martes, 9 de junio de 2026

PELUSA

 





PELUSA

(cuento infantil.)

 

P. Luis Coloma

 

Dedicatoria A Pilarita Azlor Aragón y Guillamas y a Isabelita Silvia y Azlor Aragón

 

En las largas y solitarias horas de esta mi última enfermedad me imaginaba algunos días que veníais las dos, como tantas otras veces, y apoyadas en mis rodillas me pedíais que os contara un cuento; y para realizar en parte esta dulce ilusión os escribí entonces esta historia de Pelusa.

Creo que esto será lo último que escriba; y no porque piense colgar mi pluma como el bueno de Cervantes, sino porque la enfermedad me la arrebató ya de las manos, y la muerte se encargará pronto de tirarla a la basura, que es el lugar más adecuado.

Madrid, 2 Noviembre 1912.

 

Nota del editor

 

La mano gloriosa que tantas joyas riquísimas ha aportado al tesoro literario español no puede hoy escribir con ese carácter reposado y elegante de la firma que honra esta página. Una enfermedad cruel entorpece la marcha de esa pluma, mágica traductora de los sutiles y admirados pensamientos del maestro venerable. Nos ha parecido interesante estampar aquí, al principio de este lindísimo juguete, que no querrá Dios que sea la última producción del buenísimo e insigne P. Coloma, el autógrafo de su firma actual; tan reciente, que es la que le ha servido para autorizarnos a publicar esta obra de su ingenio peregrino. Hela aquí:

 

Pues, señor, que era vez y vez de una vieja, más vieja que el modo de llover, más fea que pegarle a su padre y más mala que el pecado mortal, que se llamaba la vieja Paví. Pues vamos a que esta vieja Paví tenía consigo una niña de cinco a seis años, blanca y rubia como el angelito que juega a los pies de la Virgen con un manojito de flores.

Llamábase la niña Pelusa, y las vecinas la creían todas nieta de la tía Paví; porque la pícara vieja, a fuerza de pellizcos y alfilerazos, la obligaba a llamarla abuela. Pero no era verdad: cuando era chiquita la había robado en el jardín de un palacio magnífico, donde se había dormido sobre unas matitas de albahaca y alhucemas mientras la niñera hablaba con el novio por una ventana de la tapia. Estaba la verja abierta, y la vieja Paví entró de puntillas, cogió a la niña dormida, la metió en un saco de trapos y echó a correr, pensando sacarle las mantequitas para hacer el unto con que las brujas vuelan; porque ella lo era, y de las malas, malas, que montan en escobas. Pero cuando fue a matarla lloraba tanto la niña, que temió la oyesen los guardias; y como la vio tan bonita, decidió entonces criarla con mendruguitos de pan hasta que fuese grande, para venderla entonces a cualquier señorón rico que la pagase bien.

Cuando creció Pelusita extrañábase y dolíase de que todos los niños tuviesen un papá y una mamá, y ella no tuviese ninguno. Un día preguntó llorando a la vieja.

-Pero, abuela, ¿por qué no tengo yo papá? ¿Por qué no tengo mamá?

-Porque tú naciste de las pelusas en un nido de ratones -le contestó la vieja furiosa-. Allí te encontré yo barriendo un día el rincón de la despensa: por eso te llamas Pelusa. ¡Pelusa! ¡Pelusa!

Y para que no llorase la pegaba con la caña de la escoba, y le tiraba pellizcos, y le pinchaba las manitas con un alfiler negro muy gordo con cabecilla verde. Pelusita se escondió debajo de la mesa, y llorando muy quedito para que no la oyese la vieja, decía desconsolada:

-¡Ay, si yo tuviera un papá!... ¡Ay, si yo tuviera una mamá!...

Pues vamos a que un día fue la vieja Paví a echar una carta al correo y dejó a Pelusita sentada a la puerta de la calle al cuidado de la comida. Estaba ésta en un pucherito puesto sobre un anafe de yeso, y mientras hervía la olla entreteníase Pelusita con una muñequilla rota y vieja que había encontrado en la basura. Estaba la muñequilla sucia y despintada, y le faltaba una pata; pero como la pobrecita Pelusa nunca había tenido otra, parecíale preciosa, y le puso por nombre doña Amparo, porque así se llamaba la señora gorda que vivía al fin de la calle y que gastaba sombrero con plumas.

-Como yo no tengo papá ni tengo mamá -pensaba Pelusita- tendré a doña Amparo, y seré yo su mamá.

Y le hizo un vestidito con unos papelillos de colores que se encontró en la calle, y una monterita de papel blanco, y la adornó con plumas que arrancó de una gallina muerta. Pues vamos a que mientras Pelusita jugaba con doña Amparo cuidando de la comida vio venir por la calle abajo un hombre y una mujer que traía un niño chico en brazos. Parecían muy pobres y venían, como de camino, muy tristes y cansados. Al llegar frente a la casa de Pelusita la mujer se sentó en el suelo con el niño, como rendida, y el hombre se apoyó en la pared, como si le faltaran las fuerzas. Diole muchísima lástima a Pelusita, porque tenía muy buen corazón, y se le saltaron las lágrimas. Entró corriendo en su vivienda y sacó dos sillas, que ofreció a los caminantes, diciéndoles con mucha caridad, que es la verdadera cortesía:

-¿Gustan ustedes de sentarse?

-Dios te lo pague, hija mía -respondió la mujer tomando la silla-, que venimos muy cansaditos, porque hemos andado ya dos leguas, nos falta todavía otra, y en todo el santo día de Dios hemos probado bocado.

-¿Ni el niño tampoco? -preguntó Pelusa muy afligida.

-¡Tampoco! -respondió la mujer.

-¡Ay, Jesús!... ¡Vaya por Dios! -exclamó Pelusa llorando de pena-. Pues ahora mismo se van ustedes a comer estas sopitas, que ya han hervido, y le sabrán al niño a gloria.

Y más pronto que la vista saca una mesa chiquita y la pone ante la mujer, cubierta con un mantelito blanco. Puso luego encima un plato muy limpio, y con mucho cuidado y primor volcó en él la sopa que hervía en el pucherito. Con esto despertó el niño, y se puso a saltar muy contento sobre las rodillas de su madre, extendiendo las manos hacia las sopitas. Mientras comían preguntó la mujer a Pelusa si vivía en aquella casa con su papá y su mamá.

-Yo nunca he tenido papá ni mamá -respondió Pelusa bajando la cabeza avergonzada.

-Pues, entonces, ¿dónde viniste a este mundo? -preguntó el hombre muy extrañado.

-Dice la vieja Paví que me encontró en un nido de ratones barriendo un día el rincón de la despensa.

El hombre y la mujer se miraron, y Pelusita continuó tristemente.

-Por eso no tengo a nadie que me quiera más que a doña Amparo, que es mi niña, y yo soy su mamá.

La muñequita se levantó como si fuera una persona viva.

Y al decir esto sacó la muñequita del bolsillo de su delantal, donde la había metido mientras ponía la mesa. No bien vio el niño la muñequita redobló sus saltos y sus gritos de contento, y empezó a extender las manitas como si quisiera cogerla. Diósela al punto Pelusa con mucho gusto, y el niño la tomó con la manita izquierda y le echó la bendición con la derecha, soltándola después sobre la mesa. Y entonces fue lo maravilloso, que le puso a Pelusita los pelos de punta; no de miedo, ni de pavor, porque el niño no podía ser más bonito ni la mujer más hermosa, y el hombre, que no era viejo, tenía una cara de buen señor que alejaba todo temor e infundía confianza. Pero, hija de mi alma, fue el caso que no bien cayó la muñequita sobre la mesa, se levantó ella sola como una persona viva, con la pata rota ya compuesta, las narices desconchadas ya puestas en su sitio, y la cara, antes sucia y despintada, limpia ya, fresca, colorada y reluciente como si acabara de salir de la

tienda. El niño tocaba las palmitas muy contento, saltando siempre sobre las rodillas de su madre, y la muñequita comenzó a bailar al compás encima de la mesa, con tanta gracia y maestría como una bailarina del circo. Al mismo tiempo cantaba con una vocecita chillona que penetraba hasta los sesos esta coplita de Nochebuena; porque eran ya por entonces los días de Navidad, y los chiquillos alborotaban las calles cantando al Niño Jesús con zambombas y panderetas:

 

En el portal de Belén

hay un nido de ratones,

y al Patriarca José

le han roído los calzones.

 

Al oír la coplita la mujer miró al hombre sonriéndose, y éste se sonrió también, mirándose con disimulo los calzones como si temiese que fueran ellos los aludidos en la copla. La muñequita seguía cantando.

 

Yo quiero ir a Belén,

aunque me riña mi amo,

que yo quiero ver también

ese Niño soberano.

Yo le llevé unas sopitas,

y no las quiso comer:

y como estaban calentitas

se las comió San José.

San José bendito,

¿por qué te quemaste?

Viendo que eran gachas,

¿por qué no soplaste

 

?La mujer y el hombre volvieron a mirarse y a sonreírse, y aun dicen algunos que éste se puso colorado; porque era verdad que, con el hambre que traía el buen señor, se abalanzó con tanta prisa a la sopa del pucherito, que se quemó y se hizo pupa en la lengua.

La mujer extendió la mano sobre la muñequita, y ésta, saltando como una pulga, se metió en el bolsillo del delantal de Pelusa y allí se mantuvo muy quieta, asomando la cabecita por un descosido que el bolsillo tenía. La mujer dijo entonces a Pelusa con mucho cariño:

-Mira, Pelusita: lo que te ha dicho la vieja Paví, que te encontró en un nido de ratones, es una mentira muy gorda. Tú tienes, como todos los niños, un papá muy bonito y una mamá muy preciosa, que te quieren mucho y que andan buscándote.

Los piececillos de Pelusa comenzaron a moverse y a alborotarse como si quisieran ya echar a correr en busca de aquel papá tan bonito y de aquella mamá tan preciosa. Encendida como una rosa y brillantes los ojos de alegría preguntó:

-¿Y dónde están?

-En el castillo de Irás y no volverás, donde la vieja Paví los tiene encantados -contestó la mujer sin apurarse demasiado.

Pelusita se echó a llorar, diciendo muy afligida:

-Pero ¿dónde está eso? ¿Quién me llevará allí? ¡Yo soy chiquita y no puedo ir sola!

-¡No te apures, Pelusita; no llores, hija mía! -replicó la mujer acariciándola-. Doña Amparo te llevará de la manita adonde están ellos.

-¡Sí, señora; yo la llevaré con muchísimo gusto! -chilló la muñequita asomando la cabeza por el descosido del delantal.

-Pero ¿cuándo veré a mi papá y a mi mamá? -preguntó Pelusa loca de alegría por la impaciencia y la esperanza.

-Ya te he dicho que cuando llegue la hora doña Amparo te llevará de la manita -respondió la mujer acariciándola-. Tú no tienes sino hacer lo que ella te diga; y si te vieras en algún apuro, dirás muy de corazón:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

La mujer cogió entonces el pucherito donde habían estado las sopitas, y echándole la bendición dijo a Pelusa:

-Toma este pucherito, y siempre que necesites comer llénalo de agua clara, echa dentro dos o tres piedrecitas, según el hambre que tengas, y lo pones al fuego, diciendo antes de taparlo:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

Y con esto se despidió la mujer, besando a Pelusa en la frente; el hombre hizo lo mismo, y el niño le echó los bracitos al cuello, y sosteniéndole la madre, le dio doce besitos; tantos cuantos son los frutos del Espíritu Santo.

Pues vamos a que mientras desaparecía por un extremo de la calle aquella honrada familia vio venir Pelusa por el otro a la vieja Paví, renqueando con su palo, con un gesto de vinagre y una cara de mal genio, que sólo con el aliento levantaba chichones. Pelusita se quedó helada de susto, porque se le ocurrió al punto lo que no le había ocurrido antes: que los pobrecitos se habían comido toda la sopa, y no había quedado nada para la vieja Paví. Aterrada con esta idea, y temerosa de las terribles consecuencias que tendría para ella, entrose la pobrecita corriendo en la casa, y se escondió debajo de la mesa para conjurar el primer ímpetu de la rabia de la vieja. Llegó por fin ésta a su casa, y entró dando voces agrias y destempladas llamando a Pelusa.

-¡Pelusa!... ¡Pelusilla!... ¿Dónde estás? ¡Trae volando la comida, que vengo desfallecida de hambre!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba cada vez más debajo de la mesa, sin atreverse ni a resollar siquiera. Vio en esto la vieja el pucherito vacío encima de la mesa, y exclamó en el colmo de la sorpresa y de la ira.

-Pero ¿quién demonios se ha comido mi sopa?

Aterrada Pelusa, se le ocurrió decir para salir del compromiso que se las había comido el gato; pero como esto no era cierto y ella era una niña muy buena que por nada del mundo decía mentiras, porque es pecado y contra la ley de Dios, se decidió a decir la verdad.

-Se las di a unos pobrecitos caminantes que iban hambrientos y llevaban un niño muy bonito.

La vieja se puso verde de ira y empezó a pegar con su palo en el suelo, echando maldiciones por aquella boca que parecía la desembocadura del caño del Infierno.

-¿Conque era el niño muy bonito? ¿Eh? -decía-. ¡Ya te daré yo niño bonito! ¡Permita Dios que reviente y se le vuelvan las sopas veneno en el estómago!

-¡Ay, Jesús, señora, no diga usted eso, que Dios la va a castigar! -exclamó Pelusita espantada-. ¡Ahora mismo le haré yo a usted otras sopitas!

-¿Conque me vas a hacer otras sopitas? ¿Eh? -contestó la vieja con una risita rabiosa que helaba la sangre-. ¡Pues lo primero que vas a echar en ella serán tus orejas, que te las voy a cortar ahora mismo! ¡Con eso tendrá más sustancia el caldo, y me las comeré yo después como si fueran chuletas!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba debajo de la mesa.

Y con crueldad infernal sacó a Pelusa de debajo de la mesa arrastrándola por el pelo; la ató a una pata de la misma mesa, y fue a la cocina en busca de un cuchillo. La pobre niña gritaba y gemía medio desfallecida; pero cuando vio aparecer a la vieja Paví armada con un enorme cuchillo de cocina y dispuesta a cortarle las orejas, acordose de pronto de lo que la buena mujer le había dicho, y gritó desde el fondo de su corazón:

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Oyose entonces de repente una voz que retumbaba como un trueno, y que parecía salir del bolsillo del delantal de Pelusa, diciendo:

-¡¡Tunanta!! ¡¡Deja a la niña!!...

Y al mismo tiempo saltó como una pulga la muñequita doña Amparo desde el bolsillo de Pelusa a las narices de la vieja, que eran muy largas, y en ellas se montó como a caballo, y con las piernecitas y las uñitas de palo de tal modo le arañó la frente y los ojos, que le chorreaba sangre por la cara abajo. Chillaba la vieja como desesperada, y dejó caer el cuchillo para llevarse ambas manos a la cara y quitarse de las narices aquellos molestos espejuelos. Mas no arrancaban de allí a doña Amparo ni las tenazas de Nicodemus, y con su vocecita chillona repetía amenazadoramente:

-¡Pícara vieja, suelta a la niña! ¡Desátala, o te saco los ojos!

No tuvo más remedio la vieja Paví que desatar a Pelusa; y no bien lo hubo hecho, doña Amparo saltó encima de la mesa, dejándole la nariz lo mismo que una berenjena, y dijo a la niña:

-Ahora, Pelusita, haz unas sopitas a la vieja.

Como era más buena que el pan, porque aquella niña no tenía hiel ninguna, Pelusa tomó entonces el pucherito, como le había dicho la mujer, lo llenó de agua hasta la mitad, echó dentro dos piedrecitas, y lo puso al fuego en la cocina, diciendo antes de taparlo:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

La vieja Paví miraba asombrada toda aquella maniobra; pero como la muñequita doña Amparo seguía paseándose encima de la mesa, dispuesta siempre a saltarle a las narices, no dijo ni esta boca es mía. En esto comenzó a hervir el pucherito. Pelusita levantó la tapadera, y se quedó estupefacta viendo que en vez de las dos piedrecitas y el agua clara había dentro dos hermosas perdices guisadas en sabrosísima salsa que esparcía por toda la cocina un olor delicioso. El olorcillo de las perdices llegó bien pronto a las narices arañadas de la vieja; y como era tan tragona, tan mala y tan sinvergüenza, arrebató el puchero de manos de Pelusa, y se zampó las dos perdices con huesos y todo, y se bebió la salsa como si fuese agua, relamiéndose los labios y chupándose los dedos. Sentose luego en un sillón de brazos, puso los pies en una sillita chica, y dijo bostezando:

-Ahora voy a dormir la siesta. Tú, Pelusa, quédate de pie a mi lado para espantarme las moscas.

Pelusita cogió un plumero con mucha humildad, y se puso a oxearle las moscas. Pero no era necesario, porque, de puro mala que era, la vieja Paví sudaba veneno, y mosca que se le posaba en la cara o en las manos, mosca que caía muerta de repente. Pronto empezó a roncar la vieja como los fuelles de un órgano. Pero de allí a poco observó Pelusa que empezaba a hincharse, a hincharse cada vez más, primero el vientre, luego la cabeza, después los pies y las manos, hasta que, no pudiendo dar más de sí el pellejo, de pronto dio un estallido y reventó como un triquitraque, saltando por todas partes los pedazos de la vieja: las tripas quedaron colgando del techo, los ojos cayeron a la calle, y las narices fueron a parar a lo alto del campanario de la iglesia. Y por cierto que allí están todavía, y yo las he visto muchas veces, porque el sacristán de la parroquia, que se llamaba Juanito Tembleque, hizo con ellas una veleta y la puso en lo más alto de la torre para escarmiento de

pícaros.

Y todo esto fue castigo de Dios por aquella maldición que le había echado al Niño que se comió las sopitas -¡Permita Dios que reviente y que se le vuelvan veneno en el estómago!-. Porque, hija mía, Dios ni come ni bebe, pero juzga lo que ve; y lo que la zorra hace en mil años lo paga en una hora.

 

***

 

Pues vamos a que no bien reventó la vieja Paví y se repuso algún tanto Pelusa del susto atroz que tan horrible tragedia le causara, dijo doña Amparo a la niña con su vocecita de grillo constipado.

-Pelusa, ponte la capuchita encarnada, coge el pucherito milagroso y vámonos corriendo.

-¿Adónde? -preguntó Pelusa.

-Pues a buscar a tu papá y a tu mamá, que ya ha llegado la hora.

Loca de alegría, Pelusa se puso la capuchita colorada, colgose del brazo el pucherito con una cinta que le pasó por las asas, y dijo al salir, con mucha devoción, como la mujer le había encargado:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Salió por la puerta del corral de la mano de doña Amparo, y tomaron por la carretera de Aragón, andando muy deprisa, porque a Pelusita se le hacía tarde un minuto que perdieran. A cada casa que encontraban preguntaba Pelusa si era aquello el castillo de Irás y no volverás, y doña Amparo le decía con mucha calma:

-Todavía no. ¡Más lejos, más lejos!

-Pero ¿dónde está ese dichoso castillo, que parece que corre ante nosotras?

-Está un poquito más allá de Cortes y un poquito más acá de Pedrola, de modo que viene a quedar entre los dos pueblos.

-¿Y por qué se llama de Irás y no volverás?

-Porque vive allí un gigante muy malo, que se llama don Bruno, y se come a todo el que entra dentro.

-Pues a mí no me comerá, porque le diré aquello que me enseñó la mujer.

 

¡Jesús, José y María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Exclamó Pelusa, que, con la loca alegría de encontrar a su papá y a su mamá, en nada veía peligro y todo lo encontraba fácil.

Sentáronse a descansar a la sombra de un árbol ya muy cerca de las doce; y como la alegría no quita las ganas de comer ni descompone el estómago, sintió Pelusa un hambre muy grande.

-¡Me comería un par de huevos fritos! -pensaba Pelusa relamiéndose los labios.

Y pensando en esto llenó su pucherito de agua fresca de la fuente, echó dentro tres piedrecitas, hizo luego una hoguera con ramas secas, y dijo a la boca del puchero antes de ponerlo a hervir:

 

¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!

 

Hirvió el puchero, levantó Pelusa la tapa, y se encontró con que allí donde lo guisaban habían adivinado sin duda su pensamiento, porque había dentro un par de huevos fritos con manteca, con sus patatitas muy ricas, y además, como de postre, dos bizcochitos borrachos, que a Pelusa le gustaban mucho. Comióselo todo la niña, y no había acabado aún de chuparse los deditos, cuando oyó que la llamaban en el aire.

-¡Pelusa! ¡Pelusa!

Alzó la cabeza la niña muy sorprendida, y vio en una ramita del árbol un pajarito negro, poco mayor que un gorrión, con las patitas coloradas y el piquito verde, que le preguntaba:

-Pelusa, ¿qué haces ahí? ¿Vas de camino?

-Voy en busca de mi papá y mi mamá -respondió Pelusa.

-Ya los buscarás más tarde -dijo el pajarito-. Vente conmigo ahora, y te llevaré a casa de un amigo mío que tiene una casa toda, todita de dulce. Las paredes son de biscotelas; las puertas, de chocolate de Matías López; las rejas y balcones, de caramelo; los muebles, de piñonate, y las camas, de mazapán, con colchones de merengue. Conque, ya ves, Pelusilla, qué bien lo pasarás allí si te vienes conmigo, tú que eres tan golosa.

-No, pajarito, no -replicó Pelusa con mucha firmeza-. Yo voy a buscar a mi papá y a mi mamá, y voy ahora mismo.

Mientras hablaba el pajarito la muñequita doña Amparo había ido subiendo muy de puntillas por el tronco del árbol; y cuando llegó muy callandito a la ramita en que estaba el pajarito, lo cogió de repente por la cabeza, le retorció el pescuezo y lo tiró al suelo muerto.

Salió de él un olor muy apestoso, como de azufre y cuerno quemado, y entonces dijo doña Amparo que aquél era un pajarito malo de los que manda el Diablo a este mundo para tentar a los niños buenos y hacerles faltar a su deber.

Siguieron caminando tres días por montes y valles, comiendo de lo que daba el pucherito y durmiendo debajo de los árboles, y al tercero se sentaron a comer en un pradito verde, ya muy cerca de Cortes. El pucherito estuvo aquel día muy generoso: salieron primero sesos revueltos con huevo; luego, jamón con tomate; después, pollo en gelatina, y por último, los dos bizcochitos borrachos que, como a Pelusa le gustaban tanto, venían en el pucherito todos los días. Ya iba a comérselos la niña, cuando vino volando por el aire una bandada de jilgueritos que la rodearon pidiéndole por amor de Dios una limosnita. El primer impulso de Pelusa fue darles el bizcocho que ya se llevaba a la boca; pero se acordó del otro pajarito negro del Diablo que quiso engañarla, y se detuvo, escarmentada de pajaritos. Mas doña Amparo le dijo entonces muy gravemente:

-Mira, Pelusa: en este mundo hay mucha gente mala, pero hay también mucha más buena; y la verdadera ciencia del mundo consiste en saber distinguir las unas de las otras. Aquel pajarito era malo, porque era pajarito del Diablo; pero estos otros son pajaritos de Dios, y son tan buenos, que lloraron la muerte de Cristo en el Calvario. Por eso dice la copla:

 

Allá arriba, en el monte Calvario,

matita de oliva, matita de olor,

lloraban la muerte de Cristo

cuatro jilgueritos y un ruiseñor.

 

Convencida Pelusa, dioles al punto, no uno, sino los dos bizcochos que iba a comerse, y los jilgueritos muy contentos se los comieron picoteando, y alegres, sin duda con el vinillo que los bizcochos tenían, cantaron entonces a Pelusa una de esas maravillosas sinfonías que enseña Dios a los pajaritos.

Siguieron su camino Pelusa y doña Amparo, y al anochecer de aquel mismo día dieron vista al castillo de Irás y no volverás, a una legua escasa de Pedrola. Era muy grande, todo de piedra negra, con una puerta muy chica y sin ninguna ventana. Ponía pavor en el corazón la vista de aquel edificio tan sombrío y misterioso, y con una buena dosis de miedo se acercaron a la puerta Pelusita y doña Amparo. Quiso ésta llamar al punto; pero Pelusa la detuvo, y arrodillándose antes en los escalones dijo con mucha devoción:

 

¡Jesús, José, María,

sed mi amparo y sed mi guía!

 

Levantáronse entonces con grandes bríos, y llamó doña Amparo con mucha arrogancia. Sonó dentro un esquilón muy bronco, abriose acto continuo media puerta y apareció en ella una lechuza muy elegante, con gafas de oro, vestido de sarga negra y cofia con lazos de color de fuego. Tenía en la mano una palmatoria con pantalla verde, y preguntó con muy buen modo:

-¿Qué se ofrece?

Al verla tan elegante, doña Amparo le preguntó con mucha finura si era la esposa de don Bruno.

-No, señora -contestó la lechuza-. Soy su ama de llaves, y me llamo doña Joaquina.

-Muy señora mía -dijo respetuosamente doña Amparo-. ¿Y podríamos ver al señor don Bruno?

-Dificilillo me parece -respondió la lechuza-, porque el pobrecito ha pasado una noche de perros rabiando con dolor de muelas, y ahora estará descansando.

Doña Amparo tuvo entonces una idea súbita, y dijo a la lechuza dándose una palmada en la frente.

-¡Parece esto providencial, mi señora doña Joaquina! Pues dígale al momento que está aquí miss Amparo, una dentista americana que cura todos los dolores de muelas.

-¿De veras? -exclamó la lechuza muy contenta-. Pues pasen ustedes al salón, que voy a avisarle en seguida. ¡Qué contento se va a poner el pobrecito!

Las llevó entonces a una sala cuadrada muy grande, toda colgada de negro, y allí las dejó solas, echando la llave por fuera. Angustiose Pelusita porque creyó que la lechuza las había engañado y las encerraba en aquella sala tan triste para algo malo.

Después de un largo rato de soledad y silencio oyose de improviso un ruido de cadenas que daba horror, y una voz tristísima que preguntaba desde el techo: ¿Caigo, o no caigo? Y repetía por tres veces la misma pregunta: ¿Caigo, o no caigo?

Pelusita no se atrevía a contestar; pero doña Amparo, que iba poniéndose nerviosilla y de mal humor, gritó muy enfadada:

-¡Acaba de caer!

Abriose entonces el techo, y cayó una pierna; pero no una pierna cualquiera, sino una pierna enorme, descomunal, con zapato de cordobán amarillo y liga de seda encarnada. Hubo un largo silencio, y oyose otra vez aquel ruido de cadenas y aquella voz lamentable que erizaba el pelo: ¿Caigo, o no caigo? Doña Amparo, fuera ya de sí, gritó furiosa:

-¡Acaba de caer, con dos mil de a caballo!

Y entonces se abrió de nuevo el techo y cayó otra pierna igual a la primera, solamente que ésta tenía el zapato encarnado y la liga amarilla. Por cuatro veces resonó el ruido de cadenas y aquella voz temerosa que preguntaba: ¿Caigo, o no caigo? Y fueron cayendo sucesivamente del techo, primero un brazo, luego otro brazo, después el tronco de un cuerpo, y por último una cabezota muy fea con barba rubia y una venda negra ceñida como si le dolieran las muelas.

Juntáronse entonces de un golpe todos aquellos miembros dispersos, pies, manos, tronco, cabeza, y resultó el señor don Bruno, que hubiera sido un buen mozo si el carrillo hinchado por el dolor de muelas no le afeara bastante. Tenía los bigotes muy grandes y retorcidos en punta que le llegaban hasta los ojos. Sentose muy enfadado en una butaca, y empezó a gritar, tirándose de los pelos.

-¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas!

Pelusita y doña Amparo habíanse refugiado en un rincón de la sala; pero al operarse el prodigio y quedar sentado el señor don Bruno, doña Amparo cruzó la estancia con grande majestad, y saltando encima de la mesa para estar más cerca del oído del gigante, dijo con toda la elocuencia de un sacamuelas.

-¡No hay que apurarse, señor don Bruno, que no hay mal que no tenga remedio; y aquí tiene usted a miss Amparo dentista norteamericana, que le quitará el dolor de muelas!

Sorprendido el gigante, cogió a doña Amparo por la cabeza y se la puso en la palma de la mano, preguntando asombrado.

-Pero ¿eres tú la miss Amparo que me anunció el ama de llaves, Joaquina?

-¡La misma que viste y calza! -replicó doña Amparo paseándosele con mucha gravedad por la palma de la mano lo mismo que hubiera podido pasearse por la plaza de Oriente-. Yo soy miss Amparo, dentista americana, establecida en Madrid. Estuve trabajando primero en la calle de Alcalá, núm. 43, en casa de Newland; pero me tomó una envidia atroz porque le quitaba los parroquianos, y entonces abrí mi gabinete propio en la calle de Zorrilla, núm. 12, donde el Duque de Luna, que es el amo de la casa me dio un cuarto de balde, porque es muy buen señor y me quiere mucho. Mi clientela es de lo más principal que hay en la corte. A Su Majestad el Rey le saqué el otro día tres muelas seguidas estando dormido, y ni siquiera lo sintió. A Su Majestad la Reina le limpio la dentadura dos veces por semana; y al Ministro de la Guerra le saqué un colmillo con un raigón... ¡Pero qué raigón!... ¡Le llegaba hasta los tobillos! Pues ¿y al señor Obispo? No le quedaba a Su Ilustrísima ni un diente ni

una muela. Le di yo una tinturita mía por la mañana, y por la noche le habían salido ya todos los dientes y todas las muelas lo mismo que a una criatura.

El gigante abría los ojos asombrado, y dijo a miss Amparo, interrumpiéndola con ansia.

-¿Y a mí podrás arreglarme las muelas?

-¡Pues no he de poder! ¡Vaya si puedo! Abra usted un poquito la boca para que las reconozca primero y no me equivoque.

El bobalicón de don Bruno abrió entonces una boca tamaña como una espuerta, y trepando doña Amparo por los pelos de la barba, asomó un poquito la cabeza con mucha precaución para mirar las muelas de arriba, montose después en una guía del bigote para examinar las de abajo, y dando de repente un brinco, se le coló la muy tunanta por el gaznate hasta más allá de la campanilla, y allí empezó a hacer cabriolas y monerías. Atragantose don Bruno y empezó a toser y hacer visajes; pero como la pícara miss Amparo se agarraba con todas sus fuerzas y se entraba cada vez más adentro, no pudo el gigante echarla fuera con sus toses, y se ahogaba cada vez más, dando resoplidos que hacían estremecer las puertas, y aun las paredes mismas. Mientras tanto trabajaba doña Amparo por buscar una salida opuesta a la boca, y al mismo tiempo iba arañando con las patitas y manitas las entrañas del gigante. Salió al fin doña Amparo por donde pudo, trayéndose detrás las tripas y el corazón de don Bruno;

y entonces dio éste el último resoplido, estiró una pata, después otra, hizo un visaje horrible, y se quedó muerto. Oyose al mismo tiempo un trueno horroroso, y se hundió todo, todo el castillo. Pero lo más raro era que las piedras no caían para abajo, sino que se las llevaban para arriba un enjambre de diablitos chicos que cargaban con ellas y se perdían a lo lejos. Los había de todos colores, amarillos, verdes, azules, encarnados; lo único que no había eran blancos, y los que abundaban más eran los verdes.

Al hundirse, o más bien al desaparecer el castillo, encontráronse Pelusa y doña Amparo al pie de una tapia muy alta de cristal purísimo y muy claro que rodeaba a un jardín delicioso. Veíanse perfectamente a través del cristal los macizos de flores del jardín, las fuentes cristalinas y las largas calles de árboles. Por una de éstas venían paseando del brazo una señora muy hermosa y un caballero muy guapo: ella, toda vestida de blanco, con gargantilla de oro y un pelo rubio rizado que le arrastraba hasta el suelo; él, con bigote rubio, levita toda bordada de oro, pantalones de tisú de plata y sombrero de copa con plumas blancas. Parecían, sin embargo, muy tristes y acongojados, y la señora decía llorando:

-¡Ay, mi niña! ¿Dónde estará mi niña a estas horas?

-¡No llores, mujer! -le contestaba el caballero-. Quizás llegará hoy.

Pero la verdad era que él también estaba llorando.

Comprendió Pelusita en seguida que aquéllos eran su papá y su mamá, y fuera de sí de alegría empezó a dar golpes en el cristal, gritando:

-¡Papá! ¡Mamá!

Pero ellos no oían, porque estaban todavía encantados. Entonces Pelusa y doña Amparo dieron la vuelta a toda la tapia para ver si encontraban alguna puerta donde llamar o alguna ventana por donde meterse dentro. Pero no había nada de eso: el cristal duro como una roca se extendía por todas partes igual, terso y bruñido, sin ofrecer agujero ni resquicio alguno.

Entonces vio Pelusa que su papá y su mamá entraban en una glorieta de naranjos, lilas y azucenas y se sentaban a una mesa muy bien puesta, con mantel adamascado y vajilla de plata. No había más que dos cubiertos; pero la señora dijo llorando a un criado:

-Que pongan la sillita de la niña, por si acaso viene hoy.

Puso en seguida el criado un silloncito de niño y un cubierto pequeñito de plata con un vasito de oro en que Pelusa recordó haber bebido muchas veces cuando era muy chiquita. La niña, partida el alma, de pena, decía desolada:

 

¡Ay, quién fuera pajarito!

¡Ay, quién fuera pajarito,

para saltar esa tapia

y dar a mi madre un besito!

 

No bien dijo estas palabras apareció volando la bandada de jilgueritos, que la rodearon consolándola con sus alegres pitidos. Traían una hoja de col muy grande, y, haciendo en ella una camita de rosas, colocaron a Pelusita dentro, y sosteniéndola entre todos, con sus piquitos la elevaron suavemente por encima de la tapia, y la dejaron sobre la mesa en que comían sus padres, a tiempo que la mamá repetía llorando:

-Pero ¿dónde estará mi niña?...

-¡Aquí estoy, mamá! ¡Aquí estoy, papá! -exclamó Pelusa poniéndose en pie, con doña Amparo en la mano, sobre la hojita de col y la camita de rosas.

Entonces se abrazaron los tres, y estuvieron mes y medio seguido dándose besos, mientras los jilgueritos cantaban preciosas variaciones sobre el tema. ¡Alegría!... ¡Alegría!... ¡Alegría!...

Y aquí se acabó mi cuento, con pan y pimiento; y si alguien quiere saber más, que compre un viejo.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir que doña Amparo sigue viviendo en la calle de Zorrilla, núm. 12; pero ha tomado también otro cuarto bajo en la calle de San Bernardino, núm. 14, donde pasa muchas horas del día y recibe a sus amigos.

 

FIN

 

La niña

 


[Minicuento - Texto completo.]

Donald Barthelme

Lo primero que hizo mal la niña fue arrancar hojas de sus libros, de modo que pusimos por norma que, cada vez que arrancara una hoja de algún libro, tenía que pasar cuatro horas sola en su habitación con la puerta cerrada. Solía arrancar alrededor de una hoja por día, al principio, de modo que la norma funcionó bastante bien, aunque el llanto y los alaridos procedentes del otro lado de la puerta cerrada nos ponían nerviosos. Razonamos que era el precio que debíamos pagar o al menos una parte de ese precio. Entonces, al aumentar su fuerza, empezó a arrancar dos hojas de una vez; eso suponía pasar ocho horas sola en su habitación, con la puerta cerrada, con lo cual se duplicaron las molestias para todos, pero no dejó de hacerlo y, a medida que fue pasando el tiempo, comenzó a haber días en los que arrancaba tres o cuatro hojas, con que tenía que estar sola en su habitación hasta dieciséis horas seguidas, pero eso impedía una alimentación normal y preocupaba a mi esposa. Sin embargo, a mí me parecía que, si establecías una norma, tenías que cumplirla, ser coherente, porque, si no, se hacían una idea equivocada. Ella tenía unos catorce o quince meses en ese momento. A menudo, claro está, se quedaba dormida al cabo de una hora de chillar, más o menos: una bendición. Su habitación era muy bonita, con un precioso caballito de balancín de madera y casi un centenar de muñecos y animalitos de peluche. Había muchísimas cosas para hacer en esa habitación, si uno administraba el tiempo sabiamente, rompecabezas y cosas así. Por desgracia, a veces, cuando abríamos la puerta, veíamos que, mientras estaba dentro, había arrancado más hojas de más libros y había que sumar esas páginas al total, para ser justos.

La niña se llamaba Zara Banda. Le dimos un poco de nuestro vino, rojo, blanco y azul y hablamos seriamente con ella, pero no sirvió de nada.

He de reconocer que llegó a ser muy hábil. Si te acercabas a ella, adonde estaba jugando en el suelo, en las raras ocasiones en las que salía de su habitación, y tenía un libro abierto a su lado y te ponías a observarlo, parecía que estaba perfecto, pero, si lo mirabas con más detenimiento, te dabas cuenta de que a alguna hoja le habían arrancado una esquinita, que fácilmente podía pasar por desgaste natural, aunque yo sabía lo que había hecho: había arrancado esa esquinita y se la había tragado. Había que tenerlo en cuenta y así se hacía. Son capaces de cualquier cosa con tal de llevarte la contraria. Mi esposa decía que tal vez fuéramos demasiado estrictos y que la niña estaba perdiendo peso, pero le hice notar que la niña tenía una larga vida por delante y debía vivir en el mundo con otras personas, debía vivir en un mundo en donde había muchas, muchísimas normas y que, si no aprendía a respetar esas normas, quedaría excluida, sin carácter, y todos la rechazarían y la condenarían al ostracismo. Lo máximo que la tuvimos en la habitación fueron ochenta y ocho horas seguidas, que concluyeron cuando mi esposa sacó la puerta de sus goznes con una palanca, aunque la niña seguía debiéndonos doce horas, porque tenía que compensar veinticinco hojas. Volví a colocar la puerta en sus goznes, añadí una cerradura grande, que solo se abría con una tarjeta magnética que se introducía en una ranura, y me guardé la tarjeta.

Sin embargo, la situación no mejoró. La niña solía salir de su habitación como un murciélago del infierno, abalanzarse hacia el libro más cercano, Luna de buenas noches o el que fuera, y ponerse a arrancarle hojas a espuertas. Quiero decir que era capaz de esparcir treinta y cuatro hojas de Luna de buenas noches por el suelo en diez segundos, además de las tapas. Empecé a preocuparme un poco. Cuando me puse a sumar su deuda en términos de horas, me di cuenta de que no iba a salir de su habitación hasta 1992, por lo menos. Además, estaba bastante pálida. Llevaba varias semanas sin ir al parque. Teníamos en nuestras manos algo así como una crisis ética.

La resolví declarando que estaba bien arrancar hojas de los libros y, además, que estaba bien haber arrancado hojas de los libros en el pasado. Es una de las ventajas de ser padre: que tienen muchos recursos, todos buenísimos. La niña y yo nos sentamos en el suelo de lo más contentos, uno al lado del otro, a arrancar las hojas de los libros y, de vez en cuando, simplemente para divertirnos, salimos a la calle y destrozamos juntos algunos parabrisas.

FIN


“The Baby”,
Forty Stories, 1987

LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA John Flanders

 





 

Los viejos londinenses que quieren mandarle a uno al diablo cortésmente, dicen:

-¡Váyase a Berdmonsey!

Con una parte de la población de Kent, de Surrey y de Middlesex, las gentes de Berdmonsey forman la clase estúpida de Londres. Se caracterizan por una gran facilidad para la resignación.

-No somos malos, pero tenéis que aceptarnos tal como somos -declaran, sonriendo de un modo que obliga a perdonarles su falta de seso.

También Horace Hyslop era un pobre imbécil. No sólo porque había nacido en aquel barrio, porque vivía en él y pensaba acabar en él sus días, sino sobre todo porque era un solterón impenitente. Y ello a pesar de las rubias de ojos azules de Berdmonsey, muchachas que sin duda no brillaban tampoco por su inteligencia, pero que eran bonitas.

Para dirigirse desde la Abbey Street a Dockhead hay que atravesar todo un laberinto de callejones de muy mala fama. En una de ellas tenía su tienda de comestible Horace Hyslop.

Era una tienda sin pretensiones, pero en ella podía adquirirse a precios razonables todo lo que era útil o comestible: salmón salado o cordones de zapatos, bizcochos azucarados o pinceles de todas clases, papel matamoscas u hojas de afeitar baratas…

Cuando empieza esta sombría historia, M. Horace había sobrepasado ampliamente el medio siglo. Sus cabellos adquirían el color del viejo pergamino, y unos filamentos blancos como la nieve plateaban ya su barba. Tenía los ojos bondadosos de un fiel setter escocés y una nariz achatada, cuyo color rojizo daba lugar a unas declaraciones escépticas acerca de la sobriedad de su propietario.

Sin embargo, aquellas acusaciones no podían ser más injustas, ya que M. Hyslop sólo tomaba, por la noche, un modesto ponche compuesto de azúcar, mucha agua caliente y muy poco ron.

Una vez por semana, no obstante, se permitía un pequeño extraordinario en el figón de Abe Grummer, donde los diversos platos y bebidas eran alabados por medio de versos perfectamente rimados, como:

«Hasta los niños de teta conocen nuestras croquetas.»

O:

«En casa de Abe, en la esquina, el mejor vino se empina.»

Al morir, su padre Dave le había legado la tienda y un sólido capital amasado chelín a chelín, penique a penique. Pero M. Horace había heredado también de él su aversión a las viudas y a las solteronas, ya que la amada esposa del difunto M. Hyslop no había hecho nunca la vida fácil ni agradable a su marido.

Pero lo que el difunto no pudo desarraigar de su hijo fue su pasión por la lectura. Una pasión insensata la que experimentaba el joven Horacio, ya que la biblioteca Richards de la Tanner Street exigía dos peniques por semana por un volumen prestado, un gasto que cualquiera podía abstenerse de hacer en Berdmonsey.

Por la noche, después de haber cerrado la tienda y atrancado puertas y ventanas, M. Horace se retiraba a su estrecha cocina, atiborraba su pipa con uno de esos tabacos baratos de Kent, preparaba su modesto ponche y se ponía a leer unas obras cuyos títulos le prometían unas horas emocionantes: El Secreto de la Tumba, El Castillo de la Luna sangrienta, etc.

He aquí todo lo que hubiera podido contar sobre M. Horace Hyslop el más sabio de los historiadores de Berdmonsey.

No hay mucho que decir a propósito de su casa, excepto que la tienda no era muy grande -aunque atestada de mercancías como puede estarlo de comida el estómago de un avestruz-, que un estridente timbre estaba fijado en la puerta de entrada y que, en cuanto caía la noche, se encendía en el establecimiento una pequeña lámpara que proyectaba una claridad mortecina.

En la cocina, que servía también de trastienda, la calefacción quedaba asegurada por una pequeña estufa avarienta y la iluminación por un mechero de gas que suscitaba en las paredes mil sombras demenciales. Al fondo, en el rincón de la izquierda, una empinada escalera de caracol conducía al insalubre dormitorio del dueño de la casa.

-Exiguo, aunque suficientemente espacioso para vivir con una honorable esposa -murmuraban con aire decepcionado las damas de Berdmonsey que aspiraban al matrimonio.

Una noche de otoño húmeda y fría, en el preciso instante en que el tendero se disponía a cerrar el establecimiento, entró una mujer y pidió azúcar cande.

M. Horace no la había visto nunca. Pensando que podía convertirse en una nueva cliente, omitió el ejercer la habitual e indelicada presión sobre la balanza. La mujer recibió así una onza de azúcar más de lo que M. Horace solía entregar por una libra.

Con su abrigo negro y ajustado y su pequeño gorro de piel adornado con una pluma, la desconocida estaba muy elegante.

Pagó y salió de la tienda dando las buenas noches con una voz seca y, no obstante, melodiosa.

Aquella noche, M. Horace sorbió su ponche como de costumbre, pero soltó un momento Las Aventuras del Pirata Enmascarado para pensar en la enigmática desconocida.

-¡Tiene unos ojos inmensos! -se dijo-. ¡Y una extraña palidez!

Al día siguiente, la bruma del crepúsculo corría por las sinuosas callejas de Berdmonsey cuando la desconocida reapareció y compró media libra de bizcochos al jengibre y otros tantos macarrones.

-¿La señora vive en el barrio? -inquirió M. Horace.

Ella respondió negativamente y se marchó. En el umbral de la puerta se detuvo, volvió la cabeza y dijo:

-Buenas noches, M. Hyslop.

-¡Sabe mi nombre! -murmuró M. Horace, alzando los ojos hacia el mechero de gas-. En realidad, no tiene nada de sorprendente. Lo habrá leído en el letrero de la calle.

En voz más baja, añadió:

-¡Tiene unos dientes blanquísimos! ¡Y la tela de su abrigo es de una calidad superior!

No volvió a verla hasta al cabo de tres días. La desconocida se presentó a la misma hora y pidió dos onzas de queso y la misma cantidad de higos secos.

Fue el momento que escogió Betty Bleacher para entrar y pedir manteca de cerdo, sal y café.

La misteriosa desconocida depositó el importe de su compra sobre el mostrador y salió.

-¡Betty! -exclamó M. Horace, despechado-. Pudo usted aguardar un momento a que hubiera terminado de servir a esta dama. Ni siquiera he podido envolver adecuadamente sus mercancías.

Betty le miró con unos ojos redondos como platos.

-¿Qué dama? -inquirió, asombrada-. Yo no he visto a nadie. ¡Creo, mi querido Horace, que ha apurado usted ya su ponche vespertino!

La señorita Bleacher había tendido numerosos anzuelos con la esperanza de atrapar a M. Hyslop, pero sin duda los había provisto de cebos poco apetitosos, ya que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

-¡Vieja loca! -gruñó M. Horace, cuyos pensamientos se volvieron inmediatamente hacia la dama vestida de negro-. ¡Qué mujer tan hermosa! -suspiró-. ¡Y tan elegante! Demasiado hermosa y elegante para vivir en estos alrededores.

No sabía que desde hacía unas noches los perros vagabundos de Berdmonsey se regalaban con azúcar cande, con bizcochos al jengibre, con macarrones, con queso y con higos secos, que una mano desenvuelta dejaba caer en las callejas del barrio.

Había cerrado ya puertas y ventanas cuando llamaron.

Fuera, el tiempo era tormentoso. El abrigo negro de la dama brillaba con mil gotas de lluvia.

-¿No quiere usted calentarse un momento junto a la estufa? -se arriesgó M. Horace.

Ella aceptó sentarse, pero en cambio rechazó el humeante ponche que le era ofrecido; permaneció inmóvil y silenciosa al lado de la estufa.

-Un tiempo asqueroso, ¿verdad? -dijo M. Hyslop-. No me extrañaría que nevara.

Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento, se puso en pie, le entregó un chelín por el paquete de chocolate que había comprado y luego desapareció en la tenebrosa calleja, cuyos dos únicos faroles había apagado el viento, como si se tratara de dos vulgares velas.

Un poco más tarde, tres perros famélicos se disputaban unas pastillas de chocolate caídas sobre el fango.

M. Hyslop continuaba ignorando este último detalle. Pero ahora la dama se presentaba cada noche, pedía alguna cosa, pagaba religiosamente su cuenta y se sentaba unos instantes cerca de la estufa avarienta, ya que el tiempo seguía siendo áspero y brumoso.

-¿Qué es lo que quiere de mí, en realidad? -se preguntaba M. Horace-. Apenas me dirige la palabra y, sin embargo, me da la impresión de que aquí se siente como en su casa. ¡De todos modos, no puede negarse que es hermosa y elegante!

Apenas se asombró cuando ella le dijo, una vez:

-Después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en casarnos, Horace.

Y, como subyugado, M. Hyslop respondió:

-Sí.

Entonces se enteró de su nombre. Se llamaba Elfrida. Elfrida Smith.

Se unieron una mañana, muy temprano, en una pequeña capilla de la Green Street.

No era aún de día, y el clérigo tuvo que encender un cirio para poder leer un fragmento de la Biblia.

M. Hyslop le entregó la licencia de matrimonio, y su esposa le pagó la suma de quince chelines.

-¿Volvemos a casa? -inquirió M. Horace.

-A casa, sí -respondió ella-, pero a la mía.

-¡Ah! ¿Dónde vives, Elfrida?

-En el Middlesex -dijo ella, deteniendo con la mano un taxi que pasaba.

M. Horace la siguió, dócil como un cordero. Hubiera querido hacerle más preguntas, pero no pudo: su lengua estaba como atacada de parálisis.

En la estación de Paddington subieron a un tren que silbaba ya anunciando su próxima salida. El viaje fue relativamente corto.

La última estación que sobrepasaron antes de apearse fue la Yeading.

Abandonaron el tren en un lugar sórdido y desagradable; un viejo vagón en desuso servía a la vez de despacho y de sala de espera.

El encargado de recoger los billetes parecía desempeñar también las funciones de guardabarrera, de farolero y de jefe de estación.

-Buenas tardes, caballero -le dijo a M. Hyslop-. Un tiempo de perros, ¿verdad?

«¡Qué descortés! -pensó M. Horace, mientras el hombre se retiraba apresuradamente a su garita-. Ni siquiera ha saludado a mi esposa.»

Ésta seguía ya con paso rápido un angosto camino que serpenteaba entre unas tierras de barbecho y una enmarañada maleza.

-¿No hay modo de obtener un vehículo, querida? -preguntó M. Horace, visiblemente preocupado por su abrigo negro y su reluciente sombrero de copa, cada vez más empapados.

-No vamos muy lejos -dijo ella.

Bordearon todavía un bosquecillo cuyos árboles estaban atestados de graznantes cornejas. Luego alcanzaron una verja desarticulada y completamente oxidada, que emitió un espantoso chirrido cuando Elfrida la abrió, sin esfuerzo aparente.

-He aquí mi casa -dijo ella súbitamente.

M. Hyslop apenas daba crédito a sus ojos.

-¡Pero, es un castillo! -exclamó

-Un castillo, en efecto.

«Ya me parecía a mí que era una gran dama -pensó el tendero-. Pero, un castillo…»

En realidad se trataba de una casa solariega espantosa y desagradable, casi en ruinas. Los amorcillos crecían en abundancia al pie de las murallas que ocultaban su decrepitud bajo una espesa capa de musgo gris y fangoso. Un ambiente de tristeza invadía los alrededores.

-Los criados no están enterados de nuestra llegada -declaró Mme. Hyslop-. Entraremos por una de las puertas laterales.

Precedió a M. Horace en un pasadizo estrecho y oscuro, que olía a humedad y a madera podrida. Treparon por una oscura escalera que crujía y gemía bajo sus pasos, y desembocaron finalmente en un espacioso vestíbulo.

En un amplio hogar ardían unos troncos. M. Hyslop tuvo por un instante la sensación de que se habían encendido en el preciso momento en que ellos penetraban en la estancia, pero aquello había sido una simple ilusión, naturalmente. No obstante, aquel fuego no desprendía ningún calor. Un aire frío y húmedo flotaba en la inmensa sala.

En el centro se alzaba una gran mesa de ébano, rodeada de altos sillones de cuero.

-Sentaos -dijo Mme. Elfrida-. Voy a llamar al mayordomo para que prepare la cena. Pero antes permitidme que os sirva un poco de vino.

Sacó de una rinconera una panzuda botella y un vaso de fino cristal.

-¡Delicioso! -opinó M. Horace-. ¡Nunca lo había bebido mejor!

En su tienda vendía una especie de clarete al que bautizaba sucesivamente con los nombres de Mâcom, San Emilio o San Esteban, pero se preguntó inútilmente con qué nombre habría podido bautizar aquel excelente vinillo.

-¿Es oporto? -inquirió.

-Amontillado.

-¡Ah! Tendré que comprar de este amontillado -dijo M. Horace, vaciando su segundo vaso.

Paseó la mirada a través de la sala y la detuvo finalmente sobre un gran retrato que colgaba de la pared, al lado del hogar.

El retrato representaba a un hombre vestido a la antigua, con una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

El personaje tenía una cabellera rizada, una nariz aguileña y unos ojos melancólicos.

-¡Bien, bien! -exclamó M. Hyslop, que había vaciado ya la mitad de su tercer vaso-. Si la vista no me engaña, ese elegante personaje tiene un raro parecido conmigo… ¿No os parece?

-Es Sir Horacc Crofton -dijo Mme. Hyslop.

-¿Y se llama también Horace? ¡Que divertido! Servidme un poco más de este exquisito vino, querida. Decíais, pues, que se llamaba Sir Horace…

-Crofton. Le ahorcaron en Tyburn, el año 1663.

-¡Ahorcado! -exclamó el tendero-. ¡Pobre muchacho! ¿Y por qué motivo?

-Por el asesinato de su esposa, que está allí.

Señaló con el dedo otro retrato, colgado en la pared de enfrente.

-Lady Elfrida Crofton -añadió.

-Elfrida, ¿eh? ¡Extraordinario! ¡Realmente curioso! Pero, ¿son los efectos del vino o los de la luz crepuscular? ¡Podría jurarse que habéis servido de modelo al artista que pintó ese retrato!

-Sir Horace Crofton mezcló veneno con el vino de su esposa -continuó Elfrida-, y ella murió en la flor de su juventud.

-¡Espantoso! -dijo M. Horace, estremeciéndose-. Yo también conocí a un hombre que estuvo a punto de ser ahorcado. Se llamaba Bram Mudd. Le acusaban de haber administrado a su esposa una buena dosis de matarratas. Pero en el último momento se descubrió su inocencia.

El vino empezaba a subírsele peligrosamente a la cabeza. Súbitamente quedó como sumergido en una leve bruma.

-Un poco más de amontillado -balbució.

Pero su esposa no estaba sentada ya a la mesa. Creyó verla de pie contra la pared. M. Horace se levantó trabajosamente y se dirigió hacia ella, con paso titubeante.

-Amor mío… Casi había olvidado que estamos casados… Y ni siquiera he recibido un beso…

Se precipitó con los brazos extendidos hacia la pared, contra la cual chocó violentamente.

Había tomado por su esposa al retrato de Lady Crofton.

-¡Elfrida!

-¡Ah, ah, ah! -le respondió el eco.

Vio el cordón de una campanilla que colgaba de la pared. Tiró de él con una mano húmeda, pero la cuerda estaba podrida y quedó entre sus dedos, sin que hubiera resonado ningún campanillazo en la mansión. El fuego estaba apagado, en el hogar sólo quedaban unas cenizas negras y frías.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, M. Hyslop empezó a luchar contra los efectos embrujadores y diabólicos del vino. Se repuso lo suficiente como para arriesgarse a abandonar la sala y a visitar el castillo.

En el curso de aquella visita su asombro se acrecentó sin cesar, hasta convertirse en horror. Doquiera que dirigía sus pasos sólo encontraba estancias vacías y desiertas, techos decrépitos, escaleras en ruinas, muros cuarteados.

En vano trató de regresar al vestíbulo de los retratos, donde había bebido el amontillado.

-Y, sin embargo -gimió-, me he casado con ella. Esta misma mañana… ¡Oh, ese maldito vino!

Y, de repente, las tinieblas se espesaron a su alrededor.

Dándose cuenta de que la tienda llevaba algún tiempo cerrada, los vecinos avisaron a la policía, la cual descerrajó la puerta.

Horace Hyslop estaba colgado del sólido brazo del mechero de gas.

La muerte debía remontarse a varios días, ya que en la trastienda flotaba un espantoso olor a cadáver.

-¡Estaba loco! -exclamó el hombre que había acompañado a la fuerza pública al interior de la casa-. Tenía que estar loco para disfrazarse así.

En efecto, M. Hyslop llevaba una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

-Lleva encima más de cien libras de telas finas y metales preciosos -dijo uno de los agentes-. ¿Por qué se ha suicidado, pues?

-No se trata de un suicidio -declaró el inspector encargado de la investigación-. ¿Cómo hubiera podido atarse de ese modo, sin la ayuda de nadie?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, señaló las cuerdas que apretaban fuertemente los brazos y las piernas del muerto.

-¡Qué coincidencia! -continuó el inspector-. Así es como antaño el verdugo de Tyburn ataba a los criminales para conducirlos a la horca. Incluso los nudos son iguales que los que se hacían en aquella época. En todo caso, esto sólo puede ser obra de un maníaco perfectamente enterado de cómo se llevaban a cabo los ajusticiamientos en los siglos pasados.

Las ruinas del castillo de Crofton no han vuelto a recibir, desde hace años, la visita de los derechohabientes que huyen como de la peste de la casa solariega maldita.

En la antigua sala de honor continúan tal cual los retratos de Sir Horace Crofton y de su esposa Lady Elfrida.

A la luz amarillenta del crepúsculo, los dos personajes se miran fijamente con sus ojos muertos, en los cuales, no obstante, brillan aún el enojo, el odio y la desesperación.

 

FIN

 


jueves, 28 de mayo de 2026

Marcos Orozco (f. 1654-1707)


 

Portada de Examen Veritatis Theologiae Moralis / Ludovico de Conceptione..., Firmada: Marcos de Orozco Inbentor et esi. Mi. Año 1655. En medio, los descendientes de Adán bajo un dragón que pisa la Inmaculada, con la imagen del Niño Jesús en una orla bajo su pecho. A los lados, San Juan de Mata y san Félix de Valois con dos beatos trinitarios, y en lo alto, la Santísima Trinidad en tres figuras iguales con San Pedro y San Pablo..

Marcos Orozco (f. 1654-1707) fue un presbítero, pintor[1] y grabador barroco español «de mediano gusto e inteligencia en el dibujo», según le definió Ceán Bermúdez.[2]

Obra

Activo en Madrid y cercano a Pedro de Villafranca, su condición de sacerdote le hizo especializarse en estampas de devoción y portadas y retratos de libros religiosos, de los que dejó una producción muy abundante.[3] Obra temprana y de notable complejidad es la portada del Examen Veritatis Theologiae Moralis de Luis de la Concepción, firmada en 1655 como inventor —autor del dibujo— y grabador, en la que aparecen en el centro los descendientes de Adán bajo un dragón que pisa la Inmaculada —de cuya boca sale una espada— con la imagen del Niño Jesús en una orla sobre el vientre. A los lados, san Juan de Mata y san Félix de Valois con dos beatos trinitarios y, en lo alto, la Santísima Trinidad en tres figuras iguales con San Pedro y San Pablo.

Entre los muy numerosos retratos de religiosos que realizó, pueden citarse los de la venerable María de Pol para su Vida y virtudes..., escrita por Marcos de Torres (1661), el de san Diego de Alcalá para la Historia de su vida de Antonio Rojo (1663), el de san Francisco Javier para Labor evangélica..., de Francisco Colin (1663), o el de la venerable madre Isabel de Jesús, Agustina recoleta, con la Verdadera Imagen del Cristo de Serradilla, incluido en la segunda edición de su Vida escrita por el padre Francisco Ignacio (1671). En 1665 colaboró con la publicación de la Vida maravillosa..., de la venerable Marina Escobar, del jesuita Luis de la Puente, para la que proporcionó junto con el retrato de la beata los diseños de portada, con el retrato del autor y los santos Ignacio de Loyola y Francisco Javier grabados por el impresor Francisco Nieto.

No faltaron en su producción, con todo, obras de otra naturaleza, como pueden ser las estampas a toda plana del Tratado de todo género de Bóveda, de Juan de Torija (1661), o los emblemas enmarcados en cartelas barrocas de elegante dibujo, que realizó en colaboración con Diego de Obregón, para el tratado de Juan Baños de VelascoL. Anneo Séneca ilustrado en blasones políticos y morales y su impugnador impugnado de sí mismo, Madrid, 1670, para el que Pedro de Villafranca realizó la portada.

Un retrato del rey Felipe IV aparece en el Dichoso fin de la vida humana y feliz tránsito... de Felipe IV, de fray Juan de Santa María (1667). Otro de Carlos II niño, fechado en 1675, se encuentra en el Resumen de la verdadera destreza de las armas, de Pérez de Mendoza. Retratos de personajes seculares son también el de Gaspar de Haro y Guzmán, marqués del Carpio, incorporado a la barroca portada inmaculista de Sangre triunfal de la iglesia, de Bartolomé de la Iglesia (1670), y el de Antonio de Solís que realizó en 1692, tras algunos años de aparente inactividad, para la edición de las Varias poesías sagradas y profanas, que dexó escritas (aunque no juntas ni retocadas) D. Antonio de Solís y Ribadeneyra...; recogidas y dadas a luz por D. Juan de Goyeneche.

Aunque por lo común firmaba sus obras haciendo constar la autoría del diseño tanto como la del grabado, en 1670 se publicaron las Tres últimas Musas Castellanas de Francisco de Quevedo con estampas de Orozco según dibujos proporcionados por Santiago Morán Cisneros y Ceán señala entre sus obras un crucifijo hecho por dibujo de José Jiménez Donoso, con ángeles que tienen en las manos tarjetas e insignias episcopales, impreso en la primera hoja del Sínodo celebrado en Toledo en 1682.

Referencias

Notas

  1. La condición de pintor, aunque no se le conoce obra, se deduce de la documentación en las dos últimas décadas del siglo xvii de un Marcos de Orozco y Usategui ocupándose con ese título de pintor de la tasación de diversas colecciones artísticas. En marzo de 1681, «el lizenciado don Marcos de Orozco, presbítero en el arte de pintor», firmó en Madrid la tasación de la colección de pintura de don Juan de Medina Alemán, que había sido regidor de Murcia, y un mes después la que dejaba a su muerte la marquesa de Villatorre, tasación en la que declaraba «ser de edad de sesenta años poco más o menos» (Barrio Moya, José Luis, «El archivo privado de don Juan de Medina Alemán, regidor de la ciudad de Murcia en tiempos de Carlos II (1681)»Murgetana, n.º 109 (2003), pp. 86-87). El dato, sin embargo, no llena el vacío del año de nacimiento pues dieciséis años después, en octubre de 1697, al tasar los bienes dejados por el también pintor Agustín Muñoz de Rojas, casado con la hija de Santiago Morán Cisneros, «don Marcos de Orozco, professor del Arte de la Pintura», que firmaba «Marcos de Orozco i Vsatigui», declaraba de nuevo ser de edad de sesenta años poco más o menos (Agulló y Cobo, Mercedes y Baratech Zalama, María Teresa, Documentos para la historia de la pintura española, II, Madrid, Museo del Prado, 1996, ISBN 84-87317-46-4, p. 74).
  2. Ceán, tomo III, pág. 274.
  3. Gallego, pág. 177.

Bibliografía

  • Ceán Bermúdez, Juan Agustín, Diccionario histórico de los más ilustres profesores de la Bellas Artes en España, Madrid, 1800, t. III.
  • Gallego, Antonio, Historia del grabado en España, Madrid, Ediciones Cátedra, 1999, ISBN 84-376-0209-2.
  • Los Austrias. Grabados de la Biblioteca Nacional, catálogo de la exposición, Madrid, 1993, ISBN 84-7896-043-0

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