viernes, 25 de septiembre de 2026

LA CURA DE ANA .- Benjamín Labatut

 



 

A los dieciocho años, mientras se secaba el cuerpo después de la ducha, Ana notó dos pequeñas lesiones en su rodilla izquierda. Miradas de cerca parecían heridas apenas formadas, como si se hubiera quemado con la cera al depilarse. Le llamó la atención su forma perfectamente redonda, y las manchas blancas que crecían en sus bordes si las presionaba con la punta de los dedos. Terminó de vestirse sin darles importancia. A los pocos meses, su cuerpo estaba cubierto por gruesas escamas de piel seca.

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Duras placas sanguinolentas, como la piel de un cocodrilo, se expandieron desde sus rodillas. En un principio desaparecían si las rascaba, luego se cubrían de costras que sangraban ante el menor roce. Ana adoptó la costumbre de usar medias gruesas, incluso durante los días más calurosos del verano.

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Su dermatólogo le recetó una crema que reducía el tamaño de las heridas. Por las noches tenía que forrar sus piernas con una tela plástica para aumentar el efecto del ungüento. Aplicada durante tres noches seguidas reducía las lesiones hasta volverlas casi invisibles. Durante dos días su piel se mantenía limpia. Al tercero volvían a crecer. El estrés era un factor agravante, su dieta debía ser controlada. Al cumplir los diecinueve años, cuando aparecieron las primeras manchas en sus manos, sus padres la ingresaron en el Centro.

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Tres años y medio de tratamiento limitaron las manchas a sus ingles, su tobillo derecho, una de sus rodillas. Cada nueva lesión en su piel, fuera por la simple picadura de un mosquito o producto del roce contra otro de los pacientes, tenía el potencial de convertirse en un foco de crecimiento.

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Su enfermedad era hereditaria, le explicaron los médicos. Se transmitía exclusivamente de madre a hija, aunque su manifestación dependía de diversos factores. Ni su madre ni sus hermanas exhibían síntomas. En ellas se mantenía en estado latente. La explicación de los casos como el suyo era sicosomática: el cuerpo reflejaba un estado mental. Las escamas se originaban en su cabeza, pensaba Ana, en la piel de su cerebro, en su mente de reptil.

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La población del Centro se dividía parejamente entre hombres y mujeres, separados en dos aulas por un pasillo que conectaba con las salas de tratamiento y recreación. La rutina era inflexible, pero estaban desocupados durante la mayor parte del día. Los jueves de cada semana recibían visitas; el contacto con el mundo exterior era limitado. Sin embargo, tenían absoluta libertad para recorrer los jardines, bañarse en el río durante el verano y comer de los árboles que rodeaban las paredes del recinto.

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Dos veces al año les permitían bañarse en la piscina del Centro. El agua apestaba a azufre, y su color amarillo les duraba sobre las heridas dos días, al final de los cuales su piel quedaba completamente lisa, sin una sola mancha. Ana se quedaba largo rato mirando su cuerpo desnudo en el espejo, sus pechos firmes, las pecas sobre su piel blanca. El efecto era transitorio, y los pacientes aprovechaban para hacer el amor en parejas o en grupos, sin distinciones de edad ni de sexo, contra el reloj.

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La cura —le dijeron al ingresar al Centro— estaba más allá de su alcance. Solo existía el tratamiento. Era imposible quejarse; en dos de las camas más cercanas a la suya, había pacientes cuya forma ya no se asemejaba a la de un ser humano.

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Ana soñaba con el mar. Por las noches el viento hinchaba las cortinas de su habitación, la tela blanca rozaba el borde de su cama. Recostada de espaldas, cerraba los ojos y sentía los barcos que entraban al puerto por la mañana, el sabor de la sal en su boca, el roce de una mano que le acariciaba los genitales por debajo del agua.

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La cura es la enfermedad, repetían en el Centro. El tratamiento generaba una serie de efectos secundarios. Alucinaciones, ciclos de euforia y depresión, pérdida y aumento de peso, insomnio. Ana pasaba noches enteras despierta, días completos sin poder dormir. En la oscuridad de su pieza oía los ruidos que hacían los demás pacientes, las rondas nocturnas de los guardias, el ruido de las zapatillas de los doctores de turno. Una comunidad de sonámbulos.

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Había distintos tipos de insomnio. Algunas noches dormía con los ojos abiertos. En otras soñaba los sueños de un paciente cercano, los recuerdos ajenos se proyectaban dentro de su cabeza como una película muda.

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Ana disfrutaba jugando con los niños del Centro. No había más que un puñado de ellos; la enfermedad tendía a manifestarse en la adolescencia. Ana los envidiaba; en el ambiente enrarecido del Centro, los niños vivían en dulce ignorancia, muchos ni siquiera sospechaban estar enfermos. Para ellos no existía un mundo sano.

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Además de trabajar en el huerto, se estimulaba en los pacientes el contacto con ciertos animales. Vagaban libremente por el Centro, e incluso se los dejaba participar de las sesiones de tratamiento. Los únicos lugares a los que se les prohibía la entrada eran la piscina y el comedor. Los favoritos de Ana eran una especie de perros de nariz bulbosa, como la de los coatíes. Dejaba que se recostaran sobre su estómago cuando tomaba el sol, se tendían a los pies de su cama y roncaban como si fueran seres humanos. Los animales parecían capaces de advertir la cercanía de la muerte, y se congregaban cerca de los pacientes que ya no podían soportar la cura.

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Ana aprendió a no acercarse demasiado a los otros enfermos. Desde su ingreso había tenido algunas amigas cercanas. Su primera experiencia negativa le enseñó a mantener la guardia; en menos de seis meses perdió a dos de ellas. La primera fue retirada por sus padres, al no ver avances en su estado de salud. La segunda murió pocas semanas después, mientras se sometía a un tratamiento experimental.

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Al quinto año sus heridas ya cubrían la totalidad de su cuerpo. La posibilidad de que crecieran en su cara se convirtió en una pesadilla cotidiana.

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Ana descubrió la verdadera naturaleza del Centro durante una sesión de fototerapia. Mientras se desnudaba para exponerse a la luz ultravioleta, uno de los enfermeros la ayudó a quitarse el vestido. Al levantar sus brazos, Ana vio las manchas en su piel, por debajo de las mangas de su camisa: nadie estaba sano, todos eran pacientes.

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Cada 28 días recibían dolorosas descargas eléctricas en las áreas afectadas de su piel. Con el transcurso de los años, Ana desarrolló una fobia al sabor del tubo que ponían en su boca para evitar que se mordiera la lengua. Fuera por la reclusión casi forzada en que vivía o debido a algún efecto sicológico de su enfermedad, su memoria se había convertido en una sustancia viscosa; un recuerdo se confundía con otro, formando panoramas extraños. El olor de su madre, el cuerpo de su primer amante, una novela de vampiros, una fractura expuesta. Durante una de estas sesiones, mientras la energía sacudía su cuerpo por completo, Ana intuyó por primera vez una salida.

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El alma estaba unida al cuerpo por el más tenue de los hilos. Las múltiples formas de la muerte probaban esta verdad. Pero la muerte no era la única salida. Se trataba de redefinir su organización de la forma más radical posible: utilizar los ojos como la punta de los dedos, su mente para luchar contra las paredes de su cuerpo.

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Ana comenzó a vivir en un estado de enfermiza vigilancia. Experimentó nuevos cambios en su anatomía, y las partes sanas de su piel adquirieron una textura blanda, casi anfibia. Sentada en el baño durante el insomnio, Ana se miró al espejo y no pudo distinguir sus pupilas; sus ojos parecían dos agujeros en su cabeza. Con creciente fervor empezó a llevar a cabo pequeños experimentos, rutinas que la desconectaban de la realidad del Centro.

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Caminaba por los pasillos con los ojos cerrados, clavaba astillas en sus heridas, tragaba comida tratando de bloquear el gusto, aguantaba la respiración hasta perder la conciencia. La sorprendió la rapidez de sus avances. En solo unos cuantos meses se sentía capaz de prescindir de la mayor parte de sus comidas. No era fácil; no bastaba simplemente con vomitar después de haber comido, sino de entrenar su cuerpo a rechazar la energía externa. Cuando su falta de peso se volvió evidente, la transfirieron al sector de los pacientes terminales.

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Ana no era como los demás de su sala que languidecían en un estado cercano a la muerte. Su caso llamó la atención del joven doctor a cargo de su dieta: parecía capaz de vivir en un estado perpetuo de homeostasis, como si los órganos de su cuerpo se hubieran ido perfeccionando a medida que su piel se corrompía. El médico empezó a dedicarle más tiempo, la sometió a infinitos exámenes. Intentaba comunicarse con ella, pero Ana no hablaba. Sabía que las palabras la ataban a la realidad, más que la comida, más que el aire o el agua.

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El doctor la empezó a visitar por las noches. En un comienzo se sentaba al borde de su cama, sin decir una palabra. Le llevaba pequeños regalos que conseguía con las personas que bajaban a la ciudad. Cuando estaba seguro de que los demás pacientes estaban dormidos o inconscientes, le contaba historias sobre su vida. Había nacido en el Centro, sus padres se habían conocido allí. Al cumplir los dieciséis se mudó a la ciudad para estudiar Medicina, disciplina para la cual el Centro lo había preparado. Luego de terminar sus estudios recorrió el país ofreciendo sus servicios, pero en menos de un año había vuelto a casa. Se sentía incómodo en el mundo exterior, extrañaba la rutina de los pacientes, sus ojos quietos, su respiración en las noches de insomnio.

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Caminaban juntos. El doctor gozaba de privilegios especiales, y Ana se favoreció de su compañía para evitar los momentos más desagradables del tratamiento. Continuaba con sus propios ejercicios, pero no podía evitar sentir afecto por el joven. Se había convertido en su mayor obstáculo. Se acostaron por primera vez luego de uno de los baños anuales. Al sentir las manos de él sobre su piel nueva, Ana se dio cuenta de cuán lejos estaba la meta, y lloró por primera vez desde que sus padres la dejaron en las escaleras del Centro.

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Comenzaron a hacer el amor sin que al doctor le importara el estado de su piel. Las sábanas quedaban manchadas con pequeñas gotas de sangre, como los dibujos de un test de Rorschach, por el apellido del inventor. Mientras el doctor se desvestía, Ana miraba las cicatrices en su espalda. Parecían un tatuaje, una mariposa gigante posada sobre sus hombros.

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Una cama de gusanos. Comían la piel muerta de su cuerpo y limpiaban sus heridas. Luego los utilizaban como abono para los árboles. Ana ya no los sentía moverse encima suyo, cerraba los ojos y el mundo desaparecía. Su cuerpo era apenas un saco de huesos, ya no sufría hambre ni sed. El único obstáculo era su relación con el doctor, cada vez más cercana a pesar de su silencio. Cómo era capaz de experimentar placer en la ruina en que había convertido su cuerpo era algo que escapaba a su comprensión, pero el deseo la perseguía, sujetándola como una cadena.

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Cuando Ana ya no era capaz de moverse, el doctor le dijo que la quería. Ana no reaccionó. Cerró los ojos e imaginó un desierto sin arena, una bolsa cerrada. El doctor le aseguró que no era la primera paciente que intentaba algo parecido: formaba parte del ciclo natural de la enfermedad. Le preguntó por qué no se quitaba la vida; el suicido no estaba prohibido en el Centro, había métodos y facilidades disponibles, aunque pocos lo elegían. Como ella, buscaban algo distinto. El doctor le tomó las manos cubiertas de cicatrices, le besó la frente y se despidió desde la puerta. Cuando Ana despertó a la mañana siguiente, el doctor ocupaba la cama vecina, sus brazos estaban cubiertos de heridas frescas.

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Con la misma rapidez con que crecían las lesiones en la piel del doctor, empezaron a desaparecer de la suya. En menos de tres semanas solo quedaban los dos puntos originales sobre su rodilla. La trasladaron a la sala de los recién llegados, y notó que los demás pacientes la trataban distinto. Cuando cambiaron sus ropas blancas por el uniforme gris del personal, Ana seguía sin hablar, así que no pudo corregir a los pacientes cuando la empezaron a llamar doctora.

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Librada de la rutina de los pacientes, Ana podía participar de las sesiones de tratamiento y dejar el Centro para bajar a la ciudad si así lo deseaba. Lo más cerca que llegó fue a traspasar las rejas apenas unos metros. Afuera se extendía un camino de tierra, al fondo del valle se podían distinguir las primeras luces de la ciudad. Ana dio dos pasos; sintió la tierra bajo sus zapatos, la brisa que se levantaba a esa hora desde el mar, y volvió caminando lentamente hacia el Centro.

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Habían pasado solo un par de semanas desde que los habían separado, pero los cambios en la salud del doctor ya eran evidentes: como ella, se rehusaba a hablar y a comer, y apenas tomaba agua. En sus ojos comenzaba a brillar la misma luz oscura que ella veía al mirarse al espejo. Ella empezó a participar de sus sesiones de tratamiento. Él la miraba sin reconocerla.

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En seis meses, Ana tenía tres pacientes estables a su cargo, participaba de la comisión de bienvenida y atendía dos casos terminales, entre ellos a su antiguo amante. Desde que su piel se había sanado le costaba desconectarse de la misma forma, pero seguía aferrada a sus rutinas y al silencio. Sin haber variado su dieta, notó que subía de peso, el color volvió a sus mejillas. Libre de la enfermedad, una parte de ella se aferraba a la vida con más fuerza. Decidió dejar de tratar a su amante.

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El día del baño eligió a una pareja de jóvenes recién llegados, tan similares entre sí que parecían hermanos. Al otro lado del recinto podía ver al doctor. Su cuerpo era apenas distinguible, solo su cara se mantenía igual. Ana se abrió de piernas, cerró los ojos, se apoyó en sus manos y rodillas. Intentó olvidarse de sí misma, pero su memoria evocaba escenas extrañas: dos perros en el pasto, muros de piel con ventanas como las de un submarino; afuera, en el agua turbia, flotaba el cuerpo desnudo del doctor, picoteado por los pájaros, con la verga tiesa como la de un ahorcado. Los mellizos le llenaron la boca, la arrastraron por el suelo, le abrieron heridas en las palmas, pero ella no podía dejar de mirar a su antiguo amante, derrumbado en la esquina de la sala. Cuando estaba a punto de acabar sintió las palabras creciendo en su garganta, y se mordió la lengua hasta llenarse la boca de sangre.

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Llegaron diez nuevos pacientes, dos de los viejos murieron y fueron enterrados bajo los árboles. Durante el verano, una epidemia casi acabó con la población de gatos. En otoño, tres pacientes dejaron el Centro, completamente recuperados, dos nuevos doctores se unieron al personal. A finales del invierno, uno de los niños se ahogó en el río. Sus padres no reclamaron el cuerpo.

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A comienzos de la primavera la despertó una sensación olvidada. Recorrió su memoria en busca de algo a lo que asociarla, pero solo encontró pedazos de recuerdos. Hambre, tenía hambre, se moría de hambre. Se levantó de la cama y apenas pudo llegar al comedor. Cayó de rodillas y recogió las migas de pan del suelo. Dos enfermeras la encontraron en el piso y la trasladaron de urgencia a una sala de observación. Al despertar vio a su amante en la cama contigua. La miraba sin verla, su piel estirada como un chicle sobre sus huesos; a sus pies, los animales ocupaban hasta el último espacio de la habitación.

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Con el hambre volvieron sus demás sentidos. El roce de las sábanas la hacía temblar, la luz le lastimaba los ojos. Deliró durante días con la lengua pegada al paladar. En el patio de su antigua casa jugaba a la pinta con sus hermanas, corría sobre el pasto, se reventaba la cabeza contra el parabrisas de un auto. Bajo el árbol recibía sus regalos de Navidad, luego su piel se llenaba de heridas, brillaba bajo el sol, se caía de sus huesos como cera derretida. Ya no lograba distinguir los límites de su cuerpo, se sentía parte de la cama, el tiempo se dispersaba en todas las direcciones. Su estómago se había hinchado como el de un niño desnutrido, y su dolor era tan intenso, el caos tan confuso, que ni siquiera las primeras contracciones lograron hacerla comprender que estaba a punto de parir un hijo.

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El día del nacimiento, una fila de pacientes esperaba para ver al niño. Los animales del Centro corrían descontrolados, peleaban como en épocas de celo. El tratamiento fue suspendido; tocaron música por los parlantes del recinto.

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Cuando ella y el niño se recuperaron, Ana retomó el cuidado de su amante. Sus pechos estaban hinchados de leche, su piel brillaba con luz propia. Amamantaba al niño a un costado de su cama, lo dejaba jugar en el suelo de la pieza. El doctor llevaba semanas entrando y saliendo de la conciencia. Ana continuó con su tratamiento, aplicando cremas sobre sus heridas, lavando y masajeando sus músculos para evitar que se atrofiaran, pero él no abrió los ojos hasta que ella empezó a hablar. Le costaba modular, sentía la lengua dormida, su voz más ronca de lo que recordaba.

Mi nombre es Ana Baranchykava, el próximo mes cumpliré veintiséis años. Tu hijo se llama Ernesto. Es el nombre de mi padre y de mi abuelo. No tengo recuerdos de mi abuelo, murió el año en que yo nací. Su pieza quedaba al lado de la que yo compartía con mis hermanas. Hay fotos en que salgo en sus brazos. La barba le llega hasta el pecho, tiene un cigarrillo en la boca y no sé si está sonriendo. Este es el séptimo año de mi tratamiento, estoy sana, pero sé que no volveré a ver la ciudad. Mira hacia afuera, amor: hay cuatro soles en el cielo. Nada está inmóvil, todo vibra en perfecto orden. Abre los ojos, la salida no existe. No hay cura para la vida.

 

FIN

 

PROFECÍA por Damaris Gasson

 



 

La Tierra quedó devastada y, tras años de radiación y mutaciones, los humanoides ni sabían ni recordaban la historia de la humanidad. La cotidianidad consistía en cazar escorpiones y ciempiés gigantes para alimentarse, procurando actuar en grupos; uno que apuntara las lanzas hacia la boca y el centro de los ojos de las bestias y otro que enlazara el aguijón, pues en el caso en que éstas se vieran en peligro de muerte se clavaban el aguijón ellas mismas, envenenando la carne. La cacería se llevaba a cabo especialmente en la penumbra que precedía el alba o el ocaso, pues la destrucción de gran parte de la capa de ozono hacía que la exposición al sol fuese demasiado grande como para siquiera soportar estar bajo sus rayos. Podían correr erguidos, mas se estaban adaptando a correr a cuatro patas nuevamente.

Subsistían como grupos de humanoides nómadas, sin embargo la inclemencia del clima impedía emprender largas migraciones. Su piel era correosa y negra, pues la melatonina protegía de los rayos UV que entraban directamente a la atmósfera. La naturaleza siempre adaptándose pese al maltrato que le infringieron los antepasados de estos seres, que estaban pagando el precio de haber sido la especie más evolucionada en la historia del planeta. Algunos seres humanos partieron en viajes intergalácticos en busca de nuevos planetas que les proporcionaran las condiciones necesarias para sobrevivir, pero estas migraciones fracasaron tras la Gran Explosión Nuclear. La humanidad tal y como se conoció a mediados del siglo XXI estaba extinta del todo; el polvo que era, polvo fue.

Mas en ese lenguaje rudimentario de los nuevos humanoides persistía la tradición oral y la creencia tan arraigada de los seres pensantes en la Divinidad, fuerzas que podían desviar el aguijón del escorpión que era cazado, que permitían encontrar plantas que no fueran amargas o venenosas por la radiación o que permitían encontrar un pozo en donde el agua fuese más dulce, conocimiento que era dominado y monopolizado por los sacerdotes, que a su vez apoyaban o destituían a los gobernantes de las tribus.

Y apareció entre ellos el Extraño, de piel pálida y velluda, cuyas palabras eran difíciles de entender, mas los sorprendía con sus milagros. Curaba enfermos y resucitaba muertos, se comportaba de manera afectuosa. Un extraño hombre que tanto se parecía a los Antiguos y que tanta desconfianza estaba empezando a generar entre los sacerdotes y los gobernantes por la cantidad de adeptos que se unían a su causa. Al mismo tiempo apareció el Extranjero, cuya influencia en los poderosos aumentaba a medida que les iba revelando secretos e historias de los Antiguos, especialmente de un libro con un extraño signo en la solapa. Los poderosos no sabían leer, pero el Extranjero les fue revelando de a poco lo que el libro contaba. Les hizo jurar primero que no dirían nada de los que les estaba hablando y les contó que el Extraño ya era conocido por los Antiguos y que había una manera en que podrían lograr que el planeta volviera a ser como era antes de la Gran Explosión, que precisamente para ello habían venido el Extraño y él mismo, justo en ese momento.

Les pidió que los acompañara a una de las ruinas de los Antiguos y dentro de los restos de una iglesia les enseñó la figura del Crucificado. Les dijo que ese hombre había muerto en la cruz para salvar a la humanidad y lavarla de sus pecados con el derramamiento de su sangre. Que primero había predicado la palabra de Dios y les había prometido el Reino de los Cielos y que tuvo que ser sacrificado para que Dios perdonara a la humanidad. Que ahora había vuelto y que de seguro Dios los perdonaría a todos y volvería a transformar a la tierra en un Paraíso si lo sacrificaban de nuevo, en la cruz, como la primera vez. Les dijo que para que la profecía pudiera cumplirse, el Extraño no podría saber que él les había revelado su historia y que deberían dejarlo por un tiempo más compartiendo con la tribu hasta que llegara el momento preciso en que el holocausto se repitiera, que no escucharan sus súplicas llegado el momento, porque al fin y al cabo el miedo lo invadiría como a cualquier otra persona. Les ordenó llamar de uno a uno a los integrantes de la tribu, hacerles prometer bajo juramento que nada revelarían al Extraño y que se prepararan para amarlo de tal forma que su muerte los redimiría a todos tal y como fue prometido.

El Extraño sabía que para que su nueva misión pudiese cumplirse tendría que combatir con el Extranjero. Lo presentía y lo sabía cerca, aunque se ocultara de él. Lo que no sabía era de la influencia directa que en esta oportunidad el Extranjero estaba ejerciendo sobre la gente. El combate tendría lugar y una vez que el Extranjero fuese derrotado, el Reino de los Cielos podría ser instaurado sobre la tierra con el Extraño como Rey de Reyes, pues así estaba escrito en el libro de las Revelaciones.

La tribu, que nada sabía de profecías y de segundas venidas, entendió el sentido del sacrificio para aliviar sus penurias. Cuando el Extraño menos se los esperó, lo rodearon en un abrazo amoroso y mortal y, a pesar de que se debatía y gritaba, lo crucificaron fuera del pueblo, en lo más hondo del desierto. De nada valió que Jesucristo les rogara, que les explicara que el Extranjero era el Anticristo y que, si lo mataban, el infierno se instauraría de una vez y para siempre. Se apuraron a amarrarlo fuertemente a la cruz pese a sus súplicas. Lo besaban y acariciaban entre tanto, agradeciéndoles todos los milagros que había hecho por ellos y procuraron retirarse al ocaso, justo antes de que anocheciera. Jesús quedó gimiendo pese a que no estaba herido, pero cuando vio que los escorpiones gigantes empezaban a acercarse, comenzó a aullar.

 

FIN

 

La ganga de Truman Capote

 




Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.

Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.

-Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich.

Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba -con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas-, había en ella una distinción difícil de ignorar.

-¿Jerez?

Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado, como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.

-¿Una galletita? -le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú -sopa y ensalada- le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:

-No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime, querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?

-¿Greenwich? -repitió Alice parpadeando, como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto-. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.

-¿Ah, no? -respondió la señora Chase-. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?

Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:

-Por ahí -dijo de un modo extraño. Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma-. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.

Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:

-¿Fred? -porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.

-Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es solo un cuarto, en realidad.

Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:

-Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.

-No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.

Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:

-¿Y Arthur? ¿Cómo está? -dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:

-Gordísimo. Gordísimo -repitió después de un momento-. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.

La señora Chase se tocó las caderas:

-¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.

-No estamos separados -Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas-. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree -dijo Alice con calma- que podríamos estar separados, señora Chase?

La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.

Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:

-De hecho, nos divorciamos en agosto.

La señora Chase esperó. Entonces, entre que sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:

-Qué pena. Supongo que fue porque bebía.

-Arthur nunca bebió -respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada-. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No -dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro-. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo solo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?

-Desde luego -respondió la señora Chase-. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.

-No -dijo Alice Severn evaluando-. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea, puesto que vive con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?

-En agosto.

La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:

-Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.

-Arthur quiso quedarse con ellos -dijo Alice Severn, simplemente-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.

La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.

-Un perro. Qué estupidez. Solo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él -la señora Chase vaciló-… para que él aporte.

-Usted no comprende; Arthur no tiene dinero -respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos-. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.

-Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco -dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.

-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico -Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo-. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?

La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.

-Era de mi madre.

Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:

-¿Combien? -preguntó.

-¿No vale nada, verdad? -había confusión en la pregunta, no franqueza.

-No, nada -respondió ella con cansancio, casi con irritación-. Pero a lo mejor me sirve.

No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.

Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.

-Querida -dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria-. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.

Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

FIN


“The Bargain”, 1950

Alfabetización en inteligencia artificial (IA): sus dimensiones éticas y técnicas, y el papel fundamental de las bibliotecas como mediadoras.

 



Alfabetización en inteligencia artificial (IA), sus dimensiones éticas y técnicas, y el papel fundamental que desempeñan las bibliotecas como mediadoras.

Se aborda la alfabetización en inteligencia artificial (IA), sus dimensiones éticas y técnicas, y el papel fundamental que desempeñan las bibliotecas como mediadoras.

1. Definición y alcance de la alfabetización en IA

  • Más allá del uso básico: No consiste únicamente en utilizar herramientas como ChatGPT o generadores de imágenes, sino en usarlas de forma efectiva, crítica y ética.
  • La brecha existente: Hay una disparidad entre el uso cotidiano de la IA y la comprensión profunda de cómo funcionan sus algoritmos o de los sesgos que pueden presentar.

2. Marcos de referencia y dimensiones clave

  • Dimensión ética y humana: Destaca la importancia de anteponer la ética humana, la dignidad y los derechos por encima de la tecnología, como promueve el marco de la UNESCO.
  • Dimensión técnica: Es indispensable comprender el funcionamiento interno de los sistemas para evaluar si las respuestas son confiables o si sufren de «alucinaciones».
  • Ámbito académico: Organizaciones como Educause y la ACRL buscan que estudiantes y educadores evalúen la IA de forma crítica.

3. El rol de las bibliotecas como «caballos de Troya»

  • Democratización del acceso: Integran la IA en la búsqueda de información y sus servicios digitales, enseñando competencias de manera orgánica.
  • Mediación crítica: No solo facilitan el acceso a las herramientas, sino que acompañan al usuario en el proceso de comprensión.

4. Desafíos y debates actuales

  • Falta de recursos: Escasez de presupuesto para infraestructura tecnológica y para la capacitación continua del personal bibliotecario ante el avance rápido de la IA.
  • Políticas éticas: Complejidad para diseñar normativas sobre privacidad y manejo de datos personales.
  • Debate curricular: Discusión sobre quién debe liderar esta formación y en qué medida adaptar los planes educativos.

5. Meta final: Ciudadanía algorítmica responsable

  • Concepto de Julio Alonso Arévalo: El objetivo final es empoderar a las personas para pasar de ser usuarios pasivos a ciudadanos algorítmicos responsables que entiendan, cuestionen y prosperen con criterio propio en un mundo impulsado por la IA.