletas!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba debajo de la mesa.

Y con crueldad infernal sacó a Pelusa de debajo de la mesa arrastrándola por el pelo; la ató a una pata de la misma mesa, y fue a la cocina en busca de un cuchillo. La pobre niña gritaba y gemía medio desfallecida; pero cuando vio aparecer a la vieja Paví armada con un enorme cuchillo de cocina y dispuesta a cortarle las orejas, acordose de pronto de lo que la buena mujer le había dicho, y gritó desde el fondo de su corazón:

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Oyose entonces de repente una voz que retumbaba como un trueno, y que parecía salir del bolsillo del delantal de Pelusa, diciendo:

-¡¡Tunanta!! ¡¡Deja a la niña!!...

Y al mismo tiempo saltó como una pulga la muñequita doña Amparo desde el bolsillo de Pelusa a las narices de la vieja, que eran muy largas, y en ellas se montó como a caballo, y con las piernecitas y las uñitas de palo de tal modo le arañó la frente y los ojos, que le chorreaba sangre por la cara abajo. Chillaba la vieja como desesperada, y dejó caer el cuchillo para llevarse ambas manos a la cara y quitarse de las narices aquellos molestos espejuelos. Mas no arrancaban de allí a doña Amparo ni las tenazas de Nicodemus, y con su vocecita chillona repetía amenazadoramente:

-¡Pícara vieja, suelta a la niña! ¡Desátala, o te saco los ojos!

No tuvo más remedio la vieja Paví que desatar a Pelusa; y no bien lo hubo hecho, doña Amparo saltó encima de la mesa, dejándole la nariz lo mismo que una berenjena, y dijo a la niña:

-Ahora, Pelusita, haz unas sopitas a la vieja.

Como era más buena que el pan, porque aquella niña no tenía hiel ninguna, Pelusa tomó entonces el pucherito, como le había dicho la mujer, lo llenó de agua hasta la mitad, echó dentro dos piedrecitas, y lo puso al fuego en la cocina, diciendo antes de taparlo:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

La vieja Paví miraba asombrada toda aquella maniobra; pero como la muñequita doña Amparo seguía paseándose encima de la mesa, dispuesta siempre a saltarle a las narices, no dijo ni esta boca es mía. En esto comenzó a hervir el pucherito. Pelusita levantó la tapadera, y se quedó estupefacta viendo que en vez de las dos piedrecitas y el agua clara había dentro dos hermosas perdices guisadas en sabrosísima salsa que esparcía por toda la cocina un olor delicioso. El olorcillo de las perdices llegó bien pronto a las narices arañadas de la vieja; y como era tan tragona, tan mala y tan sinvergüenza, arrebató el puchero de manos de Pelusa, y se zampó las dos perdices con huesos y todo, y se bebió la salsa como si fuese agua, relamiéndose los labios y chupándose los dedos. Sentose luego en un sillón de brazos, puso los pies en una sillita chica, y dijo bostezando:

-Ahora voy a dormir la siesta. Tú, Pelusa, quédate de pie a mi lado para espantarme las moscas.

Pelusita cogió un plumero con mucha humildad, y se puso a oxearle las moscas. Pero no era necesario, porque, de puro mala que era, la vieja Paví sudaba veneno, y mosca que se le posaba en la cara o en las manos, mosca que caía muerta de repente. Pronto empezó a roncar la vieja como los fuelles de un órgano. Pero de allí a poco observó Pelusa que empezaba a hincharse, a hincharse cada vez más, primero el vientre, luego la cabeza, después los pies y las manos, hasta que, no pudiendo dar más de sí el pellejo, de pronto dio un estallido y reventó como un triquitraque, saltando por todas partes los pedazos de la vieja: las tripas quedaron colgando del techo, los ojos cayeron a la calle, y las narices fueron a parar a lo alto del campanario de la iglesia. Y por cierto que allí están todavía, y yo las he visto muchas veces, porque el sacristán de la parroquia, que se llamaba Juanito Tembleque, hizo con ellas una veleta y la puso en lo más alto de la torre para escarmiento de

pícaros.

Y todo esto fue castigo de Dios por aquella maldición que le había echado al Niño que se comió las sopitas -¡Permita Dios que reviente y que se le vuelvan veneno en el estómago!-. Porque, hija mía, Dios ni come ni bebe, pero juzga lo que ve; y lo que la zorra hace en mil años lo paga en una hora.

 

***

 

Pues vamos a que no bien reventó la vieja Paví y se repuso algún tanto Pelusa del susto atroz que tan horrible tragedia le causara, dijo doña Amparo a la niña con su vocecita de grillo constipado.

-Pelusa, ponte la capuchita encarnada, coge el pucherito milagroso y vámonos corriendo.

-¿Adónde? -preguntó Pelusa.

-Pues a buscar a tu papá y a tu mamá, que ya ha llegado la hora.

Loca de alegría, Pelusa se puso la capuchita colorada, colgose del brazo el pucherito con una cinta que le pasó por las asas, y dijo al salir, con mucha devoción, como la mujer le había encargado:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Salió por la puerta del corral de la mano de doña Amparo, y tomaron por la carretera de Aragón, andando muy deprisa, porque a Pelusita se le hacía tarde un minuto que perdieran. A cada casa que encontraban preguntaba Pelusa si era aquello el castillo de Irás y no volverás, y doña Amparo le decía con mucha calma:

-Todavía no. ¡Más lejos, más lejos!

-Pero ¿dónde está ese dichoso castillo, que parece que corre ante nosotras?

-Está un poquito más allá de Cortes y un poquito más acá de Pedrola, de modo que viene a quedar entre los dos pueblos.

-¿Y por qué se llama de Irás y no volverás?

-Porque vive allí un gigante muy malo, que se llama don Bruno, y se come a todo el que entra dentro.

-Pues a mí no me comerá, porque le diré aquello que me enseñó la mujer.

 

¡Jesús, José y María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Exclamó Pelusa, que, con la loca alegría de encontrar a su papá y a su mamá, en nada veía peligro y todo lo encontraba fácil.

Sentáronse a descansar a la sombra de un árbol ya muy cerca de las doce; y como la alegría no quita las ganas de comer ni descompone el estómago, sintió Pelusa un hambre muy grande.

-¡Me comería un par de huevos fritos! -pensaba Pelusa relamiéndose los labios.

Y pensando en esto llenó su pucherito de agua fresca de la fuente, echó dentro tres piedrecitas, hizo luego una hoguera con ramas secas, y dijo a la boca del puchero antes de ponerlo a hervir:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

Hirvió el puchero, levantó Pelusa la tapa, y se encontró con que allí donde lo guisaban habían adivinado sin duda su pensamiento, porque había dentro un par de huevos fritos con manteca, con sus patatitas muy ricas, y además, como de postre, dos bizcochitos borrachos, que a Pelusa le gustaban mucho. Comióselo todo la niña, y no había acabado aún de chuparse los deditos, cuando oyó que la llamaban en el aire.

-¡Pelusa! ¡Pelusa!

Alzó la cabeza la niña muy sorprendida, y vio en una ramita del árbol un pajarito negro, poco mayor que un gorrión, con las patitas coloradas y el piquito verde, que le preguntaba:

-Pelusa, ¿qué haces ahí? ¿Vas de camino?

-Voy en busca de mi papá y mi mamá -respondió Pelusa.

-Ya los buscarás más tarde -dijo el pajarito-. Vente conmigo ahora, y te llevaré a casa de un amigo mío que tiene una casa toda, todita de dulce. Las paredes son de biscotelas; las puertas, de chocolate de Matías López; las rejas y balcones, de caramelo; los muebles, de piñonate, y las camas, de mazapán, con colchones de merengue. Conque, ya ves, Pelusilla, qué bien lo pasarás allí si te vienes conmigo, tú que eres tan golosa.

-No, pajarito, no -replicó Pelusa con mucha firmeza-. Yo voy a buscar a mi papá y a mi mamá, y voy ahora mismo.

Mientras hablaba el pajarito la muñequita doña Amparo había ido subiendo muy de puntillas por el tronco del árbol; y cuando llegó muy callandito a la ramita en que estaba el pajarito, lo cogió de repente por la cabeza, le retorció el pescuezo y lo tiró al suelo muerto.

Salió de él un olor muy apestoso, como de azufre y cuerno quemado, y entonces dijo doña Amparo que aquél era un pajarito malo de los que manda el Diablo a este mundo para tentar a los niños buenos y hacerles faltar a su deber.

Siguieron caminando tres días por montes y valles, comiendo de lo que daba el pucherito y durmiendo debajo de los árboles, y al tercero se sentaron a comer en un pradito verde, ya muy cerca de Cortes. El pucherito estuvo aquel día muy generoso: salieron primero sesos revueltos con huevo; luego, jamón con tomate; después, pollo en gelatina, y por último, los dos bizcochitos borrachos que, como a Pelusa le gustaban tanto, venían en el pucherito todos los días. Ya iba a comérselos la niña, cuando vino volando por el aire una bandada de jilgueritos que la rodearon pidiéndole por amor de Dios una limosnita. El primer impulso de Pelusa fue darles el bizcocho que ya se llevaba a la boca; pero se acordó del otro pajarito negro del Diablo que quiso engañarla, y se detuvo, escarmentada de pajaritos. Mas doña Amparo le dijo entonces muy gravemente:

-Mira, Pelusa: en este mundo hay mucha gente mala, pero hay también mucha más buena; y la verdadera ciencia del mundo consiste en saber distinguir las unas de las otras. Aquel pajarito era malo, porque era pajarito del Diablo; pero estos otros son pajaritos de Dios, y son tan buenos, que lloraron la muerte de Cristo en el Calvario. Por eso dice la copla:

 

Allá arriba, en el monte Calvario,

matita de oliva, matita de olor,

lloraban la muerte de Cristo

cuatro jilgueritos y un ruiseñor.

 

Convencida Pelusa, dioles al punto, no uno, sino los dos bizcochos que iba a comerse, y los jilgueritos muy contentos se los comieron picoteando, y alegres, sin duda con el vinillo que los bizcochos tenían, cantaron entonces a Pelusa una de esas maravillosas sinfonías que enseña Dios a los pajaritos.

Siguieron su camino Pelusa y doña Amparo, y al anochecer de aquel mismo día dieron vista al castillo de Irás y no volverás, a una legua escasa de Pedrola. Era muy grande, todo de piedra negra, con una puerta muy chica y sin ninguna ventana. Ponía pavor en el corazón la vista de aquel edificio tan sombrío y misterioso, y con una buena dosis de miedo se acercaron a la puerta Pelusita y doña Amparo. Quiso ésta llamar al punto; pero Pelusa la detuvo, y arrodillándose antes en los escalones dijo con mucha devoción:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Levantáronse entonces con grandes bríos, y llamó doña Amparo con mucha arrogancia. Sonó dentro un esquilón muy bronco, abriose acto continuo media puerta y apareció en ella una lechuza muy elegante, con gafas de oro, vestido de sarga negra y cofia con lazos de color de fuego. Tenía en la mano una palmatoria con pantalla verde, y preguntó con muy buen modo:

-¿Qué se ofrece?

Al verla tan elegante, doña Amparo le preguntó con mucha finura si era la esposa de don Bruno.

-No, señora -contestó la lechuza-. Soy su ama de llaves, y me llamo doña Joaquina.

-Muy señora mía -dijo respetuosamente doña Amparo-. ¿Y podríamos ver al señor don Bruno?

-Dificilillo me parece -respondió la lechuza-, porque el pobrecito ha pasado una noche de perros rabiando con dolor de muelas, y ahora estará descansando.

Doña Amparo tuvo entonces una idea súbita, y dijo a la lechuza dándose una palmada en la frente.

-¡Parece esto providencial, mi señora doña Joaquina! Pues dígale al momento que está aquí miss Amparo, una dentista americana que cura todos los dolores de muelas.

-¿De veras? -exclamó la lechuza muy contenta-. Pues pasen ustedes al salón, que voy a avisarle en seguida. ¡Qué contento se va a poner el pobrecito!

Las llevó entonces a una sala cuadrada muy grande, toda colgada de negro, y allí las dejó solas, echando la llave por fuera. Angustiose Pelusita porque creyó que la lechuza las había engañado y las encerraba en aquella sala tan triste para algo malo.

Después de un largo rato de soledad y silencio oyose de improviso un ruido de cadenas que daba horror, y una voz tristísima que preguntaba desde el techo: ¿Caigo, o no caigo? Y repetía por tres veces la misma pregunta: ¿Caigo, o no caigo?

Pelusita no se atrevía a contestar; pero doña Amparo, que iba poniéndose nerviosilla y de mal humor, gritó muy enfadada:

-¡Acaba de caer!

Abriose entonces el techo, y cayó una pierna; pero no una pierna cualquiera, sino una pierna enorme, descomunal, con zapato de cordobán amarillo y liga de seda encarnada. Hubo un largo silencio, y oyose otra vez aquel ruido de cadenas y aquella voz lamentable que erizaba el pelo: ¿Caigo, o no caigo? Doña Amparo, fuera ya de sí, gritó furiosa:

-¡Acaba de caer, con dos mil de a caballo!

Y entonces se abrió de nuevo el techo y cayó otra pierna igual a la primera, solamente que ésta tenía el zapato encarnado y la liga amarilla. Por cuatro veces resonó el ruido de cadenas y aquella voz temerosa que preguntaba: ¿Caigo, o no caigo? Y fueron cayendo sucesivamente del techo, primero un brazo, luego otro brazo, después el tronco de un cuerpo, y por último una cabezota muy fea con barba rubia y una venda negra ceñida como si le dolieran las muelas.

Juntáronse entonces de un golpe todos aquellos miembros dispersos, pies, manos, tronco, cabeza, y resultó el señor don Bruno, que hubiera sido un buen mozo si el carrillo hinchado por el dolor de muelas no le afeara bastante. Tenía los bigotes muy grandes y retorcidos en punta que le llegaban hasta los ojos. Sentose muy enfadado en una butaca, y empezó a gritar, tirándose de los pelos.

-¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas!

Pelusita y doña Amparo habíanse refugiado en un rincón de la sala; pero al operarse el prodigio y quedar sentado el señor don Bruno, doña Amparo cruzó la estancia con grande majestad, y saltando encima de la mesa para estar más cerca del oído del gigante, dijo con toda la elocuencia de un sacamuelas.

-¡No hay que apurarse, señor don Bruno, que no hay mal que no tenga remedio; y aquí tiene usted a miss Amparo dentista norteamericana, que le quitará el dolor de muelas!

Sorprendido el gigante, cogió a doña Amparo por la cabeza y se la puso en la palma de la mano, preguntando asombrado.

-Pero ¿eres tú la miss Amparo que me anunció el ama de llaves, Joaquina?

-¡La misma que viste y calza! -replicó doña Amparo paseándosele con mucha gravedad por la palma de la mano lo mismo que hubiera podido pasearse por la plaza de Oriente-. Yo soy miss Amparo, dentista americana, establecida en Madrid. Estuve trabajando primero en la calle de Alcalá, núm. 43, en casa de Newland; pero me tomó una envidia atroz porque le quitaba los parroquianos, y entonces abrí mi gabinete propio en la calle de Zorrilla, núm. 12, donde el Duque de Luna, que es el amo de la casa me dio un cuarto de balde, porque es muy buen señor y me quiere mucho. Mi clientela es de lo más principal que hay en la corte. A Su Majestad el Rey le saqué el otro día tres muelas seguidas estando dormido, y ni siquiera lo sintió. A Su Majestad la Reina le limpio la dentadura dos veces por semana; y al Ministro de la Guerra le saqué un colmillo con un raigón... ¡Pero qué raigón!... ¡Le llegaba hasta los tobillos! Pues ¿y al señor Obispo? No le quedaba a Su Ilustrísima ni un diente ni

una muela. Le di yo una tinturita mía por la mañana, y por la noche le habían salido ya todos los dientes y todas las muelas lo mismo que a una criatura.

El gigante abría los ojos asombrado, y dijo a miss Amparo, interrumpiéndola con ansia.

-¿Y a mí podrás arreglarme las muelas?

-¡Pues no he de poder! ¡Vaya si puedo! Abra usted un poquito la boca para que las reconozca primero y no me equivoque.

El bobalicón de don Bruno abrió entonces una boca tamaña como una espuerta, y trepando doña Amparo por los pelos de la barba, asomó un poquito la cabeza con mucha precaución para mirar las muelas de arriba, montose después en una guía del bigote para examinar las de abajo, y dando de repente un brinco, se le coló la muy tunanta por el gaznate hasta más allá de la campanilla, y allí empezó a hacer cabriolas y monerías. Atragantose don Bruno y empezó a toser y hacer visajes; pero como la pícara miss Amparo se agarraba con todas sus fuerzas y se entraba cada vez más adentro, no pudo el gigante echarla fuera con sus toses, y se ahogaba cada vez más, dando resoplidos que hacían estremecer las puertas, y aun las paredes mismas. Mientras tanto trabajaba doña Amparo por buscar una salida opuesta a la boca, y al mismo tiempo iba arañando con las patitas y manitas las entrañas del gigante. Salió al fin doña Amparo por donde pudo, trayéndose detrás las tripas y el corazón de don Bruno;

y entonces dio éste el último resoplido, estiró una pata, después otra, hizo un visaje horrible, y se quedó muerto. Oyose al mismo tiempo un trueno horroroso, y se hundió todo, todo el castillo. Pero lo más raro era que las piedras no caían para abajo, sino que se las llevaban para arriba un enjambre de diablitos chicos que cargaban con ellas y se perdían a lo lejos. Los había de todos colores, amarillos, verdes, azules, encarnados; lo único que no había eran blancos, y los que abundaban más eran los verdes.

Al hundirse, o más bien al desaparecer el castillo, encontráronse Pelusa y doña Amparo al pie de una tapia muy alta de cristal purísimo y muy claro que rodeaba a un jardín delicioso. Veíanse perfectamente a través del cristal los macizos de flores del jardín, las fuentes cristalinas y las largas calles de árboles. Por una de éstas venían paseando del brazo una señora muy hermosa y un caballero muy guapo: ella, toda vestida de blanco, con gargantilla de oro y un pelo rubio rizado que le arrastraba hasta el suelo; él, con bigote rubio, levita toda bordada de oro, pantalones de tisú de plata y sombrero de copa con plumas blancas. Parecían, sin embargo, muy tristes y acongojados, y la señora decía llorando:

-¡Ay, mi niña! ¿Dónde estará mi niña a estas horas?

-¡No llores, mujer! -le contestaba el caballero-. Quizás llegará hoy.

Pero la verdad era que él también estaba llorando.

Comprendió Pelusita en seguida que aquéllos eran su papá y su mamá, y fuera de sí de alegría empezó a dar golpes en el cristal, gritando:

-¡Papá! ¡Mamá!

Pero ellos no oían, porque estaban todavía encantados. Entonces Pelusa y doña Amparo dieron la vuelta a toda la tapia para ver si encontraban alguna puerta donde llamar o alguna ventana por donde meterse dentro. Pero no había nada de eso: el cristal duro como una roca se extendía por todas partes igual, terso y bruñido, sin ofrecer agujero ni resquicio alguno.

Entonces vio Pelusa que su papá y su mamá entraban en una glorieta de naranjos, lilas y azucenas y se sentaban a una mesa muy bien puesta, con mantel adamascado y vajilla de plata. No había más que dos cubiertos; pero la señora dijo llorando a un criado:

-Que pongan la sillita de la niña, por si acaso viene hoy.

Puso en seguida el criado un silloncito de niño y un cubierto pequeñito de plata con un vasito de oro en que Pelusa recordó haber bebido muchas veces cuando era muy chiquita. La niña, partida el alma, de pena, decía desolada:

 

¡Ay, quién fuera pajarito!

¡Ay, quién fuera pajarito,

para saltar esa tapia

y dar a mi madre un besito!

 

No bien dijo estas palabras apareció volando la bandada de jilgueritos, que la rodearon consolándola con sus alegres pitidos. Traían una hoja de col muy grande, y, haciendo en ella una camita de rosas, colocaron a Pelusita dentro, y sosteniéndola entre todos, con sus piquitos la elevaron suavemente por encima de la tapia, y la dejaron sobre la mesa en que comían sus padres, a tiempo que la mamá repetía llorando:

-Pero ¿dónde estará mi niña?...

-¡Aquí estoy, mamá! ¡Aquí estoy, papá! -exclamó Pelusa poniéndose en pie, con doña Amparo en la mano, sobre la hojita de col y la camita de rosas.

Entonces se abrazaron los tres, y estuvieron mes y medio seguido dándose besos, mientras los jilgueritos cantaban preciosas variaciones sobre el tema. ¡Alegría!... ¡Alegría!... ¡Alegría!...

Y aquí se acabó mi cuento, con pan y pimiento; y si alguien quiere saber más, que compre un viejo.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir que doña Amparo sigue viviendo en la calle de Zorrilla, núm. 12; pero ha tomado también otro cuarto bajo en la calle de San Bernardino, núm. 14, donde pasa muchas horas del día y recibe a sus amigos.

 

FIN

 

La niña

 


[Minicuento - Texto completo.]

Donald Barthelme

Lo primero que hizo mal la niña fue arrancar hojas de sus libros, de modo que pusimos por norma que, cada vez que arrancara una hoja de algún libro, tenía que pasar cuatro horas sola en su habitación con la puerta cerrada. Solía arrancar alrededor de una hoja por día, al principio, de modo que la norma funcionó bastante bien, aunque el llanto y los alaridos procedentes del otro lado de la puerta cerrada nos ponían nerviosos. Razonamos que era el precio que debíamos pagar o al menos una parte de ese precio. Entonces, al aumentar su fuerza, empezó a arrancar dos hojas de una vez; eso suponía pasar ocho horas sola en su habitación, con la puerta cerrada, con lo cual se duplicaron las molestias para todos, pero no dejó de hacerlo y, a medida que fue pasando el tiempo, comenzó a haber días en los que arrancaba tres o cuatro hojas, con que tenía que estar sola en su habitación hasta dieciséis horas seguidas, pero eso impedía una alimentación normal y preocupaba a mi esposa. Sin embargo, a mí me parecía que, si establecías una norma, tenías que cumplirla, ser coherente, porque, si no, se hacían una idea equivocada. Ella tenía unos catorce o quince meses en ese momento. A menudo, claro está, se quedaba dormida al cabo de una hora de chillar, más o menos: una bendición. Su habitación era muy bonita, con un precioso caballito de balancín de madera y casi un centenar de muñecos y animalitos de peluche. Había muchísimas cosas para hacer en esa habitación, si uno administraba el tiempo sabiamente, rompecabezas y cosas así. Por desgracia, a veces, cuando abríamos la puerta, veíamos que, mientras estaba dentro, había arrancado más hojas de más libros y había que sumar esas páginas al total, para ser justos.

La niña se llamaba Zara Banda. Le dimos un poco de nuestro vino, rojo, blanco y azul y hablamos seriamente con ella, pero no sirvió de nada.

He de reconocer que llegó a ser muy hábil. Si te acercabas a ella, adonde estaba jugando en el suelo, en las raras ocasiones en las que salía de su habitación, y tenía un libro abierto a su lado y te ponías a observarlo, parecía que estaba perfecto, pero, si lo mirabas con más detenimiento, te dabas cuenta de que a alguna hoja le habían arrancado una esquinita, que fácilmente podía pasar por desgaste natural, aunque yo sabía lo que había hecho: había arrancado esa esquinita y se la había tragado. Había que tenerlo en cuenta y así se hacía. Son capaces de cualquier cosa con tal de llevarte la contraria. Mi esposa decía que tal vez fuéramos demasiado estrictos y que la niña estaba perdiendo peso, pero le hice notar que la niña tenía una larga vida por delante y debía vivir en el mundo con otras personas, debía vivir en un mundo en donde había muchas, muchísimas normas y que, si no aprendía a respetar esas normas, quedaría excluida, sin carácter, y todos la rechazarían y la condenarían al ostracismo. Lo máximo que la tuvimos en la habitación fueron ochenta y ocho horas seguidas, que concluyeron cuando mi esposa sacó la puerta de sus goznes con una palanca, aunque la niña seguía debiéndonos doce horas, porque tenía que compensar veinticinco hojas. Volví a colocar la puerta en sus goznes, añadí una cerradura grande, que solo se abría con una tarjeta magnética que se introducía en una ranura, y me guardé la tarjeta.

Sin embargo, la situación no mejoró. La niña solía salir de su habitación como un murciélago del infierno, abalanzarse hacia el libro más cercano, Luna de buenas noches o el que fuera, y ponerse a arrancarle hojas a espuertas. Quiero decir que era capaz de esparcir treinta y cuatro hojas de Luna de buenas noches por el suelo en diez segundos, además de las tapas. Empecé a preocuparme un poco. Cuando me puse a sumar su deuda en términos de horas, me di cuenta de que no iba a salir de su habitación hasta 1992, por lo menos. Además, estaba bastante pálida. Llevaba varias semanas sin ir al parque. Teníamos en nuestras manos algo así como una crisis ética.

La resolví declarando que estaba bien arrancar hojas de los libros y, además, que estaba bien haber arrancado hojas de los libros en el pasado. Es una de las ventajas de ser padre: que tienen muchos recursos, todos buenísimos. La niña y yo nos sentamos en el suelo de lo más contentos, uno al lado del otro, a arrancar las hojas de los libros y, de vez en cuando, simplemente para divertirnos, salimos a la calle y destrozamos juntos algunos parabrisas.

FIN


“The Baby”,
Forty Stories, 1987