¡Oh!
¡Cómo recuerdo todavía al abuelo Juan! De él sólo quedan puros y gratos
recuerdos de aquellas noches solariegas, cuando sentado sobre una vieja
perezosa, hizo recrear la mente de muchos niños que merodeábamos descalzos por
los alrededores de su casa.
Había
veces en que nos miraba risueño mientras fumaba un cigarro hecho por hojas que
él mismo sembraba. En otras ocasiones observábamos que él también parecía un
niño con los ojos azules, ojos de este buen anciano, que al atardecer tenían un
raro brillo.
En
sus ratos de paz nos enseñaba a reconocernos, a converger en esas barreras
desconocidas por nuestra corta edad, y a soltar nuestra imaginación al mundo de
lo desconocido, a un inmenso mundo de misterio y fantasía. Nos remontaba en
ocasiones al pasado, visitábamos selvas, ríos, llanos; lugares extraños. Otras
veces nos conducía al futuro, o al viejo mundo, y cuando retornábamos a la
realidad, lo hacíamos cansados, otras veces riendo, tristes, o llorando. Pero
lo más emocionante era cuando el silencio reinaba ante un relato de misterio,
en esas noches otoñales. Los pelitos de mi cabeza se erizaban, la respiración
se me cortaba por momentos y la piel se me ponía de gallina. Hasta que al
llegar al final del relato, durante varias noches fuimos a pedirle que nos
acompañase a nuestras casas. Él aceptaba y de paso nos decía que nos devolvía
la visita al pueblo donde vivíamos, que no era tan grande.
La
calle principal atravesaba la hilera de casas, la mayoría con los corredores
altos. Había algunos carretones tirados por bueyes estacionados frente a una
pulpería. Después cruzábamos la cancha que servía de plaza, donde la gente se
recreaba los domingos.
El
domingo era el único día en que no se veían los bueyes o los caballos; caballos
y carros estacionados, pastando ese verde y tierno pasto, y alguna que otra
rana que cantaba dentro de un charco. También algún grillo chicharreaba cerca,
y un búho o una lechuza chillaban. El primero en la rama de un árbol y la
segunda cerca de la iglesia. Nosotros seguíamos caminando asustados y muy
apegados al anciano, susceptibles por lo narrado.
De
pronto sentíamos el reflejo de una linterna, y después escuchábamos voces de
varias personas. El nochero calzaba la puerta de una pulpería, y entonces,
alguno de nosotros, por el miedo metía el pie en un charco de barro.
Finalmente, otros, al llegar a sus casas, eran reprendidos por su madre que les
decía:
-¿Por
fin llegó el pata e perro? ¡Ándate!, ¡ahora a bañarse y a dormir!
Yo,
como siempre, era el último en ser dejado en casa. Caminábamos solos con el
anciano, y no bien llegaba a la casa, le avisaba al abuelo, quien me contestaba
cariñosamente.
-Ah
m'hijo, chao m'hijo -y volcaba la cabeza para mirar a pocos metros de mí.
A
esas horas de la noche veía cómo el abuelo Juan desaparecía tragado por la
oscuridad.
Al
día siguiente, muy temprano, nos encontrábamos nuevamente los muchachos para
contarnos lo señalado. Y cada día que pasaba, teníamos la certeza de que esos
personajes eran nada más y nada menos que el Abuelo Juan.
Entonces
los otros amigos se dirigían a mí; me preguntaban si notaba algo raro en él
cuando nos quedábamos solos. Entonces yo les contaba que en varias ocasiones
cuando nos despedíamos en el momento en que yo lo buscaba, ya no lo encontraba,
e incluso otras veces desaparecía junto a mi lado, o en otras, hasta lo veía
volar.
Entonces,
los otros se asustaban y me preguntaban:
-¿En
serio, negro?
Y yo
volvía a afirmar lo mismo.
A la
noche siguiente preguntaban al abuelo Juan, quien les contestaba si era cuento
lo que yo les contaba.
El
abuelo cariñosamente nos acariciaba la quijada y nos tocaba la frente para ver
si no adolecíamos de fiebre. Entonces nos invitaba a algún dulce de papaya y
después nos preguntaba:
-¿Y
qué cuentan esos pelaos?
-Nada
-le respondíamos.
Y al
rato, conservando siempre el vaso con el dulce, le pedíamos que nos contase una
de sus historias.
Nos
respondía él:
-Ustedes
se asustan y son muy miedosos.
-No
tenemos miedo -le respondíamos cada uno de nosotros.
Él
sonreía y dejaba ver los dos únicos dientes que le quedaban, y demostrando
resistencia nos volvía a decir:
-Yo a
su edad era má corajudo q'el mijmo diablo, y má rápido q'el viento.
Después
nos preguntaba qué era lo que hacíamos durante el día, y nosotros respondíamos
algo tímidos; el anciano se levantaba de su perezosa, y lo veíamos dirigirse
hacia alguna parte. Después nos entregaba un globo muy grande.
Nosotros,
agradecidos, le preguntamos en varias ocasiones de qué estaba hecho, pues el
globo era muy resistente y rebotaba muy bien. El abuelo Juan siempre nos decía
que existe la forma de encontrar un medio para distraerse, y después,
sonriendo, decía que el globo resistente era de una vejiga de toro, con lo que
nosotros nos quedábamos muy sorprendidos.
Después
de estar a su lado, conversando con el abuelo un rato, éste se compadecía de
nosotros y haciendo un ruedo nos contaba algunas leyendas del lugar, previa
recomendación, claro, de parte nuestra, para que no fuese de miedo. Y mientras
encendía su cigarro con la brasa de un tizón donde calentaba su café, el abuelo
empezaba a articular las palabras que nos transportarían al mundo de nuestras
propias fantasías.
FIN

