martes, 1 de septiembre de 2026

EL ABUELO JUAN Tagno Montenegro Hurtado

 





 

¡Oh! ¡Cómo recuerdo todavía al abuelo Juan! De él sólo quedan puros y gratos recuerdos de aquellas noches solariegas, cuando sentado sobre una vieja perezosa, hizo recrear la mente de muchos niños que merodeábamos descalzos por los alrededores de su casa.

Había veces en que nos miraba risueño mientras fumaba un cigarro hecho por hojas que él mismo sembraba. En otras ocasiones observábamos que él también parecía un niño con los ojos azules, ojos de este buen anciano, que al atardecer tenían un raro brillo.

En sus ratos de paz nos enseñaba a reconocernos, a converger en esas barreras desconocidas por nuestra corta edad, y a soltar nuestra imaginación al mundo de lo desconocido, a un inmenso mundo de misterio y fantasía. Nos remontaba en ocasiones al pasado, visitábamos selvas, ríos, llanos; lugares extraños. Otras veces nos conducía al futuro, o al viejo mundo, y cuando retornábamos a la realidad, lo hacíamos cansados, otras veces riendo, tristes, o llorando. Pero lo más emocionante era cuando el silencio reinaba ante un relato de misterio, en esas noches otoñales. Los pelitos de mi cabeza se erizaban, la respiración se me cortaba por momentos y la piel se me ponía de gallina. Hasta que al llegar al final del relato, durante varias noches fuimos a pedirle que nos acompañase a nuestras casas. Él aceptaba y de paso nos decía que nos devolvía la visita al pueblo donde vivíamos, que no era tan grande.

La calle principal atravesaba la hilera de casas, la mayoría con los corredores altos. Había algunos carretones tirados por bueyes estacionados frente a una pulpería. Después cruzábamos la cancha que servía de plaza, donde la gente se recreaba los domingos.

El domingo era el único día en que no se veían los bueyes o los caballos; caballos y carros estacionados, pastando ese verde y tierno pasto, y alguna que otra rana que cantaba dentro de un charco. También algún grillo chicharreaba cerca, y un búho o una lechuza chillaban. El primero en la rama de un árbol y la segunda cerca de la iglesia. Nosotros seguíamos caminando asustados y muy apegados al anciano, susceptibles por lo narrado.

De pronto sentíamos el reflejo de una linterna, y después escuchábamos voces de varias personas. El nochero calzaba la puerta de una pulpería, y entonces, alguno de nosotros, por el miedo metía el pie en un charco de barro. Finalmente, otros, al llegar a sus casas, eran reprendidos por su madre que les decía:

-¿Por fin llegó el pata e perro? ¡Ándate!, ¡ahora a bañarse y a dormir!

Yo, como siempre, era el último en ser dejado en casa. Caminábamos solos con el anciano, y no bien llegaba a la casa, le avisaba al abuelo, quien me contestaba cariñosamente.

-Ah m'hijo, chao m'hijo -y volcaba la cabeza para mirar a pocos metros de mí.

A esas horas de la noche veía cómo el abuelo Juan desaparecía tragado por la oscuridad.

Al día siguiente, muy temprano, nos encontrábamos nuevamente los muchachos para contarnos lo señalado. Y cada día que pasaba, teníamos la certeza de que esos personajes eran nada más y nada menos que el Abuelo Juan.

Entonces los otros amigos se dirigían a mí; me preguntaban si notaba algo raro en él cuando nos quedábamos solos. Entonces yo les contaba que en varias ocasiones cuando nos despedíamos en el momento en que yo lo buscaba, ya no lo encontraba, e incluso otras veces desaparecía junto a mi lado, o en otras, hasta lo veía volar.

Entonces, los otros se asustaban y me preguntaban:

-¿En serio, negro?

Y yo volvía a afirmar lo mismo.

A la noche siguiente preguntaban al abuelo Juan, quien les contestaba si era cuento lo que yo les contaba.

El abuelo cariñosamente nos acariciaba la quijada y nos tocaba la frente para ver si no adolecíamos de fiebre. Entonces nos invitaba a algún dulce de papaya y después nos preguntaba:

-¿Y qué cuentan esos pelaos?

-Nada -le respondíamos.

Y al rato, conservando siempre el vaso con el dulce, le pedíamos que nos contase una de sus historias.

Nos respondía él:

-Ustedes se asustan y son muy miedosos.

-No tenemos miedo -le respondíamos cada uno de nosotros.

Él sonreía y dejaba ver los dos únicos dientes que le quedaban, y demostrando resistencia nos volvía a decir:

-Yo a su edad era má corajudo q'el mijmo diablo, y má rápido q'el viento.

Después nos preguntaba qué era lo que hacíamos durante el día, y nosotros respondíamos algo tímidos; el anciano se levantaba de su perezosa, y lo veíamos dirigirse hacia alguna parte. Después nos entregaba un globo muy grande.

Nosotros, agradecidos, le preguntamos en varias ocasiones de qué estaba hecho, pues el globo era muy resistente y rebotaba muy bien. El abuelo Juan siempre nos decía que existe la forma de encontrar un medio para distraerse, y después, sonriendo, decía que el globo resistente era de una vejiga de toro, con lo que nosotros nos quedábamos muy sorprendidos.

Después de estar a su lado, conversando con el abuelo un rato, éste se compadecía de nosotros y haciendo un ruedo nos contaba algunas leyendas del lugar, previa recomendación, claro, de parte nuestra, para que no fuese de miedo. Y mientras encendía su cigarro con la brasa de un tizón donde calentaba su café, el abuelo empezaba a articular las palabras que nos transportarían al mundo de nuestras propias fantasías.

 

FIN

 



lunes, 31 de agosto de 2026

El hombre que aprendió a ladrar

 


El hombre que aprendió a ladrar

[Minicuento - Texto completo.]

Mario Benedetti

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

FIN


Despistes y franquezas, 1989

Una mesa es una mesa

 



[Cuento - Texto completo.]

Peter Bichsel

Quiero contarles de un hombre viejo que ya no pronuncia ninguna palabra. Tiene un rostro cansado: cansado de reír y cansado de enfadarse. Vive en una pequeña ciudad, al final de la calle, cerca de la esquina. No vale la pena describirlo, casi nada lo diferencia de otros. Usa un sombrero gris, pantalón gris, una chaqueta gris y en invierno un largo abrigo gris. Tiene un cuello delgado cuya piel está seca y arrugada. Los botones blancos de la camisa le aprietan demasiado.

En el piso inferior de su casa tiene un cuarto; quizás estuvo casado y tuvo hijos, quizás vivió antes en otra ciudad. Seguramente alguna vez fue niño, pero eso fue hace mucho tiempo, allá donde los niños eran vestidos como adultos. Donde se veían tal como en el álbum fotográfico de una abuela.

En su cuarto hay dos sillas, una mesa, una alfombra, una cama y un armario. Sobre la pequeña mesa está un despertador, al lado están los viejos periódicos y el álbum fotográfico; sobre la pared cuelgan un espejo y un retrato.

El hombre viejo tomaba un paseo por las mañanas y un paseo por las tardes; hablaba un par de palabras con su vecino, y por las noches se sentaba a la mesa.

Nunca cambiaba. Incluso los domingos eran así.

Y cuando el hombre se sentaba a la mesa, siempre escuchaba hacer tic tac al despertador.

Pero hubo un día especial: un día con sol, no tan frío ni tan caliente, lleno de gorjeos de pájaros, con gente alegre, con niños que jugaban. Y lo especial fue que, de pronto, todo le gustó al hombre.

Y sonrió.

—Ahora todo cambiará —pensó.

Desabrochó el primer botón de su camisa, tomó su sombrero en la mano; aceleró su paso, se balanceó en sus rodillas al caminar y se puso muy contento. Llegó a la calle donde vivía, inclinó la cabeza para saludar a los niños, caminó hasta su casa, subió la escalera, tomó las llaves de la bolsa y cerró su cuarto.

Pero en su cuarto todo seguía igual: una mesa, dos sillas, una cama. Y cuando se sentó a la mesa, escuchó nuevamente el tic tac y toda su alegría se fue, pues nada había cambiado.

Entonces al hombre le sobrevino una enorme furia.

En el espejo vio ruborizar su rostro: cómo cerraba y abría los ojos; entonces hizo puños sus manos, las levantó y golpeó la mesa; primero un golpe, después otro y empezó a golpear y golpear como si tocara un tambor, al tiempo que gritaba una y otra vez:

—¡Tiene que cambiar, esto tiene que cambiar!

Y dejó de escuchar el despertador.

Pero sus manos comenzaron a dolerle y su voz se cansó; entonces escuchó otra vez el despertador.

Nada había cambiado.

—Siempre la misma mesa —dijo el hombre—, las mismas sillas, la misma cama, el mismo cuadro. Y a la mesa le digo mesa, al cuadro le digo cuadro, a la cama la llamo cama y a la silla la nombro silla. ¿Por qué? Los franceses le dicen a la cama «li», a la mesa «tabl», al retrato lo nombran «tablo» y a la silla «schäs», y se entienden. Y los chinos también se entienden.

—¿Por qué la cama no se llamará retrato? —pensó el hombre y se rio, y se rio tanto que el vecino de al lado golpeó en la pared y gritó:

—¡Silencio!

—De ahora en adelante todo cambiará —dijo, y a la cama la llamó retrato.

—Estoy cansado, quiero ir al retrato —pensó.

Por la mañana, se quedó acostado, como acostumbraba, largo rato en el retrato y pensó cómo podría llamar a la silla: y la nombró despertador.

Por fin se puso de pie, se vistió, se sentó sobre el despertador y apoyó los brazos sobre la mesa.

Pero ahora la mesa ya no se llamaba mesa, ahora se llamaba alfombra.

Por la mañana el hombre dejó el retrato, se vistió, se sentó a la alfombra en el despertador y pensó a quién podría decirle que:

 

a la cama le dice retrato,

a la mesa le dice alfombra,

a la silla le dice despertador,

al periódico le dice cama,

al espejo le dice silla,

al despertador le dice álbum fotográfico,

al armario le dice periódico,

a la alfombra le dice armario,

al retrato le dice mesa

y al álbum fotográfico le dice espejo.

 

Entonces, su misma historia sería:

Por la mañana, el hombre viejo se quedó, como acostumbraba, largo rato recostado en el retrato. Alrededor de las nueve sonó el álbum fotográfico. El hombre se levantó y se paró sobre el armario para que no se le enfriaran los pies. Tomó su ropa del periódico, se vistió, miró la silla sobre la pared, se sentó después sobre el despertador a la alfombra y hojeó el espejo hasta que encontró la mesa de su madre.

El hombre halló tan divertido lo que había hecho que practicó todo el día. Se aprendió de memoria las nuevas palabras. Y renombró todo. Entonces ya no fue un hombre sino un pie, y el pie fue una mañana y la mañana un hombre.

Ahora, ustedes también pueden reescribir la misma historia. Solo tienen que cambiar los demás términos, tal como hizo el hombre:

 

sonar es pararse,

enfriarse es ver,

estar acostado es sonar,

estar de pie es enfriarse,

pararse es hojear.

 

Y entonces así quedaría:

Por el hombre, el viejo pie se quedó, como acostumbraba, largo rato sonando. Alrededor de las nueve se acostó el álbum fotográfico, el pie se enfrió y hojeó sobre el armario para no verse las mañanas.

El hombre viejo se compró un cuaderno y escribió en él hasta llenarlo con sus nuevas palabras.

Tuvo mucho que hacer.

Se veía tan raro en la calle.

Entonces aprendió nuevos términos para todas las cosas, y se olvidó más y más de los nombres correctos. Ahora tenía un nuevo idioma que le pertenecía únicamente a él.

Aquí y allá soñaba el nuevo lenguaje; traducía las canciones de su época escolar a su nuevo idioma y las cantaba en voz baja para sí.

Pero pronto sintió que ya le era más difícil traducir. Casi había olvidado su antiguo lenguaje y tuvo que buscar las palabras correctas en su cuaderno. Sintió miedo de hablar con la gente. Tuvo que pensar largamente cómo dice la gente las cosas:

 

a su foto la gente le dice cama,

a su alfombra la gente le dice mesa,

a su despertador la gente le dice silla,

a su cama la gente le dice periódico.

a su silla la gente le dice espejo,

a su álbum fotográfico la gente le dice despertador,

a su periódico la gente le dice armario,

a su armario la gente le dice alfombra,

a su mesa la gente le dice foto

y a su espejo la gente le dice álbum fotográfico.

 

Y llegó tan lejos que se reía cuando escuchaba hablar a la gente.

 

Por ejemplo, se reía si escuchaba que alguien decía:

—¿Irás mañana también al juego de futbol?

O si alguien decía:

—Llueve desde hace dos meses.

O si alguien decía:

—Tengo un tío en América.

Y se reía porque no entendía.

Pero su rostro no fue de felicidad. Su rostro comenzó a entristecerse y así terminó: muy triste.

El hombre viejo con el abrigo gris no entendía a la gente.

Lo que no fue tan grave.

Lo grave fue que la gente no pudo entenderlo.

Y por eso no dijo nada más.

Se quedó callado; hablaba solo con él mismo.

No volvió ni siquiera a saludar.

FIN


“Ein Tisch ist ein Tisch”,
Kindergeschichten, 1969

Amazon escanea y destruye libros para entrenar sistemas de inteligencia artificial

 



Maiberg, Emanuel. “Inside the Warehouse Where Amazon Scans and Destroys Books for AI Training”. 404 Media, 26 de agosto de 2026. Artículo original en 404 Media

A partir del testimonio anónimo de un empleado de Amazon, una mirada al funcionamiento interno de VGT3, una instalación situada en Las Vegas donde se procesan libros destinados, según la investigación de 404 Media, a la obtención de datos para el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial.

El reportaje describe un procedimiento especialmente llamativo: los libros llegan al almacén, son registrados y clasificados, se les corta mecánicamente el lomo para separar las páginas y estas se introducen posteriormente en escáneres de alta velocidad. Una vez digitalizado el contenido, las páginas quedan mezcladas en grandes contenedores, de modo que los ejemplares físicos no pueden volver a reconstruirse.

El empleado entrevistado señala que había al menos 20 o 25 escáneres, capaces de pasar rápidamente las páginas y mostrar en pantalla las imágenes digitalizadas. El proceso incluía libros nuevos y usados, ejemplares procedentes de bibliotecas y materiales procedentes de distintos países. Entre ellos había publicaciones en alemán, ruso y japonés, además de documentos procedentes del Reino Unido y materiales que parecían documentos gubernamentales. El testimonio destaca especialmente la presencia de libros potencialmente raros o difíciles de conseguir.

Uno de los aspectos más relevantes es la destrucción física de los libros después de su digitalización. El trabajador describe cómo, tras cortar los lomos y escanear las páginas, estas son arrojadas a grandes contenedores junto con otros materiales. También explica que determinados ejemplares considerados duplicados o innecesarios eran depositados en estos recipientes. Según el relato, el procedimiento era poco organizado y cambiaba con frecuencia, lo que dificultaba incluso que los propios trabajadores conocieran con exactitud el destino final de todos los libros.

El reportaje plantea así una cuestión especialmente importante para bibliotecas, patrimonio bibliográfico y derechos de autor: la transformación de libros físicos en datos para inteligencia artificial puede implicar no solo su digitalización, sino también la desaparición del ejemplar material. El trabajador entrevistado expresa precisamente su preocupación por que libros raros o valiosos dejen de estar disponibles para otros lectores e investigadores, señalando que existe una diferencia significativa entre digitalizar un libro y destruir el soporte físico una vez obtenido su contenido.

En conjunto, el artículo presenta un ejemplo especialmente gráfico de la nueva economía de los datos para la IA, en la que libros y colecciones documentales pueden convertirse en materia prima para entrenar modelos. Más allá de Amazon, el caso abre debates sobre copyright, licencias, preservación, reutilización de colecciones, digitalización masiva y límites éticos de la extracción de conocimiento de los libros para alimentar sistemas de inteligencia artificial.