miércoles, 26 de febrero de 2025
lunes, 23 de diciembre de 2024
martes, 22 de agosto de 2023
Gonzalo Bravo: «El Imperio Romano nunca cayó»
Roma no se fundó el 21 de abril del año 753 a. C., Rómulo y el resto de los reyes legendarios de Roma nunca existieron, el conflicto entre patricios y plebeyos no fue una lucha de clases y el cristianismo no provocó la caída del Imperio Romano… porque el Imperio Romano nunca cayó. Ninguna otra historia brinda tantos mitos y tópicos como la del pueblo que dominó el mundo conocido durante un milenio, el pueblo que inventó la política y las leyes que inspiran nuestro presente, el pueblo que, inevitablemente, aún somos. Y el mejor antídoto contra esa montaña de siglos de leyendas y lugares comunes es la lectura del último libro del historiador español del mundo antiguo más original e iconoclasta: Roma antigua: Una historia realista (Alianza, 2023), de Gonzalo Bravo, profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid. Se trata de un resumen tan breve como deslumbrante que despeja sesgos y conjeturas rescatando de las tinieblas del mito la verdad de la historia.
A Gonzalo Bravo le sorprende que hoy sigan publicándose novedades historiográficas que dan por buenas la fecha mítica de la fundación o la existencia reyes legendarios como Rómulo que ni existieron ni pudieron existir. Tres tendencias indagan en los orígenes de Roma. La primera sería la hipocrítica, es decir, aquella que da por buena una fuente literaria por el hecho de que procede de la época, aunque no sea coetánea de los hechos sino, como Livio o Casio, de los últimos signos de la República. La segunda o hipercrítica, que encarnarían los arqueólogos, sería la contraria: no aceptar nada que llegue por la vía literaria, por estar viciado por una intencionalidad de origen. Para combinar ambas surge una tercera tendencia, la más actual, de «convergencia de datos», a saber, que los datos procedentes tanto de fuentes literarias como de fuentes arqueológicas pueden ser coincidentes y, de hecho, en algunos casos lo son. En definitiva, si ambas fuentes convergen, tenemos una realidad histórica. Y es a esa historia «realista» de Roma a la que se adscribe el profesor Bravo.
***
—»¡Si las piedras hablasen… y hablaron!», titula su introducción al libro. ¿La historia de la Roma Antigua, que arrancaría con Rómulo, ha dependido durante demasiado tiempo de las fuentes escritas y hacía falta un cotejo profundo con la arqueología?
—¡Rómulo es una leyenda! ¡No existió nunca! ¿Cómo alguien puede seguir afirmando hoy algo semejante? ¡Búsquense otro responsable, pero ese no! Rómulo es el más mitológico de todos los reyes romanos y no puede servir como referente para explicar algo tan importante como el nacimiento, y no fundación, de Roma. Eso no significa que no sea interesante saber quién se inventa esto: seguramente a finales del periodo republicano, cuando Varrón, para coincidir con una fiesta religiosa, fija definitivamente el 21 de abril del 753 como el día en que se fundó Roma. Le faltó decir que ocurrió a la hora tercia… Roma acabaría por convertirse en una gran ciudad… pero empezó siendo una muy pequeñita que, por no tener, no tenía ni mujeres, y de ahí el famoso rapto de las sabinas.
—La influencia de la historia antigua de Roma en el imaginario político de la modernidad es enorme. Y uno de los motivos inspiradores principales es el conflicto republicano entre patricios y plebeyos. ¿Podemos hablar de una «lucha de clases»?
—El conflicto patricio-plebeyo será un paradigma durante siglos e incluso milenios, en los que servirá de modelo o patrón de análisis de cualquier otro conflicto sociopolítico. Incluso los marxistas, como usted señala, vieron en él nada menos que la forma por excelencia de la lucha de clases. Y, sin embargo, la clave para entender la sociedad romana antigua no eran las clases, sino el estatus. En las llamadas «revoluciones» romanas lo que está en juego es mucho más la lucha por el estatus de un nuevo grupo social ascendente que cuestiones de explotación o de antagonismo de clases.
—Explica en su libro que el giro imperialista tuvo lugar en la segunda mitad del siglo II a. C., entre la Primera y la Segunda Guerra Púnica. Desde entonces, Roma iba a convertirse muy rápido en uno de los mayores y más longevos imperios de la historia. ¿Qué hecho decisivo condujo a ese giro? ¿Y por qué Roma y no Cartago?
—Nada ocurre por generación espontánea en la historia, y el imperialismo romano se va gestando poco a poco. ¿Qué lleva a Roma a cambiar su visión del mundo y a iniciar sus conquistas? La respuesta es relativamente sencilla. Durante la Primera Guerra Púnica en Sicilia, los romanos se dan cuenta de que están combatiendo con la mayor potencia naval del Mediterráneo… ¡y no tienen flota! ¿Qué hicieron? Mandaron construir una flota de trescientas naves que pudiera batirse con la cartaginesa, utilizando como modelo los trirremes y quinquerremes griegos y lo lograron en solo diez años. Así, unos romanos que no sabían nada del mar se convirtieron de la noche a la mañana en una potencia marítima. Pero con una peculiaridad: como su fuerte era la lucha cuerpo a cuerpo, los legionarios romanos buscaban siempre acercar sus naves a las de los enemigos para propiciar una lucha que hoy podríamos llamar anfibia. Y vencieron. Aquello cambió su mentalidad. Y el segundo momento, y definitivo, que decidió el destino imperialista de Roma fue la conquista de las potencias helenísticas. Pero Roma no siempre fue vencedora, y eso es crucial: ninguna potencia aprendió de sus derrotas mejor que Roma.
—Idus de marzo del año 44 a. C. ¿Fue el asesinato de César para evitar que se convirtiera en rey lo que paradójicamente liquidó la República e impuso el Imperio, o se trataba de un proceso que ya estaba en marcha?
—El contexto en que ocurre el asesinato de César es el de las guerras civiles que ya habían empezado en el año 91 a. C., y esas guerras civiles debemos entenderlas como una especie de selección natural de los poderosos frente a los débiles. Se va formando así una nueva élite aristocrática que será el germen del Imperio y, en el contexto de esa lucha, casi todos mueren asesinados por el rival. Tal es el caso de César.
—¿Por qué la de emperador era una profesión de tan alto riesgo, por qué tenían tantas posibilidades de morir asesinados?
—Para empezar, el emperador romano no se consideraba un personaje divino, como ocurría en otros lugares. Era un hombre, esto es importantísimo, hasta el punto de que, cuando celebraba sus victorias por las calles de la capital, un esclavo le acompañaba para decirle cada tanto: «No olvides que eres mortal». ¿Por qué duraban tan poco? Démosle la vuelta. ¿Cómo duraron tanto los pocos que lo lograron? Augusto, Diocleciano, Marco Aurelio, Constantino, Teodosio… duraron más por una de estas dos razones: La primera es que supieron elegir muy bien su consilium, aquellas personas que les asesoraban, pero que también les protegían, indicándoles las precauciones que debían tomar, especialmente controlando sus impulsos. Los emperadores impetuosos nunca duraron mucho, y en el siglo III, en unos 40 años, se suceden 57 emperadores. La segunda razón de la pervivencia de un emperador pasaba por reformar el sistema inicial de tal manera que les protegiera, como hace Adriano, el primero que dice que la ley no se dicta en el Senado sino en palacio.
—El último gran conflicto que sacude el imperio es la pugna entre el paganismo derrotado y el cristianismo vencedor. ¿Por qué triunfa el cristianismo?
—La clave está en el siglo III, es la llave que cierra una puerta en la evolución del Imperio Romano y abre otra diferente. Ya hacia el 260 la persecución de los cristianos, que había empezado unos años antes, se frena con la llamada paz del emperador Galieno y no vuelve a ponerse en marcha en todo el Imperio hasta el 303, con Diocleciano. Esos cuarenta años son precisamente los años en los que se planta el germen de la iglesia cristiana, primero de forma tímida y más adelante a toda velocidad, no sin ayuda de Constantino. ¿Qué comprende Constantino a principios del siglo IV y le servirá como la mejor propaganda de su gobierno? Comprende que los romanos ya no eran paganos, que habían dejado de creer en sus dioses. Y se da cuenta observando a sus propios soldados, que van abandonando el paganismo para adherirse a esa nueva religión que flota en el ambiente y que, sin persecuciones, crece como la espuma. El conflicto, o mejor dicho, la crisis, viene después de Constantino, cuando los primeros emperadores cristianos comienzan a legislar contra los paganos. ¿Por qué triunfa el cristianismo? Sin duda por su universalismo, pero también por su monoteísmo, que no se disuelve en un panteón inacabable de dioses.
—Recientemente se ha publicado una nueva edición resumida del clásico de Gibbon Decadencia y caída del Imperio Romano, pero los historiadores actuales son cada vez más críticos con esa imagen que hemos asumido acríticamente de la decadencia y caída, ¿no es cierto?
—A ver, la caída del Imperio Romano es una exageración, una hipérbole, un mito. El título de la obra de Gibbon, Decline and fall, se suele traducir como Decadencia y caída. Pero, en realidad, en inglés, «decline» no es «decadencia» sino «declive», algo diferente, que alude más bien a una evolución descendente. «Decadencia», sin embargo, es un término que viene de la historia del arte, en concreto de la escuela de Viena. La decadencia de Roma es la antítesis del esplendor, la antesala de esa edad oscura que es para ellos la Edad Media. Volviendo a la caída, sí, es un mito, pero un mito con muchas aristas. ¿Cayó Roma? ¿Cuándo? No cayó ni siquiera con Alarico. No, el Imperio Romano nunca cayó, no cayó en ningún momento. Hay estudios recientes que demuestran que, aún en el siglo VII, las formas, los procedimientos, las leyes, todo en Europa seguía siendo romano. Porque los bárbaros romanizados que llevaban generaciones dentro del Imperio lo que hicieron fue utilizar a Roma como espejo para construir sus propios reinos.
Autor: Gonzalo Bravo. Título: Roma antigua: Una historia realista. Editorial: Alianza
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jueves, 1 de junio de 2023
Henry Kissinger y el sentido de la Historia
El estudio de la historia no ofrece ningún manual de instrucciones que pueda aplicarse automáticamente; la historia enseña por analogía, arrojando luz sobre las probables consecuencias de situaciones comparables. Pero cada generación debe determinar por sí misma qué circunstancias son de hecho comparables Henry A. Kissinger. Esta semana marca el centenario del nacimiento de una figura definitoria de la política internacional y de la diplomacia, Henry A. Kissinger. El centenario de su nacimiento es una ocasión única para reflexionar sobre su concepción de la política internacional y de la diplomacia y, particularmente, sobre su vigencia. El hombre que emerge de la cátedra de Harvard para convertirse en el diplomático más célebre y discutido de nuestros tiempos, no solo es sinónimo de diplomacia -diálogo y negociación- sino que es un referente para pensar el mundo. Henry Kissinger es único en la conjunción de reflexión intelectual e historia con la plasticidad del hombre de acción. Siempre reflexiona sobre el significado de su acción y trata de ir más allá del flujo diario de información para adivinar las constantes detrás de la aparentemente caótica proliferación de eventos. Su faz académica e intelectual no se fundamenta en la teoría: es un europeo que aborda la realidad a partir de la historia. Posee un conocimiento de la historia en el tiempo largo y de las secuencias diplomáticas del pasado. Sus escritos originales demuestran una temprana inclinación por la historia. Es así que su tesis doctoral, escrita en 1950, se tituló El Sentido de la Historia: Reflexiones en torno a Spengler, Toynbee y Kant, y su ópera prima Un Mundo Restaurado: Metternich, Castlereagh y los Problemas de la Paz, 1812-1822. (1954). El eje central del pensamiento kissingeriano emerge tempranamente en su vida: en el abordaje de las relaciones internacionales: ninguna conclusión significativa es posible sin una conciencia del contexto histórico. No es un diplomático convencional. Es un profesor al que se le dio la oportunidad única de poner en práctica sus ideas y dar sentido a la historia. Porque la historia es para Henry Kissinger -como para Winston Churchill quien solía señalar: estudia historia, estudia historia; en la historia residen todos los secretos del arte de gobernar- la principal guía para la acción. Kissinger es, además, un realista en el sentido ontológico de la palabra, no en el aspecto de la teoría. Es una persona que mira constantemente el mundo tal como es, y no como él querría que fuera. Su método de acción se fundamenta en el análisis de las actuales circunstancias, no de los imaginarios, que conduce a la ceguera estratégica. Y esta esencia ontológicamente realista, que lo lleva a evolucionar e incorporar conocimientos económicos y tecnológicos. Su apetito intelectual lo ayuda a trascender su mirada esencialmente estatal de sus inicios para incorporar la dimensión disruptiva de la tecnológica, la ciencia y de la Inteligencia Artificial. Uno de sus últimos libros, escrito en el 2021, se llama La Era de la IA y Nuestro Futuro Humano; escrito conjuntamente con Eric Schmidt -ex CEO de Google- y Daniel Huttenloche – decano de la escuela de computación de MIT- es una moderna reflexión sobre la IA y las relaciones internacionales. Una de las mayores criticas que se le hacen a Henry Kissinger es su supuesta amoralidad en la toma de decisión. Más allá de la validez de esta crítica – que no comparto-, es importante resaltar que Kissinger siempre fue consciente del costo y de las consecuencias de las decisiones políticas, y de la necesidad de afrontarlas. A lo largo de los años que estuvo en la función pública, con dos presidentes de los EEUU -Richard M. Nixon y Gerald R. Ford Jr.-, como Consejero de Seguridad Nacional desde el 20 de enero de 1969 hasta el 3 de noviembre de 1975; y Secretario de Estado desde el 22 de septiembre de 1973 hasta el 20 de enero de 1977; y anteriormente como Representante no oficial de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, abordó una amplia y sustantiva agenda: La apertura a China en 1972. Fin de la guerra de Vietnam: acuerdos de Paz de París de 1973. Inauguró lo que se llama shuttle diplomacy, novedoso método diplomático que ayudó a terminar la guerra de Yom Kipur (1973), y preparar el terreno para los Acuerdos de Camp Davis (1978, Jimmy Carter y Anwar el-Sadat y Menajem Beguin) En el marco de la Guerra Fría y con 37.000 armas nucleares apuntándose entre sí: Negoció el primer Tratado de Limitación de Armas Estratégicas (SALT 1,) y el Tratado sobre Misiles Antibalísticos. Asimismo, durante su gestión, los EEUU ratificaron el TNP, la Convención Internacional prohibiendo las Armas Biológicas y el Acta Final de Helsinki. En 1976, comienza negociaciones con los países africanos. Convence a África del Sur de presionar a Rhodesia para que en un plazo de dos años acepte el principio de mayoría negra. Pero más allá de su paso por dos administraciones, su pensamiento sigue vigente y es siempre un hombre de consulta. Su legado vivo es, sin lugar a dudas, una hoja de ruta teórica y práctica para todo presidente, canciller y diplomático. -Generar pensamiento estratégico dirigido a la acción. La falta de una clara estrategia lo hace a uno prisionero de los eventos. Tener una clara y definida estrategia, pero estar atento a los cambios a fin de reevaluar la estrategia, y decidir cómo y cuándo adaptar el nuevo enfoque a fin de resguardar los intereses nacionales. -Vinculos (linkages): relacionar los eventos entre sí. No se puede reducir la política internacional a un conjunto de negociaciones, enfrentando estas negociaciones como si fueran un fin en sí mismo. Se corre el riesgo de deslizarse en concesiones y de ajustes, en donde se olvida lo que es el núcleo de la negociación. -Conjetura: se actúa siempre con un conocimiento insuficiente de los hechos, ya que, si espera a que se conozcan todos los hechos, será demasiado tarde para cambiarlos. El arte del decisor es encontrar el momento adecuado para actuar. Se paga el mismo precio por hacer algo a medias que por hacerlo completo -Trabajo previo: El secreto de toda negociación es una meticulosa preparación. No se puede improvisar, por lo tanto, es imprescindible la idoneidad. -Zoom In hacia nuestra propia estrategia y Zoom Out hacia la contraparte. -Liderazgo: tener carácter y coraje. (Como bien decía Charles de Gaulle, el carácter es la virtud de los tiempos difíciles). Se puede contratar gente inteligente; no se puede contratar carácter. -Temporalidad: Evitar que lo inmediato oscurezca lo importante. -Leer a la contraparte: tratar de entender lo que la otra parte está tratando de lograr porque al final de una negociación uno debe tener alguien que esté dispuesto a apoyar. De lo contrario, solo está negociando un armisticio. Ajustar el estilo negociador al interlocutor y a su historia cultural. Ver el interés nacional a la luz del interés nacional del otro. Si uno afirma sólo sus intereses, sin vincularlos a los intereses de los demás, nunca se podrá encontrar una solución sustentable. -Ambigüedad constructiva: Las negociaciones no son lineales. Los bloqueos se vuelven difíciles de romper. A veces los acuerdos pueden lograrse solo mediante fórmulas vagas, que dificulten la desautorización o el desacuerdo posteriores. -Persistencia, shuttle diplomacy: ir y venir entre las partes en conflictos, llevando propuestas, respuestas y mensajes; a veces esos mensajes son moldeados por el equipo para alentar el avance. En una era de proliferación de conflictos y de militarización de la diplomacia, parafraseando a John Lennon, démosle una oportunidad a Henry Kissinger.
miércoles, 11 de enero de 2023
CRISTÓBAL COLÓN.
El intrépido navegante
Pocas figuras de la Historia son
al tiempo tan conocidas y desconocidas
como la de Cristóbal Colón. La
importancia del legado que dejó a la
humanidad, el descubrimiento de
América, nunca se ha discutido, pero no
pasa lo mismo con muchos aspectos
de su biografía. Sus oscuros orígenes
familiares, su convicción en el
proyecto de la navegación a Asia por
Occidente o sus chocantes teorías
cosmográficas y geográficas son sólo
algunos de los aspectos que han
provocado más discusiones. Todavía hoy
los historiadores siguen
debatiendo sobre el perfil poliédrico y
escurridizo de uno de los más
grandes marinos que han visto los tiempos.
Además, su trayectoria tiene
cierta dimensión trágica: salido de la nada
logró encumbrarse a la mayor de
las glorias para morir en la más
absoluta de las marginaciones.
Quizá representa como nadie el prototipo
de genio incomprendido que no
obtuvo el reconocimiento que merecía, pero
es posible que esto no sea tan
injusto si se tiene en cuenta que Colón
nunca llegó a ser realmente
consciente de la importancia de su hallazgo.
Murió con la convicción de que el
territorio al que había arribado era
una estribación de Asia oriental.
Paradojas del destino de una de las
personas que de forma más nítida
han marcado el inicio de la modernidad
y han trazado una divisoria en la
Historia universal.
A finales de la Edad Media Europa
estaba preparada para abrirse al
mundo. Por un lado, su
crecimiento económico había producido una mayor
demanda de mercancías suntuarias
de origen lejano: las especias, los
ricos tejidos y las perlas que
llegaban de Asia oriental por la Ruta de
la Seda tenían cada vez mayor
aceptación entre las clases adineradas de
Occidente. Además, el
perfeccionamiento técnico de los conocimientos
científicos europeos cada vez
permitía emprender aventuras que sólo unas
décadas antes eran impensables.
Los cambios en la concepción del mundo
(el estudio del legado
grecolatino había llevado ya a comienzos del
siglo XV a la aceptación de la
esfericidad de la Tierra) y el
perfeccionamiento de los barcos
(aparición de la carabela) e
instrumentos de navegación (la
brújula, el sextante) llevaron a que se
abandonase la navegación de
cabotaje para dar los primeros pasos de la
navegación en alta mar. Por fin
se podían efectuar los primeros intentos
de navegación oceánica.
Los países que más se implicaron
en estos cambios fueron los de la
fachada atlántica, sobre todo
Portugal desde la segunda década del siglo
XV. Las motivaciones para
emprender la aventura fueron, por una parte,
el espíritu de Cruzada (continuar
la lucha contra los musulmanes que se
venía desarrollando durante siete
siglos en la península Ibérica), la
búsqueda de tierras cristianas
más allá del islam (la leyenda del Preste
Juan y su fabulosa contribución a
una posible recuperación de Tierra
Santa para la cristiandad) y el
deseo de acceder directamente a las
fuentes de los fabulosos bienes
que llegaban de Extremo Oriente (además
del oro y los esclavos, que se
podían obtener de la prácticamente
desconocida África subsahariana).
Asimismo, la irrupción de los turcos
en Próximo Oriente, que además de
la caída del Imperio bizantino supuso
la desarticulación de las rutas
terrestres que conectaban con Asia,
añadió un aliciente en la
búsqueda de rutas marítimas hacia la India y
China. Todo ello hizo que el
siglo XV fuese una de las edades de oro de
la navegación y en ella tendría
un papel destacado un marino de oscuro
origen que enderezaría su carrera
en la península Ibérica.
De Génova a Lisboa
Sobre los orígenes familiares de
Cristóbal Colón se han vertido ríos de
tinta, que se han plasmado en
especulaciones de todo tipo y de muy
escasa base científica.
Tradicionalmente se ha identificado al
descubridor de América con
Cristoforo Colombo, el primero de los cinco
hijos del tejedor Domenico
Colombo y Susanna Fontanarossa, nacido en
Génova en 1451. De ser así, su
origen sería el de una modesta familia de
tejedores y laneros asentada en
una de las ciudades portuarias más
prósperas del Mediterráneo. Se ha
apuntado que muy posiblemente Susanna
sería de origen judío, lo que
explicaría la sistemática labor del
descubridor de borrar cualquier
huella de su pasado, razón por la cual
se sabe tan poco de sus orígenes.
También se han propuesto otros
orígenes, sobre todo en el
Levante de la península Ibérica, en las zonas
de arraigada tradición marinera
de Cataluña y Mallorca. Sin embargo, la
tesis genovesa es la que goza de
mayor aceptación hoy en día por contar
con una base documental más
sólida.
La República de Génova era una de
las tres grandes potencias marítimas
del Mediterráneo, en liza con la
República de Venecia y la Corona de
Aragón. Sus negocios abarcaban no
sólo el Mediterráneo, sino que a
través de colonias de
comerciantes se extendía también hacia el
Atlántico. Parece que dos de los
hijos de Domenico Colombo, Cristoforo y
Bartolomeo, pronto se sintieron
atraídos por la profesión marinera.
Desde muy joven el primero se
enroló en las expediciones comerciales por
el Mediterráneo y aprendió de
forma eminentemente práctica el arte de la
navegación. Asimismo participó en
algún conflicto bélico en el arma
naval, como el que enfrentó por
la soberanía del reino de Nápoles a
Renato de Anjou y Alfonso V de
Aragón.
Un cambio sustancial en su vida
le vendría dado por el azar. El 13 de
agosto de 1476, la nave en la que
estaba embarcado naufragó cerca del
cabo de San Vicente. Colón se
pudo salvar y llegó a la costa portuguesa.
Como recuerda su biógrafa Nancy
Levinson, «cuando el barco se hundía
Colón se las arregló para
escapar. Con la ayuda de un remo pudo nadar
casi diez kilómetros hasta la
costa». La fortuna le había llevado hasta
el país que en aquel entonces era
el paraíso de los navegantes. En
palabras del catedrático de
Geografía Robert Fuson, «los portugueses
disponían de los mejores
marineros, de los mejores navegantes, estaban
haciendo más navegaciones que
nadie en aquel entonces, durante las
décadas de 1470 y 1480». De
hecho, tras el naufragio llegó a Lagos, en
el Algarbe, que era uno de los
centros marineros más activos desde donde
partían las expediciones
portuguesas hacia la costa atlántica africana.
Fascinado muy posiblemente por el
ambiente que encontró en el reino
lusitano, decidió marchar a
Lisboa, donde rehízo su vida. En los años
posteriores navegaría hacia los
países europeos del Atlántico norte y,
sobre todo, realizaría frecuentes
viajes a Madeira, Azores y Canarias.
También contrajo matrimonio con
la portuguesa Felipa Perestrello Moniz,
con quien tendría en 1480 a su
hijo primogénito Diego.
Pero el aspecto más sobresaliente
de estos años fue la maduración del
proyecto de navegar hacia
Occidente para abrir una nueva ruta marítima
hacia las lejanas tierras de
Catay y Cipango, nombres que entonces
recibían China y Japón. Fueron
años en los que con una decisión
inusitada se lanzó al estudio de
los conocimientos que podían hacer
realidad su proyecto. Como señala
Nancy Levinson, «con las historias de
Marco Polo y los sueños que
estaba tejiendo en su cabeza comenzó a
buscar más escritos de
cosmógrafos y geógrafos antiguos». Efectivamente,
los relatos bajomedievales de
viajes a Oriente captaban vivamente la
imaginación de todos los
navegantes que en el siglo XV se enrolaban en
las muy arriesgadas aventuras
descubridoras. Además se enfrascó en el
estudio de las obras que en ese
momento centraban el debate sobre la
forma y dimensión de la Tierra.
Hacía ya mucho tiempo que la
recuperación de los textos de la
Antigüedad clásica sobre geografía
habían asentado definitivamente
que la Tierra era esférica (uno de los
autores que había enunciado ese
principio fue, entre otros,
Aristóteles). Como apunta Robert
Fuson, «el mundo era redondo para
cualquiera que supiese un poco de
geografía». Pero el debate en aquel
momento se centraba en el tamaño
de la circunferencia terrestre, puesto
que hasta aquel entonces se
consideraba que un viaje hacia Occidente no
era posible debido a las
dimensiones del globo terráqueo. Colón tuvo
acceso a una obra fundamental del
momento, la correspondencia y el mapa
que el cosmógrafo florentino
Toscanelli había enviado al rey Juan II de
Portugal en 1474, así como a
obras importantes de Eneas Silvio
Piccolomini y Pierre d’Ailly. Lo
más destacado de esta actividad fue
que, como destaca Fuson, Colón
«pensaba que la Tierra era un veinte por
ciento más pequeña de lo que era
en realidad, por lo que tenía una idea
equivocada e incluso disparatada;
si hubiese estado en lo cierto, nadie
habría ido con él ni podría haber
conseguido lo que hizo». En varios
viajes que emprendió a Guinea
pudo realizar comprobaciones que
confirmaban su teoría. La
conclusión era, como indica Geoffrey Simcox,
profesor de Historia de la
Universidad de California-Los Ángeles, que
«el cálculo era que sólo había un
océano que separase Europa de China
sin que existiese un continente
entre medias. Nadie sabía que hubiese
una masa de tierra de por medio».
Pero ¿cómo fue posible que un
navegante de formación básicamente
práctica, por mucha experiencia
que tuviese, decidiese investigar sobre
uno de los debates científicos
más complejos de su tiempo? A los
historiadores siempre les ha
llamado la atención la decisión colombina a
la hora de acometer su proyecto,
que en sus inicios era una quimera. A
mediados del siglo XX, el
historiador español Juan Manzano lanzó una
teoría, sin base documental que
la confirmase, que podría explicar la
decisión y el acierto milagroso
de Colón a la hora de trazar su
proyecto. Manzano defendía que
muy posiblemente, en alguno de los
numerosos viajes que Colón
realizó a Madeira o a las Azores, habría
conocido a algún marinero que
habría alcanzado tierra hacia Occidente
antes que él y que, por motivos
desconocidos, no pudo dar a conocer su
descubrimiento o desarrollarlo en
posteriores viajes. Quizá se tratase
de algún marino portugués que al
regresar de un viaje desde Guinea se
hubiese visto empujado hasta las
Antillas por una tormenta. El caso es
que el conocimiento de esta
información a priori encajaría bien con la
trayectoria de Colón en Portugal
y con su determinación para hacer
demostrable un proyecto del que
repentinamente se mostraba convencido.
Los historiadores llaman a esta
conjetura «teoría del protonauta
anónimo» o «del predescubrimiento
de América». Fuera como fuese, Colón
creía tener un proyecto que podía
defender con solidez y estaba
dispuesto a luchar por él para
lograr financiación y apoyo oficial.
Ambas cosas sólo podía
encontrarlas en un sitio, la corte.
Castilla: de Córdoba a Palos
Los cosmógrafos y geógrafos de la
corte de Juan II de Portugal ya habían
rechazado la información aportada
por Toscanelli, y cuando Colón les
presentó su proyecto entre 1483 y
1484, no tuvo mejor suerte. El rechazo
del proyecto no le desanimó, y
optó por probar fortuna en otro sitio.
Decidió cruzar la frontera y
llegó a Castilla en los primeros meses de
1485, poco después de que muriera
su esposa. Le costaría un año entero
lograr una audiencia con los
Reyes Católicos para exponerles su plan. El
encuentro se produjo el 20 de
enero de 1486 en Córdoba y el resultado
fue la convocatoria regia de una
junta de expertos para que dictaminasen
sobre el proyecto. Se convocó a
astrónomos, geógrafos, cosmógrafos,
letrados y navegantes, que no
dudaron en rechazar las propuestas del
genovés. En palabras de Robert
Fuson, «a los cosmógrafos y geógrafos
reales les transmitió su teoría
sobre el tamaño de la Tierra, y afirmó
que la idea que tenían basada en
las mediciones que se habían hecho
durante años era incorrecta; se
equivocaban en un veinte por ciento,
eran treinta mil kilómetros y no
cuarenta mil. Evidentemente no les
convenció y desaprobaron su plan,
estaba equivocado». Pese al revés
Colón decidió no darse por
vencido e insistir. Pasó los años 1487 y 1488
entre Córdoba y Sevilla,
sobreviviendo a base de comerciar con libros
impresos y dibujando mapas para
navegantes. En estos años de soledad y
angustia inició su relación con
Beatriz Enríquez de Arana, mujer humilde
con la que nunca se casaría y que
daría a luz a su hijo Hernando el 15
de agosto de 1488.
En estos momentos de dudas y
soledad sólo encontró apoyo en algunos
sectores del clero. Fueron el
franciscano Antonio de Marchena, el
dominico Diego de Deza —maestro
del príncipe don Juan, hijo de los
reyes)— y el franciscano de La
Rábida Juan Pérez, quien jugó un papel
decisivo. Parece que Colón
exploró la posibilidad de probar fortuna en
otros reinos y con tal objeto
envió a su hermano Bartolomé, con quien
siempre estuvo muy unido, a
ofrecerlo a las cortes de Francia e
Inglaterra, donde no cosechó
ningún éxito. Pese a ello, fray Juan Pérez
acogió a Colón en La Rábida en
1491 y 1492, y movilizó los recursos
necesarios para que los reyes
reconsiderasen la propuesta. Parece que
algunos cortesanos de peso
apoyaron también la iniciativa, como Luis de
Santángel, Juan Cabrero o Gabriel
Sánchez, todos de origen aragonés.
Quizá la intercesión de éstos
fuese la que inclinaría el ánimo del rey
Fernando, que, contra lo que se
suele afirmar, fue quien más apoyó a
Colón de los dos regentes. La
imagen de la reina Isabel entregando sus
alhajas personales para financiar
el primera viaje a América fue un
falso cliché que acuñó el
romanticismo decimonónico, más interesado en
resaltar los tintes
melodramáticos de la historia que en hacer justicia
a la verdad.
¿Cuál fue la razón última para
que los reyes apostasen por Colón
ignorando el dictamen que había
pronunciado la junta de expertos por
ellos mismos convocada? Como
apunta el profesor Simcox, Colón «ofreció
una forma de alcanzar a la
potencia vecina rival, los portugueses. Éstos
estaban realizando todos los
descubrimientos y comenzaban a experimentar
los beneficios que podían
reportar, adquiriendo un imperio y riqueza,
algo que no estaba haciendo
España». Finalmente, Colón fue llamado al
cuartel de los reyes en Santa Fe,
en el Reino de Granada, durante los
últimos días de la campaña de
reconquista del último reino musulmán que
quedaba en la península Ibérica.
Se le comunicó la resolución real de
apoyar su proyecto, y entonces
comenzó una negociación entre el
navegante y la Corona sobre las
condiciones de la empresa. Tras llegar a
un acuerdo, los representantes de
ambas partes, el secretario aragonés
Juan de Coloma representando a
los reyes y fray Juan Pérez a Colón,
ambos firmaron el acuerdo el 17
de abril de 1492. Eran las llamadas
Capitulaciones de Santa Fe. Se
trataba de un contrato que regulaba las
relaciones entre ambas partes.
Colón aceptaba tomar posesión de los
territorios que descubriese en
nombre de los reyes y éstos le otorgaban
a cambio el título de «almirante
del mar océano» (con prerrogativas
similares al ya existente de
«almirante mayor de Castilla»), los oficios
de virrey y gobernador de los
territorios descubiertos y la décima parte
de todas las ganancias que
arrojase la empresa. El 12 de mayo abandonaba
Granada rumbo a la villa onubense
de Palos para preparar la flota con la
que se haría a la mar.
No fue tarea fácil. La Corona
aportó algo más de la mitad del
presupuesto total de la
expedición, unos dos millones de maravedíes, y
el resto se repartió entre la
villa de Palos y el propio Colón. Se
ignora de dónde sacó éste su
parte. Además, los reyes ordenaron a las
poblaciones costeras de la zona
poner a su disposición tres carabelas.
Finalmente la villa de Palos se
encargaría de aportar dos, la Pinta y la
Niña, como contribución
extraordinaria por una deuda pendiente con la
Corona. La tercera nave no fue
una carabela, sino una nao, llamada Santa
María, que fue aportada por su
propietario, el marino y cartógrafo Juan
de la Cosa, vecino de El Puerto
de Santa María. Reclutar a la
tripulación fue casi una misión
imposible. Tras un mes de peregrinación
por los pueblos de la zona para
enrolar a los marineros, Colón sólo
había logrado que se apuntasen
cuatro convictos condenados a muerte,
pues era potestad tradicional de
los almirantes de Castilla sacar de
prisión a los reos que quisiesen
participar en una flota. La suerte
cambió cuando uno de los marinos
más respetados del paraje, Martín
Alonso Pinzón, entró en contacto
con él a través de los monjes de La
Rábida. Entusiasmado con la
empresa, logró que sus parientes y próximos
se alistasen, el propio Martín
ejercería de capitán de la Pinta, su
hermano Vicente Yáñez Pinzón
haría lo propio en la Niña y Colón
capitanearía la Santa María. Al
amanecer del 3 de agosto de 1492 las
tres embarcaciones se hacían a la
mar en la que acabaría siendo la
navegación más trascendental de
la Historia.
El primer viaje
Inicialmente, pese a lo
arriesgado de la aventura, los ánimos
permanecieron altos. El primer
destino eran las islas Canarias, donde se
realizarían los últimos
preparativos antes de poner rumbo a lo
desconocido. Las incomodidades a
bordo eran importantes. Como recuerda
Nancy Levinson, las naves «eran
extraordinariamente pequeñas, es
increíble que cuarenta hombres
pudiesen arreglárselas a bordo de la
Santa María . No podían dormir
todos al mismo tiempo y tenían que
turnarse para ello». Durante
aquellas primeras jornadas experimentaron
también algún contratiempo
técnico, como la rotura del timón de la
Pinta, que se pudo solventar en
la primera escala. El 8 de septiembre
zarparon los tres navíos con
rumbo oeste manteniendo todo lo posible la
latitud del paralelo de Canarias.
Desde el comienzo Colón demostró que
era un marino excepcionalmente
dotado. Tras años de navegación en el
Atlántico norte, demostró haber
entendido que este océano estaba
dominado por unos vientos que le
favorecerían en su empresa, los
Alisios. En palabras de Geoffrey
Simcox, «se había dado cuenta de que
había un sistema de vientos
circular en el Atlántico que le podía llevar
hacia Occidente y después de
vuelta hacia Europa. Así que lo que hizo
fue fundamentalmente seguir ese
sistema circular de navegación. Que
pudiese seguirlo y aprovecharse
de él fue una obra maestra de la
navegación».
Como medida de precaución, antes
de partir de Canarias había advertido a
los otros dos capitanes de que no
esperaba llegar a su objetivo,
Cipango, hasta pasadas las
setecientas cincuenta leguas de Canarias.
Como medida adicional, durante el
viaje llevó dos contabilidades sobre
la distancia: una oficial, que
disminuía para no inquietar de más a la
marinería, y una secreta, en la
que dejaba constancia de los cálculos
que consideraba reales. Pero
según pasaban las semanas la inquietud iba
haciendo mella, y el día 1 de
octubre la preocupación del almirante era
evidente. El día 6 la alarma ya
era general y se reunieron los tres
capitanes. Martín Alonso Pinzón
propuso cambiar el rumbo a sudoeste
cuarta oeste, Colón se negó en
redondo. La noche del 6 al 7 se produjo
el primer intento de motín entre
los marineros de la Santa María. Su
capitán logró calmar los ánimos
pero por contrapartida se vio obligado a
aceptar el cambio de rumbo
propuesto por Pinzón. En la noche de 9 al 10
el malestar era generalizado y
los hermanos Pinzón plantearon un
ultimátum al almirante: si en los
días siguientes no hallaban tierra
darían la vuelta.
No hizo falta agotar el
ultimátum. La noche del 11 al 12 de octubre de
1492, sobre las dos de la
madrugada, uno de los avistadores de la Pinta,
Juan Rodríguez Bermejo, apodado
Rodrigo de Triana, avistó tierra. Se
decidió dejar la flota quieta hasta
el amanecer. Nancy señala que «la
noche anterior al desembarco hubo
una espera de tres horas, entre las
dos y las cinco de la madrugada,
cuando comenzaba a clarear. Fueron
horas trascendentales en las que
los marineros cayeron de rodillas y
lloraron de alivio y alegría». A
la mañana siguiente se aproximaron a la
isla que habían avistado la noche
anterior, Colón desembarcó y tomó
posesión de ella en nombre de los
Reyes Católicos. Se trataba de una de
las islas Bahamas (no ha podido
identificarse con exactitud) y le puso
el nombre de San Salvador, aunque
los indios la llamaban Guanahaní. El
impacto en el almirante fue
doble. Por un lado, dejó constancia de lo
agradable y exuberante de la
naturaleza que iba encontrando a su paso;
por otro, comenzaron los primeros
encuentros con los indígenas de
aquellas islas. El primer
encuentro entre europeos y americanos debió de
ser indescriptible. Nancy
Levinson apunta la reacción del almirante:
«Estaba asombrado y atónito de
encontrar a gente “desnuda como su madre
los parió”, que fue lo que anotó,
ya que él esperaba gente vestida con
bellos y ricos ropajes en
edificios de oro relucientes bajo el sol». Los
indígenas, según Robert Fuson,
«lo primero que debieron de pensar fue
que [los europeos] llegaban
directamente del cielo, inmortales que
bajaban del Olimpo o algo
similar. Posiblemente vieron a los españoles
como algo sobrenatural, como si
se tratase de un OVNI aterrizando, con
un asombro total».
Colón estaba convencido de que
había dado con la evidencia que probaba
que su proyecto estaba en lo
cierto. Como apunta Geoffrey Simcox,
«cuando Colón vio tierra y
desembarcó por primera vez probablemente
pensó que estaba en un
archipiélago en la costa oriental de China. Desde
el principio pensó que estaba en
Asia y que las tierras del emperador de
China se encontraban tras el
horizonte o justo detrás del próximo grupo
de islas». Ésta es la razón por
la que navegó a toda prisa por las
Bahamas en busca de algún indicio
de tierra continental. El 28 de
octubre llegó a Cuba, isla que
bautizó con el nombre de Juana en honor
al príncipe don Juan, heredero de
Isabel y Fernando. El 6 de diciembre
divisó la isla de Santo Domingo,
que bautizó con el nombre de La
Española y procedió a reconocer
sus costas. Durante este proceso, el 24
de diciembre, la Santa María
encalló, aunque logró salvar su cargamento
gracias a los indígenas dirigidos
por el cacique Guacanagarí. Tomando
dicho acontecimiento como una
señal divina, Colón decidió fundar allí el
primer destacamento de españoles,
al que puso por nombre Fuerte de la
Navidad, donde dejó a treinta y
nueve hombres con víveres para más de un
año. Continuó la exploración de
La Española por un tiempo pero ordenó el
regreso a España el 16 de enero
de 1493.
Con la misma naturalidad que
había mostrado para fijar el rumbo a la
ida, ahora no tuvo problema para
decidir que se siguiese la dirección
nordeste cuarta este hasta
alcanzar el paralelo de las Azores, virando
entonces hacia el este. El 15 de
febrero, tras una espantosa tormenta,
llegaron al archipiélago
portugués, y el 4 de marzo avistaban el
estuario del Tajo. Ante la
imposibilidad de que los barcos continuasen
la travesía, la Niña atracaba en
Lisboa (por problemas durante una
tormenta, la Pinta, mandada por
Martín Alonso Pinzón, llegaría a Bayona,
Galicia). Apenas ocho meses
después de su salida de Palos, Colón había
regresado para contarlo. Se podía
llegar a Asia navegando hacia Occidente.
SIC TRANSIT GLORIA MUNDI
(«ASÍ PASA LA GLORIA DEL MUNDO»)
El regreso de Colón a la
Península tras su aventura ultramarina produjo
un impacto mayúsculo. Primero de
todo en la propia corte portuguesa, que
todavía no había logrado llegar a
Asia oriental circunnavegando África,
lo cual no sucedería hasta la
llegada de Vasco da Gama a Calicut en
1498. A solicitud del rey, Colón
se entrevistó con Juan II, deseoso de
conocer adónde había llegado
realmente el genovés. Diez días después de
su llegada a Lisboa zarpó rumbo
al sur, con destino a Palos, donde el
recibimiento fue triunfal, y un
mes más tarde acudió a Barcelona a
informar en persona a los Reyes
Católicos. La preocupación inmediata de
los monarcas fue asegurar que los
descubrimientos hechos y los que se
pudiesen llegar a hacer en las
«Indias Occidentales» fuesen para
Castilla en exclusiva. La
rivalidad con Portugal llegó en ese momento a
su mayor grado de tensión. Por
este motivo, Isabel y Fernando lograron
primero que el papa Alejandro VI
dictase cuatro bulas favorables a sus
pretensiones y, tras una larga
negociación con Portugal, después los
monarcas llegaron a un acuerdo
con el Tratado de Tordesillas (1494), por
el que se repartían los
territorios por descubrir de forma amistosa,
trazando una divisoria imaginaria
de las áreas de influencia de ambos
países a trescientas setenta
leguas al oeste del archipiélago portugués
de Cabo Verde.
Sin embargo, el efecto más
inmediato de los informes que presentó Colón
a los reyes fue el de decidir una
nueva expedición que zarpase en el
menor plazo posible. Como señala
Robert Fuson, los reyes «se quedaron lo
suficientemente impresionados
como para ordenar un segundo viaje, que
debería ser realmente magnífico:
diecisiete naves y entre mil doscientas
y mil quinientas personas. La
idea de Colón era la de establecer una
colonia: llevar colonos, plantas
y animales. Llevó caballos y cerdos
consigo». Pero se han señalado
también otras posibles motivaciones de
este segundo viaje colombino,
como el de dotar de un contingente armado
a esas tierras frente a posibles
hostilidades portuguesas, construir
puntos fortificados y
asentamientos, y el de comprobar cómo la flora y
fauna doméstica europea se podía
adaptar a los nuevos territorios.
La partida esta vez fue desde
Cádiz, el 25 de septiembre de 1493, apenas
seis meses después de su regreso.
El itinerario fue similar al del viaje
anterior, primero Canarias y
después cruzar el Atlántico aprovechando
los vientos alisios. El viaje
sólo duró veintiún días. La llegada al
Caribe se produjo en un punto más
al sur que el primer desembarco. Las
primeras islas en ser divisadas
fueron las Antillas Menores, Dominica,
Guadalupe y otras más pequeñas,
hasta que descubrió una gran isla que
los nativos llamaban Borinquén
(actual Puerto Rico) y de allí puso rumbo
a La Española. El paisaje que
encontró fue desolador. Los indios taínos
habían acabado con todo el
contingente español en el Fuerte de la
Navidad, a causa de los abusos
cometidos en ausencia de Colón. El
almirante optó por no castigar a
nadie y, un poco más al este, fundó la
villa de La Isabela, primer
asentamiento español en el Nuevo Mundo.
Decidió explorar el interior de
la isla en un intento de encontrar oro y
las tierras asiáticas que seguía
buscando y, ante el fracaso, se embarcó
de nuevo para continuar la labor
de exploración. Descubrió Jamaica (a la
que llamó Santiago) y exploró
Cuba. Tan convencido estaba de que era
Catay, que incluso lo hizo
certificar por el escribano de La Isabela y
firmar por todos sus acompañantes
con el compromiso de no desdecirse so
pena de una multa y de cortarles
la lengua. Como en sus años de espera
tras la corte de los Reyes
Católicos, Colón seguía demostrando su
tozudez y obstinación, que
llegaban a extremos insospechados cuando
tenían que ver con su proyecto
descubridor.
De regreso a La Isabela se
reencontró con su hermano Bartolomé y tuvo
noticia de las primeras
defecciones de españoles indignados con la
gestión del almirante al frente
de los territorios de América. En
opinión del profesor Simcox,
«Colón era un excelente navegante y un
marino brillante, pero no era un
buen administrador y no supo cómo
manejar a esa gran cantidad de
rudos colonos que habían llegado a las
Indias Occidentales». El problema
es que las expectativas de éstos se
estaban viendo defraudadas por lo
que encontraban en aquellas islas, y
la actitud autoritaria del
almirante no parecía ser lo más apropiado
para apaciguar los ánimos y
concertar voluntades en esos delicados
momentos. Haciendo caso omiso,
Colón zarpó a la búsqueda del continente,
y aunque su descubrimiento
oficial tuvo lugar en 1498, parece que entre
finales de 1494 y comienzos de
1495 Colón tenía ya la certeza de haber
encontrado tierra firme,
información que no haría llegar a los reyes.
Antes de zarpar de regreso a España
le llegaron también rumores de las
protestas de los nativos por el
maltrato y la esclavización a los que se
veían sometidos por los
españoles. Sobre este proceder puntualiza Simcox
que «Colón era un hombre de su
tiempo, al igual que los colonos, que
estaban allí para enriquecerse.
Durante la Edad Media hubo un
floreciente mercado de esclavos,
la esclavitud era algo habitual de la
sociedad europea. Por tanto no
era en absoluto extraordinario para Colón
y los colonos recurrir a ella»,
pese a que con ello cometiesen una
flagrante injusticia para con los
pobladores de un continente que había
permanecido al margen de esa
Europa durante siglos. El 20 de abril de
1496 ponía rumbo de regreso a
Europa con dos carabelas, que llegarían a
Cádiz en junio. En el otoño se
trasladó a Burgos para informar a los
reyes de los asuntos indianos.
Pero el momento de gloria de Colón había
pasado y ya nunca gozaría de la
reputación que adquirió al regreso de su
primer viaje.
Los últimos años del almirante
del mar océano
Pese a las quejas que llegaban ya
a la Península de la mala
administración y los desmanes por
parte de Colón y su familia en los
territorios descubiertos, los
reyes acogieron al almirante con
generosidad, confirmándole sus
privilegios y honores. La primavera
siguiente tomaron las primeras
disposiciones para un tercer viaje que,
sin embargo, se retrasó más de un
año en su ejecución. La nueva
expedición estuvo compuesta por
ocho navíos y salió de Sanlúcar de
Barrameda el 30 de mayo de 1498.
Durante el viaje Colón sufrió un primer
ataque de gota, la enfermedad que
tanto le haría padecer en años
sucesivos. El punto de llegada
fue distinto respecto a los viajes
anteriores. Los barcos llegaron a
la isla de Trinidad y exploraron la
desembocadura del Orinoco, en la
actual Venezuela. El inmenso río y el
paisaje, fauna y flora que
contempló en sus orillas le causaron una gran
impresión, por lo que no dudó en
situar allí el Paraíso terrenal.
Decidió entonces dirigirse a La
Española, donde el destacamento español
había cambiado de ubicación.
Siguiendo las órdenes de Bartolomé Colón se
habían trasladado a una población
de nueva creación, Santo Domingo; por
entonces los colonos se hallaban
divididos entre partidarios y
detractores de los Colón. La
llegada del almirante tendría que haber
servido para apaciguar los
ánimos, pero no fue posible y las divisiones
se acentuaron. El 21 de mayo los
Reyes Católicos firmaron el
nombramiento de Francisco de
Bobadilla como sucesor de Colón al frente
de la administración española en
los territorios recién descubiertos.
Era un golpe en toda regla a la
acción de Colón justo en el momento en
que anunciaba a los reyes el
hallazgo de Tierra Firme al sur. El 23 de
agosto hacía su entrada Bobadilla
en Santo Domingo y, pese a su
indulgencia inicial, no pudo
reprimir las críticas de los partidarios de
Colón, por lo que ordenó la
prisión de los hermanos Colón y su posterior
regreso a España. El profesor
Simcox describe así el retorno de Colón a
Europa: «Fue enviado de vuelta
como un caído en desgracia. Una vez que
estuvo a bordo del barco camino
de España, el capitán le ofreció
quitarle las cadenas ya que allí
no hacían falta. Colón se negó, las
llevó como un símbolo casi de
martirio, como algo que dramatizaba su caso».
De regreso en España fue
presentado ante los reyes el 16 de diciembre de
1500, y rápidamente fue liberado.
Además, los monarcas quisieron
restituirle algunos derechos
económicos. Permaneció durante largos meses
junto a la corte en Granada, esperando
recibir un trato favorable para
su caso. Por fin los reyes
decidieron organizar un cuarto viaje
comandado por Colón, aunque él se
sentía viejo y desbordado por el
encargo, cuyo objetivo era hallar
el camino directo de las fuentes de
las especias y descubrir si
existía algún estrecho que permitiese
facilitar la exploración. Colón
aceptó a disgusto, aunque aquello
encajase con la composición de
lugar que se había hecho sobre los
territorios descubiertos. En
opinión de Robert Fuson, «en su mente veía
Sudamérica como un continente,
sin duda, pero como una parte meridional
de Asia. Centroamérica sería la
península Malaya, y si podía rodearla
llegaría hasta el océano Índico».
Un estrecho en Centroamérica
facilitaría enormemente la labor
y permitiría a Castilla una ventaja
indudable en la navegación hacia
Extremo Oriente. Zarpó de Cádiz el 11
de mayo de 1502 con cuatro navíos
y una tripulación de ciento cincuenta
hombres. Llegó al otro lado del
Atlántico el 15 de junio, y enseguida se
centró en su tarea de explorar la
costa continental, pero fue un
completo desastre. Como señala el
profesor Fuson, «el intento de navegar
a tierra firme fue un fracaso, no
logró instalar el primer asentamiento,
tuvo problemas con los indios,
tuvo problemas con las tormentas, los
barcos se estaban pudriendo… tuvo
toda clase de problemas». No obstante,
dos episodios demostraron que
todavía tenía talento de navegante y alma
de aventurero. A su llegada a La
Española, antes de partir hacia
Centroamérica, fue capaz de
predecir que se avecinaba un huracán y
aconsejó que no saliese la flota
que escoltaría al ya ex gobernador
Bobadilla a España. Su consejo
fue ignorado, con el resultado de más de
quinientos tripulantes muertos y
toda la flota perdida. Por otra parte,
y ya de regreso a La Española
desde Tierra Firme, sus naves encallaron
en Jamaica debido a su mal
estado. Allí tuvo que esperar más de un año a
que enviasen un barco de rescate,
durante el cual tuvo todo tipo de
problemas con los indígenas.
Parece que la predicción de un eclipse
lunar sirvió a Colón para
amedrentar a los nativos y mantener el nivel
de tensión con ellos en niveles
aceptables. Por fin puso tasa a tantos
sinsabores. El 12 de septiembre
de 1504 abandonaba Santo Domingo rumbo a
España, y ya no volvería a ver
nunca más el Nuevo Mundo que había
descubierto.
Llegó a Sanlúcar de Barrameda el
12 de septiembre e intentó desde
entonces servirse de las
influencias para conseguir que la corte le
reconociese los derechos que
seguía reclamando sobre sus
descubrimientos. Pero para
entonces ya estaba muy enfermo y
decepcionado. Como recuerda
Geoffrey Simcox, «en sus últimos años, Colón
estaba amargado, desilusionado,
decepcionado. Sentía que la corona
española no le había tratado como
se merecía». El 20 de mayo de 1506, a
los cincuenta y cinco años de
edad, fallecía en Valladolid el que fue
muy probablemente el mejor marino
de la Historia, el almirante del mar
océano. En sus escritos dejó
constancia de que se sentía poseedor de una
misión divina que le había movido
a realizar la navegación hacia
Occidente. En opinión de Robert
Fuson, Colón «estaba obsesionado y se
creía que era la Divina
Providencia la que actuaba y la que le había
escogido. Se veía como un
instrumento de Dios, actuando bajo la corona
española para desempeñar su
misión».
Nunca llegó a ser consciente de
que había revelado al mundo un tesoro
fabuloso, todo un continente
lleno de secretos por descubrir. Poco
después de su muerte, la
generación de navegantes que tomó el relevo
demostraría la verdadera
dimensión de lo que se había encontrado y
entonces, como había sucedido en
el siglo anterior, la forma de entender
el mundo y las gentes que en él
habitaban cambió definitivamente ante
una nueva realidad que demostraba
a Europa, Asia y África que no estaban
solas en el planeta. Gracias a
Cristóbal Colón el mundo fue desde
entonces un poco más pequeño y la
humanidad, un poco más grande.