ALFREDO EN CAMA
Benjamín Labatut
El infinito es la
realidad de las
cosas menos el límite.
PIERRE JANET
Esto va a terminar muy
mal.
Anoche me despertaron los
temblores. Hasta la cama se sacudía. Si siguen así no van a quedar más que
ruinas en este país, iglesias convertidas en escombros, como los restos del
Imperio romano o la Acrópolis griega. Qué importa, si nunca vamos a superar a
los griegos. Yo lo sé, los he estudiado a fondo. Me dicen que trate de no
pensar en ellos, que me hacen mal, pero qué me van a hacer si ellos están
muertos y yo estoy vivo. Ya no creo en fantasmas. Mi padre, por ejemplo, se
aparece en esta pieza de vez en cuando y trata de conversar conmigo. Después de
un rato se va. ¿Dónde? No tengo la menor idea, hace mucho que no se puede
confiar en él.
Hace frío. Me tengo que
cortar las uñas, tengo que levantarme de la cama y tengo que ensayar, pero no
puedo encontrar el saxo. Meses que no lo veo. Meses o días, es uno de esos dos,
porque si fueran años me daría cuenta, incluso yo, que ya no sé distinguir bien
las cosas, sabría si fueran años. Tan loco no estoy. Tal vez cuando era niño,
pero ahí no cuenta, todos los niños están locos. Cuando era chico, aquí en este
mismo cerro, jugábamos a amarrarnos patines a los pies y tirarnos por la calle
para abajo. Eso sí era una locura, no había cómo frenar, o llegabas hasta abajo
o te desconchabas en el camino. Un adulto jamás haría una cosa así, jamás se
expondría, pero con los niños es diferente, pura capacidad de recuperación,
como las lagartijas, como las estrellas de mar. Entonces el mar todavía estaba
vivo, una cosa alucinante, no se podía caminar por las pulgas que se escondían
debajo de la arena, podías sacar almejas y caracoles directo de la playa, y la
espuma del mar parecía el semen de una orgía. A mí me daba un poco de asco
tanto bicho dando vueltas. No me metía al mar si no era de la mano de mi padre.
Salíamos a caminar por la playa a ver quién encontraba la estrella de mar o el
poto más grande. Poto le decíamos a un tipo de anémona que crece en las costas
chilenas: phymactis papillosus o anthotoe chilensis, depende del poto. En esa
época, en la década del cincuenta, estaban en todas partes, pegados a las rocas
como un chicle gigante, amarillos, rojos y verdes, había de todos los colores.
Si uno les hundía un dedo al medio, hacían un sonido parecido a un pedo, de ahí
les venía el nombre. Porque poto en chileno significa culo, o raja, o cola,
como aprendí a decirle en Argentina, cuando tocaba con todas las bandas de
Buenos Aires. Y eso que en Chile, cola les decimos a los maricones. Maricón en
francés es enculé, aunque ahora el francés se me ha olvidado por completo, como
si no hubiera pasado diez años en París. Cuando lo hablaba me sentía un tipo
cosmopolita, en vez de un flaco nacido en el puerto. Le chilien du saxophone,
me decían en Francia, pendejitos de veinte años que se acercaban después de las
tocatas, puros rucios aplaudiendo al flaquito del saxofón, ese que tiene cara
de mapuche, que toca con los ojos cerrados, de rodillas, como si estuviera
rezando. En París me ofrecieron un contrato discográfico; aunque yo no me di
cuenta, tengo que admitir que las cosas habían empezado a fallar. No tanto yo,
sino lo que me rodeaba, el escenario, por decirlo de una manera, empezó a
perder nitidez, como si me hubiera bajado la ceguera de mi vieja, o me hubieran
cambiado los ojos por la nariz. Eso sí habría sido una cagada, porque según mis
profesores yo tengo oído perfecto, puedo distinguir cualquier nota, cualquier
tono, con tal de escucharlo una vez, pero mi nariz no sirve. No huelo ni la
mierda de los perros. Aunque hoy eso puede ser una ventaja, porque con este
frío no hay posibilidad de bañarse, menos con el agua como sale del baño. Yo
así no me baño. Ni-ca-gan-do.
Un contrato, un contrato
me habría salvado la vida, aunque mis amigos dicen que cuando me lo ofrecieron
lo único que hice fue pedir que me compraran un trago, y que a medida que me
emborrachaba empecé a hablar de los griegos, de las vestales y de la muerte de
mi viejo. Murió cabalgando. No quiero decir que murió como un valiente, sino
que era jockey, jinete profesional. Eso es lo que más recuerdo de él, el olor a
caballo. Yo mucho más alto no soy, pero incluso de niño me daba cuenta de que
mi viejo era pequeñito. Enfermizo, además. Según mi vieja, murió durante una
carrera cuando yo tenía solo ocho años, por problemas de diabetes. Ahora sé que
es distinto, se mató como los japoneses. Lo sé porque al menos una vez al mes
entra a esta pieza y se sienta en una esquina, con el cuchillo clavado hasta el
mango, pero con una sonrisa en la cara, como si le estuvieran contando el mejor
chiste. Le pregunto qué es tan divertido, para que nos riamos juntos por lo
menos, pero ahí se pone a llorar, o se pone a gemir, que es mucho peor. Eso sí
me pone triste, verlo así. Lindo mi viejo, yo lo quiero todavía, pero cuando se
pone a llorar le pido que se vaya, y si al rato no desaparece sencillamente me
tapo la cabeza, o le doy la espalda. Entonces trato de imaginarlo arriba del
caballo, corriendo en el hipódromo de Viña del Mar, con ese traje blanco a
líneas rojas, que yo después de su muerte me puse más de una vez, a escondidas.
Parado frente al espejo, con mi caballo de palo entre las piernas, a una nariz
del puntero, como mi padre, el Flaco Cabezas, un jinete explosivo, de esos que
te dan vuelta una carrera en los últimos veinte metros.
Cuando se murió mi viejo,
mi madre se volvió a casar con un marino, un telegrafista que trabajaba en la
Escuela de Telecomunicaciones. También era un tipo pequeño, parece que así le
gustaban, bien flacos. Como yo también era así, la gente pensaba que era mi
padre verdadero, cosa que no me molestaba. Tenía un revólver, un 38. Una vez lo
asaltaron, y se lo dieron en el trabajo, no sé bien por qué, debe ser una cosa
de milicos. De mi padrastro se podría decir que heredé el oído, aunque no sé si
se pueden heredar cosas de alguien que no es tu sangre. Nos quedábamos toda la
noche despiertos descifrando mensajes en código que escribían sus compañeros,
con una radio que habíamos montado en una esquina de mi pieza, una Westinghouse
del tamaño de un refrigerador. Después, cuando nos fuimos a vivir a Buenos
Aires, yo usaba los mismos códigos con mis amigos de la banda para hacernos
señas en el escenario. Dejaba prendida la radio toda la noche, no me podía
dormir sin ese ruido de fondo, esos clics raros que parecen un idioma de
insectos. Ahí fue cuando me di cuenta de que tenía el oído diferente. Me
dedicaba a escuchar la estática. Hay una tremenda cantidad de información en
ese ruido. El otro día en la televisión vi a un físico decir que parte de esa
estática proviene del origen del Universo, una radiación que ha dejado atrás el
Big Bang. Si sintonizas un canal vacío, esos que solo muestran puntitos
(hormiguitas, como le dicen aquí), parte de esas hormigas, algunos de esos
puntos blancos o negros que atraviesan la pantalla, también son de ahí, restos
de una explosión de hace quince mil millones de años. ¿Cómo no va a ser lindo
eso? Quince mil millones, una cantidad enorme de tiempo, tres veces más que la
edad de la Tierra, aunque igual está lejos del infinito. Creo que de tanto
escuchar se me hizo un vacío en la cabeza. Tal vez de ahí me viene la música;
si no, no se me ocurre de dónde.
A los doce mi vieja me
regaló una armónica, mi primer instrumento, y con ella aprendí a imitarlo todo.
Las canciones de la radio, los pocos discos que tenía, incluso los ruidos de la
casa, las cañerías, la descarga del baño. Solo basta captar la dimensión en que
vibran. En el colegio de Valparaíso, por ejemplo, fui el único que aprobó
taquigrafía. Yo adivinaba las palabras por cómo sonaba la tiza contra la
pizarra, el ruido áspero de los círculos, las líneas largas, los golpes de los
puntos, las comas y los acentos, y levantaba la mano antes de que el profesor
terminara de escribir y él decía: ¡zas, ahí está Alfredo de nuevo! Todas las
abstracciones me gustan, pero con la música no empecé en serio hasta que nos
mudamos a Buenos Aires.
A mi padrastro le
ofrecieron entrenar a los miembros de la Armada argentina, y partimos a un
barrio cerca de San Isidro. Yo seguía tocando la armónica, y un vecino me
invitó a su banda. El director dijo que tenía que aprender clarinete. Un año
después ya estaba practicando polirritmia, escribiendo mis primeros arreglos,
metido a fondo en el mundo del jazz. Es que antes me gustaba la música barroca
y el jazz es como un barroco sincopado. Por cómo tocaba, y por lo pendejo que
era, empezaron a decir que era un genio. Nada que ver. Un genio es Bach, o
Parker, o Walt Disney, un genio inventó el saxofón. Yo soy un músico, alguien
que sabe tocar un instrumento. No hay que confundirse. Pero los rumores
empezaron a correr, y a los dieciséis estaba tocando en tantas bandas que tuve
que dejar el colegio. Mi madre lloró una semana, nunca me lo perdonó. Al
principio me iba a ver siempre, aunque seguía llorando, me llevaba el
instrumento cuando lo olvidaba en casa, me acostaba cuando llegaba demasiado
borracho después de un concierto. Al saxofón llegué de pura chiripa. Había
dejado el clarinete en casa y un amigo me pasó un saxo alto. Tuve que aprender
a tocarlo de pie en un pasillo, donde apenas cabía de lado, mientras terminaba
la banda anterior. Es muy parecido a un clarinete, solo hay que hacer algunas
transposiciones, pero tiene algo que enloquece. Yo me enamoré, aunque ahora me
arrepiento. Ahora, cuando ya es tarde, porque yo un año después de aprender el
saxo toqué el cielo. Me llamaron de La Porteña, el grupo de jazz tradicional
más importante del país, y probablemente el mejor de América Latina en esa
época. Yo era su solista estrella. Esa es la última etapa de mi vida que
recuerdo bien, hasta ahí se podría decir que era un tipo normal, demasiado
flaco tal vez, un poco raro para algunas cosas, pero normal. ¿Raro en qué? Me
gustaba dibujar manos, por ejemplo, no paraba de hablar de las vírgenes
vestales, de las Furias y las Gorgonas, pero creo que eso lo puede hacer
cualquiera. La fecha exacta en que las cosas empezaron a cambiar te la puedo
decir sin problemas: el 12 de enero de 1962, a eso de las once de la noche.
Estábamos arriba del
escenario. Faltaban tres compases para mi entrada cuando vi a un tipo sentado
entre el público. Un hombre vestido con sombrero, fumando una pipa, luego de
pie, luego sentado nuevamente en la mesa. Solo me miraba a mí, la banda no le interesaba,
pero esto es lo raro: lo hacía sin levantar la vista. Que alguien pueda hacer
eso ya es digno de atención. Como un ventrílocuo que proyecta la voz, aunque
este lo hacía con los ojos. Entonces la mirada te llega, pero no sabes bien de
dónde, y no puedes devolverla. Estás indefenso, dime si no es para cagarse de
susto. Aunque yo a ese huevón lo conocía de alguna parte, tenía algo familiar.
Parece que no fui el único que se dio cuenta, porque en ese minuto la banda
entera empezó a desafinar. Mentira, no desafinaron: tambalearon, igual que si
alguien hubiera sacudido el escenario, o lo hubiera disparado hacia el cielo,
una situación bastante insoportable, ridícula además, porque nadie decía nada,
seguíamos tocando de cabeza, cayendo por el aire, a punto de reventarnos contra
el suelo. Cuando terminamos, nos acercamos a la barra fingiendo que no había
pasado nada, muy machitos todos, como si no hubiéramos arriesgado la vida. Y ni
un rastro del tipo con sombrero.
Luego vinieron las giras.
Un viaje por el Amazonas hasta Iquitos, donde conocí a las mujeres más hermosas
que he visto en mi vida, mujeres con miradas tan sinceras que te hacían
temblar, y que a mí —que aún era virgen a los veinte años— me llenaban de terror.
Un puerto muy extraño Iquitos, absolutamente diferente a lo que yo conocía.
Almorzábamos en un restaurante que parecía sacado de una película gringa, con
manteles rosados y paredes amarillas, impecable, aunque a pocos metros
caminaban los vagabundos, y los cerdos se revolcaban en el barro. Las meseras
vestían trajes de dos piezas, con un sombrerito amarillo en la cabeza, finas
como agujas de coser. Se movían entre las mesas como si anduvieran en patines.
Te repasaban el cuerpo entero con la mirada, yo me sentía parte del menú.
Durante una semana me senté en el mismo lugar para todas mis comidas. La última
vez, al traerme la cuenta, la mesera preguntó qué iba a hacer esa noche. Le
dije que tocábamos en el hotel, que formaba parte de un conjunto argentino.
Ella sonrió y me dijo que no se refería a esa noche, sino a la noche verdadera,
que no empieza con la puesta de sol, sino mucho después, a eso de las tres o
cuatro de la mañana, cuando todos duermen salvo el cocodrilo y el jaguar. Pero
el mejor viaje que hice con La Porteña fue el último, un viaje del que aún no
he podido regresar.
El director de la banda
era un viejo militante comunista y fue él quien nos consiguió una gira por
Rusia. El avión en que viajábamos tuvo que hacer escala en Reikiavik en medio
del Círculo Polar Ártico, y no pudo volver a despegar en dos semanas, por una
tormenta que inundaba el espacio de blanco absoluto, sin sombras, sin matices.
Nos hospedaron en un hotel de lujo. No podíamos salir en todo el día, afuera la
temperatura bordeaba los cuarenta grados bajo cero. El lugar más extraño que vi
en mi vida, donde el sol se esconde durante seis meses al año, y luego brilla
sin parar durante la otra mitad. Ahí, en uno de esos días sin sol, conocí a la
persona que me iba a cambiar la vida, o al menos la que me encaminaría hasta el
punto en que me encuentro ahora, a esta cama de enfermo, a estos sueños diurnos
que empiezan y acaban en el mismo lugar. El gigante del piano cubano, Dionisio
Ramón Emilio Valdés Amaro, conocido en el mundo de la música simplemente como
Bebo.
Estaba sentado frente al
piano en el restaurante del hotel, y a pesar de sus dos metros de altura (y del
hermoso bolero que tocaba), nadie le prestaba la más mínima atención. ¿Qué
podía estar haciendo uno de los grandes pianistas de la historia de Cuba en
mitad de la nada? No tenía sentido, y sin embargo ahí estaba, un negro
gigantesco vestido de frac, con la mirada perdida, improvisando temas olvidados
de Antonio María Romeu. El mismo Bebo que había tocado con Nat King Cole en la
grabación de El bodeguero, que había dirigido el Tropicana durante su época de
gloria, cuando Rita Montaner se subía al escenario a calentar a los gringos con
su voz de terciopelo, una voz que se te hundía en el pecho y te agarraba los
testículos. Porque Rita no solo cantaba, me contaría después Bebo, sino que era
una pianista al estilo de Lecuona, además de bailadora y rumbera. Rita, que fue
la primera que grabó El manisero, una mujer educada pero muy negra de barrio,
le pidió a Bebo que fuera su arreglista cuando él tenía apenas veinticuatro
años. Así de grande había sido. Y para qué hablar de su tamaño físico. Incluso
sentado empequeñecía al instrumento, como si fuera un piano para niños, una
cosa que tenía que tocar con cuidado para no romperlo. Me contó que en Cuba le
decían Caballón, y que antes de dedicarse a la música había boxeado como
sparring. Le pagaban dos pesos cubanos por asalto. Era malo, me confesó, pero
sabía aguantar un round tras otro hasta ganar suficiente para llevarle a su
madre. Ella fue la que le compró su primer piano, gracias a un boleto de rifa,
una antigüedad llena de termitas que un día se deshizo en medio de la sala.
Cuando Bebo Valdés desapareció de Cuba, en abril de 1960, era uno de los
mejores músicos de todo el continente, compañero de Cachao y Orestes López, de
Bola de Nieve y Benny Moré. ¿Qué había sucedido? Lo que nos pasa a todos: se
había enamorado. Mientras estaba de gira por Reikiavik con los Cuban All Stars,
conoció a una acróbata de circo. El concierto de Bebo era dentro de un parque
de diversiones, en la misma carpa del circo, y durante la prueba de sonido vio
pasar a su futura mujer balanceándose arriba de un caballo. Él tenía cuarenta y
cinco y ella solo dieciocho, pero Bebo dejó atrás a su banda, su país, su mujer
cubana y a sus dos hijos, para desaparecer en el más profundo anonimato. No
volvería a grabar un disco en treinta años, dedicado a tocar con conjuntos
amateurs en bares suecos durante el verano, y en el hotel en la temporada de
invierno.
La luz —me dijo durante
nuestro primer encuentro— tiene que brillar en los ojos de los hombres. Aunque
en esas latitudes no era posible; el sol era tan débil que había días en que lo
podías mirar sin parpadear, como una segunda luna. Aunque eso a Bebo ya no le
importaba. Uno solo ve tres tonos de gris, me dijo, los demás colores son una
ilusión. Solo tres, uno más oscuro que el anterior. Desde ese momento en
adelante, no me despegué de él hasta que se despejó la tormenta, dos semanas
después, y partimos hacia París, ciudad que yo había resuelto convertir en mi
hogar, siguiendo los consejos de Bebo.
Déjalo todo, me dijo la
última vez que nos vimos; desaparece, y nunca te atrevas a mirar atrás. Le
respondí que estaba dispuesto, pero que no veía ninguna razón para no mirar el
pasado. Es una trampa, respondió; el pasado, al igual que el futuro, no existe:
son materia oscura. No siempre había sido así, aclaró, hubo un tiempo en que
ambos se podían tocar con las manos, como animales dormidos en un zoológico,
animales peligrosos, separados de los seres humanos por rejas, pero al alcance,
a pocos metros de distancia. Ya no. Las cosas habían
cambiado. Aquí se nota más que en
cualquier lugar del mundo, me dijo, apuntando hacia las ventanas tapadas de
nieve.
Lo primero que hice al
llegar a París fue perderme. La gente le tiene mucho miedo a eso, pero no es
tan malo. Cuando uno está perdido, todo lo demás está en su lugar, y es fácil
de encontrar. No se necesita mucho para ser músico, incluso en Francia: una medida
de fracaso y una medida de éxito, basta y sobra. El problema es que la gente no
busca el fracaso, creen que es cosa de esperarlo, como si fuera una
consecuencia del éxito. ¡Nada que ver! El fracaso es difícil, para fracasar hay
que ser un mono porfiado. Miren, por ejemplo, a los griegos. Tremendos para las
derrotas, excelentes para el fracaso, su historia es una sucesión de caídas,
cada vez más abajo, cada vez más profundo. Y como si eso no fuera suficiente,
inventaron la tragedia. Ahí la cagaron. Porque ya no basta con perder: tienes
que matar a tu padre, encamarte con tus hermanas, con tu propia madre. Eso sí
requiere huevos. Al lado de los griegos nosotros somos hormigas exitosas,
ordenadas, muy bien organizadas, construyendo un nido de barro sobre nuestros
logros, un triunfo encima del siguiente. Pero yo no, yo llegué a París buscando
otra cosa.
Recuerdo mi canción
favorita de esa época. Me la enseñó una mujer, más bien la tarareó, y la podría
tocar aunque me cortaran las manos. Gabriela Strata Hamilton, la conocí cuando
tocaba con la Pie de Poulles, siguiendo al Tour de France. Nos contrataron para
eso, a mí y a cuatro músicos más. Ensayábamos todo el día y tocábamos toda la
noche, siguiendo a los ciclistas del tour, ciudad por ciudad. Dormíamos
apretados en una sola pieza, practicábamos ahí mismo, en pijama. Fueron los
años más felices de mi vida. Aunque tal vez esté equivocado, porque uno
recuerda las cosas como quiere. Tal vez estos sean los mejores años de mi vida,
esta cama, esta pieza, este cerro en Valparaíso, esta ropa con hoyos. Aquí al
menos no tengo hambre. Porque en París pasé días sin comer. Pero no por falta
de dinero (aunque mucho no tenía), sino porque no tenía hambre, y cuando tenía
hambre me faltaban ganas. Ganas de comer. Vivía en una chambre de bonne, un
altillo en un enorme edificio de departamentos, en el que no cabía de pie. Casi
todos los artistas latinos y africanos vivíamos así, encorvados, pero era una
buena vida, y yo ahorraba casi todo mi sueldo para mandárselo a mi vieja. Un
día me agarró la nostalgia de los tangos y le escribí a mi hermana en Buenos
Aires, para que me mandara un disco de la orquesta de Julio Lecaros, la primera
en la que tocó Osvaldo Pugliese. Piazolla y Troilo también. El disco me llegó
con la noticia de que Pugliese estaba en la cárcel, por comunista. Fue un
golpe, como si hubieran metido preso a un hermano. Me dio tanta pena que se lo
regalé a la Gaby Hamilton, y a cambio ella me invitó a vivir a su casa, en las
colinas de París, cerca de los gitanos de Django Reinhardt. Igual que en
Argentina, al poco tiempo no me faltó trabajo, con la Gaby viajamos por toda
Europa, incluso conocimos África, Costa de Marfil, Senegal. A veces se me
acercaban francesitos después de los conciertos en el Hot Club, a pedirme
autógrafos, o que les diera clases, para enseñarles a tocar como yo. ¿Qué les
iba a enseñar, si ni yo sé cómo toco? Una vida linda en todo caso, conocí a Big
Joe Turner, a Bill Coleman (que tocaba con la Ella) y a Kenny Clark, el
pianista que reemplazó a Roach en el conjunto de Parker y Gillespie.
Apenas nos conocimos, la
Gaby se quiso casar, pero en Francia no podíamos por ley, así que viajamos al
peñón de Gibraltar, aprovechando que ella tenía pasaporte inglés. Fue ella la
que empezó a grabar todo lo que yo tocaba, no solo mis conciertos, sino también
los ensayos. Bastaba que me llevara el saxo a la boca para que sacara su
grabadora portátil. Juntó cientos de casetes, eran tantos que no teníamos dónde
guardarlos. Todavía tengo su grabadora en algún lugar de esta pieza. Al
principio no entendí por qué lo hacía, pero después me di cuenta. Mucho
después, cuando me quedé solo, sin instrumento, sin dinero siquiera para
echarme un trago contra el frío, entendí. Es que la música se acaba. Al menos
para mí, la música tuvo un principio y un fin. Ocurrió de un día para otro, sin
señales previas, al menos ninguna que yo pudiera ver. Tal vez la Gaby ya se
había dado cuenta, porque una noche volví a casa y ella ya no estaba. A la
mañana desperté y la música se había acabado. Solo había tres tonos de gris,
uno más oscuro que el anterior. Como no tenía opciones, me puse a caminar.
Se camina muy bien en
París. No tan bien como en Buenos Aires, pero bien de todas maneras. Puedes
caminar hasta que te salen ampollas, hasta que se rompen tus zapatos y la
ciudad no se acaba nunca; al contrario, parece que mientras más la caminaras,
más grande se hiciera, creciendo sin límites, como el Universo. Cuando topas
con una pared, te das cuentas de que son curvas, y aunque no te gusta lo único
que puedes hacer es dar vueltas. Traten de imaginarlo: una burbuja que se
expande, haciéndose cada vez más grande, más llena de espacio, en todas las
direcciones a la vez. Así es caminar por París. Pero el problema allá no es el
espacio, sino el clima: el frío del invierno, el calor del verano. Yo nunca
tuve tolerancia a las temperaturas extremas, por algo me crié en Chile. Una vez
caminé de Santiago a Valparaíso, aunque no estoy seguro dónde empezaba una
ciudad y terminaba la otra, y tampoco me detuve cuando llegué al puerto, sino
que seguí de largo. No es tan lejos como la gente cree. Las cosas nunca quedan
tan lejos, lo que sucede es que perdemos la escala por la velocidad a la que
nos movemos; los buses y los autos, los trenes y los aviones hacen que todo
parezca más lejos. En cambio, si caminas, te das cuenta de lo cerca que están
las cosas, apiladas unas encima de otras, y que todo ocurre al mismo tiempo.
Por supuesto, nos enseñan lo contrario. Nos enseñan que A lleva a B y luego a
C, pero es una mentira absurda, la verdad es ABC. Es cosa de revisar la propia
biografía: ¿cuándo te desenamoraste de tu mujer, cuándo perdiste la cabeza,
cuándo tocaste fondo? No, las cosas suceden todas de golpe, como en las
películas, como en una obra de teatro. De eso estaba hablando Bebo. El problema
es que me tomó años entenderlo, y solo ahora, que dicen que estoy loco, entiendo.
No crean que sirve de
mucho. Más bien no sirve de nada. Ver la realidad es igualito a estar loco,
pero un poco más sutil. No es como si de pronto apagaran todas las luces; más
bien se parece a que te cambiaran la mano derecha por la izquierda, durante la
noche, sin que te dieras cuenta. Te levantas y hay algo diferente, algo raro
está ocurriendo, pero no sabes bien qué es. Y nadie te cree. Uno hace el
intento, trata de explicarlo: la locura, les dices, es una jauría de perros que
te sigue ladrando; es un camino que serpentea por el corazón de un bosque.
Volverse loco, insistes, es como regresar de un viaje y encontrar la casa
vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin saber jamás quién
durmió en tu cama, quién comió tu comida. Yo no me quejo, desde que regresé a
Chile no me he dedicado a otra cosa salvo mirar a mi alrededor y ver las cosas
como son. Era lindo al principio, cuando mi madre todavía estaba viva, cuando
las ventanas de esta pieza no estaban tapiadas y yo podía ver los cerros, el amanecer,
la puesta de sol y la gente que camina por la calle. Era lindo sacar la cabeza
y dejar pasar el tiempo sin moverme un centímetro, lo más quieto posible,
aprendiendo la rutina de mis vecinos. Al final ese fue el problema: ellos
también podían verme a mí.
Así que cerramos las
ventanas, cerramos las ventanas y las puertas y tiramos lejos la llave. Debe de
haber sido el año 80, o el 82, seguro que fue al comienzo de esa época negra,
para mí, para el país, me atrevería a decir que para el mundo entero. Todo se
venía abajo, todo se sacudía y se removía, como si un gigante se quisiera
sacudir a Chile de la espalda. Después, cuando vino el terremoto grande el 85,
yo fui el único que no se sorprendió. Lo venía sintiendo en los pies desde que
aterricé en el aeropuerto: nada estaba quieto, igual que cuando bajas a tierra
firme después de una temporada en el mar. Las cosas se siguen moviendo, y la
sensación es terrible, estás a punto de vomitar. Cuando empezó a temblar ni
siquiera me inmuté; al contrario, sentí un alivio enorme después de tanta
espera. La cama bailaba en el piso, los vasos caían al suelo, la madera
chirriaba peor que uñas contra una pizarra, y yo no podía dejar de reírme. Cómo
no, si llevaba años anunciándolo. Después del temblor se acabaron mis mareos,
me volví a coordinar con el tiempo del país, con su movimiento de tortuga. Hay
una cosa muy chilena en avanzar hacia atrás, con la cabeza gacha, mirándote los
zapatos. Aunque después del terremoto era más entretenido mirar las grietas que
quedaron por todas partes, en las calles de los cerros, en las grandes
avenidas, en las caras de los chilenos. El único problema es que ahora estoy
atrapado en el país. Porque, ¿qué pasaría si un día me pongo a temblar, si me
vuelven los mareos y estoy en Kenia, en Copenhague o en Reikiavik junto a Bebo?
¿Qué pasaría si de pronto me pongo a temblar y no tengo cómo avisarle a nadie
lo que se viene? Es un riesgo que no puedo correr, desertar así de mis
compatriotas. Tan carajo no soy. Además, está Valparaíso. No existe ninguna
ciudad con un nombre tan lindo. Basta decirlo en voz alta y uno se da cuenta.
Aunque algunos se quejan de que ya no es lo que era, que se modernizó, que
perdió el alma, a mí no me importa mientras no le cambien el nombre. Mientras
no toquen eso los edificios se pueden venir abajo, pueden cerrar el puerto,
quemar las estatuas, corretear a las putas y clausurar los bares, y yo no
perdería un minuto de sueño.
A propósito de
Valparaíso, la semana pasada me vino a ver un cabro. Es la única visita que he
tenido en lo que va del año. Un periodista bajito, con cara conocida.
Simpático, bueno para hacer preguntas, pero triste, como si se le hubiera
perdido algo. ¿Viste la gente que tiene esa cara? Andan como por las esquinas,
y cuando te miran no te miran a ti, sino que tratan de ver detrás tuyo, o
adentro tuyo, no sé si me explico. Lo primero que hizo fue preguntar si me
acordaba de él. Le dije que no, que lo sentía, pero que últimamente se me
olvidaban un montón de cosas. Cosas de todos los días, detalles sin ninguna
importancia. Quería saber sobre mi vida. Le dije que vida, propiamente tal, no
me quedaba mucha. Lo que sí tenía eran recuerdos, una masa de recuerdos. Se
acercó a la cama y me dijo que yo era un genio, que era el mejor jazzista que
había dado Chile. Le respondí que eso era imposible, que se olvidaba del Bicho
Vicencio, de Gastón Enríquez, de un montón de tipos con que yo había tocado sin
que nos pagaran un peso, por el puro gusto y las copas de vino. Me preguntó por
mi madre, por mis hermanas, por mis viejos compañeros de banda. Sacó un vino y
lo tomamos directo de la botella. Después hablamos de libros, que es lo único
que hay en mi pieza aparte de la cama y el polvo. Teníamos gustos parecidos, y
me confesó que quería ser escritor, que estaba a punto de partir de viaje en
uno de los cargueros del puerto, y que antes había querido venir a verme. Luego
quiso hablar de los griegos; tenía una teoría interesante, algo que no se
sostenía en nada, pero que defendía a brazo partido. Los griegos, decía, no
habían existido nunca, eran un sueño colectivo de los romanos. Ellos se habían
encargado de construir las ruinas, de hacer estatuas a las que luego les
cortaban los brazos y las piernas, todo parte de un proceso para inventar un
pasado a la altura de sus aspiraciones. ¿Y qué pasaba con Alejandro Magno, le
pregunté, con La Odisea, con La Ilíada, con Aquiles y Homero? Romanos, romanos
todos. ¿Y Aristóteles, Diógenes, Dionisio? Todos romanos, respondió, romanos y
maricones. El único que según él no era romano era Heráclito, porque Heráclito
era un extraterrestre. Lo que no quiere decir que fuera un marciano, sino que
no era de esta tierra. Me reí a carcajadas, él también rió y brindamos con lo
que quedaba del vino, pero al minuto siguiente se puso serio. Parecía que fuera
a llorar. Se puso de pie frente a la cama y me contó una historia
incomprensible: habló de un niño deforme, de un compañero de trabajo; me habló de
una montaña en la mitad de un mar de hielo; una roca que en realidad era un
dedo de Dios, azotada por la nieve y el viento; una espada de piedra que
esperaba el regreso de su dueño. Cuando terminó su historia me tendió su mano y
vi que le faltaban dos dedos. Le dije que me gustaría volver a verlo, a pesar
de que sabía que avanzábamos en direcciones opuestas, y que este iba a ser el
único encuentro posible. Antes de llegar a la puerta se sacó la mochila que le
colgaba de la espalda. La abrió y yo comprendí todo, como cuando conocí a Bebo
en el Círculo Polar: estaba llena de mis casetes, tan llena que parecía a punto
de explotar. Salí de la cama de un salto y me puse como loco a buscar la
grabadora de la Gaby, que no he perdido en todos estos años. Revolví la pieza
completa, hasta que la encontré en el fondo del clóset, debajo de una pila de
basura, como si la hubieran escondido a propósito. Cuando me di vuelta, ya se
había ido.
Tengo que admitir que
desde entonces las cosas no han andado bien. No le echo la culpa, estoy
agradecido por su visita y no hago más que escuchar mi música durante horas.
El problema es que
volvieron los mareos; me tiembla el cuerpo completo. A mí no me vengan con
cuentos, yo he aprendido a leer las señales. Lo puedo sentir hasta en los
dientes. Si no me creen hagan la prueba. Cierren los ojos. Escuchen. Algo viene
hacia nosotros.
Después no digan que no
les avisé.
FIN
Benjamín Labatut Nació en
Rotterdam, Holanda, en 1980. Pasó su infancia en La Haya y Buenos Aires, y a
los doce años se radicó en Santiago de Chile, donde vive hoy. La Antártica
empieza aquí, su primer libro de cuentos, obtuvo el premio Caza de Letras 2009,
organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y Editorial
Alfaguara.

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